Nicole Kidman y la Cofradía de la Santa Temeridad

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Mesa redonda de actrices nominadas a los últimos premios Emmy de la televisión, con participación de N. Kidman y R. Witherspoon, E. Moss, O. Winfrey, Jessica Lange y Chrissy Metz.

Suelo leer artículos, reseñas, entrevistas de las películas o libros que me han gustado e interesado. Y me gustan especialmente las reflexiones de los actores norteamericanos acerca de su trabajo porque desmienten el tópico de la estupidez inherente a esta profesión cuando se desarrolla para medios de masas, como son la televisión o el cine. Las razones por las que alguien de talento o con el físico adecuado fracasa en el campo artístico son muy diversas; sin embargo, parece evidente que quienes consiguen desarrollar una carrera larga no lo deben solo a la conjugación de talento, agraciado físico y suerte.

Me interesa y me divierte cómo abordan los actores –aquí, actrices– asuntos técnicos de su profesión, la interiorización e interpretación de personajes complejos que, por su vinculación con temas de actualidad –desde la violencia de género, la raza, la apariencia física, las minorías varias–, tienen una lectura política y se suman al debate político activo. Las nuevas formas de exhibición convierten ficciones pequeñas en éxitos inesperados, como ha ocurrido con esa gran serie que es Little Big Lies, adaptación de una novela Liane Moriarty (¿quién la conoce por aquí?), repartida en siete capítulos, dirigida por un canadiense, Jean-Marc Vallée, y con la producción ejecutiva de sus dos protagonistas principales, Nicole Kidman y Reese Witherspoon.

Uno de los temas fundamentales que aborda la serie es el de la violencia doméstica, ese “sucio secreto” que comparte la en apariencia glamourosa y enamoradísima pareja que integran Celeste, ama de casa que abandonó su carrera de abogada para cuidar de los hijos gemelos que tiene con su guapo esposo, más joven que ella, Perry, el sueco Alexander Skarsgard. Es una película de televisión para mujeres presentada desde la perspectiva de mujeres maduras y de posición acomodada -excepto la representada por Shailene Woodley, que interpreta a una madre soltera de un niño concebido después de un encuentro agresivo; y de Zoe Kravitz, la rival de Madeline (R.W.)–, capaces de verbalizar sus ideas, conflictos, no necesariamente de resolverlos de la mejor manera.

En la mesa redonda del video y en diferentes entrevistas, también en el discurso de agradecimiento de Kidman al recibir el merecidísimo premio, es evidente que todas las mujeres hacen suyo el problema de la violencia de género, plaga tan extendida, lo imprescindible de visibilizarlo. Sin embargo, una y otra vez nos vamos a encontrar con que las mujeres son parte del problema que impide la solución. En la crónica Chicas muertas, Selva Almada hace un recuento y una investigación de quién pudo ser el asesino de tal chica y traza una topografía del crimen sexual en una zona concreta de la Argentina rural. Ha tenido éxito y seguramente ha llamado la atención sobre el caso de los crímenes irresueltos de origen machista. En mi opinión, el libro cojea porque no analiza el por qué de la violencia masculina –apunta rasgos, como cuando subraya que un grupo de chicos dio un criminal escarmiento a una muchacha que coqueteaba con todos–; recientemente, un grupo de escritoras españolas se propuso denunciar el hostigamiento recurrente que reciben/recibimos las mujeres escritoras elaborando y proponiéndose hacer pública la lista de esos agravios, pero al no indicar la identidad o el rango de los agresores, el resultado solo puede ser la pintura de un territorio fantasmagórico donde las mujeres son/somos insultadas, agredidas por varones sin nombre, anónimos, sin historia; la acusación se torna abusiva, pues apuntaría al género masculino en general.

Big Little Lies ha sido muy elogiada, pero Nicole Kidman ha sido también particularmente criticada porque su condición de privilegio –rica, glamourosa, exitosa– no representa a la mujer maltratada típica ni a la mayoría de mujeres víctimas norteamericanas, anglosajonas, occidentales. Es cierto que cuando una ficción muestra a personajes ricos, físicamente muy atractivos o de posición social y cultural muy elevada como protagonistas de dramas o tragedias enormes, sentimos que el conflicto, la degradación que sufren los personajes parece edulcorada por su condición privilegiada, por los escenarios diseñados. De hecho, no faltan las series donde la degradación de la que son víctimas personajes de físico espléndido, o simplemente por ser jóvenes –como la Joan de Mad Men en el episodio del Jaguar o por su marido cirujano–, sacia un apetito sádico del espectador antes de redimir su culpable  disfrute presentando el justo castigo que recibe el atacante, por lo general burlándose de su masculinidad. Se califica el acto pero sin explicar la causa, o se la remite a la premisa básica: lo hace por la condición establecida de supremacía machista: porque puede.

Jean-Marc Vallee director tv

director Jean-Marc Vallée – HBO/ Hilary Bronwyn Gayle

 


Intermedio de política catalana… escribo mientras arranca la tercera vesprada de escrache a la policía -vivo cerca de una residencia de la guardia civil. Anoche eran pocos, muy aplicadamente ruidosos. Hoy gritan y corean dando a ollas y cazuelas, silbando: Referéndum, referéndum, fuera, fuera, votarem, votarem. Niños mimados decididos a salirse con la suya sin atender a razones ni a legalidades. A mediodía, de regreso a casa, me he encontrado en lo alto de Paseo San Juan a una señora que parecía muy mayor, vestida muy modestamente, intentaba arrancar con la punta de las llaves los adhesivos y carteles que puñados de jovencitos estuvieron pegando anoche en favor del sí al referéndumen postes y paredes. Le digo al verle el empeño, las manos temblorosas, quizá parkinsonianas, que no se moleste, que no pierda el tiempo. Se vuelve, está enojada, también la voz le tiembla: “No sé cómo va a acabar esto”. Pienso que ve demasiada televisión. A mediodía mi tía me llama por lo mismo. “Es que la televisión está dando el bombo a toda hora” dice. Buf. Es demasiado tarde para preocuparse: este teatro es, en definitiva, desde el principio, una larguísima campaña para unas elecciones autonómicas.


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La niña agredida interioriza el victimismo

En mi opinión, Big Little Lies tiene un componente muy pedagógico. No creo que muestre un caso generalizable de violencia de género, de sometimiento de una mujer a un hombre ostensiblemente enfermo, enmarcado en una atmósfera tóxica de deseo, dependencia y despersonalización, sino cómo debería reaccionarse. La principal baza del relato no es la mezcla de humor, drama, buenos diálogos, increíbles interpretaciones con un elenco bien equilibrado y música sensacional: está en la presencia de la terapeuta y cómo se articula la denuncia y la definición del abuso, y las diferentes fases en la toma de conciencia de la mujer víctima. Las mujeres que critican a Kidman obvian que el personaje femenino fundamental es la terapeuta, que conjuga la empatía de género -comprender lo que vive otra mujer– con la función abstracta que le permite su formación médica y legal. Lo que la serie está diciendo es que hay que actuar, ir más allá de la vergüenza. Hay mujeres que se atreven a denunciar confidencialmente la violencia pero no llegan a admitir que verbalizar los hechos debe tener como continuación natural, en favor también de otras mujeres en situación parecida o peor, la actuación inequívoca necesaria para cambiar la realidad. El momento clave es cuando la terapeuta replica a Celeste-Kidman que puede denunciarla al colegio correspondiente, pero una vez haya hecho lo que le insta a hacer para protegerse del marido maltratador.

Otro aspecto realmente sagaz de esta serie es cómo juega con las trampas “cognitivas” del espectador de televisión. Mientras Mattew Wiener, creador de Mad Men, no duda en jugar tramposamente con los apetitos del espectador astuto del siglo XXI, siendo el final la muestra más flagrante, en Big Little… se utilizan esas trampas, prestidigitaciones narrativas, para que el espectador vea y reconozca su comportamiento ante los grandes dramas revelados de sopetón. Estructura el relato como una investigación policiaca y utiliza las declaraciones de los vecinos –a los que el director llama “el coro griego”– a la vez para distraer las pistas incrementando la intriga y para evidenciar la mala fe, las envidias y celos, las cegueras inconscientes, que impiden reconocer las señales de alarma que emiten personas a las que ven/vemos todos los días.

Big Little Lies es pedagógica porque dice no lo que hacemos las mujeres sino lo que deberíamos hacer: ponerse realmente en la piel de otra, por antagónica que sea su posición, su realidad –paradigmática la conversación entre la exitosa Renata, una espectacular Laura Dern, y la humildísima, digna y atribulada Jane (Shailene Woodley); la mirada final entre ésta y Celeste– para hacer frente juntas al peligro.

big little chicas y niños

Madres con sus mini-yo y la violencia de grupo

También por ponerse en la piel del otro, del hombre, es por lo que la serie resulta consistente. El espectador actual no es solo alguien que se deja adular con argumentos enrevesados cargados de referencias cultas a todo tipo de disciplinas y artes. En el momento actual, en que un porcentaje elevado de personas/espectadores de ficciones tv incluidos- poseemos una formación universitaria y experiencias vitales diversas, incluso cuando la realidad económica no permita obtener de inmediato la solución a nuestras crisis y a los abusos sufridos, quienes mejor representan nuestra posición son los personajes que verbalizan nítidamente el conflicto. El marido de Celeste no se hace perdonar porque exprese los motivos de su comportamiento de cara a la terapeuta, el que se hace perdonar es el guionista, y luego el director, al incluir este episodio que da profundidad y seriedad a la historia, en lugar de ofender a los espectadores con un personaje violento más, alienado del todo de su comportamiento.  Los malos guionistas ponen a personajes que actúan de modo muy vistoso pero que, presentándolos como superinteligentes y de éxito, no tienen ni la vaga intuición de por qué hacen lo que hacen.

Hay críticas y periodistas, españolas, que coquetean con la realidad afirmando que se identificarían mejor con una persona de clase media cuando la realidad demuestra tercamente que eso es mentira (lo demuestra el éxito de Milena Busquets, el tiovivo de interés mediático del  caso Juana Rivas). Cuando los argumentos de abuso machista se escenifican a través de clases medias y bajas, casi de manera automática se rebaja también la capacidad de los personajes de expresar con autonomía y elocuencia lo que viven; entonces, la sordidez de los hechos se come la inteligencia del relato. La actriz ganará su correspondiente premio merecidísimo pero el espectador vivirá desde la compasión, tal vez el miedo a verse tan baqueteado, pero no con la avidez de la identificación catártica: eso es, así es.

kidman and alexander sarskgard

la pareja en terapia

Lo injusto de los desprecios a Kidman queda de relieve en las palabras de la actriz en el video que incluyo, sobre el efecto emocional que le producía interpretar una violencia que sabe que es real para millones de mujeres. Jessica Lange, verificando mi tesis de que la inteligencia de las personas feas está sobrevalorada, afirma con brillantez que todas las emociones que se interpretan dejan una memoria, huella de la emoción, en el cuerpo y que conviene limpiar. Corrobora su reflexión el actor sueco en otra excelente entrevista, que también incluyo.
El feminismo es una condición de género, y por ello de todas las mujeres; que sea sustraído por la clase y la raza es el aspecto perverso de la manipulación que una parte hace de ese todo.

 

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Réquiem por una ciudad, por un país

La ciudad, experta en maquillajes y autopromoción, se saca la careta de progresista, democrática, integradora, pacífica e igualitaria.

jeeps de la guardia civil abollados por nacionalistas catalanes

Rambla Cataluña, anoche. Foto Quique García

Una concentración pacífica, “a la catalana”, dicen. La Vanguardia escribe hoy, textualmente:

«En la concentración de carácter reivindicativo y pacífico, de más de 40.000 personas y que se alargó durante horas, no se produjo ningún otro incidente destacable.»

payaso malabares

Periodistas catalanes, anoche, trabajando en la SER

Anoche me reí de lo lindo escuchando por la cadena SER las declaraciones de los “afectados por el golpe de Estado”; me reí también, con más fatiga, escuchando a monsieur Ramoneda el Funambulista, pretendiendo estar dentro y fuera del tinglado. ¡Ay, cuando se tienen tantos sueldos, tantos jefes a los que contentar, algunos acaban enredados en sus propios trabalenguas! La ideología, el lugar donde realmente está, no deja de ser evidente.

Maurice Ronet, qué es ser actor

Ahora que en España se habla de la inexistencia de industria del cine… Guapos con cabeza: la independencia es algo más profundo que decidir que sales a tomar una copa cuando te apetece o no… Cuando eliges una profesión, hazla de principio a fin.

 

El Prussés, visto por Paquita la del Barrio

Me entero de que Gemma Nierga, a la que desde Madrid han despedido a la catalana, es decir de un día para otro y sin dar razones, sale a llorarle en la tele a otro catalán que ha hecho carrera –o carrerilla– en Madrid, Buenafuente (que tiene un programa de radio del todo infame los sábados).

La Nierga dice que no puede oír la Ser. Yo no puedo oírla a ella. Que le queda tiempo de psiquiatra. Seguro que si le paga caro, la va a tener sentada muuucho tiempo. Buenos son los psiquiatras para soltar una presa que puede darles de vivir varios años.

Le “hice” el libro Hablar por hablar. Aguantando a Munné, sin cobrar el editing porque este monstruo de la edición ignoraba, o hizo como que ignoraba, que dicho trabajo estaba definido y tarifado. Y luego de un mes entero dedicado al texto pretenden pagarme una miseria, a tarifa de corrección. Jugando a mira qué generoso soy y que no se entere nadie, el tipo aumenta la factura con cinco lecturitas en lugar de preguntar cómo es que el trabajo que conlleva un mes se paga para apenas vivir una semana. La Nierga en las dedicatorias le da las gracias a todo dios, incluida la mujer de la limpieza de la radio, que dudo aportase mucho, y así como quien habla al oído me escribe que yo “también” había colaborado. Sin mí no tendría libro, por lo menos ese. Porque de publicarse lo que ella y su compañero trajeron no se habría vendido un solo ejemplar. Todos los verbos en imperfecto, escritos a la catalana, con v: ni la molestia de revisar y corregir algo tan obvio se tomaron. La abyección cotidiana. El desprecio y el silenciamiento del otro, del que no te conviene. A pequeña escala, sin focos; a gran escala, con las cámaras filmando y la Resistencia cantando Els segadors en un Parlamento medio vacío. Me río pensando en Pasolini cuando hablaba del catalán como lengua pequeña, territorio reprimido, qué diría si viera lo que hoy ocurre.

Hay gente rasgándose las vestiduras estos días a cuenta del espectáculo del Parlament, de las llamadas a la “desobediencia civil”, de las pretensiones de dignificar lo que no es sino un golpe de Estado, otros se preguntan “¿cómo hemos llegado a esto?”, los fachas de Rajoy jugando a los salvadores de la patria, los socialistas jugando a los beatos violados (por la realidad), Iglesias pescando en río revuelto, aun otros apelan a la mayoría silenciosa de españoles, incluidos los que se sienten exclusivamente españoles residentes en Cataluña. Una “mayoría silenciosa” que sólo comparte ese silencio: estratégico o castrado, u oportunista o desdeñoso o…

Ah, todas esas fingidas almas cándidas en Madrid, en Cataluña o en el resto de España dándoselas de nuevas con lo que está ocurriendo, como si el ventajismo no fuese la “marca”, el modus operandi habitual aquí.

HABLA LA “MAYORÍA SILENCIOSA” EN CATALUÑA CON LA VOZ DE LOS CASTRADOS: I CASTRATI. FARINELLI ASUME LA PORTAVOCÍA.

La experiencia colonial en “Historia de una maestra”, de Josefina Aldecoa, en El Rinconete

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© Instituto Cervantes & MJ Furió

Josefina Aldecoa (La Robla, León, 1926-Mazcuerras, Cantabria, 2011) tuvo en la literatura y en la enseñanza los dos ejes de su vida profesional. Historia de una maestra, su novela más leída, se publicó en 1990, tras los diez años de silencio posteriores a la temprana muerte de su esposo, el escritor Ignacio Aldecoa (1925-1969), cuyo apellido adoptó.

La protagonista y narradora, Gabriela López Pardo, recuerda para su hija Juana sus primeros años como maestra y sus ideales pedagógicos. Aldecoa informa en el prólogo de que se trata de una invención urdida a partir de historias oídas a su madre, también profesora. La estructura de la memoria de la narración es circular: arranca en 1923 con la boda del que sería generalísimo con una niña bien de provincias, a disgusto de la familia de esta, y termina con el golpe militar de 1936 liderado por el que fuera desdeñado novio. Aldecoa asume esa voz cuya memoria conserva relatos traspasados de hija a hija. Los escenarios son poco transitados por la literatura española: las apartadas aldeas leonesas sumidas en el atraso donde ejercían los maestros de enseñanza pública. Durante la II República, las Misiones Pedagógicas aportaron nuevas perspectivas de una educación emancipada y con las artes accesibles al pueblo. La narración no ahonda en el detalle de acontecimientos históricos importantes al estar protagonizada por una mujer muy apocada y reticente casi siempre a asumir una postura activa, siquiera en sus sentimientos.

Josefina Aldecoa blanco y negro

Josefina Aldecoa

La narración se estructura en tres partes, «El comienzo del sueño», «El sueño» y «El final del sueño»; se refiere éste al ideal de una enseñanza pública fundada en los valores de igualdad, justicia, laicismo y sanidad. Hija única de un modesto matrimonio —el padre es un culto funcionario de ferrocarriles que le inculca valores progresistas—, la maestra da sus primeros pasos en una aldea leonesa, donde la figura del hombre rico y librepensador, don Wenceslao, parece inspirar la elección de Guinea Ecuatorial, entonces colonia española en África, como su próximo destino. La novela abunda en referencias al trabajo pedagógico, ilusiones y contratiempos de ejercer en medios paupérrimos con elevado analfabetismo y sometidos en gran medida a la tutela de la Iglesia y los poderes locales.

La experiencia africana es breve y está marcada desde su inicio por la presencia del doctor Émile, de raza negra, a quien conoce durante la travesía en barco. El clima ecuatoriano, las enfermedades y el racismo son aspectos subrayados por la narradora, quien estrecha su amistad con el atractivo personaje guineano, de quien se insinúan sus simpatías y participación en incipientes movimientos anticoloniales.

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Es paradigmático cómo la narradora refleja el pensamiento colonial de la época pues nunca cuestiona no ya la superioridad de la cultura española, sino que pueda aprender de la cultura ajena. No hay alegatos radicales y la protagonista ni en Guinea ni en España se atreve a traspasar las convenciones ni el papel secundario asignado a las mujeres. Su ideario se resume en el valor de la cultura como motor de emancipación ignorando la complejidad del enfrentamiento de clases que marcó el primer cuarto del siglo XX en Europa.

guinea española postal bn

El episodio de Guinea, sin embargo, no es un pretexto para introducir una subtrama romántica pues la atracción por el doctor —que supondría un avance en términos de clase social de no ser este negro— queda bloqueada por el apocamiento de ella y la intervención de los plantadores blancos, quienes le tienden una encerrona, so pretexto de invitarla a comer para presentarle sus respetos en su condición de «única mujer blanca con un puesto de trabajo decente». No solo la conminan a romper su amistad con Émile, sino que en cierta ocasión es asaltada por otro blanco. Gabriela dejará Guinea para curarse definitivamente de las fiebres que contrae y minan su salud. El incipiente movimiento anticolonial está apuntado sin ingenuidades: durante la comida, uno de los colonos ironiza sobre el apoyo al movimiento anticolonialista de los franceses —el doctor Émile fue educado por ellos— que se guardan de apoyarlos en sus propias colonias.

La joven maestra no muestra apenas curiosidad por la cultura africana salvo por el mínimo vocabulario para designar la naturaleza autóctona. El cura, por su lado, se desespera al ver que su causa misionera de inmediato es asimilada con el animismo natural africano en un híbrido cultural que hoy es materia conocida.

Desde su regreso a España, y en el resto de la novela, Guinea y el doctor Émile quedan retirados dentro de una vaga ensoñación como emblema de lo que no pudo ser. Contraerá matrimonio con Ezequiel, sin amarlo y porque toca; de él tendrá la hija destinataria del relato que en el último tramo, pese a la trascendencia de los acontecimientos históricos, se narra como en sordina. Cuesta entender si su distanciamiento del movimiento revolucionario que recorre el país y su clase social, en el que participa activamente su marido, es fruto de su moderación ideológica o si la desilusión sentimental anestesia su energía vital. Dada la escasa épica del personaje, su papel resulta sobre todo testimonio de las mujeres de una época.

Historia de una maestra se integraría en el grupo de novelas de escritores europeos que ofrecen un atisbo de la función emancipadora de los maestros en el contexto colonial de África, como son El primer hombre, autobiografía inconclusa de Albert Camus, y El padre salvaje, un guion de Pier Paolo Pasolini que no llegó a rodarse.

Historia de una maestra, editorial Anagrama (entre otras).
Véase el interesante artículo