La figura literaria de la criada y el soldado en “La sirvienta y el luchador”, de Horacio Castellanos Moya en El Rinconete

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© Mª José Furió & Instituto Cervantes

Es un motivo literario que hemos visto repetido en los retratos que los fotógrafos de principios del xx colgaban en sus escaparates —el recluta de uniforme posa con la novia, las cabezas juntas, sus miradas se pierden con ilusión en un mismo punto fuera de la imagen; según el rango social, la mujer podía ser una señorita bien o realizar tareas subalternas, ya costurera, ya enfermera, ya criada—. El tándem soldado-criada era un motivo habitual de las ficciones de la narrativa española, y luego de la cinematografía que adaptaba estas tramas, no solo como reflejo de una realidad sino también por el juego que da la pareja como pieza de conexión entre distintas clases sociales y ambientes. Un escritor hábil puede utilizar este recurso del individuo-bisagra entre clases sociales para circular por una constelación de escenarios y mentalidades sin convertir al personaje en narrador.

Es lo que hace justamente Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) en La sirvienta y el luchador, un relato tremendista con foco en diferentes protagonistas del enfrentamiento, en los años ochenta, entre las fuerzas armadas gubernamentales de extrema derecha y la insurgencia de extrema izquierda, que duraría una década al menos. Para seguirlo, el lector debe conocer algo del trasfondo político de la época y de la mayúscula escisión entre una élite de ricos en el poder y una mayoría empobrecida y sin derechos. Conviene recordar asimismo el contexto de la Guerra Fría y la implicación de la llamada Teología de la Liberación, tachada de comunista y perseguida hasta el célebre asesinato de monseñor Romero, cuyas homilías se mencionan en la novela dentro del dibujo panorámico que Castellanos Moya ofrece de las hostilidades en El Salvador para destilar el mensaje inequívoco de la imposible neutralidad de los habitantes de un país en guerra.

La trama parte de la desaparición de una joven pareja —ella europea— reinstalada en el país después de una estancia en Costa Rica, adonde se exilió una parte de la familia, burguesa y marcada por la persecución del régimen. Al nuevo apartamento acude la criada de la familia, la sesentona María Elena, quien intuye que de la desaparición y el paradero de los jóvenes puede saber algo el Vikingo, detective de la policía y en su juventud luchador de lucha libre, que diez años atrás estuvo cortejándola mientras vigilaba la casa de su patrón. El cortejo en el tono sórdido y envolvente que califica la novela entera no llegó a nada por la negativa de la criada, descreída en amores y redenciones por su condición de jovencísima madre soltera de una hija ya cuarentona, Belka, que ejerce de enfermera y cultiva ambiciones de prosperidad sin mancharse políticamente, lo cual se demostrará imposible. El nieto Joselito, estudiante de la universidad pública, participa en varios actos de guerrilla contra los militares, que conducen la trama hacia una vibrante novela de acción.

A la criada María Elena su inquebrantable lealtad a sus patronos y a su entorno familiar la impulsan a ir de arriba abajo, desde el Palacio Negro, donde se tortura, a la casa burguesa de los parientes de los secuestrados, donde sirve la prima de María Elena; desde la habitación del Vikingo a su casa, y luego al hospital: mediante sus itinerarios el autor presenta todos los estamentos y puntos cardinales del conflicto, pues si ella está colateralmente relacionada con el Vikingo y se cruza accidentalmente con personajes activos en la subversión, estos a su vez están relacionados con el entorno cotidiano del luchador de maneras insospechadas pero que marcan una dicotomía indiscutible: o se está con el Gobierno y la represión o se está contra él y se participa en la «subversión». En cualquier caso, todos padecen las consecuencias, en forma de secuestros, torturas y ejecuciones o como víctimas azarosas.

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Foto: Diócesis Ciudad Quesada – Asesinato de Monseñor Romero

Si el motivo del soldado y la criada tuvo una plasmación romántica en los retratos de los que hablaba al principio, La sirvienta y el luchador es su versión más oscura. Aunque relate acontecimientos de la historia de El Salvador, Castellanos Moya no pretende ser realista y de ahí la inverosímil telaraña de vínculos que une a los distintos personajes y la intensificación de la carga simbólica. La principal es, sin duda, caracterizar al Vikingo como un hombre que está podrido y consumiéndose en su podredumbre: sus acciones en la policía se pagan en esa consunción; la enfermedad y la falta de derechos dejan a todos expuestos a la indefensión, haciendo hincapié en la vulnerabilidad de las mujeres muy jóvenes. En conjunto, el autor no analiza una situación histórica, sino que describe las fuerzas e intereses que implican a todos, también contra su voluntad, en la guerra interna. El final grotesco es marca del siempre eficaz humorismo de Castellanos Moya.

George Gershwin, Summertime

Dedicado a la señôa Ceci, que nos ha dejado esta semana, plácidamente. La muy coquetuela de la señôa Ceci –que no se llamaba así– me tenía engañada: decía que tenía 87 años y en realidad tenía 90 y pico… Probablemente, convencida de que tenía esos juveniles ochenta y tantos, forzó la máquina en los últimos años, un desgaste que no le alcanzó a la cabeza.
Hace unos años estuvimos charlando en su casa, tenía excelente memoria, era muy vivaracha, muy empática. En deferencia por haberse tragado el franquismo desde el primer día hasta el último, yo le hablaba en catalán. Ella fingía que no le dolían los oídos con mi acento. La televisión encendida con el volumen a todo trapo, la marilyn que tenía por mascota me abrazaba como a todo recién llegado entre ladridos estridentes y lametones empalagosos; me preocupaba que se quedara sola en vacaciones –era Semana Santa, la crisis por entonces solo me afectaba a mí y a algún desgraciado autónomo más–, me tranquilizó asegurando que la visitaban los hijos, pasaba cuando tocaba la chica de los servicios del Ayuntamiento que atienden a los mayores que viven solos, etc. En esas, la televisión fue asaltada por una galería de políticos catalanes -naturalmente, tenía encendido el canal de TV3– enmerdados en algún escándalo de grandes sumas de dinero que debían vérselas ante un juez. Con acento entre escéptico y resignado comentó que no se conseguiría que devolvieran el dinero que habían robado. Eso la llevó a recordar el caso de la Banca Catalana, con Jordi Pujol, etc., y me contó que ellos –es decir, ella y su marido– perdieron todos sus ahorros por haber confiado en “un dels nostres”. Arruinados y con hijos pequeños, el marido tuvo que buscarse trabajo en Europa. Para ponerme en antecedentes del negocio que le permitía ofrecer su buen hacer en el extranjero, añadió que antes habían tenido una tienda y que en el período que fue desde que el Caudillo se hallaba entre este infierno hecho a su medida y el que le esperaba más allá, la policía –aún no había poli autonómica– andaba muy nerviosa; por cualquier excusa les hacían la puñeta, señalando algo que no estaba conforme en el escaparate y multa que te crió. Dicho de otro modo, la señôa Ceci y su marido, y como ellos otros miembros de esa clase que los catalanes llaman con insultante indulgencia “la bona gent“, pagaron el impuesto revolucionario a la ultraderecha primero y a la derecha catalanista después. Si alcanzó tan provecta edad con buen ánimo no fue solo por la solidez de su fe –que intentó contagiarme en vano–, sino por el sistema de la seguridad social universal, instaurada por los socialistas, con unas prestaciones que la derecha catalanista ha intentado de tantas maneras recortar, servicio público de salud que ha beneficiado sobre todo a su generación y a su clase.

 

En la muerte de Liu Xiaobo, comunicado del Pen America

Liu Xiaobo - Pen club

Hablando de cabrones… aquí traemos a los comunistas-capitalistas chinos, esos cerebritos que han logrado la cuadratura del círculo de la felicidad, libertad de mercado sin respeto a los derechos humanos. Han acabado con la vida de Liu Xiaobo. Qué tristeza y qué rabia.

Carta del Pen club América.

pen america logo

«Dear María Jos̩é,

It is with a heavy heart that I write to share the news that Chinese writer and activist Liu Xiaobo passed away today. His death from a virulent cancer contracted while in prison will forever be a black mark marring China’s reputation under international law and global human rights standards. 

As President of the Independent Chinese PEN Center, Liu Xiaobo was a friend and compatriot for writers all over the world who struggle against tyranny using words as their sole weapon. After his arrest in December 2008, PEN America honored Liu with the 2009 PEN/Barbara Goldsmith Freedom to Write Award, kicking off an international campaign for his freedom that culminated in his receipt—in absentia—of the 2010 Nobel Peace Prize.

Liu Xiaobo’s purported crime was no crime at all, but rather a visionary exposition on the potential future of a country he loved. For the act of penning seven sentences, China punished Liu Xiaobo with 11 years in prison, limiting his access to state-of-the-art medical care that might have prevented his illness or improved his prognosis. China’s refusal to honor Liu Xiaobo’s last wish to travel overseas for treatment and its decision to hold him incommunicado during his dying days are a cruel epitaph in the tale of a powerful regime’s determination to crush a brave man who dared challenge a government that sustains its rule through suppression and fear. Liu Xiaobo was not afraid. His courage in life and in death is an inspiration to those who stand for freedom in China and everywhere.

Our thoughts are with Liu Xiaobo’s family and friends, especially his beloved wife, the poet Liu Xia, who has been kept under house arrest, harassed, and hounded for years without charge. The only thing the Chinese government can do now to expiate its complicity in the death of Liu Xiaobo is to grant his wife, Liu Xia, the freedoms in life that her husband gained only in death.

If you are in New York, please join us tonight for a candlelight vigil to honor Liu Xiaobo’s legacy and to protest continued human rights abuses in China, where more than 40 writers are currently in jail. We will gather at the Permanent Mission of the People’s Republic of China to the U.N. (350 E 35th St, New York City) at 5:00pm to share readings from Liu Xiaobo and Liu Xia’s work, and to call on the Chinese to release Liu Xia.

We hope to see you there.

In solidarity,

Suzanne Nossel
Executive Director, PEN America

En recuerdo de Miguel Ángel Blanco, muerto por el fuego cruzado de los fascistas de ETA y los fascistas españoles

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Miguel Ángel Blanco en el recuerdo (1968 – 1997).
Me considero una mujer de izquierdas y muy radical –o cada vez más radical– en ciertos puntos de defensa de los derechos de todas las personas, europeas o no. Por eso creo que la izquierda debe recordar y homenajear a Blanco, un concejal joven del PP, que –en mi opinión y sé que ahora me meto en un jardín– fue utilizado por las dos partes en su perverso juego de control de la opinión pública.

¿Dónde estabais aquel sábado horrible? Primeras horas de la tarde y tenía la radio encendida –la programación de esa franja solía tratar de cine, música innovadora, etc.– cuando saltó la noticia del ultimátum de ETA. Tan pronto oí que el gobierno de Aznar hacía públicas las condiciones para la liberación –ETA exigía el acercamiento de presos en un plazo límite a cambio de su vida–, entendí que el chico estaba ya muerto. El tema del acercamiento de los presos ha sido siempre la última carta con la que han podido jugar los gobiernos. Miguel Ángel Blanco era el mirlo que un gobierno como el PP necesitaba para hacerse fuerte contra los pistoleros vascos (nacionalistas vascos según otros) y, fortalecidos por el nuevo mártir caído en su bando, imponer su postura antinegociación. ¿Qué habría sucedido de haber secuestrado a un peso fuerte del gobierno, del partido o de la industria? ¿Cuáles habrían sido los tempos utilizados por el gobierno de Aznar y sus aliados, medios de comunicación incluidos?

Informaron en la radio de las concentraciones espontáneas que tenían lugar en toda España. En Barcelona el punto de encuentro era la plaza San Jaime –donde tienen su sede el Ayuntamiento y la Generalitat– y así lo oí cogí las llaves de casa y me lancé a la calle. Me alegró comprobar que miles de ciudadanos habíamos tenido la misma reacción y nos encontramos en la plaza abarrotada –estaban cerca conocidos y amigos, algunos de ellos catalanistas irreductibles–  gritando contra esa muerte anunciada en la que Blanco ponía el cuerpo mientras el resto de españoles, demócratas convencidos y pragmáticos, éramos tomados como rehenes por unos partidos políticos y el colectivo etarra y ambos jugaban al ajedrez con nuestras convicciones e inteligencia. Recuerdo que en la siguiente manifestación, cuando Blanco ya había sido asesinado, hubo gritos a favor de la pena de muerte. Eso quiere decir que, de haberse mantenido la pena de muerte, la clave de las exigencias de ETA tendría una formulación distinta.

Por eso, sobre el asunto de la negociación con la banda, a diferencia de Gemma Nierga, me guardo mucho de emitir una opinión contundente. Primero porque creo que siempre se negocia, que es una ingenuidad creer que no se producen encuentros –como los que persuadieron a Terra Lliure de meterse las bombas por el culo y de unirse a la opción de la “contaminación política de la opinión pública”, que iba a dar los resultados perseguidos– entre las partes; sobre todo porque de muchos elementos de la realidad política no tenemos tanta información veraz para no terminar, mindundis como somos, comiendo de la mano de nuestros enemigos, sean éstos quienes sean.

Recuerdo en homenaje a Miguel Ángel Blanco, el héroe inesperado que, contra lo que opinan algunos que se llaman izquierdistas y no me representan, podría haber sido cualquiera de nosotros.

Gran Sol, de Ignacio Aldecoa, entre novela y reportaje, en El Rinconete

 

La novela Gran Sol (1957) pertenece a una de las trilogías que Ignacio Aldecoa (1925-1969) planeaba escribir dedicada a lo que llamó «la épica de los oficios». Una de ellas debía tratar de la vida de los guardias civiles, los gitanos y los toreros. Otra versaría sobre los oficios del mar, que es precisamente Gran Sol, Premio de la Crítica de 1958. Su última novela, Parte de una historia (1967), da gran protagonismo a la población marinera de la isla canaria de La Graciosa, si bien no encaja estrictamente dentro del ciclo. Su muerte temprana impidió a Aldecoa culminar su proyecto narrativo, aunque dejó una extensa obra cuyo reconocimiento llegó pocos años después de fallecer, tanto de parte de estudiosos de la literatura española como de estilistas del lenguaje como Francisco Umbral. Y es que, por encima del tema que Aldecoa trate en sus cuentos o en sus novelas, destaca siempre esa potencia de estilo y del idioma, un español que es un caudal inagotable en su pluma y un punto de vista que no se extravía en sentimentalismos o en tremendismos, aspectos del tono narrativo en los que encallaría un escritor menos lúcido que él. Definido como un «gran realista», en parte tal vez por distinguirlo de la corriente neorrealista que triunfaba en los cincuenta en conjunción con la cultura italiana, podría servir para describir el tipo de realismo que cultivó una perspectiva panorámica, sin abandonar el detalle, para transmitir un mensaje que encaja en la filosofía existencialista con su insoslayable núcleo simbólico (el viaje del pesquero en alta mar alegoriza el de la vida en los duros años de la posguerra española).

Es habitual preguntarse cómo habría evolucionado de haber gozado de una vida más larga. Creo que la comparación entre alguna de sus primeras novelas, como Gran Sol, y la última, Parte de una historia, deja suponer que el tiempo jugaba a su favor: la apertura de España a Europa y a la cultura americana en los años sesenta y setenta muy bien podría confirmarle en su personal derrotero, como se percibe en el aprovechamiento de los argumentos antonionianos, en la mayor flexibilidad de su estilo sin abandonar lo que puede llamarse jerarquía de sus convicciones, como es la recurrencia de un personaje que encarna la figura del héroe estoico que supedita, sin renunciar a su autoridad, sus querencias en beneficio del grupo humano. Esa presencia tutelar, pedagógica a menudo, que oculta o pospone la expresión de sus angustias está encarnada por el patrón del atunero Simón Orozco en Gran Sol y por Roque en Parte de una historia. El narrador, que corresponde a la voz del autor Aldecoa, se sitúa con respecto a los personajes en la media distancia de un reportero que transmite los hechos, describe el carácter de los personajes y la mecánica del oficio y sus jergas con rigor de lexicógrafo.

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edición en Alfaguara

Gran Sol relata la aventura de la tripulación vasca de un atunero, el Aril, en un caladero del Atlántico Norte. Junto al patrón, Simón Orozco, destaca el cocinero, Macario Martín el Matao, veterano y lenguaraz, acompañados por los marineros, engrasadores, el contramaestre, etc. Aldecoa se enroló en un pesquero en el verano de 1955 y de ahí surge su conocimiento del funcionamiento de las artes de la pesca, los ambientes y condiciones económicas en que se desarrollan las faenas del mar. La estructura es obvia: presentación en puerto de personajes e inminencia del embarque, aventurando la doble intriga del mal tiempo y la escasez de capturas probables, y encadenamiento de escenas resolviendo percances, bajando a puerto, vuelta a la gran pesca y accidente que le cuesta la vida al héroe que se arriesga por otro. Hay en la novela un desequilibrio claro entre la descripción de las labores y el carácter de los personajes a través de sus voces y el desarrollo de una intriga que cautive el interés del lector in crescendo. La trama encadena situaciones que pintan la vida en un barco viejo, conflictos familiares y roces, los azares y la incertidumbre del trabajo una vez termine esta travesía. La mala mar, el estado del barco, el deficiente mantenimiento o alguna maniobra o problema que surja en el otro pesquero —los pesqueros suben al caladero en parejas— son peligros potenciales de los que el lector espera que arranque la aventura mayor que lleve al desenlace de la novela. La situación política está dada y se menciona la pasada guerra civil con vaguedad así como la perspectiva de trabajos mejor pagados en América durante la Segunda Guerra Mundial.

Se le reprochó a Aldecoa cierto desequilibrio entre el verismo de escenario y personajes y la falta de una trama a la altura de los otros elementos, por lo que Gran Sol tenía más de reportaje o de documental que de novela. El fatalismo del desenlace, la observación desapasionada, la falta de dogmatismos redentoristas concuerdan con un momento en España en que los intelectuales y artistas comprometidos con reflejar la realidad de los marginados y clases populares abrazaban la filosofía existencialista y el objetivismo de la narrativa norteamericana contemporánea.

© Mª José Furió & Instituto Cervantes

¡TONGO! (relato)

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Boxeo: Nuria Martínez

(publicado en la revista La Tempestad, México, 2011)

Era la cosa más improbable del mundo que hubiese venido buscándome, y sin embargo me había encontrado. Pero no sé si me reconoció y por eso hablaba de esa manera mandona y basta, expeditiva, como en un despacho le habla a la becaria un cliente de poco rango. No sé quién le dio la dirección, quién le dijo vete allá a que te corrijan el libro, pero él sabía a qué venía. Aunque el despacho es un cuarto al que no han llegado noticias de diseño de ambientes en los últimos 30 años por lo menos, en ningún momento dio la impresión de dudar, de preguntarse si se habría equivocado de puerta. El nombre de la productora no da pie a errores: SE RUEDA. No hubo un retroceso, ni vacilación, ni cortesía. Entró en tromba y lo reconocí tan pronto cruzó la puerta –más bien la atravesó, como cuentan que hacen los fantasmas o los muertos, porque no hubo tiempo, no se fragmentó en segundos ni en trascendentes décimas de segundos el tiempo, entre el instante en que abrió la puerta acristalada y cubrió los dos metros hasta la mesa que yo tenía colonizada, y se plantó delante de mí.

Aunque la nariz partida aún le dibujaba una S en medio de la cara y sus ojos seguían siendo dos bolitas negras, achicados por la pesadez de los párpados, no estaba sonado. Aunque lucía barriga, no se le veía gordo. Aunque llevaba un simple pullóver gris antracita, o gris pavimento, o gris de mar revuelto, por encima de una simple camisa blanca de solapas tan anchas como se estilaban entonces, a pesar de que vestía vaqueros, no se le veía desastrado, ni pedía un chorro de agua para arrancarle la mugre a manguerazos.

El tipo de sesenta años largos que se detuvo frente a mi mesa no era un perdedor. Al contrario, donde sea que haya estado en todos estos años, años en que a mí me ha dado tiempo a crecer, a hacerme una mujer, a camuflar mis heridas, alardes, ambiciones y lágrimas bajo esta apariencia de treintañera guapa como tantas y anodina como demasiadas mujeres, él parecía haber prosperado.

No esputaba chorros de saliva cada vez que abría la boca para hablar porque no se le atropellaban las palabras como si toda su autoridad de macho fuese a la vez convocada y descartada, a la vez reclamada y aborrecida por ese reducido tribunal que él había creado en torno a su figura, como un Buda gordo, un Buda que no tiene idea de qué puede ser eso que llaman calma cuando las olas del mar no se amotinan con una unanimidad de fuerzas conjuradas. Como entonces yo, mis ojos conjurados de odio y de impertinencia ante él, gordo, risueño y loco, atrabiliario, violento. Como veinticinco años atrás.

No sé si me reconoció. Pero sí reconoció, por comparación, lo contrario de lo que le hacía presentarse tan ufano y tan seguro, la pequeñez del despacho, la vida precaria y sin lujos, sin más alegría que esta tontería de ser aún jóvenes. Joven esa treintañera que trabajaba corrigiendo textos de otras personas. Porque a eso venía él. A eso.

Desde luego que había prosperado. Próspero el brillo del pelo, prósperos los ojos, el aplomo de los zapatos plantados en el suelo. No había cambiado de corte de pelo, una mata gruesa y ya gris con restos de briznas negras, peinado hacia atrás, petrificado entonces con agua o con saliva, muy rara vez con gel. Ahora hasta olía a colonia, y las patillas seguían siendo anchas, cortas, pobladas, escudando esos minúsculos pabellones auditivos –he aquí una fórmula, pabellón auditivo, que él no usaría, y que le sacaría de sus casillas porque delataba la enormidad de su ignorancia, adulada por el que o los que le enviaban a traerme su libro. Y esos pabellones auditivos, la carne de sus minúsculas orejas, enrojecidos como siempre, como si los años no pudiesen hacer nada para esconder del todo al ex boxeador colérico, violento, que nunca va a dejar de ser.

¿La prosperidad lo había cambiado? No lo sé. Probablemente el cambio estaba en la seguridad en sí mismo. En cualquier caso, no exhibía el gesto de alarma, de desconfianza, de belicosidad susceptible de entonces, y cuando se dirigió a mí y me habló, no sé si sabiendo o no que era yo, no dudaba que lo entendería como una orden, y no como un encargo o una pregunta para cerciorarse de que había entrado en nuestra pequeña productora de contenidos audiovisuales y editoriales. Él sabía que no rechazaría el trabajo porque venía enviado por un jefe; pero no Alain o Luigi o Quim, sino uno de los verdaderos jefes de las teles: los italianos que nos compran programas, contratan anuncios, cortometrajes, guiones, ideas, proyectos.

Dijo, y estaba eufórico:
–Me voy a llevar un premio. 25.000 dólares. Tienes que corregirme la novela.

La soltó encima de la mesa. La novela. Porque en todo el mundo no había otra. Nadie antes ni nadie después escribiría una novela. Así traía él su novela premiada de antemano, y como si yo fuese parte del tinglado del premio amañado, me ocuparía de corregirla, asintiendo con un amén. Ni una vacilación suya, ni objeciones mías. Solo comas, punto y seguido, concordancias de género y número, puntos y aparte.

Dijo dólares y los dólares demostraban que hablaba de un premio real, que no fardaba. Porque ahora ya nadie quiere euros, el dólar es otra vez la moneda fuerte con cambio estable. También era fácil adivinar de dónde salía la convocatoria del premio, porque se sabe quién desde hace un par de años solo paga en dólares usa, ahora que al otro lado del Atlántico hay países más boyantes que toda Europa sumada.

–25.000 dólares.–

Al otro lado del Atlántico pagan fuerte por material que merezca la pena.
No le extrañó que yo no abriera la boca, ni la ausencia de sonrisas. Seguro que sabía que no se pagan con sonrisas los gestos de desprecio, esa vanidad del nuevo rico que no se sabe cómo ha conseguido una prosperidad que rezuma por todos los poros.

Abrí por una página al azar, reteniendo entre los dedos unos cuantos folios y los solté pasándolos ante los ojos rápido y en desorden. Leí: púgil, Barcelona, barrio de la Barceloneta, Brasil, playas, leí Caracas, coupé deportivo, un Ferrari Testarrosa, leí tiercé, póker, pinball en las tascas del huitième, los riesgos del juego, un purasangre, no soporto las lágrimas, dinero en mano, esa mujer tenía champán en la sangre, el Tour de Francia de 1978, sprintó a lo loco, la Legión Extranjera, De Gaulle se dirigió a los franceses y el Arco de Triunfo era un hormiguero de gente, Chaban-Delmas, campeonato de boxeo, peso gallo, peso welter, campeonato de peso pluma, José Legrá, un hombre negro podía ser mi mejor contrincante…, Alfredo Evangelista, entrenamientos diarios hasta escupir el hígado.

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Alfredo Evangelista – Muhammad Ali, 1977

Conforme las palabras saltaban crepitando de las páginas como palomitas de maíz, imaginé la operación del premio. Leí: Juliette con 15 años no tenía piernas, eran dos pedestales para una diosa, y se me escapó una sonrisa, aunque si él me había reconocido sabría que de sarcasmo y de asco revivido.

 

Me figuré cómo había ido el amaño, aunque no podía imaginarme cómo había llegado él a conocer a alguien que lo invitara a escribir la historia de su vida. En su nuevo estatus de hombre próspero podía haber conocido y entrar en contacto con cualquiera. Pongamos una terraza de hotel de playa, en el Levante, o más al sur, la Marbella de todos los chanchullos y de todos los cancerberos de mansiones y discotecas; pongamos en el centro de esa terraza con vistas al cálido y guarrísimo Mediterráneo, una piscina de aguas azules rodeada de hamacas infestadas de turistas rubios y bronceados que reposaban la borrachera y la noche de baile, de sexo y alcohol a precios desorbitados, una barra donde camareros jovencísimos lucían musculatura preparando copas tonificantes y exóticas, de modo que alguien, en ese ambiente propicio a creerse amado por la fortuna, no solo le viera a él –un cliente, un encargado de terraza, un encargado de personal de temporada– sino que también le escuchara. Sus fanfarronadas, sus mil y un cuentos de supervivencia en el desierto español, los premios en francos franceses que obtuvo cuando se alzó dos años consecutivos con el campeonato nacional de boxeo de peso welter, y habría visto el impacto de la historia. La novela.

Sí, eso es lo que hoy andan buscando editores y productores, no quieren una historia con garra, ni una voz nueva ni «un estilo de calidad indiscutible». No quieren escritores que sepan qué cuentan y cómo hacerlo, ni siquiera quieren historias entretenidas contadas de manera entretenida. No quieren, por favor, escritores siervos del diccionario y de las frases impecables y de la sintaxis impugnable. Quieren lo que es él: todo un personaje. Él es la voz, el estilo, lo quieren a él con la desfachatez del mamporrero que siempre se sale con la suya. Ese alguien pensó: este tipo es un filón, lo sondeó y le invitó a escribir una novela. La novela.

Porque antes de que abran los ojos todos esos rusos, o moldavos o serbocroatas que dormitaban y se achicharraban en las tumbonas, y aprendan suficiente español para contar en primera persona cómo han cruzado fronteras y han traficado con mujeres, y cómo le descerrejaron varios tiros a la pobre estúpida que se atrevió a decirles que no, o cometió la locura de denunciarlos a ese policía romántico y encoñado que las visita cada dos por tres, o a quejarse de las condiciones de reclusión en que atienden a los clientes, cómo han acumulado montañas de dinero, vendido y comprado heroína y armas, cómo han lavado millones de euros, libras, dólares, o rublos, en villas, discotecas, negocios, y pisos y más pisos de lujo, y han untado a alcaldes y a concejales, a policías y a periodistas, aunque no lograron doblegar al romántico encoñado que terminará lamentando el día en que una rusa lo encandiló, era el turno de un tipo como él. Un tipo auténtico.

Ufano, mientras las frases caían, las palabras chispeaban entre mis dedos, que jugaban con la punta de los folios para leer de través una novela que yo sabía muy bien qué contaba, repitió:

–El premio ya es mío. Y quiero que la corrijas.
Por unos segundos, loca de rabia, de envidia, el odio lento y callado de tantos años, tantos como veinticinco, entró en combustión, y mientras prendió la llama me vi robándole el libro, haciéndolo desaparecer y apropiándomelo, aunque su voz inimitable, como su alegría inimitable y su violencia salivante inimitable derrotaban de antemano a mis palabras de universitaria, correctora, perdedora en un mundo de literatos triunfadores, chanchulleros, inofensivos traficantes de famas y pequeñas fortunas en euros.

Lo que él contaba está contado, ha sido contado no más de una vez sino más de mil. Conozco la historia. La llegada a Francia de los padres catalanes y republicanos, él el mayor de una cuadrilla de cinco, tres chicos y dos chicas. Inquieto de cuerpo y de ambiciones de primogénito, empieza a echar una mano como mecánico de coches en un garage de una barriada parisina, y le gustan el motor, las carrocerías de lujo, el estilo de los clientes dueños de esas exquisitas máquinas, junto con todo el équipement, ropas y modales, mujeres y risotadas, una despreocupación que es el más precioso tesoro. Por el negocio viene a menudo uno que es boxeador, campeón europeo, hay otro que le habla de caballos y de apuestas impresionantes para el Prix de l´Arc de Triomphe; el mutismo de los padres –el silencio del miedo incrustado en las vidas de una pareja que lo ha perdido todo, el padre que ha salido herido y sin honores de la guerra– cocina el runrún de su imaginación en la que ha de inventar de cabo a rabo una vida. Es un quinceañero bien plantado con prisas por ser hombre, así que le hace favores a la portera de la finca donde a sus padres les cedieron un par de buhardillas donde instalar niños y enseres. Ella es una joven viuda de la guerra de Argelia, y de la portera lo aprende todo, a besar y a no besar, a lamer, a aguantar, por sí solo aprende a ponerle a dieta de sexo para controlar su humor, también a quitársela de encima de dos ostias bien dadas, aunque ella es quince años mayor. Tres años de ir y volver de su cama a la cama de otras mujeres, y de otras que no llegan a mujeres y son las que le gustan de veras. Eso lo sé yo.

Pero en esos tres años él mismo se abre puertas, billares y gimnasios, tascas, tiendas de ropa de lujo robada a los modistos, la trasera de restaurantes, garages en fincas fuera de París. Acepta aquí y allá empleos y recados, hace y pide favores, contactos, se curte. La cara a puñetazos. ¿Quién fue el que lo convenció de que tenía madera, de que ya podía dar la talla sin vergüenza contra campeones en declive que necesitaban a un aspirante prometedor para reverdecer sus triunfos? En realidad, sólo nos convencen para hacer algo que ya estamos decididos a hacer. Encuentros amañados, hoy pierdo para triunfar mañana. Pongo la cara, pongo la sangre del labio partido, el cartílago roto de mis narices, pongo los puños, el trabajo de pies entrenados saltando a la comba como una niña y como un Brando en cine de barriada, me río de las normas como me reiré de la sintaxis, de la gramática, de las bases del Premio de Novela excelentemente dotado que todos los años convoca la gran editorial Interamericana. Si ven su cuerpo tumbado en la lona por una zurda que ha llegado como un misil teledirigido contra su sien, contra su pómulo estallado, si lo ven, después de que el puñetazo hiciera saltar su protector dental, derrumbado semiconsciente con una convicción de actor aficionado, el público se levantará de sus sillas para gritar ¡¡¡¡TONGO!!!!, pero el promotor sabrá que es de fiar. Y el promotor tiene el dinero.

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Foto: Ramón Masats

Así llegan, pasan, vive los años y él lo cuenta todo. Los premios en metálico, la fama rápida de su nombre en carteles de campeonatos de primera categoría o sus ambiciones caprichosas como el viento voluble, empresario fracasado y luego matón de boîte en tiempo de vacas flacas que le rompe la cara a un tío más borracho de lo que debía y también más apuesto de lo que debía; cuando se sabe que ha sido él el que le ha roto la jeta al favorito de la flamante mujer del mismísimo Chaban-Delmas, no hay puerta que permanezca abierta. Pero qué fácil es esconderse cuando se llevan los apellidos más vulgares del censo español. Fernández, Rodríguez, García, Martínez, Sánchez. Elija. El desierto. Y además, el desierto real.

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General Chaban-Delmas, París, 1945

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Jacques Chaban-Delmas

Ah, cómo no, las mujeres. Juliette a los 15 años no tenía piernas, aquello eran dos pedestales para sostener a una diosa. Una cabeza capaz de parir una frase de este calibre tiene lecturas a su espalda, pensaría al oírle el tipo acodado en la barra mientras el joven y musculado camarero agita la coctelera en una terraza marbellí, donde los chuloputas serbocroatas y traficantes rusos dormitan en mullidas tumbonas sin saber ni jota de español, así que no pueden escribir novelas en primera persona. Claro que tiene lecturas. De chico no leía otra cosa que esas noveluchas de quiosco de Silver Kane, Marcial Lafuente Estefanía, Clark Carrados y Lou Carrigan, y aquella otra colección del polar francés, tan de moda en los cincuenta y los sesenta, que alguien abandonó en la buhardilla donde vivió con sus padres… Cada semana se leía de una sentada dos o tres, así que cómo no va a saber cómo contar con efecto lo buena que está una mujer y lo dispuesta que está a marcarse un baile con uno antes de achucharse como tórtolos en primavera; cómo no va a saber cuántas páginas necesita llenar antes de que el chico -deportista, de mente despejada, bien parecido y poco hablador– señale al maromo de gesto torcido, chaqueta descuajeringada y abultada sobaquera y le diga que él es el malandro que se ha llevado la pasta que, aquí, este probo empresario echa de menos en su caja fuerte, a la par que a su rubia querida de 17 años, cabeza de chorlito.

Apenas diez minutos llevaba en el despacho, y miró sin mirar alrededor, las paredes adornadas con carteles de películas recién estrenadas en las que participamos como productora, los estantes donde se abarrotan los libros y una decena de guiones encuadernados. Si vio dos extrañas estatuillas representando un águila y a un efebo, no creo que supiera que corresponden a dos premios prestigiosos que nos concedieron en sendos certámenes, italiano y brasileño. Premio al mejor guión adaptado, premio a la mejor película.

Pero yo, además, corrijo textos, guiones, limpio semillas de éxito. El éxito siempre es de otros y son otros los que ponen su nombre cuando el libro luce en escaparates y mesas de grandes superficies. Yo no necesito esa fama, no quisiera ver mi nombre en un libro. Los guiones los firmo con seudónimos. Porque quería evitar que llegara a ver mi nombre y pudiera dar con mi paradero. Así que lo que aparece en pantalla o en las credenciales de la productora no es mi nombre ni mis apellidos sino mis seudónimos. Tal vez él no supiera que era yo.

–Corre prisa– dijo, como para ir terminando, cuando solo había mencionado la cuantía del premio y que le habían dado nuestra dirección, en donde una experta le revisaría el libro inmejorablemente. He corregido las memorias del dos veces presidente del gobierno derechista, y de un comisario antietarra que describía con pelos y señales y nombre falso el modus operandi de la policía en el País Vasco junto con un pelotón de chivatos; y las memorias del líder del PCE, y he reescrito de arriba abajo los engendros de varias luminarias de la televisión. Prefiero ocuparme yo a que lo haga otra persona. Tachar frases o párrafos, reescribir páginas, verificar fechas… es mi manera de controlar la realidad. Pero hay quien cree que no tengo ideas de ningún color.

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M. Alí versus Joe Frazier, Nueva York, 1971. 
(Fotografía de David Kennerly.)

Me miró, no desde muy arriba porque apenas mide un metro setenta y cinco, desde lo alto de su desprecio por no ser ya una niña de diez o doce años a la que podía tener desnuda durante horas, pasándole la mano por todo el cuerpo mientras juega a las muñecas con ella en la ducha y la mantiene callada de un sonoro guantazo que la aturde cuando se echa a llorar, harta del impune magreo, sino una treintañera guapa sin intención de caer bien, porque a él nunca le han ido las mujeres como soy yo ahora, que viste, sin adornos, un vestido blusero de batista y altas zapatillas de esparto.

Se dio cuenta, probablemente, de que había roto su particular protocolo dejando asomar la oreja colérica del lobo que es.

–Pero no te pases poniendo comas, ni puntos y comas a diestro y siniestro.

Vi que se había arreglado los dientes, blanqueándolos y rectificando el canino. No se había cambiado el nombre, pero también había llevado a cabo una verdadera operación de camuflaje. Sonrió.

Yo no. Miré impasible a la altura de su hombro. Si encontraba mi mirada, quién sabe qué pasaría.

–Te pagarán bien –dijo, en el mismo tono de autoritaria culpabilidad con que se sacaba monedas del bolsillo, y había hilillos de lana y restos de tabaco con las pesetas y duros, y monedas de cinco duros que dejaba encima de la mesa, señalándolas con el mentón ordenándome que mis manos de niña se las quedaran–. Será un éxito que ni Papillón. Aquí he puesto toda mi vida.

No pude evitarlo y bajé la cabeza y miré la portada blanca del libro, y tampoco pude no pensarlo con odio a punto de descongelarse:

«Pero seguro que no cuentas cómo mataste a tu mujer.»

No creo que me reconociera, seguramente solo le preocupaba no perder el dinero del premio, aunque por unos segundos pensé que sí sabía quién era yo, porque mientras una mano la apoyaba en el libro, acercó el puño de la otra y el índice amenazador hasta mi cara, diciendo la misma frase que entonces:

–Como esto salga de estas cuatro paredes, te mato.

Tomó aire durante unos segundos, pero yo supe mantenerme en el gesto impasible, sin parpadear. Luego mostró los dientes blanqueados y se marchó.

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Soul Round

Fotos Soul Round: Nuria Martínez Seguer, especialista en boxeo.
Foto Ali vs. Frazier: La escuela de los domingos

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