Martín Solares, fronteras de la novela policiaca: “Los minutos negros” y “No manden flores” en El Rinconete

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En El Rinconete del Instituto Cervantes

Martín Solares (Tampico, 1970) no es muy conocido aún por los lectores españoles pero sí cuenta con el respeto de sus pares en México y en Estados Unidos por sus dos novelas —Los minutos negros (2006) y No manden flores (2016)— y por su ensayo Cómo dibujar una novela. Su obra, que incluye un relato para el público infantil, ha sido traducida a los principales idiomas. Los minutos negros fue finalista para el Premio Rómulo Gallegos y está pendiente de estreno su adaptación al cine.

Narrador, periodista y editor, Solares cursó su doctorado en Letras Hispánicas en la Sorbona e impartió talleres de escritura en la capital francesa, donde tiene lugar la acción de su última novela, Catorce colmillos (2018), una historia de detectives protagonizada por lo más granado del surrealismo de principios del siglo xx, Tristan Tzara, André Breton y Man Ray; acompañan a estos célebres artistas unas figuras fantásticas que revelan con elocuencia el interés del escritor mexicano por la hibridación de géneros. Recurrir a figuras célebres como protagonistas del relato es un recurso frecuente entre los escritores nacidos a partir de 1970. Lo vimos ya en la segunda novela del escritor y profesor francés Laurent Binet (1972), La séptima función del lenguaje (2015), donde un detective con las hechuras del actor Lino Ventura investiga, junto a un apabullante especialista en análisis semiológicos, la muerte del filósofo Roland Barthes. En esta iconoclasta e inteligente novela comparecen las figuras más importantes de la intelectualidad francesa y norteamericana de los años sesenta y setenta, se parodian sus discursos y se plantea una función extrema del lenguaje que seguramente debe entenderse como la capacidad de seducir al interlocutor.

Esta resurrección de las personalidades que marcaron la modernidad del siglo xx supone un homenaje, pero sobre todo pretende desmitificarlas, y el tono de la narración no siempre esquiva el humor corrosivo.

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Martín Solares

Los expertos en los temas puestos en solfa —desde la nueva filosofía a la historia económica y cultural de la zona de los grandes tráficos ilegales entre México y Estados Unidos, desde los movimientos revolucionarios latinoamericanos al arte de vanguardia, etc.— a menudo manifiestan su disgusto en debates o en revistas especializadas y denuncian que se trivialicen asuntos graves que afectan a la población. Su opinión nos interesa para precisar la transformación experimentada en las dos últimas décadas por lo que seguimos llamando «novela realista» en el marco de la economía globalizada.

Estas consideraciones incumben a la primera novela de Solares, Los minutos negros, que conviene comparar con No manden flores: dos historias de detectives ambientadas en el golfo de México que, pese a compartir el tema de los tráficos ilegales, especialmente el de la droga, y su impacto sobre la seguridad y la economía del Estado mexicano, y a pesar también de compartir algunos personajes, cabe afirmar que corresponden a subgéneros distintos.

Los minutos negros relata la investigación que realiza un policía, apodado Macetón, al que nadie considera la mente más brillante del lugar, en torno al asesinato de un joven periodista de la llamada «nota roja», quien a su vez investigaba el asesinato de varias niñas en los años setenta, en Paracuán, lugar ficticio en el golfo de México, donde los cárteles de la droga empezaban a tomar el control y a corromper las estructuras de Estado. El periodista se interesaba también por el detective al cargo de la investigación de los crímenes, Vicente Rangel, antiguo músico con aires hippies. La narración alterna diferentes décadas, recurre tanto al monólogo interior de concretos personajes como a la tercera persona del narrador en apariencia omnisciente y presenta a un extensa nómina de personajes tópicos dentro del género policiaco establecido por los clásicos de la novela negra norteamericana, a la vez que muy coloridos, como esperamos de los escenarios mexicanos, y representativos de todas las clases sociales.

Los tópicos del género negro se combinan con influencias que redefinen la novela de detectives moderna, como un particular interés por la figura del criminal. En México se ha mencionado la influencia en Los minutos negros de El complot mongol (1969), de Rafael Bernal (México, 1920-Suiza, 1972), pionera del género a la mexicana. Es muy evidente asimismo la huella del estadounidense Thomas Pynchon, tanto en el tono, con momentos de gran comicidad, como en el protagonismo de un outsider y las alusiones a la cultura pop del momento y a la contracultura; también en recursos como la narración de ciertos episodios a través de un personaje cuya percepción está alterada por el consumo de estupefacientes, alcohol o por actos de violencia. Es característico en Solares el relato de sueños inquietantes y que personajes reales, incluido él mismo, aparezcan fugazmente en la historia. También es pynchoniano el caos resultante de la profusión de subtramas que se resuelven sin desdeñar los giros inesperados, a veces tramposos con los lectores, a los que se les escamotea información sin rubor.

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II

Los minutos negros mostraba un rasgo típico de muchas primeras novelas: los homenajes y guiños a escritores y mitos culturales propios con los que el novelista novel marca para su lector las coordenadas en que se mueve dentro del género. Seguramente por ello, pese a su calidad e interés, ésta y su segunda novela, No manden flores, recibieron críticas de lectores preocupados por el contexto de violencia del que son responsables los cárteles del narco y otros negocios ilegales. Atacan al subgénero narrativo llamado narconovela, donde la trama con los cárteles como detonantes de la acción es un pretexto para una glamurización de las figuras delincuenciales y la exhibición de escenas de violencia relatadas con fruición por escritores o guionistas. Lo interesante de tales críticas es que analizan desde dentro, es decir, desde el territorio afectado —Centroamérica—, tanto los acontecimientos como el relato que hacen la prensa y los géneros narrativos y audiovisuales. Denuncian que series de televisión como Narcos no abordan de manera realista el fenómeno de desintegración de las estructuras de Estados, en principio democráticos, minadas por la corrupción instigada por los cárteles y que hacen una estética del derroche sin analizarlo.

Conviene detenerse en el término «realista» y llamar la atención del lector sobre la estilización que practican los mejores escritores al abordar un asunto que ocupa las portadas de los noticiarios y que por eso consideramos parte de nuestra realidad. Novelas como No manden flores —cuya trama se atiene al tópico del detective outsider que investiga la desaparición de la joven hija de un millonario, rapto en principio atribuido a alguno de los grupos que operan en la zona del golfo de México— deberían incluirse en un subgénero nuevo, que llamo «realismo alucinatorio». No sólo por la recurrencia de las escenas oníricas de tono inquietante o por los episodios narrados desde una mente alterada por alguna droga —incluidos medicamentos—, sino sobre todo porque al ceñir el relato a la investigación y a los personajes vinculados a ella la realidad cotidiana queda excluida y la realidad más amplia del México moderno desaparece. En su lugar tenemos ese espacio ficticio —Pecuán, inspirado al parecer en Tampico—, escenario del enfrentamiento entre cárteles, donde los diferentes poderes que deberían representar y defender los derechos de un Estado democrático están a sueldo de tal o cual grupo. Es un escenario que trasciende a las novelas de frontera de Cormac McCarthy, aunque bebe de los mitos del salvaje Oeste. Ahora, el héroe, descreído o cínico, leal a un puñado de personas, debe rescatar a la doncella —la rica heredera secuestrada—, salvar su vida, proteger la de los suyos y mantener vivos algunos valores nobles. El territorio sin ley propio del salvaje Oeste suma aquí connotaciones más serias porque Solares explica de manera dosificada a lo largo de la novela cómo se ha ido estableciendo el poder de los cárteles y su modus operandi.

frontera usa mexico

En paralelo a las escenas propias de una intriga policiaca detectivesca ambientada en los dominios del narco en el siglo XXI, interpretamos que las leyes y reglas de un Estado democrático han sido abolidas por una guerra no declarada que devalúa el valor del ciudadano. Las relaciones dentro del territorio han retrocedido a periodos primitivos y parecen las propias de regímenes tribales. Solares desliza precisamente alusiones a tribus y los personajes, movidos por impulsos de supervivencia, astucia, apetitos, participan sin ser conscientes en una especie de potlatch, ceremonial de acumulación de dinero y de consumo exhibicionista; la acumulación de crímenes por cada bando es parte de este ritual que ha de concluir en la ruina de los participantes, de los países implicados.

Por eso vale la pena comparar la narconovela al estilo de Martín Solares con las novelas de Juan Gabriel Vásquez. Mientras éste suele ocuparse de miembros de la élite ilustrada cuya vida se altera por la intrusión de alguien ajeno a su grupo social y razonan con brillantez sobre los acontecimientos de los que son actores y/o testigos, Solares se ocupa de ciudadanos irrelevantes, la carne de cañón —policías, detectives, periodistas, sicarios, empleados modestos, forenses, etc.—, plenamente conscientes de que están insertos en una economía globalizada.

Los estudiosos de la narconovela y del protagonismo de las figuras criminales en esta narrativa subrayan su función como símbolos que compendian el capitalismo globalizado; señalan igualmente el impacto que ha tenido la pérdida de influencia de la Iglesia sobre los estratos más modestos. Estos aspectos están presentes en No manden flores, por lo que, al margen de un estilo poético muy adecuado al género y de la asombrosa destreza con que el escritor mexicano combina y subvierte los tópicos del género negro adaptándolos a escenarios mexicanos, la mayor cualidad de esta novela es su voluntad de anticipar un futuro posible. Hablamos de realismo alucinatorio porque es una realidad anticipada desde la literatura: no describe el presente ni glamuriza el crimen, sino que describe un futuro cercano, de persistir los elementos que sustentan la violencia organizada en México. Afortunadamente, el país vive una eclosión cultural y una toma de conciencia política que permite imaginar un desenlace más optimista.

Fin de época

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Llevo tiempo con ganas de cambiar de formato de blog, así que aquí termina éste De la Habana… mientras busco un tema que me permita combinar imágenes, videos y textos de manera menos esquemática.
Añadiré solo los artículos que se irán publicando del Rinconete para que resulte fácil localizarlos.

Convienen, creo, algunas observaciones, o aclaraciones. Dejo este blog porque está inevitablemente relacionado con asuntos que me han amargado la vida, profesionales y personales, también porque estoy tratándome la depresión que hace años me diagnosticaron, y quizá por primera vez veo por dónde salir. Puedo disimular, enmascarar, inventarme personajes que interpretar para hacer como que no pasa nada, pero las energías para hacerlo se han agotado, y las ganas también. Y la rabia está ahí.

Pero antes de convertir el blog en una pizarra donde pinchar artículos, voy a hacer algunas aclaraciones sobre mí, para que al menos los que me han ninguneado, insultado, denigrado profesional y personalmente tengan más claro a quién han ninguneado, etc.

Busqué un editor que me publicara La mentira por salir del agobio que me causaba Munné, editor de Planeta No Ficción. Salió mal porque el editor fue nefasto, y su frivolidad y comportamiento caprichoso me han perjudicado. En esa novela yo creía que lo importante no eran tanto las vicisitudes de índole sexual como la búsqueda de una identidad, en oposición a la generación de los nacidos en la inmediata posguerra. Iwasaki hacía una afirmación en el generoso artículo que escribió para Jot Down, artículo que considero lo que es, un obituario antes que un rescate, porque esa novela nació muerta gracias al editor, que apenas habló conmigo diez minutos y me despreció luego con formas miserables. Los avatares resultado de cómo se gestionó su publicación aún hicieron más difícil hablar con él, ya no digamos hablar de igual a igual. Sigo pensando que un escritor es más que un editor y que no hay libros sin escritores, por mucho que en las dos últimas décadas haya tantos que jueguen a otra partida.

Escribía Iwasaki: “la adolescente convertida en amante de su joven profesor” . Le escribí para desmentirlo porque si por “amante” se entiende lo que todos entendemos, incluido una regularidad, no solo no sucedió sino que, muy probablemente de haber sucedido yo habría escrito una novela muy diferente. Esa regularidad necesaria por la mera lógica de la narración habría ocupado cierto espacio y habría funcionado como espejo, deformante sin duda, de las relaciones, mucho más interesantes en términos de drama y reflejo de una generación, de la madre y de su amante. Ocurre que no tengo vocación de víctima ni me gustan las situaciones sórdidas, por más que me haya visto implicada en sordideces que no busqué o no esperaba. La gente que me conoce sabe que, para mi suerte y para mi desgracia, siempre he sido una mujer “sensata”. Sensatez no es llevar el freno puesto en la boca en todo momento sino saber en qué charco vale la pena arrojarse de cabeza. Para mí esa historia trata de la formación de una conciencia, o como dejó escrito Pasolini, del estupendo privilegio de pensar. Pensar en lugar de ser pensada, dejar de ser la cosa de mi madre o de mi hermana, o de cuanto sujeto decidiera meterle mano a mi vida o a mí. De eso trataba. Fue un texto que empecé a escribir con 26 años y que aparqué durante mucho tiempo y que terminé, quizá de un modo diferente a como me habría gustado hacerlo, por salir del agujero.

Soy ya demasiado adulta para sentir que estoy haciendo confesiones fuera de lugar, sobre todo teniendo en cuenta que, como me plagiaron una novela a la que le tenía mucho más apego que a esta de Mondadori, no sé si volveré nunca a publicar nada con mi nombre. Por haber recibido lecturas la mayoría de veces tan pobres, tan superficiales, cuando yo presto tanta atención a los libros ejenos, y por defender quien realmente era y soy, añado que no es que sea tolerante con lo que hagan o deshagan los demás en materia de relaciones sexuales, no soy tan vanidosa como para ser tolerante, no se trataba  de moral sino de valorar las consecuencias y si una experiencia enriquece o degrada. Estas consideraciones tienen interés en relación a adolescentes; sobre adultos que no padezcan algún déficit intelectual según qué comentarios resultan ridículos por melindrosos.

Conviene diferenciar entre abuso y seducción. Es una distinción que se escamotea últimamente y que lleva la discusión del feminismo a callejones sin salida. Hay abuso cuando no se puede decir no. Al “joven profesor” –joven pero que me doblaba la edad– yo podía decirle claramente que no y en determinado momento, con dieciséis años, dije basta y no hubo vuelta atrás. Por supuesto, él quiso tener la última palabra, pero se quedó sin respuesta. Ahí no había “elemento dramático” porque nadie enloqueció. Hay seducción cuando uno/a se mete en una situación erótica a partir de la composición de lugar que se hace, es decir cuando una interpreta lo que el otro ofrece. Nunca me han fascinado las lolitas; una de las condiciones para serlo es no ser consciente del efecto que se causa, y por supuesto ser muy niña, una púber, y tener una naturaleza más sensual que cerebral. Para mí ese tipo de niñas eran caperucitas, iban directas a la catástrofe. Otro rasgo de la lolita puede ser la astucia. Entonces quizá tengamos a una pequeña femme fatale, lo que para mí era ridículo, ese artificio era un juego vergonzante, y representaba bien la vieja artimaña de “conseguir hombres” con el bajo vientre. Son lecturas de entonces y del panorma alrededor. Vamos, que yo tenía la cabeza estructurada de otro modo; tuve la enorme suerte de vivir la adolescencia a finales de los años 70, y en una gran ciudad como Barcelona, en pleno estallido al morir Franco; mis ídolos femeninos eran Oriana Fallaci y Lillian Hellman, no me gustaban absolutamente nada las escritoras homosexuales ni las suicidas y me parecía una frivolidad “jugar a” la lolita o a la chica moderna para darle gusto a un progre –el profesor y los hombres de su generación– que yo sabía, porque lo tenía delante de mí, encontraría otra y otra adolescente y otra aún, cuando mi panorama familiar era el que era. Cuando dejamos San Cugat fue igual de precario. En este blog ya he contado algunos episodios de mis búsquedas de trabajo y las ejemplares peripecias vividas.

De haber continuado en esa novela relatando qué pasó después, seguramente incluiría dos episodios. Uno, cuando con 16 años le colgué el teléfono para siempre. Él había hecho en cierto momento un comentario sobre mi madre que me pareció fácil, máxime teniendo en cuenta que con doce años yo acudí a él buscando ayuda –como se ve en la novela– y no hizo nada significativo. 16 años es una edad fetiche para los hombres y ese aspecto “serial” me parecía risible de tan obvio. Era habitual que algún tipo me arrojara la manaza sobre los pechos en la calle, en el metro, en alguna aglomeración. Era la edad, no yo, lo interesante. Tampoco hay que tener un coeficiente de inteligencia altísimo para comprender si una está o no hecha para situaciones que derivan sin remedio hacia la frivolidad y que esa frivolidad se degrada en sordidez porque se obvia la urgencia que llevó a una menor a confiar en un adulto. El segundo episodio que no habría suprimido es el de la chica que, también menor, sí se convirtió en su “amante” entre sus 13 y 14 años y al cabo de unos años, con 20, arrastraba una depresión de aúpa, según supe a través de otra persona. Lo fácil en aquel momento, cuando hubo denuncia y él fue expulsado, fue hablar de abuso porque nadie quiso o a nadie le convino analizar si en realidad “el joven profesor” fue el detonante de unas respuestas por parte de unas adolescentes con un perfil psicoafectivo muy concreto. Aquí ya sí importa el coeficiente intelectual, o una de sus variables, la intuición, para identificar qué chica se retirará a tiempo y no andará haciendo acusaciones de culpabilidad fáciles. Si hay que acusar de algo al entonces joven profesor, en el contexto de la liberación de los años 70, en la España del nacionalcatolicismo, es de ser un adelantado del uso consumista de los cuerpos y desear a la vez una palpitante autenticidad del otro lado. Llámalo oportunista, llámalo seductor, pero si no eras deficiente mental podías ver que las cartas estaban encima de la mesa.

Por último: lo de “perfil psicoafectivo” por abstruso que parezca es un concepto útil.  La figura de la madre es siempre importante, sobre todo cuando la hija no es un clon. Yo era el “elemento” molesto. Según mi madre yo era como su hermana menor, a la que odiaba. No es fácil hablar de esto y solo añadiré que la única manera de tener una madre fue escribir una novela. También fue una manera de dar cuerpo, aunque muy pequeño, a una memoria, de sobreponerme a historias falseadas que me destinaban a papeles indignos, degradados. En mi generación y entre los que veníamos de familias de perdedores, es decir del bando de la República, a los 20 años se daba un salto abismal entre padres e hijos porque cambió por completo el lenguaje, el nivel cultural. A cambio, ellos tenían el caudal de experiencias increíbles de los que viven a pelo, sin mirar atrás. Eso es lo que envidiaba y me fascinaba de esa generación, y del París de los sesenta y setenta. Además, podían ser peligrosos. Es como si fuesen mudos y solo tuviesen piel y entrañas. Llámalo redaños o llámalo desesperación. El psicoanalista Angulo me dijo una vez que en psicoanálisis uno no habla de lo que va bien sino de lo que falta, de lo que no existe. Una novela, buena o mala, es un espacio simbólico donde se ponen en juego símbolos que cobran más o menos sentido según la interacción con el contexto, con la inteligencia del lector. Seguramente son símbolos útiles y válidos durante un tiempo y luego dejan de significar.

Así que lo que importa es ser dueña de lo que sigue. Visto el desvalijamiento moral y profesional que he sufrido durante estos años, algo es.

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Yime de Santiago, diseñador: Aquatic Revenge y Beach (arriba)

Un policíaco hecho por un puñado de hippies… “The Long Goodbye” en la Filmo

Están echando un pequeño ciclo de Robert Altman en la Filmo de Barcelona y estos días han proyectado dos títulos emblemáticos: The Player, del 92, con un increíble Tim Robbins –que volvería a estar sensancional en Pret-â-Porter–, y The Long Goodbye, del 73.  La adaptación de la novela de Chandler conserva una trama muy densa dentro de su estructura aparentemente alocada y dislocada, con personajes maravillosamente californianos, diálogos muy elaborados, gags visuales y Elliott Gould que disfruta del personaje en todos sus escenas, bastante inspirado, creo, por el Jean-Paul Belmondo en su etapa Godard. La canción y la melodía de John Williams está omnipresente, a veces de forma innecesaria. Final espléndido en un plano panorámico que le da ese porte clásico por el que apetece verla más de una vez.