Plagio va, plagio viene: la Edad de la Chatarra

Alfredo Michel Modenessi -traductor de Shakespeare plagiado

Cuando te han reventado la vida –profesionalmente, personalmente–, como es mi caso, y das por hecho que el estrago es irreversible, resulta inevitable empatizar con aquellas personas que sufren el mismo tipo de tropelía. Es inevitable sentir curiosidad por ver qué recursos tienen para enfrentase a la situación y defender sus derechos y en qué medida consiguen frenar, minimizar o resarcirse del daño moral y patrimonial padecido.

Hoy, el blog del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires se hace eco de la denuncia del traductor experto en Shakespeare Afredo Michel Modenessi contra la apropiación por parte de Carlota Pérez-Reverte, hija de Arturo Pérez-Reverte, de su traducción La comedia de los enredos, a partir del original The Comedy of Errors. El caso está documentado no solo con detalle sino con la pericia del intelectual, pues Modenessi tiene la suerte de ser catedrático en la Universidad Nacional Autónoma de México, posición que –como ya sucedió con la traductora Yolanda Morató, profesora en la universidad de Nebrija, antigua estudiante en Harvard, donde también impartió clases, que hace unos meses denunciaba el plagio de su versión de Perec– lo mantiene a salvo, por ahora, de ser tildado de delirante, de loco o de pretender una notoriedad a costa de profesionales más conocidos.

En la página web que ha creado para dar a conocer el asunto, Alfredo Michel Modenessi hace una reflexión fundamental sobre el daño que supone el plagio para el autor de la obra original –sea una traducción o un texto de ficción–, reflexión que suscribo en lo que se refiere al robo de mi trabajo por parte de Chirbes y que quedó tan bien entreverado en su novela Crematorio:

«Es fundamental observar que un acto de apropiación indebida del trabajo intelectual y/o creativo de otra persona es siempre total, del mismo modo que un hurto -por ejemplo, el de una billetera o un auto- siempre es el hurto del objeto en su totalidad, y no sólo de las partes que quien lo hurta finalmente use o deseche. Es decir, que sea cual sea su extensión, no puede defenderse como si fuera un hecho parcial o de mínima cuantía, pues, a fin de tomar para sí el material ajeno, quien lo hace primeramente lo toma en su totalidad, para luego utilizar lo que le convenga o acomode. En otras palabras, hay uso indebido tanto en la utilización como en el descarte de los textos apropiados sin autorización ni reconocimiento.»

Conviene oponer lo pertinente de estas afirmaciones a las palabras despectivas de  quienes protestan por la “obsesión” del derecho a la propiedad intelectual, es decir, la voluntad de defender con firmeza la propiedad de cada artista, creador o intelectual sobre las expresiones de la propia imaginación y trabajo. Esos que desdeñan el daño sufrido y tachan de “obsesión” la reivindicación de la originalidad del resultado de la propia creación están constantamente haciendo publicidad de tal o cual escritor, no de tal o cual tema que pudiera suscitar debates fuertes y estimulantes; tampoco comentan argumentos ni sacan temas de discusión que pueden interesar al lector o al espectador sino que con sus actos se limitan a fomentar la fama de este o aquella, en definitiva a apoyar el concepto de nombre-marca.
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Se repiten en las últimas semanas las denuncias por plagio de autores de relieve medio para el gran público que acusan a mastodontes de la producción o de la literatura de haberse apoderado de su trabajo y de presentar como original el resultado del remix. Así, ha salido a la luz recientemente, la sorpresa del escritor Juan Gómez Jurado por  el parecido entre la serie La peste y su novela La leyenda del ladrón (2012). Publicada por la editorial Planeta y con 150.000 copias vendidas, según declaraba el mismo autor, a muchos espectadores les resultó palmaria la similitud entre el libro y el argumento de la serie dirigida por Alberto Rodríguez (a quien otros ya le afearon las similitudes entre su película La isla mínima y la serie True Detective, dirigida por el talentoso Cari Fukunaga, pese a que Rodríguez argumentaba de manera bastante convincente la imposibilidad del plagio). La misma serie ha tenido que responder por la omisión del nombre del experto que les había proporcionado datos históricos fundamentales. No he visto La peste aún; en su momento, cuando se dijo que estaba ambientada en la Sevilla del siglo de Oro, me acordé de  la novela Neguijón  y me pregunté si a su autor, el escritor peruano-sevillano Fernando Iwasaki, le haría gracia la coincidencia argumental y si había contribuido de alguna forma.

Otra sospecha  de plagio es la que esta semana arrojaba desde La Vanguardia –un diario que no se caracteriza por la valentía en estos asuntos– el cronista de cine Salvador Llopart al señalar las coincidencias entre la película Unsane, de Steven Soderbergh, que concurría al último Festival de Berlín, y el cuento de Gabriel García Márquez Sólo vine a hablar por teléfono, incluido en el recopilatorio Doce cuentos peregrinos.

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fotograma de Unsane, de S. Soderbergh

Esta misma semana saltaba la acusación contra Guillermo del Toro por parte de David Zindel, quien denuncia que el argumento de La forma del agua se parece tanto al de la novela Let Me Hear You Whisper, nacida de la imaginación de su padre, el premio Pulitzer Paul Zindel, que solo puede ser fruto del plagio. Vale la pena leer los argumentos de Zindel y de Del Toro para darse cuenta de lo peliagudo que es demostrar que hay plagio, apropiación, copia, incluso cuando las coincidencias argumentales son tantas que esa lectura causa bochorno.

Si todas estas figuras de renombre y obra conocida tropiezan con grandes dificultades para demostrar el plagio y recibir compensación, es fácil suponer el perjuicio causado cuando se plagia a una persona desconocida a la que, como es mi caso, han saboteado desde el minuto uno de la publicación de su trabajo.

Días atrás pensaba que, a la luz de estos desastres y de la brillante producción literaria de los últimos años nos encontramos, comparado con ese Siglo de Oro, en la Edad de la Chatarra. Ahí está la realidad para corroborarlo.

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Originalidad y cliché en “Tengo miedo torero”, de Pedro Lemebel en El Rinconete


Tengo miedo torero
(2001) es la única novela del escritor, poeta, performer y artista plástico Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952-2015), que siguió a las recopilaciones de crónicas La esquina es mi corazón (1996), Loco afán. Crónicas de sidario (1996) y De perlas y cicatrices (1998). En la presentación pública de la novela apareció travestido de mujer, un acto de autoafirmación que define el conjunto de su obra.

Lemebel acierta en el manejo de los tópicos; el principal, el del individuo más denigrado socialmente, el travesti, el homosexual excluido, que adquiere conciencia política y de su dignidad social al participar indirectamente en un hecho histórico.

El contexto histórico corresponde a la preparación del atentado del 7 de septiembre de 1986, por obra del comunista Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Nueve años después del derrocamiento de Allende, la capital chilena, Santiago, ansía la caída del régimen militar, entre la represión y una modernización económica de signo liberal que promueve un consumismo inalcanzable para la mayoría. El ataque en la carretera fracasó dejando 5 muertos y 11 heridos del personal de guardia del dictador. Los extremistas se refugiaron en Cuba, donde habían recibido entrenamiento, dato que la novela omite, aunque conserva la salida a la isla del protagonista masculino como cierre romántico del argumento.

La protagonista es la Loca del Frente, un maripozuelo cuarentón muy elocuente y bordadora para esposas de militares. Al poco de alquilar una casa, en estado ruinoso después del terremoto de 1985 («la casita flacuchenta, era la esquina de tres pisos con una sola escalera vertebral que conducía al altillo. Desde ahí se podía ver la ciudad penumbra coronada por el velo turbio de la pólvora»), Carlos, un apuesto y educado universitario veinteañero, le pide que le guarde unas pesadas cajas supuestamente llenas de libros y aprovecha la buena disposición de la zalamera Loca para celebrar en el altillo reuniones con sus colegas, pretextando lo tranquilo del sitio para estudiar.

Un narrador omnisciente nos presenta a la Loca, a las vecinas de la barriada y a la pareja presidencial, es decir, el general Augusto Pinochet, aquejado de pesadillas culpabilizadoras y soportando el parloteo vanidoso de su mujer, Lucía Hiriart, quien apela de continuo a los consejos de su esteticista, Gonzalo, personaje asimismo real, cuya influencia sobre la suerte del país da la medida del tono satírico de la novela. El narrador no entra en la psicología del estudiante Carlos ni de sus compañeros, de quienes conocemos sus gestos y palabras.

La novela existe y triunfa por su estilo, esa voz única de la Loca, puro Lemebel, quien inventa un idiolecto que juega equívocamente con lo femenino/masculino, con expresiones del microcosmos homosexual en cierto modo ya establecido literariamente, como son las referencias a las subculturas musicales camp, pop y urbana, el folletín desgarrado, el humor bufo. El autor subraya hábilmente la disparidad entre la realidad de unos hechos —Carlos, en el campo, toma medidas de un terreno con destino a cierto trabajo universitario—, que la protagonista percibe y comenta —un pícnic fantaseado como una excursión de enamorados—, mientras el lector deduce lo que efectivamente ocurre: la Loca sirve de pantalla en la preparación del atentado. Lo mismo pasa con el cilindro y con los pesadísimos baúles de Carlos que la Loca usa y decora como mobiliario. Esta feminización del material subversivo encierra una declaración de principios sobre cómo ella/él se evade de la realidad y la reinventa. El maripozuelo seduce al estudiante con su manera de transformar lo inhóspito, incluida su condición marginal, en territorio más que habitable, en un oasis bienhumorado contra la realidad sórdida y un pasado dramático. Lo femenino se expresa en sus múltiples facetas, desde las actitudes evasivas a la política, bien resumido en el asunto de la canción que titula el libro: en el pasodoble, la mujer contempla a su amado en el ruedo frente al toro y calla el miedo sin poder intervenir. La Loca cavila: «el amor la había transformado en una Penélope doméstica». También los valores atribuidos al varón —valentía, arrojo, lealtad— se trastocan, como queda de relieve durante el atentado en la reacción del dictador y sus escoltas.

Tengo miedo torero trata sobre todo de dónde y en qué momento se expresa plenamente la identidad y el drama del homosexual y travesti: en el enamoramiento del universitario y activista, que es motor de emancipación. El tópico del amor imposible descubre aquí las múltiples colisiones —de edad, clase, de orientación sexual— que hallan una manera de convergencia que desemboca en el mutuo respeto, en cobrar conciencia del mosaico de rasgos que forja la identidad de género. Este viaje hacia el afecto dentro del antagonismo del deseo radicalmente imposible —«te quiero con tu diferencia», declara Carlos— sigue un cliché establecido con los precedentes de Manuel Puig y El beso de la mujer araña (1976), la película Fresa y chocolate (1993), basada en el cuento de Senel Paz El lobo, el bosque y el hombre nuevo, y la obra de Reynaldo Arenas, y en España, Eduardo Mendicutti con Los novios búlgaros (2003).

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Pedro Lemebel y sus símbolos

La novela muestra los microcompromisos y microrrebeliones posibles para el más insignificante de los ciudadanos con un estilo literario expresivo, un ritmo con efectos muy bien calculados, unos personajes creíbles dentro de su brillante estilización, logro que se tradujo en un enorme éxito de crítica y público.

Pocos lectores, sin embargo, advirtieron que el último capítulo recrea el mítico final de Casablanca (1942), con su dosis de nobles parlamentos donde el enamorado renuncia en el último minuto a su mayor anhelo apostando por la grandeza y un heroico realismo.

© Instituto Cervantes y Mª José Furió

Cuando la publicidad se hizo la aliada perversa de la literatura moderna

La clave está en la frase que pronuncia uno de ellos: “El problema del éxito de un libro es introducir el libro o al autor en lo vivo del debate cultural”. ¡¡Ay!!

Feltrinelli idealista. Mondadori, pragmático.

Umberto Eco: “Aunque determinados títulos se compren por esnobismo, el libro es un producto que no agota su función en un consumo inmediato. Constituye (y conforma) un valor cultural permanente. La cultura, incluso cuando deviene objeto de mercado, tiene una posibilidad íntima de sustraerse al dominio mercantil”. Por esa razón, la sobreproducción literaria no será el problema fundamental, sino la capacidad de las personas para conocerse lo suficiente bien de modo que les sea posible identificar y localizar con la menor dificultad los libros que mejor les corresponden.

 

Un paso más cuando todo parece perdido

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Angela Davis

Semanas atrás leí la entrevista a Ricardo Menéndez Salmon con motivo de la publicación de su más reciente novela en una editorial del grupo Planeta. El titular rezaba Los escritores antisistema no deberían publicar. Al término de una serie de tópicas digresiones sobre estar y no estar dentro del “sistema” y del valor emancipador de la literatura, zanjaba con la afirmación: “Si publicas, estás dentro del sistema. Los escritores antisistema no deberían publicar, es la única respuesta honesta que pueden tener“. Si nos detenemos a pensar en lo que dice, advertimos que es, en parte, una majadería como tantas que uno suelta delante de un periodista. Pero la reflexión tiene sus diversas facetas, aunque dos son las que me interesa cargar de valor. Una es que algunos escritores/escritoras nunca pensamos que estaríamos fuera del sistema, en la medida que creemos que la literatura es un sistema en sí y la industria es otro sistema, quizá paralelo, puede que simétrico pero la confusión entre sistema editorial y sistema literario es un error deliberado que solo se sustenta como verdad en los periódicos y revistas afines a los conglomerados editoriales.

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De modo que si algunos nos convertimos en escritores antisistema o no somos publicados –o se nos publica de esa manera paradójica que es bajo el nombre de otro, tras haber sido plagiados por un pope del sistema-que-presume-de-ser-antisistema– no es por honestidad de unos o de otros sino por la mera lógica del engranaje. Casi como evidencia de que no todo es malo dentro del sistema, puesto que nos repelemos mutuamente, sin reconciliación posible. El sistema industrial-editorial es un sistema de imágenes, de marcas, modas, pastiches, es burgués y autorreferencial, utiliza lo que le sirve y tritura lo que le estorba. Sin embargo, el efecto de cada publicación no se puede controlar, de modo que un sistema anárquico como el editorial permite que siempre haya títulos que fecunden

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discursos, actos, vidas y mantengan una continuidad en el tiempo, un parentesco entre diversas figuras atravesando generaciones.

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editorial Sexto Piso

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Ediciones del Lince

Leyendo la entrevista y refutándola mentalmente, me dije que al contrario, el Sistema habla de tantas maneras, su discurso pasa por ser la realidad, que lo necesario, lo obligado, es hallar los gestos, palabras, acciones que abran fisuras, que lo quiebren, que rompan los diques de las censuras que vamos interiorizando. Que tengamos la valentía de llamar a las cosas, a los agentes  más perversos del sistema y sus hechos por su nombre. Y si ese nombre o calificativo les parece un insulto, que le pidan explicaciones al diccionario, no a quienes los nombramos con propiedad 😀
Así caí en la cuenta de que los libros que más me habían gustado entre los leídos en meses recientes todos coincidían en que las escritoras, como protagonistas de lo narrado o como cronistas, habían dado un paso más cuando todo parecía perdido; habían ido más allá, dentro de la desesperación de causa, y obtenido un triunfo significativo, que cambiaba la realidad. La activista norteamericana Angela Davis (Alabama, 1944) en su ensayo feminista Mujeres, raza y clase, analiza con clarividencia y finura intelectual el movimiento sufragista de las mujeres blancas como una herramienta más para la opresión de la raza negra. El suyo es un ensayo serio, bien argumentado, que no se deja engañar sobre la alianza de sexos: desde el principio subraya que la verdadera lucha siempre será la de los ricos contra los pobres.

La rusa Nadejda Tolokonnikova (Norilsk, 1989) hizo una huelga de hambre, forzando su resistencia física, mientras estuvo en una cárcel putiniana o putinesca para, aprovechando su renombre y el apoyo de toda suerte de celebridades del mundo occidental, obtener mejoras para sus compañeras de reclusión, especialmente las más veteranas, que literalmente morían de agotamiento por los horarios de trabajo obligado y las condiciones miserables. Nadejda defiende su libertad hasta el límite.

Valeria Luiselli (México, 1983) arranca en Los niños perdidos flirteando con el término alien, que nombra el limbo legal que en Estados Unidos afecta a los que esperan establecer su estatus, mientras viaja con su marido y con su hija por su país de acogida, donde están lejos de ser unos parias, hasta que su empleo de traductora en Nueva York le pone en contacto con los niños que viajan solos desde países del Cono Sur para reunirse con familiares establecidos en USA. Luiselli utiliza el cuestionario al que los críos deben responder, a veces apoyados por un adulto, como termómetro de las nuevas coordenadas políticas y vitales que impone la globalización y, con ésta, los grandes tráficos de mercancías, en el que se incluye el de personas. Es también una pregunta sobre el futuro y las raíces de la gente. Es muy interesante en la crónica de Luiselli la combinación de humildad –es alguien que sabe conforme los días pasan, sin énfasis ideológicos previos–, análisis de hechos y perseverancia; el análisis deriva de la acumulación de testimonios y sabe discutir la condición de su país de un modo que no se aleja de las consideraciones que plasmó Sergio González Rodríguez en su ensayo Campo de guerra. Además, en su afán desesperado por dar a conocer las circunstancias de los menores migrantes, consigue mover a la acción privada: sus alumnos en la universidad recogen el guante de la acción política tras comprender que los servicios sociales más de una vez boicotean la labor de acogida que deberían satisfacer. Y esa movilización de grupos voluntarios rompe la apatía del sistema. (De modo parecido a lo que está ocurriendo con  los refugiados en todo el mundo, especialmente en Grecia.)

Por último, la española Jana Leo (Madrid, 1965), arquitecta y artista, hizo de la violación sufrida en el apartamento que tenía alquilado con su novio en un mal barrio neoyorquino el detonante de una denuncia del asalto sexual como una herramienta especialmente útil de la opresión económica. Leo desarticula los aspectos de su violación como se desmonta una marioneta: la violencia física, la opresión de la mujer, la extorsión económica, la violencia del escrutinio judicial, el control psicológico de los ciudadanos, el estrés del trauma, estadísticas, y así describe la tramoya del Sistema del capitalismo en los albores del siglo XXI. Sus estudios sobre la arquitectura carceleria se elevan en símbolo de la superestructura social. A partir de este testimonio, solo los idiotas seguirán escribiendo novelas con mujeres violadas como pretexto para pasear el angst narcisista de algún detective de mediana edad y solo los muy idiotas continuarán leyendo esas novelas como si fuesen una descripción fiel de la realidad.

Por cada vez que el abogado minimiza en tu cara el abuso sexual sufrido en la infancia porque no hubo penetración o el maltrato a la mujer porque ella tenía un amante o porque no la mató…

violencia contra la esposa

 

diana quer y víctimas -prisión perpetua revisable

Firma la petición en change.org

Una de las útimas veces que acompañé a mi madre al abogado que supuestamente debía velar por sus intereses en relación al piso de Sant Cugat, que le pertenecía en un 50% por lo menos, piso que abandonó con la larga década de trabajo y de desgracias junto al tipo del que ya he hablado suficiente en otro lugar, el abogado, de apellido Cardona, y con despacho –rancio, oscuro, mal mantenido, aires de pompa fascistona, clientes pobres, seguramente desesperados, iletrados en asuntos de Derecho, que pagarían pequeñas cantidades cada vez– en paseo San Juan, lo mencionó y era fácil sospechar que dilataba el proceso para proteger al otro.

Aunque no recuerdo con detalle el diálogo, en cierto momento intervine y el abogado se encaró a mí para espetarme: “No os violó“. Porque el tipo llegó a ser condenado a prisión y permaneció muy poco tiempo encerrado pues, por medio de este abogado, pidió clemencia. Y le perdonamos “porque era viejo” (tenía 46-48 años; yo, 12-14 en el periodo entre los hechos y la condena), a condición de que se mantuviera alejado de nosotras.

Recuerdo bien la rabia que sentí al darme cuenta, en 1995, de que para ese abogado yo no era una adulta con una carrera terminada y la inteligencia clara sobre el qué de aquellos hechos y su efecto en el presente, sino el “personaje” de entonces, con todos los condicionantes de la peculiar relación que unía a esa pareja falsa que había llegado desde París para instalarse en Cataluña, y todo lo que se desprendía de esta frase. No os violó. No contaban los golpes, los magreos, el exhibicionismo, los comentarios, ni el miedo y el estrés, ni la soledad y la angustia, no importaba ni cómo espiaba cuando la ducha en el gimnasio –que había montado en el sótano de la finca donde vivíamos para entrenar a jóvenes boxeadores y que nunca llegó a nada porque era un inútil y un enfermo–, donde nos obligaba a hacer deporte, para tener la ocasión de espiar durante la ducha, impuesta también allí abajo en lugar de en el piso. No le respondí a ese leguleyo para no debilitar la posición de mi madre, que por otra infortunada visita a este “profesional”, en esa ocasión sola, tomó luego la decisión irreparable.

He recordado, a raíz del movimiento de denuncias de acoso sexual, de violencia y maltrato, esa frase, aquella visita. He pensado en cuántas veces el abogado de la otra parte minimizará el daño para establecer una jerarquía cruel, que se sostiene en el tiempo no por una cuestión de proporcionalidad –es comprensible para cualquiera con dos dedos de frente que el asesinato y la violación o el secuestro son más graves que los toqueteos y el acoso— sino por machismo y misoginia. También lo hará para sembrar el desánimo y la impresión de fatalidad, de que no hay nada que hacer si no dispones de recursos económicos suficientes para afrontar el siempre largo proceso de un divorcio o separación difíciles, de una denuncia por maltrato cuando la mujer no es una mártir beata.

De pronto, dándole vueltas a la acusación del abogado y a los recuerdos, pensé: no me violó porque yo lo evité. Caí en la cuenta de que eso fue lo que sucedió. Porque denuncié la situación, porque busqué ayuda, porque salí de casa gritando, sabiendo que había una vecina que lo estaba oyendo todo y que no se tomaba la molestia de subir, de llamar a la puerta, de preguntar si pasaba algo para atajar con la decencia obligada –que no tuvo– lo que sabía que no ocurría por primera vez. Yo no podía ni puedo saber si el tipo era capaz de consumar el acto o qué se proponía hacer exactamente, pero la reincidencia, el modo como a la mañana siguiente entró en la habitación y se acercó a mi cama y dijo “esta tarde continuaremos el pase” habrían bastado hoy, junto con el resto de evidencias, para imponerle una condena real. Y hoy las víctimas reciben una indemnización y se procura que no resulten doblemente victimizadas. Estoy completamente de acuerdo con Leguina cuando afirma que las mujeres deben ser educadas para no dejarse pegar. Sí, porque aún hoy habrá parientes que recomendarán a la víctima que soporte la agresión cotidiana por “el bien de la familia”.

Si de algo estoy orgullosa en mi vida es de eso, de haber buscado, con doce años, ayuda de personas mejor preparadas –primero el profesor, luego intervino la policía y el abogado; más adelante fue necesario buscar un psicoanalista de fiar e inteligente para tratar de coser los jirones psíquicos y mitigar la vergüenza–. Solo estoy orgullosa de eso, que nadie me puede quitar: no haber permitido que continuara abusando, haber puesto en marcha el mecanismo de escape de aquella situación enferma para entrar en el orden de lo racional y del derecho.

Por todo lo aquí dicho, he firmado la petición que hace el padre de Diana Quer junto con otros padres que han perdido a sus hijos de modo infame: No a la derogación de la prisión permanente revisable.

 

Caleidoscopio de Juan Rulfo en “Había mucha neblina o humo o no sé qué”, de Cristina Rivera Garza, en El Rinconete

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Juan Rulfo, Nevado de Toluca, 1940

© Instituto Cervantes & Mª José Furió

En 2016, en vísperas del centenario del nacimiento de Juan Rulfo (Jalisco, 1917-Ciudad de México, 1986), la novelista y ensayista Cristina Rivera Garza (Matamoros, México, 1964) publicaba Había mucha neblina o humo o no sé qué, un texto híbrido entre el ensayo, el libro de viajes, la digresión literaria y la recreación personal que la Fundación Rulfo consideró difamatorio, hasta el punto de cancelar su participación en la Fiesta del Libro, organizada por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), y pedir que se censurase el uso de su imagen. La escritora y profesora —imparte Estudios Hispánicos y es directora del doctorado de Escritura Creativa en la Universidad de Houston, Texas— respondió a través de la prensa invitando a los lectores a ser audaces. Lo que había hecho era «tocar el territorio de un país en vilo». Es un título controvertido, pero también un estimulante ejemplo de lectura creativa que elude las inercias hagiográficas de la biografía convencional. Y es, sobre todo, coherente con su propia obra.

Múltiples podrían ser los enfoques sobre el «personaje Rulfo», icono de las letras mexicanas que con una producción muy breve —las novelas Pedro Páramo y El gallo de oro, y la recopilación de cuentos El llano en llamas— se convirtió en el «parteaguas» de la literatura del país, bisagra entre la llamada tradición revolucionaria y la literatura del boom. Rivera Garza aborda a Rulfo desde varios frentes. Uno de ellos es intensamente creativo, revive a Rulfo y dialoga con él, prolongando el ejercicio de su blog Rulfo mío de mí; otro abordaje quiere responder a la cavilación de Ricardo Piglia: la verdadera historia de la literatura se esconde en los «reportes de trabajo» de sus escritores. El «Es que yo trabajo» que una vez pronunciara Rulfo sirve aquí de leitmotiv. Fue agente comercial de una famosa compañía de neumáticos y, de 1954 a 1957, asesor de la comisión del río Papaloapan y editor en el Instituto Nacional Indigenista de la Ciudad de México: «Rulfo utilizó sus muchas habilidades para ganarse la vida y, así, legitimar y cuestionar al mismo tiempo el proceso modernizador del que resultarían las grandes metrópolis y el tipo de existencia veloz y mecánica que terminaría dando al traste con la vida rural de la que tanto se hizo su obra» (p. 118).

Derivado de este interesante hilo surge otro que los apasionados de la fotografía apreciamos por su pertinencia: esas imágenes de paisajes áridos y de comunidades indígenas, que hacen de Rulfo un fotógrafo de culto, tenían una finalidad documental: «Rulfo tenía que utilizar sus habilidades con la palabra y con la lente [de la cámara] para producir un paisaje desolador y, a la vez, un futuro promisorio», (p. 118) en relación con la polémica construcción de la presa del Papaloapan. El carácter artístico es un atributo del talento del Rulfo fotógrafo. Rivera Garza recupera las notas al pie para situarnos en el filo de un universo algo primitivo pero no bárbaro obligado a desperdigarse para sobrevivir. En diversos textos, Rulfo manifiesta su interés por la población mixe con ojo de etnógrafo.

El arranque reformula la imagen del techo, que habrá de leerse en clave simbólica: «el techo encubre y resguarda a la vez. La diferencia entre el amparo y la intemperie es, en efecto, esa línea delgada». El libro no será, pues, un techo cerrado, tampoco resguardará por completo como lo haría una biografía laudatoria. Es además —hilos que traman una relectura, reescritura muy personal, lectora indisciplinada— un libro de viajes, y contiene aún otro libro desgajado de Pedro Páramo, una suerte de resto palpitante del original. En conjunto, es una apropiación de Rulfo: «Tuve que reescribirlo porque no conozco otra manera de decir quiero vivir dentro de ti».

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Portada de la edición española del último libro de C.Rivera Garza

«Lo que sucede es que yo no pude dar con ella. Se me perdió el pueblo. Había mucha neblina o humo o no sé qué; pero sí sé que Contla no existe». La frase del título es clave, Juan Preciado (protagonista de Pedro Páramo) pierde el camino del pueblo, entra entonces en ese territorio poblado de ánimas y los lectores en una ficción desentendida del realismo que marcará una época: «su técnica narrativa evita una secuencia que pueda relacionar a la causalidad con la progresión en el tiempo», según la precisa síntesis del especialista en Rulfo, Joseph Sommers.1

No es la estructura en caleidoscopio con la acumulación de miradas a la figura y a la obra de Rulfo lo que creó polémica, sino ciertas afirmaciones, como que el escritor, becario del Centro Mexicano de Escritores —donde, entre septiembre de 1953 y julio de 1954, terminó Pedro Páramo—, tuvo el respaldo de la CIA, que subvencionaba este organismo para neutralizar la relevancia de Pablo Neruda, comunista. O la relación que establece entre el trabajo para la comisión del Papaloapan y el desarrollo de México. Es una crítica que empobrece la reflexión de Rivera Garza, quien en realidad plantea cómo la escritura rulfiana, poética, esquiva del realismo, se nutre de realidades y paisajes identificables. También, que todo escritor habita en el filo de dos o más realidades, y la modernización alemanista de México es uno de esos filos, que la autora mexicana sintetiza en el ángel de la historia de Walter Benjamin. Que de Pedro Páramo se deduzca un Rulfo queer es menos una provocación que una pauta para leer a la propia Rivera Garza, en concreto el qué de los hombres castrados que pueblan La muerte me da.

Cierra el libro con el ascenso a la montaña de Zempoaltépetl, «la montaña sagrada de los mixes», suerte de comunión con el paisaje rulfiano y con el escritor mismo. Revivir sus paisajes, su experiencia, habitar su mundo, en mente y territorio, para concluir con un capítulo traducido al mixe, testimonio de una cultura que el autor de El llano en llamas valoró con temprano acierto.

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Arrieros en el camino . Foto: Juan Rulfo

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Foto: Juan Rulfo

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Foto: Juan Rulfo

(1) «A través de la ventana de la sepultura: Juan Rulfo», en Novelistas hispanoamericanos de hoy, edición de Juan Loveluck, Editorial Taurus, Madrid, 1976, pp. 153-171.