Elecciones “plebiscitarias” del 27 de septiembre en Cataluña. “No, no, no te equivoques”

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Emigrantes llegados a Barcelona. Encontrado en la red. Fotógrafo: ?

El año pasado, cuando en el banco tramitaban la moratoria, el nuevo director de la sucursal, un hombre joven, muy calmado, inteligente, treintañero, atribuía mi pésima situación financiera al hecho de ser de fuera de Cataluña. Por sistema, hablo siempre en castellano, con más motivo si se trata de asuntos personales, económicos y legales, en los que importa la letra pequeña. Carlos, que así se llama el director, insinuaba que no debía avergonzarme, que él y sus padres también venían de fuera, que “también eran emigrantes”. “No, no, no te equivoques. Yo no soy emigrante. Emigrantes eran los de mi familia cuando trabajaban en Francia. Yo soy española y estoy en mi país”.

Emigraron a París a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, cuando la llamada “década prodigiosa” puso a Francia en la órbita de la modernidad.

Otro episodio ejemplar. También durante el año pasado; acudí a pedir información, que no aparecía en la red, relativa al llamado programa Eures, concebido para españoles que buscan trabajo en el extranjero. Me atendió una mujer de unos cuarenta años. Pregunté. Como información, cuatro vaguedades en tono displicente: que en Francia buscaban sobre todo empleados de servicios, entre camareros, enfermeras y fresadores. Ella vio la posibilidad de establecer algún tipo de complicidad: una persona con carrera por fuerza la merecía. Me preguntó: “¿Entiendes el catalán?”. Le respondí: “Sí. ¿Y?”. Se quedó dubitativa unos segundos. Lo repitió: “¿Entiendes el catalán?”. Volví a responder: “Sí. ¿Y?”. Lo entendió por fin. Tiene un contrato como funcionaria porque domina, se supone, las lenguas oficiales en Cataluña, que son el castellano y el catalán, en el orden que prefiera el hablante, me imagino. Legalmente, tendrá que ser en condiciones de igualdad. Si presta un servicio público, será en el idioma de quien solicita ese servicio. Está ese discurso recurrente de la opresión del catalán –¿dónde?. Si no ejerzo mi opresión sobre la pobre funcionaria, ¿cómo va a sostenerse su discurso? ¿cómo va a justificar ella su vida entera? Esa misma tarde, en una calle de Gracia, una chica extraviada en el laberinto del barrio, me pregunta en catalán por cierto bar irlandés. Sin encomendarme a Junqueras ni a la mureneta, le respondo en catalán. Porque, como dijo el humorista Gila, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Como traductora, correctora, como colaboradora en prensa, en el doctorado de la Pompeu Fabra, en la CCRTV, he tenido que tolerar que personas con peor formación que yo, con un castellano mucho más pobre que el mío, ocupen puestos de trabajo, con sueldo y beneficios, que podría desempeñar yo mejor. Y ha sido así porque sus contactos o lazos familiares les han facilitado esos puestos de preferencia. Pensemos en Rahola publicando libros en castellano con Planeta. Yo corregí –reescribí en castellano- dos de sus libros. Qué prodigiosa inventiva lingüística la de esta independentista. Recuerdo, además, la declaración a la prensa de una de las escolares que vio como uno de sus compañeros de instituto mataba al profesor: ni Sánchez Ferlosio mejoraría esa jerga cani-con-inmersión catalana.

Me han boicoteado por activa y por pasiva; no pudiendo acusarme de trabajar mal, me han apartado incluso “por estar demasiado capacitada para el puesto a cubrir”; ha habido quien dejó caer que no encontraría trabajo si se sabía que era “conflictiva”. Todo mi “conflicto” era que no quería saber nada del canalla que pronunciaba esa frase y así me advertía de su poder de contaminación. Otro, que yo lo ponía “contra las cuerdas”: después de trabajar más de dos años como una imbécil, sin contrato, a tarifa bajísima, mientras los dos que trabajaban con él no pegaban sello, y disfrutaban de todo lo que conlleva el sueldo y haber sido contratados a dedo. En cierta ocasión, tuve que llamar al domicilio del director de ese departamento: la persona que atendió al teléfono, una mujer vieja que no debía percatarse de que hablaba a gritos, en respuesta al que preguntaba quién llamaba: “No sé. Una castellana”. Me eché a reír porque pensé “que habla el mejor castellano que oirás en tu vida”.

En Cataluña, todavía es muy habitual asociar el idioma castellano a servidumbre. Un amigo mayor, jubilado ya de su plaza de catedrático, holgada pensión, con envidiable carrera “en función de servicios” en el extranjero, cuenta a menudo la anécdota de su “entrada en sociedad” como joven universitario en Barcelona en los años sesenta. Unas compañeras de aula, al decir él que era de Murcia, soltaron un dicho ofensivo sobre sus coterráneos. Otra de las estudiantes, queriendo atemperar el insulto, protestó: “¡Ay, pero si dice mi madre que las criadas murcianas son las más limpias!”.

En cuanto a nuestros jóvenes escritores en castellano que colaboran asiduamente en publicaciones catalanas, o imparten cursos en las facultades de Letras de Barcelona, con la carrera apenas consolidada, ¿quién de ellos ha adoptado una postura clara contra la manipulación sistemática que los nacionalistas-separatistas practican? No. Podrían perder el trabajo en la universidad, y las colaboraciones en prensa. Es más rentable, pues, condenar la desastrosa gestión del país que perpetra el gobierno comunistoide chavista de Venezuela o exigir que cese la masacre de periodistas en México.

Las bellas durmientes, los malos lectores

No More Tears, Barbra Streisand & Donna Summer

No sé si es cierto que aún se lee poco en España, pero sí parece cierto que se lee mal, de modo muy superficial. Y se lee sobre todo con un sesgo masculino. No sabría decir si enteramente machista o si lo parece por esa forma mecánica de obviar lo que concierne a las mujeres. Ya se ha visto en la figura de la mujer torera en dos películas, que comenté hace poco. Lo compruebo otra vez al releer La historia del llanto, de Alan Pauls, en el contexto del abordaje de la violencia a sangre y picana en la Argentina de los sesenta-setenta. Además de comprobar que nadie ha señalado la influencia directa de Jean-Paul Sartre en esta primera nouvelle de la trilogía –el Sartre de su autobiografía Las palabras, en las primeras líneas de Pauls; el de La náusea a lo largo del texto, con su énfasis en el asco y ahogo que experimenta el niño protagonista–, tampoco se destaca, salvo de paso, la figura de la madre deprimida y casi siempre en la cama, con su “cóctel de fármacos” a mano. En cierto momento, el abuelo la califica de “muerta en vida”. Se trata, de hecho, de una figura recurrente de la vida de los años cincuenta-sesenta, antes de que la revolución sexual y de las costumbres pusiera patas arriba la estructura jerárquica de los sexos y se forjaran nuevas imágenes de la mujer y de la feminidad.

Siempre me parecen algo misóginas las novelas de Pauls, pero a fin de cuentas se trata de plasmar su percepción de una experiencia fundacional. Me sorprende que, siendo como es una figura recurrente –una figura plástica de perfil no menos definido que el de la mujer fatal, el ama de casa convencional o la vampiresa, la cotilla venenosa, la adúltera de trágico destino, etc.– no se ponga de relieve el poso político que encierra.

Así, se trataba de mujeres educadas para contraer matrimonio y formar una familia (feliz) en su primera juventud. Si el matrimonio fracasa pronto, o se truncan los proyectos de familia, aparecen como fracasadas. En países de moral sexual intransigente, sin divorcio o con peso de la iglesia católica, donde además la formación académica de las mujeres quedaba limitada a estudios primarios y alguna capacitación para obtener empleo (subordinado) en oficinas o comercios, el horizonte que se ofrecía ante estas mujeres jóvenes de clase media era estrecho. En ciertos países, esta situación se produjo después de que las mujeres ocuparan puestos de trabajo en muy diversas áreas sustituyendo a los hombres, que se encontraban en el frente de batalla. El regreso al encierro del hogar pudo ser traumático.

Hace pocos días, los diarios anunciaban la biografía de la segunda mujer del poeta Hughes, Assia Wevill, la rival de Plath, que también se suicidó. La noticia sí apuntaba al final una nota sociológica, llamando la atención sobre la revolución de los sesenta, que supuso brindar a las mujeres salidas distintas del suicidio o de la “muerte en vida” cuando una pasión amorosa fracasaba.

He leído un par de novelas españolas, ambas autoficcionales, donde aparece esta figura de la madre deprimida y prácticamente encerrada en su habitación, incapaz de ocuparse de los hijos, aún pequeños. Una imagen que deja huella, como se ve en La historia del llanto. Tiene algo de sobrecogedor que el adolescente entre con la revista donde aparece la fotografía de la montonera muerta, y desnuda, en la habitación de la madre, y se encuentre con ésta llorando, incapaz de prestarle atención. Dos mujeres muertas. Una simetría audaz.

Estoy leyendo… biografía de Juan Marsé, Mercedes Soriano, Walsh, Dalmau & Piña…

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Estoy leyendo y leyendo y leyendo con una concentración y bulimia que hacía mucho tiempo no gastaba –supongo que es porque ya me he leído todo internet :-)–, pero admito que me da cierta pereza comentar mis impresiones, puede que porque la intuición más acuciante es que convendría hacer comentarios feroces, sin mordazas de ningún tipo. Así, he leído con gran interés la biografía que Cuenca ha dedicado a Juan Marsé, que tiene tres o cuatro líneas argumentales de potente interés –la formación de Marsé en su correspondencia con Paulina Creusat; el tema de las amistades que atraviesan la vida entera del autor, como Gil de Biedma; la independencia de Marsé y cómo encaja (o desencaja) su figura en “el rollo” independentista catalanish, el problema de Marsé con las adaptaciones al cine de sus novelas–. Es una biografía generosa aunque no obsequiosa porque el biografo, Cuenca, mantiene una postura intelectualmente sensata, aunque es evidente su crítica a la construcción de una leyenda nacional/nacionalista desde la restauración de la democracia con Pujol y sus huestes. Intoxicación que llega hasta hoy con la convocatoria de elecciones “plebiscitarias” para finales de septiembre y plasmada desde una postura con la que me siento plenamente identificada. Dicho en corto, lo que están haciendo los nacionalistas catalanes es un desfalco, cultural, intelectual, de mi futuro, del de todos cuantos no piensan como ellos.

Merece la pena leer la biografía aunque solo fuese para descubrir cuántos años llevan ya los nacionalistas catalanes intoxicando el ambiente cultural y el tonillo de superioridad que gastan. Al respecto es de lo más irritante –me imagino a Marsé, por suerte con el gen de la socarronería muy desarrollado, refunfuñando y riendo al leerla– la carta que un pope del catalanismo soidisant progresista le escribe perdonándole la vida por escribir en castellano –se trata del fundador de uno de esos caros y pijos colegios adonde asistían los vástagos de la gauche-divine, el Thau, creo que se llama o llamaba–. Se habla, por supuesto, de los desencuentros con la censura franquista y de la antipatía que le “une” a Juan Goytisolo desde que Marsé ganara el Biblioteca Breve con Últimas tardes con Teresa en lugar de Manuel Puig por sus Boquitas pintadas. En la falta de análisis de esta oposición encuentro uno de los fallos de la biografía: el fallo. En su reseña en Babelia, leo que Jordi Gracia echa en falta la “biografía”, es decir, una elaboración del ingente material que Cuenca ha ordenado biográficamente contando con la generosísima colaboración documental de Marsé. Tengo la impresión de que Gracia echa en falta al personaje cerrado –algo que sólo nos dará la muerte del escritor– y no lo que creo que falta: llevarle la contraria a Marsé en cuanto a su antipatía por los “estructuralismos” y otras corrientes de la crítica y de la literatura nacidos en la época de sus primeras publicaciones.

Es decir, creo que es urgente ya mirar y leer a textos y autores de un modo radicalmente distinto. Sin duda tiene razón Marsé cuando se burla del estilo intelectual y snob que prosperó en los años sesenta-setenta –y que tiene a su archienemigo Goytisolo entre sus practicantes–, pero la burla debería ir contra sus excesos no contra los planteamientos de base. Así, el conflicto por el premio a Últimas tardes con Teresa contra Boquitas pintadas –que arrancaba ganadora–, en el que el editor Carlos Barral –ostensiblemente favorable a Marsé, al que le unía ya una buena amistad– intervino hasta obtener que la balanza se decantara del lado del escritor barcelonés, podría haberse planteado considerando que la novela de Marsé no era sólo novela social, novela de autor “obrero”, sino que la propuesta de Puig forzaba una consideración minoritaria de la realidad política. Cuenca no destaca suficiente –quizá por una falsa naturalidad–, en mi opinión, que Juan Goytisolo estaba defendiendo una narrativa queer que todavía hoy se considera minoritaria y que ha llevado décadas antes que los especialistas en la materia construyan una perspectiva teórica con la batería de conceptos suministrados por el “posmodernismo”. Es decir, ha llevado décadas comprender que lo camp y la reelaboración de los códigos del melodrama, el folletín o la cultura de masas, están -estaban ya- al servicio de una mirada política de la realidad. Y desde la perspectiva que nos da el bagaje de tanta teoría literaria consolidada, sería interesante entender la posición de Barral, un editor que parece ser más famoso por sus rechazos que por sus asentimientos.

He disfrutado de su lectura –resulta de lo más triste comprobar cómo mujeres con la cabeza tan bien amueblada, y tan lúcidas en sus consideraciones sobre el idioma y sobre la llamada literatura política,  como la corresponsal del joven Marsé, Paulina Crusat, quedan relegadas al olvido–, especialmente de las páginas dedicadas a la revista Por Favor, y de la creación de la novela Si te dicen que caí.

la mala puta-portadaNo he disfrutado nada, aunque también se lee en un plisplás, de La mala puta, de Miguel Dalmau y Román Piña. Comprendo (y comparto) el enfado de Dalmau frente al poder que unos pocos tienen para condenar libros y carreras en nuestra literatura, pero no creo que el desahogo superficial sea la mejor terapia. De hecho, si uno decide estampar su enfado en un libro, debería profundizar más y no achacar a la envidia del gremio la falta de solidaridad cuando su proyecto de biografía de Cortázar queda en agua de borrajas porque la Balcells se niega a consentir que se reproduzcan fragmentos de la obra del autor de Rayuela. Si causó escándalo tiempo atrás su biografía dedicada a Jaime Gil de Biedma no fue porque presentó la vida del poeta desde una perspectiva poco complaciente al tratar de su vida sexual, sino precisamente porque lo hizo desde la complacencia estúpida de la pequeña burguesía que se deleita en relatar los aspectos íntimos de las vidas ajenas con la mezquindad intelectual de una beata de la posguerra. No hace mucho, una estudiosa norteameriana, Hazel Rowley, hizo lo propio con la vida de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y el crítico Edmund Wilson ya peroraba contra este tipo de biografías “sociopsicológicas” de escritores que tienden “a caricaturizar las personalidades de sus personajes. Hoy en día se nos muestra el espectáculo de algunos importantes ornamentos de la raza humana, expuestos exclusivamente en términos de sus manías más ridículas, sus neurosis más inquietantes y sus fracasos más humillantes.” (pág. 118) La parte de Román Piña me ha parecido muy autoindulgente y la carta que dirige a un pobre diablo que cree que redimirá su vida si su obra “a lo poeta maldito” encuentra un editor es un escándalo de autopromoción. Me hizo recordar, por lo contrario, por la generosidad del punto de vista, la Carta de Charles Baudelaire a “los jóvenes literatos” donde empieza advirtiendo que no conviene creer en la buena o mala suerte de los demás, pues con toda probabilidad el éxito ajeno es la eclosión de menudos éxitos imperceptibles previos. (Naturalmente, nuestro querido Carlitos Baudelaire no conocía el universo literario barcelonés). El capítulo dedicado al “caso Echevarria” es bastante extenso. Siempre que se aborda el asunto me pregunto si soy la única que entendió la maniobra de Prisa dentro de la estretegia de infantilización ideológica en la que Zapatero había embarcado al país y que, en aquel preciso momento, estaba metido en la faena de desdramatizar el terrorismo etarra en vista a las negociaciones con la banda para el fin de la “acción armada” y que la novela de Atxaga, con su idílica visión del arranque del “conficto”, era parte de la vaselina que se suministraba a la opinión pública. De otro lado, me ha hecho reír Dalmau cuando afirma que las críticas demoledoras de Echevarria le llevan a uno a necesitar algún tipo de sortilegio o un chamán para deshacerse de su efecto en la moral de la víctima. Me he reído porque es exacto: es una especie de veneno inoculado en la sangre que acaba con tu energía y tu pasión de vida.

Entre la biografía de caca-pipi-culo y la hagiografía que no se atreve a arañar al personaje –un poco el defecto de Mientras llega la felicidad–, queda una posibilidad de audacia… que muchas veces queda para las autobiografías.

Mi conclusión es que España no tiene (o ha perdido) una tradición de polémica y de cultura de editores. Pienso en la correspondencia que Gaston Gallimard intercambiaba con Proust y con Céline -que se moría de celos porque su obra no merecía (aún) una Pléiade mientras el mimadísimo asmático recibía honores de toda suerte– y no me imagino a Herralde, ni a la Balcells, ni a López de Lamadrid ni a Echevarria ni ¡a Lara! cultivando sabiamente estas neurosis y explotándolas en favor de la literatura de sus autores… y no de sus cuentas bancarias.

“Muerte de un murciano en La Habana”, de Teresa Dovalpage, una zarzuela con rimas de Bécquer, en El Rinconete del Instituto Cervantes

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Teresa Dovalpage

El Rinconete

Si uno viaja a Miami, Estados Unidos, el primer destino del exilio cubano tras la revolución castrista, y tiene la suerte de que alguien le ofrezca datos sociológicos o históricos para interpretar lo que ve —por ejemplo, en South Beach, zona muy rica de la ciudad, qué «es» ese anciano vestido de punta en blanco a la moda de los años cincuenta—, averiguará que las distintas oleadas de la diáspora se definen por el contexto político que abandonaron. En las primeras oleadas dominaban los acérrimos anticastristas, ligados al régimen de Batista, los disidentes de primera hora y los considerados «ineducables» por el sistema, partidarios a menudo de mantener el embargo hasta la caída del régimen. Las últimas generaciones, ya lleguen con visa o en balsa, suelen ser exiliados económicos y partidarios de negociar para favorecer una transición controlada a la democracia. Los escritores cubanos exiliados reproducen esos mismos esquemas, por lo que las novelas de humor identifican a autores de las dos últimas décadas, cuando el castrismo, con su eterna mala salud de hierro, se derrumba en períodos especiales y sobrevive con el oxígeno de las economías emergentes y el turismo. Teresa Dovalpage (La Habana, 1966) responde al último perfil.

En la actualidad vive en Taos, Nuevo México, después de pasar por San Diego (California) y Albuquerque. Con un doctorado en Literatura Latinoamericana cursado en Estados Unidos, adonde llegó en 1996, acostumbra a subrayar que sus primeras publicaciones fueron ya en «sociedades libres» y que nunca ha sentido nostalgia de Cuba. Escribe indistintamente en inglés y en español pero la isla es el escenario de sus argumentos: A Girl Like Che Guevara, (2004), Muerte de un murciano en La Habana (2006), Habanera: A Portrait of a Cuban Family (2010), El difunto Fidel C. (2011), La Regenta en La Habana (2012) y Orfeo en el Caribe (2013).

Muerte de un murciano en La Habana, que en 2006 resultó finalista del Premio Herralde, es seguramente su novela más conocida. El argumento abunda en los tópicos: un murciano sesentón y divorciado llega a La Habana para dirigir la filial de la empresa española Águila y Cía., se enreda con una habanera apenas mayor que su hija y el plan económico-amoroso termina fatal. Ya desde el título la autora se ríe de los tópicos de la Cuba castrista del período especial y le da la vuelta a la moderna literatura cubana al escribir un enredo zarzuelesco, inspirado en Los gavilanes (1923) —libreto de José Ramos Martín y música de Jacinto Guerrero—, donde un indiano de mediana edad regresaba a su tierra convencido de poder comprar con dinero el amor de la joven Rosaura, que ama a Gustavo.

Dividida en cuatro actos con sus correspondientes cuadros, dando a los protagonistas la ocasión de «cantar» y lamentar las trampas con que los emboscó el destino (el deseo), Dovalpage escribe una hilarante y descabellada tragedia donde una mosquita muerta, la rubia y desnutrida Maricari o María del Cobre, seduce sin quererlo a Pío Ponce de León, durante un encuentro en la calle donde no atina siquiera a vender sus muñecas de artesanía. Azuzada por su deslenguada y hambrienta madre, Concepción, consulta a un vidente de santería, Teófilo, que atiende travestido como Mercedes la Espiritualísima y es ducho en latín e historia del arte. Desde el primer encuentro, una corriente de atracción une a los jóvenes, que termina interponiéndose en la relación de conveniencia en la que se instala Maricari, para desespero de su madre, quien veía ya abiertas las puertas del paraíso español.

Muerte de un murciano en La Habana parece la inversión de Los gavilanes. En clave posmoderna, critica los nuevos colonialismos —empresas mixtas, turismo sexual—, y pone en boca de los jóvenes enamorados las melosas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer y los pareados más bobos, parodiando la tradición literaria española. También es implacable con la ruina del país al oponer las penalidades que padece el cubano medio a los privilegios de una élite residente en la zona de Miramar. Es novela de crítica social y realista por el inexcusable protagonismo del jineterismo, por las referencias a ese «faltante» que compensa en dólares los magros sueldos de los empleados en empresas mixtas y a la obsesión por los objetos y la comida, sueño de Tántalo en Cuba. Pero Dovalpage ofrece su crítica en una lengua viva de cubanismos, desorbitada en sus hipérboles, burlona con los tópicos preferidos de los propios cubanos y conjuga con fluidez las citas de la baja y la alta cultura. La risa del lector celebra esta vía de escape.

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foto: conexioncubana

 

Psicoanalistas: el cadáver en el armario

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He leído la noticia en que una aristócrata sevillana denuncia haber sufrido “abusos” por parte del psiquiatra que la trató cuando siendo muy joven sufría una depresión. La he leído con interés en parte porque viene a corroborar lo que decía yo días atrás sobre la función que a día de hoy cumplen los psicoanalistas –tengo la impresión de que se está produciendo una confusión en los términos psiquiatra/psicoanalista para definir a este médico sevillano–, y en parte porque cuando en las fechas en que acudía a la consulta de Bassols –que fue nefasto pues a lo largo de más de un año no hizo nada que pudiera calificarse de terapéutico y abandoné abruptamente por miedo a lo que estaba ocurriendo en la consulta y fuera de ella– me he preguntado con frecuencia cómo puede un paciente denunciar negligencia y ser tomado en consideración. En mi caso, cierto día alguien más serio que MB resumió: pero si eso es lo que ha hecho toda su vida en familia, hablar sola,  hablar para personas tan narcisistas que no son capaces de responder reconociendo que el otro existe.

Si se trata de abusos físicos, debe de haber un protocolo de forma que quede demostrado o no el hecho. Pero la negligencia en la falta de atención, en condicionar la fórmula de las visitas, vaciar de contenido las palabras de la persona que se analiza hasta dejarla convertida en una especie de pelele resulta más difícil de demostrar si el paciente en cuestión se encuentra deprimido, y aunque muestre todos los síntomas de una depresión, agravada por los síntomas de estrés postraumático, si no cuenta con un entorno protector –sino, al contrario, desquiciante y tóxico–, se reducen al mínimo las posibilidades de que una tercera persona advierta que se está produciendo una situación anómala –añadida a la “anomalía” del acontecimiento que ha producido los síntomas–, por lo que el médico tiene la sartén por el mango.

Al cabo de tantos años como han transcurrido me sorprende que no han cambiado nada en dos décadas las jerarquías ni los rangos y que basta con que alguien ocupe una posición de cierta relevancia –como el psicoanalista Bassols, como el profesor Llovet, como el editor tal– para que su testimonio se considere más fiable que el mío. Como si no fuese la insistencia en contar una y otra vez aquello una evidencia del daño que hizo el abuso de posición.

Este Bassols me tuvo mareada en mi propia depresión cuando en un tratamiento bien hecho la mejoría puede ser evidente desde los seis meses, para el tipo de síntomas que presentaba yo y considerando que un análisis previo con otro médico, el doctor argentino al que he mencionado en otras ocasiones, había dado resultados. Me decía yo estos días que por lo general la gente acude a un psicoanalista porque tiene algo que confesar, y que es más o menos consciente de qué se trata, un cadáver en el armario. Cuando yo acudí, muy joven, aún menor de edad, yo era el cadáver en el armario de mi familia. Y necesitaba existir por mí misma.

No es éste el lugar para dar detalles, más allá de los imprescindibles para sugerir lo grave de la situación, pero el resultado de las sesiones con MB fue la desconfianza completa hacia este profesional–y luego hacia a la profesión– y una ruptura rotunda con mi círculo de personas de referencia. En un momento dado se puede llegar a alcanzar una conciencia muy clara de lo destructivo que es un ambiente y nuestro rol dentro de él, o que esos lazos están rotos y optar por romper sin hacer un psicodrama de declaraciones y reproches. Una sola frase. Un cortar la conversación telefónica. Y resignarse a que el otro, que tiene más y mejores recursos para propalar su versión de los hechos, va a pintar una imagen de nosotros donde quedamos ridiculizados o empequeñecidos. Me resigné a que ocurriera así y que la versión de mí que a lo largo de los años dieron unos y otros fuera denigrante, pero me había alejado y al menos pude dedicarme a ganarme la vida. Me ha indignado que cuando ya me había recuperado me hayan puesto en la misma posición de indefensión de entonces, que podía justificarse por la edad.

El resultado objetivo de esa no-terapia es que se sumó al daño anterior. Cuando le pedí que me hiciera la factura final para mi declaración de Hacienda, descontó un porcentaje importante con la excusa del IVA, lo cual era una manera de decir que si yo quería salir adelante quizá debía hacer como él y cobrar una parte en negro (guardo la factura, y las agendas donde anotaba visitas, fechas, dinero pagado y aplazado).

Lo llamativo es que hizo que lo serio, lo grave, quedara supeditado al escenario de la consulta. La forma devoró el contenido. Me atendía unos quince minutos y, supuestamente, interrumpía cuando el paciente dice algo que debe considerar significativo, y reflexionar en ello por su cuenta. Pero lo que a mí me ocurría en esos momentos es que me sentía asaltada por opiniones y juicios de personas a las que yo consideraba ajenas a mi vida, que no tenían experiencia ni inteligencia para valorar los hechos, sus implicaciones, sus efectos, y, sin embargo, condicionaban mi vida cotidiana con sus actitudes, con sus palabras, sus propuestas de trabajo. ¿Cómo mantenerlos a raya, cómo defender mi posición? Evidentemente, no hubo manera, pues él se dedicó a defender su posición, que era esa arbitrariedad sobre el tiempo. Llegó un momento en que me pareció que a lo grave de los hechos ocurridos se estaba sumando lo peligroso de que cualquiera pudiera utilizar esa situación de fragilidad –económica, personal, familiar– en provecho propio. Y es lo que sucedió.

En tiempos de menos penuria presté dinero a un par de amigos (en épocas diferentes) sin incluir ninguna lección ni moralina. Lo devolvieron cuando pudieron. No recordaba yo estos episodios, pero son datos que encontré en unas viejas agendas. Tras dejar de acudir a Bassols, había roto con todo el mundo –que aún hoy me parecen necios y oportunistas–, en lugar de estar enfocada hacia el futuro con alguna ilusión tenía la energía completamente desajustada; me habían publicado una novela y sin embargo me encontraba hundidísima, convertida en una máquina de traducir libros que me importaban un bledo, de corregir traducciones ilegibles, de editar originales de famosillos, todo por cuatro chavos. Se necesitaba algún tipo de superstición vehemente para creer que de ahí podría salir algo bueno. Una superstición que nunca he tenido. Para pagarle el último tramo de las sesiones, una amiga no muy leal me adelantó un dinero a cuenta de la corrección del estilo de su tesis. La tesis se calificó cum laude. Hoy ella es consultora senior de la organización para la que trabaja. Yo no podía pagarme ni mi tesina y abandoné el doctorado. También tuve que corregir la memoria de cátedra de Llovet que, ya lo he contado en otra ocasión, no me pagó hasta que al cabo de varias semanas le dejé mi visa –vacía y con el crédito también consumido– encima de la mesa de su despacho. Llovet me había prometido varios “premios” en compensación a mi “abnegada” entrega a la elaboración del libro Lecciones de Literatura universal. Entre ellos, introducirme más en el Instituto de Humanidades, o que pudiera dar clases en la universidad. Varias personas le habían dejado en la estacada de un día para otro por una oferta mejor, así que me había rogado que no abandonara el proyecto a pesar de que lo que cobraba era poco, no tenía contrato, no siempre pagaban regularmente. Era la clásica demanda contradictoria que Freud ha estudiado de sobras. Con todo, además de marcharme con una mano delante y otra detrás, lo peor fue el empobrecimiento. Pasar al circuito de los subalternos. Y el mensaje “ideológico” añadido que siempre ha acompañado el discurso de esta gente que pasa por ser la élite intelectual de Barcelona, que no merece la pena repetir. En esos viejos tiempos de principios de los 90, mi mejor amigo en la universidad, ex de Llovet, estaba pasándolo peor que yo ahora en Madrid. Me llegó noticia a través de otro amigo de una coreógrafa extranjera que necesitaba encontrar un hombre joven de tales características que encarnara al protagonista de la obra que preparaba. Se lo dije y se pusieron en contacto. Ahí arrancó y despegó su carrera. Cuando, después de trabajar con Llovet, yo me las veía y las deseaba para encontrar trabajo –acepté durante años cobrar miserias como correctora de estilo, cuando entre los 25 y los 29 años era secretaria de dirección en los departamentos de dirección de la CCRTV– y este amigo cobraba (literalmente) millones de pts. al mes, me lanzó a gritos que “cualquier vacaburra consigue un trabajo”. Tampoco yo recordaba el enlace con la coreógrafa, es un dato que también resucitó con una vieja carta. Lo que intento decir es que este grupo hizo todo cuanto estuvo en su mano para que yo no prosperara y me resigné sin decir palabra. Pero tengo claro que las penurias económicas de hoy son consecuencia directa de esas decisiones que tomaron personas a las que no dudé en ayudar sin pedírmelo.

Insistir en cómo estaba mi autoestima después de trabajar con Llovet, Gimferrer, Munné, Palau, Eloi Roca, López de Lamadrid, Echevarria, Navarro, es inútil. No quiero decir que todos fuesen insultantes. Pero ellos son la estructura. El margen de movimiento que a mí me quedaba dentro de las coordenadas que ellos imponen es mínimo y esa falta de aire ahoga más porque siendo más joven al menos tenía más poder y más libertad sobre mi propio trabajo. A veces leo a periodistas españolas que juegan a la iconoclastia y a romper todos los platos, pero solo es ruido.

Lo que me asombra es cómo yo –y otras personas, no necesariamente escritores– he podido hacer un recorrido hacia una ampliación de la perspectiva –hacia arriba y hacia abajo– y ellos se mantienen en la misma posición de autoridad competente, en la defensa del valor de la marca, el nombre propio, la voz autorizada, etc.

En estos días raros, mientras espero que se despeje el panorama, le doy vueltas a lo que ocurrió en esos años y me reventó la vida. Al enterarme de que han nombrado académico de la Lengua española nada menos que a Félix de Azúa, nuestro no-tan-enfant-terrible-como-él-cree, además de quedarme con los ojos abiertos como platos, me dije que es llamativo cómo en España el destino de los escritores famosos es siempre el redil –el redil de la  Academia, de los premios de la Crítica, y de consagraciones varias– mientras que el destino de los escritores en Latinoamérica que cuentan parece ser siempre el debate, la controversia, la impugnación del canon, el experimentalismo, la vía oblicua. Así que tenemos a estos intelectuales asentados y prestigiosos de Barcelona defendiendo desde siempre una cultura de poder, de figuras terminadas, y trasladando lo que primero era iconoclasta –pongamos al propio Bolaño, figuras del boom u otros que fueron autores de culto– al redil de la academia, de los premios, o a la cosificación de la mercancía de lujo.

La complejidad de las relaciones, los fantasmas individuales o sociales, las pasiones, los sentimientos inmanejables, todo lo que es la vida, está en la estructura que estos personajes –y sus clones– sostienen rebajado al nivel de las relaciones públicas y la autopromoción. Y esperan que escritores y trabajadores en el medio editorial seamos esos muñecos vacíos, que nos mostremos siempre con la pulcritud de un escolar aplicado o felices como un cocainómano experto o risueños como jóvenes promesas (prometidos al redil), o ponderados como catedráticos eméritos. Mientras lamentan la pésima calidad de nuestra literatura. Esa hipocresía.