Beneficiari@s del acoso sexual

 

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Cuesta de Moyano, Madrid

En otro post me refería a que el acoso sexual, aunque luego no se materialice en abuso efectivo, tiene unos beneficiarios indirectos desde el momento en que se silencia, se tapa o se minimiza tanto el hecho como sus efectos. En el trabajo, no parece posible dudar que los hombres se benefician de una actitud que sistemáticamente perjudica al género femenino. Además, siempre están los que pretenden convencerte de que no ocurrió lo que tú dices, o que tú lo provocaste, con tu carácter, con tu manera de ser, con tu enfrentamiento del hecho.

Lo cierto es que es muy difícil explicar con detalle determinados episodios cuando una los ve entrelazados pero el otro, el que lee o el que escucha, ignora el contexto en sus aspectos más globales, el aspecto físico de los participantes, y  no tiene noción de psicología. Semanas atrás vi en Ramblas, a distancia suficiente como para cambiar de dirección sin dar tiempo a cruzarnos, a la mujer, que demostró de sobras no solo no ser amiga sino no tener la menor dosis de lealtad ni de ética personal, a la que reescribí su tesis de derecho para librarme del psicoanalista Bassols, de quien no puedo decir tampoco nada bueno. Reescribí su tesis en sus dos terceras partes, alcanzando una cifra superior de deuda a la que ella me prestó para pagar las antisesiones de Bassols y cortar con un tratamiento tóxico. Dos personas que solo aportaron malestar, confusión y vaciamiento sacaron cada una un rendimiento exclusivamente personal de los hechos ocurridos etre 1995 y 1997. Habría que explicar el comportamiento de esta mujer y la actitud del otro y finalmente no vale la pena, por más que ambos definen muy bien el contexto amoral de la época, de gente que pasa por ser progresista. Cuando la vi en Ramblas me dio rabia cómo mi buen trabajo le había valido un cum laude y yo llevaba desde entonces soportando penurias.

Este post viene a cuento, claro, de los últimos artículos que discuten cuál ha de ser la actitud de la persona acosada, hostigada, violada, abusada para hacer o rehacer su vida, para no ser utilizada por los vampiros de la desgracia ajena. Por mero sentido de supervivencia y de la propia dignidad. Si a las alturas de 2017 hay quien está discutiendo si es creíble tal versión porque la víctima no se ha tirado al río, qué se puede decir de los que sí vieron y advirtieron todos los síntomas de estrés y no hicieron nada por amortiguarlo, ni intervinieron para aliviarlo ni tomaron el teléfono para llamar la atención a la persona que estaba abusando de su posición indicándole que se buscara presas para sus diferentes apetitos –tan evidentes para mí– con mejor capacidad de respuesta porque yo necesitaba/necesito el dinero de mi trabajo para vivir? ¿qué se puede decir de quien quiso conocer morbosamente los detalles del suicidio de mi madre, y estaba al tanto del acoso del otro, y cuando tuvo la ocasión de hacer un acto de justicia optó por calificarme de “bastarda” y escribió un artículo sobre mi novela más denigrante para mí que esclarecedor? ¿qué decir de la escultora, riquísima y tacañísima, que me pidió que le escribiera la tesis porque le habían ofrecido no recuerdo qué cargo en la universidad de Bellas Artes y, siendo incapaz de hilvanar cuatro frases con sentido recurría a mí cuando me había estado tratando fatal mientras trabajaba para ella, al punto que dimití, mientras en mi doctorado de Humanidades me lo ponían imposible para hacer siquiera la tesina? ¿qué decir del amigo gay que, tras quince años prestando oídos a sus cuitas llamara desde donde llamara, me espetó que yo no admitía su homosexualidad, cuando fui quien, además, veinteañeros aún los dos, lo desatascó de una situación peor que ruinosa en Madrid, que le permitió despegar como bailarín? En este último caso, lo que hizo la librera de la Cuesta de Moyano, quien al escuchar como me estaba tratando él, le quitó el libro de las manos y le dijo que no se lo vendía. Que a una mujer  no se la trata así. Cuando yo dije que sólo éramos amigos, la mujer exclamó: ¡pues con más motivo! A lo que el otro respondió con un desplante, se dio media vuelta y se marchó dejándome en la calle.  Que el enésimo ligue no  le hiciera caso tenía una importancia mil veces superior a mi tristeza por cómo se había deshecho mi horizonte en el plazo de dos años. Hacía poco más de un año del suicidio de mi madre, la publicación de la novela en Mondadori fue una catástrofe cuyas consecuencias aún soporto.

Podría continuar poniendo negro sobre blanco qué hizo y qué dijo cada cual en ese momento que reventó mis coordenadas y terminó con el respeto que tenía a un conjunto de personas de mejor o peor posición. Pero no sirve de nada ni mejoraría nada. Lo explicado hasta aquí ha de bastar para convencer al que conserve algo de sentido común de que el esfuerzo por aparentar que nada ocurre, después de un episodio grave, es una de las opciones imprescindibles para la propia reconstrucción, que solo se hace efectiva si se cuenta con un apoyo de personas de auténtica confianza. Que algunos tienen la suerte de contar con ellos, pero no fue ni es mi caso.

 

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Mitomanía para superar el lunes: Paul Newman

Espero que algún director esté ahora mismo tramando una versión contemporánea de Todos los hombres del presidente. De los presidentes… es larga la lista de los que hay que sacar de un cargo al que denigran con su comportamiento: Rajoy, Puigdemont, Trump, el filipino…

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Denunciar al acosador, denunciar la violación

 

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la imagen de una película que habla de lo contrario de la violación 😉

No tengo una idea clara sobre qué deben hacer las demás mujeres cuando son abusadas, acosadas o violadas, solo sé lo que he hecho yo y haría yo. Porque cada decisión depende de la edad, el lugar, las circunstancias y la cultura política del momento. Creo que se trata de buscar siempre el mal menor y a veces el mal menor puede ser precisamente dar a conocer los hechos, primero a alguien cercano de confianza, luego a personas cualificadas, quizá después –salvo si se trata de violación, donde debería ser una de las opciones primeras– la denuncia para que la maquinaria legal se ponga en marcha.

Sí sé que confiarle a alguien que está ocurriendo ese tipo de violencia provoca un cambio mental y físico, pues activa mecanismos de contacto con la realidad, el hecho de verbalizar, de construir una secuencia de palabras para enunciar el hecho ya determina un acto de afirmación y aunque el final no sea del todo satisfactorio sí conlleva mejoras psíquicas. Hablo por mi experiencia y por la experiencia de otras mujeres –“chicas” o “niñas” en el momento en que se produjeron los hechos más graves, mujeres jóvenes, y por eso susceptibles de ser objeto de acoso o abuso, en los hechos posteriores–. Sin embargo, en la medida de lo posible, un simple mecanismo de autoprotección debe llevar a no permitir que trafiquen con el dolor de la víctima, con su vulnerabilidad física y psíquica. Por eso hay que estar plenamente seguro de a quién se confían los hechos, pues no podemos olvidar que la cultura de la sospecha, la cultura de la denigración está arraigada en nuestro país.

Días atrás Mario Vaquerizo levantaba una pequeña polémica al afirmar que la mujer no debe tolerar que se produzca ese acoso, y el resto de actos degradantes. Estoy de acuerdo con él hasta cierto punto. Ese punto es el de la prudencia, no el de la cobardía y ni siquiera el de la vergüenza. Doy por hecho que una mujer que no denuncia el acoso continuado, la violación, la violencia que sufre como mujer es una candidata segura a una depresión grave mientras que al poner en marcha cualquier mecanismo de autoprotección –que puede limitarse para empezar en confiar a un/a amigo/a, acudir en busca de apoyo psicológico privado –como hice yo a los 18 años cuando no me vi capaz de soportar la serie de calamidades que se acumulaban en mi contexto familiar– no sólo está haciéndose un bien a sí misma –salvo que sea una adicta a las calamidades o a la depresión, por complejos mecanismos psicológicos en los que ahora no entro– sino que está haciendo un bien social.

Dejando ahora mi propia experiencia, creo que la respuesta que se está dando estos días, descontando el aspecto circense y el de apuntarse a una causa en la que es fácil determinar cuál es el lado bueno y el que ofrece un mejor rendimiento a la propia imagen/conciencia– es el resultado de varias cosas buenas que se han ido haciendo a lo largo de estos años de democracia. Si bien es cierto que en épocas pasadas la religión cristiana, con el deber de compasión y de ayuda, podía brindar una red de apoyo a las mujeres que sufrían estos ataques, ayuda que hacía de contrapeso a la posible censura social ejercida por las mentes fascistas, la evolución que se ha producido en el país de cara a una mayor defensa de los derechos de las mujeres –al menos en términos generales y voluntaristas– también ha conllevado respuestas automatizadas, protocolos de ayuda, que no existían cuando yo era pequeña. En este sentido, sin hacer un canto extemporáneo, sí creo que se ha avanzado en la protección y castigo del culpable cuando los casos son graves. Evidentemente, el problema radica en actuar antes de que un acoso verbal, un hostigamiento, un manoseo, derive en algo peor y que, no habiendo violación, no pueda denunciarse como la agresión que en realidad es y que busca, aunque de forma más sutil pues el agresor es consciente de lo que se juega, anular a la mujer y convertirla en su cosa, denigrada y despreciada.

Decía que hay que actuar buscando que nadie trafique con las experiencias nefastas que uno padece –Jana Leo insistía asimismo en este aspecto en su libro– porque hay mucho en juego. Últimamente algunos hombres están protestando porque no aceptan las cifras de abuso que se dan, que consideran exageradas y eso es porque necesitan minimizar el ataque continuo que la mujer sufre como tal para poder considerar que determinados avances sexuales no suponen un ataque, una coacción a la libertad de la mujer.

Hay una idea tópica por la cual ciertas situaciones son habituales en las clases bajas, trabajadoras, desfavorecidas y eso es cierto en buena medida -según estadísticas– porque se buscan gratificaciones compensatorias inmediatas a la frustración cotidiana. Pero esa creencia, junto con la de minimizar y tapar las denuncias o las quejas, lo que hace es acentuar la brecha social. Es decir, otras mujeres, otros grupos sociales se benefician de la violación con que somete a unas mujeres, sobre todo cuando éstas no denuncian. Se benefician porque el desastre psíquico que sufre la víctima le resta energía para tareas más enriquecedoras, para un desarrollo personal pleno, se convierte en mercancía dañada en el mercado laboral y en el mercado de las relaciones, queda excluida o se autoexcluye de actividades y de pensamientos y proyectos de futuro.

La víctima de acoso que denuncia públicamente pero sin opción de denuncia legal -por falta de medios, de información, por miedo– se convierte en elemento radiactivo. En entornos laborales puede convertirse en persona a evitar, pues algunos hombres tienden a sospechar que esa mujer puede acarrearle problemas, por la convicción, un recelo nunca del todo reprimido, de que las mujeres se lo buscan, nos lo buscamos.

 

(Seguirá)

 

LOS DUEÑOS DEL IDIOMA, UN RAPTO, UNA INTEMPERIE

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Philip Roth, disparando al canon

Es evidente que cada cual habla de la fiesta según le va en ella. Mi opinión sobre el canon literario español actual, a partir de la lista de “traducciones canónicas” que publicó la sección Librotea de El País, no puede no estar condicionada por mi experiencia, que incluye acoso, plagio, humillación recurrente, insultos y desprecios a cara descubierta, atrasos deliberados del pago y tarifas bajísimas, con impedimentos para controlar el trabajo del corrector (que no siempre sabe francés). No estoy de acuerdo con muchas de las afirmaciones que se han ido presentando en el debate del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires y aquí respondo.

Formo parte de la lista de personas que han ido abandonado ACETT, disgustada por su política de tolerar la indefensión de todo aquel que tiene algún problema relacionado con la Ley de Propiedad Intelectual, un desencuentro contractual con editores o sufre abuso de posición de editores de mesa o de traductores que usan malas artes para hacerse con la exclusiva de un escritor. Ya desde fuera de la asociación y viendo confirmado mi juicio sobre el grupo, he criticado con dureza su política frente a la bajada de tarifas impuestas por grandes grupos editoriales. En resumen, es una de esas siglas que eludo así la veo aparecer al lado de cualquier noticia o fotografía. Me produce no escepticismo sino aborrecimiento por el recuerdo de la impotencia sufrida, lo cual no impide que varios de sus miembros merezcan mi respeto como excelentes traductores que son y buenos compañeros. Es el caso de Teresa Gallego Urrutia, muy activa en dignificar la profesión de traductor en España, además de muy generosa con sus conocimientos, hecho verificable dentro de la lista de la asociación y en privado.

Como la asociación francesa, ACETT aloja a traductores profesionales allá donde la asociación argentina exige una titulación específica. Sin embargo, ni mi recuerdo de ACETT ni mi opinión sobre el nivel de las discusiones y comentarios dentro de la lista de correos son halagüeños para sus componentes, ni soy aficionada a las listas, así que la ya famosa de “traducciones canónicas” que aquí se comenta me supo a nada. A la intrascendencia deliberada habitual. Al cadáver en el armario. El debate, por otro lado, me pareció un pretexto para activar un rencor contra España que a mi juicio está desplazado del que debiera ser un objetivo más certero.

            Dejando al margen algunas afirmaciones que han hecho los colegas que me han precedido, entiendo que uno de los errores es mezclar tiempos. Se reivindican los nombres de Cortázar y de Borges pasando por alto que eran coetáneos de escritores e intelectuales españoles asimismo exigentes con su tarea literaria y que el sentido y el peso mismo de la literatura y de la cultura eran muy diferentes del que hoy tienen.  Hoy no creo que se publicara El erotismo (de Georges Bataille) porque los conceptos de “sagrado” y de “transgresión” parecen desvanecidos pero también, sobre todo, el vínculo entre un deseo profundo, poco transparente, y la actividad creativa. En España, la literatura se ha hecho comercio y comercio de nombres propios. Por usar un término psicoanalítico, es como si el “ello” hubiese sido asesinado e instalado en su lugar su simulacro, suplantado por un superyó que se despliega en ese apetito de posiciones de relieve, de ventas y de galardones. No hay alegría ni transgresión, no hay ruptura ni horizonte de ruptura, todo está mediatizado por la marca: de la editorial, del periódico que promociona, del escritor.

Incluso cuando se presenta a tal o cual escritor como figura contracorriente, como gurú lúcido, no es más que otra mercancía para saciar el apetito de exquisiteces de un sector del mercado. No hay ni que decir que la capacidad transgresora del “disidente” está por completo neutralizada por esa función. Darío Jaramillo ofrecía una lista de dueños del idioma. Me resultó conmovedora como una película antigua porque los reales dueños del español son actualmente los directivos de las grandes corporaciones editoriales, en cuya “cumbre” figuran personas sin un átomo de talento literario.

Aquí se ha afirmado que algunos traductores argentinos lograron romper barreras y establecerse profesionalmente en España: me parece una generalización abusiva, pues probablemente lo hicieron antes de la eclosión del sector editorial como industria en pos del máximo beneficio. Pudieron instalarse cuando no había la competencia feroz actual entre profesionales y cuando un elevado nivel de cultura era un valor en sí mismo y la traducción una tarea casi artesanal. No rompieron barreras: crearon un lugar de la nada, a la par que los traductores españoles de esa época. Asegurar que las traducciones españolas son malísimas es otra hipérbole compensatoria, comprensible, por la autoestima herida del traductor latinoamericano canónico. He reescrito suficientes traducciones salidas de manos de argentinos como para asegurar que en todos lados cuecen habas (no conozco la versión americana de este dicho).

            Con todo, el problema sigue estando en otros puntos. Se habla de “España” cuando hay dos “frentes” editoriales que funcionan de modo diferente en lo que hace al idioma. El español que se habla en Cataluña está bastante degradado y no podemos fijarnos únicamente en los grandes títulos para determinar la calidad del nivel de traducción de una zona. Es habitual, por no decir la norma, que sean catalanoparlantes lo que estén al mando de los departamentos de edición y me he encontrado más de una vez con que se me pide que rebaje el nivel para adaptarlo a un público distinto de aquel al que el autor del original se dirigía. Percibo una distancia que me violenta y ofende cuando mi editor es alguien que no tiene el español como lengua materna, por no hablar de lo insultante que resulta la convicción, muy extendida aquí, de que un castellanoparlante es socialmente inferior al catalán. Y las consecuencias que se derivan de dicha convicción en términos de desarrollo profesional. He reescrito libros enteros de figuras mediáticas a precio de derribo porque los profesores de mi facultad o los editores y directores de revistas que explotaron mi trabajo han preferido siempre promocionar a catalanes de esa burguesía ilustrada tan típica de Barcelona –no sé si también de Madrid– que cree ser progresista mientras desarrolla una actividad cultural reaccionaria, de buen tono, historicista, clasista, misógina, antimoderna.

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François Cusset aborda el desastre cultural que supuso la década de los 80, cuando los (ex)izquierdistas abrazaron cínicamente todos los cargos y los sueldos que les ofrecieron desde los partidos socialistas decididos a neutralizar los radicalismos setenteros.

 

 

            No creo que deba hablarse de “imperialismo” sino de ignorancia o de mala fe. De un lado, existiría la convicción de que España y los países latinoamericanos son independientes y tienen las mismas armas para defender sus mercados –lo cual no es cierto en lo que se refiere a la capacidad invasora de los productos de las grandes corporaciones editoriales y de las dos o tres grandes independientes españolas que puedan quedar, pero esto se compensa con el mayor prestigio del que gozan los escritores latinoamericanos. Basta con seguir el listado de autores premiados por editoriales como Anagrama o Seix Barral y el tratamiento que se les da en prensa para verificar mis palabras.  Obsérvese el lugar y prestigio otorgados a Aira, Piglia, Pron, Fresán, Pauls y Villoro, nombres habituales en España.

            El problema principal a mi entender está en los cambios que se produjeron en los años ochenta y noventa en España. Por eso la Barcelona de los 70 es ya solo quimera. Cada vez que se ha pretendido modernizar la cultura se optó por mirar a Estados Unidos y se copiaron sus maneras publicitarias cuando la península debería plantearse un enfoque emancipatorio de nuestros conflictos políticos y culturales, incluido de los que mantenemos con toda América, desde la perspectiva que ofrecen los estudios poscoloniales, que plantean conceptos muy estimulantes. La actividad teórica actual en dos de las grandes zonas poscoloniales, África y el Caribe, son para mí un ejemplo. En los noventa se produjo en España una eclosión de nuevos escritores, que se dio en calificar de “light”; fue una decisión de editores, que en definitiva son quienes eligen qué publican y cómo modelar ideológicamente el mercado. Lo digo desde mi experiencia y como mujer: se promocionó una infantilización de los argumentos, proliferaron como setas escritoras treintañeras y personajes que parecían haberse quedado en la fase anal, para estupor de quienes teníamos otra formación e influencias diferentes del gore o el grunge anglosajón. Decía Walter Benjamin que la moda es una eterna repetición de lo nuevo y que además garantiza que nada cambie en las relaciones sociales. Ese ha sido, según observo, el “proyecto cultural” que ha quedado establecido. En España no hay debate auténtico ni polémica: es teatro; se ha instalado una jerarquización radical que ha provocado una subproletarización infamante de un porcentaje nada desdeñable de los actores de la cultura mientras se publicitan hasta la náusea una pequeña porción de nombres, instalados en la rueda de los prestigios en los años ochenta y noventa, cuando llegó el dinero de Europa que acalló a las elites antaño radicales instalándolas en universidades, organismos de prestigio, periódicos, etc., y que dieron por bueno lo ocurrido porque les benefició.

            En España hay grupos editoriales que favorecen el plagio, que premian libros escritos por un grupo de profesionales para provocar algún revuelo mediático, hay editores y agentes literarios que chanchullean con el ministerio de Cultura (o el nombre que actualmente ostente) por ciertos beneficios exclusivamente comerciales, hay agentes editoriales que persiguen repetir el pelotazo editorial equivalente al último de Estados Unidos y sacrifican a escritores literarios, hay escasez de becas para la creación, hay críticos que son, estrictamente hablando, publicistas de sus intereses y de los de sus amigos y que no tienen un solo volumen publicado de teoría crítica –las recopilaciones de reseñas no son teoría literaria—, pero sí poder para hundir carreras y reputaciones; el acoso sexual y la difamación pasan impunemente como males menores o necesarios dentro de una carrera profesional porque en conjunto hoy pervive el sálvese quien pueda y lo mal que esté el otro deja hueco al que quiera instalarse. Por eso, una lista estrambótica como la publicada por El País me parece el síntoma de un problema mayor, estrictamente español, y que ese problema, de numerosas facetas, es el que no se quiere abordar y, sobre todo, no quieren abordar los traductores ni los escritores e intelectuales españoles.

He leído… Violación, Nueva York, de Jana Leo

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Muy buen libro el ensayo, crónica de Jana Leo. Lectura del todo recomendable. Espero poder hablar pronto de él con más detenimiento. Significa, eso deseo, un punto y aparte en el abordaje de la mujer violada. A partir de este punto a ver cuántos escritores y periodistas continúan teniendo las narices de describir a las mujeres violadas o abusadas como exclusivamente alienadas de su experiencia.

Estómagos agradecidos con el dinero de nuestros impuestos

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Programa de TV3 (televisión pública catalana) anuncia el día de su emisión que no emite porque los políticos que dieron el golpe de estado para imponer la república catalana, después del referéndum ilegal del 1 de octubre, habían sido encarcelados por el gobierno de la nación… es decir, España

A quienes leéis desde el extranjero os conviene saber que TV3 es una cadena pública –una parte de los ingresos del ente Corporación Medios Audiovisuales procede de la publicidad, de la compraventa de derechos y de programas, pero éstos no cubren ni de lejos el gasto de gestión de un organismo compuesto por varios canales de televisión, radio, etc.,– y que por ello está obligada a representar al conjunto de los habitantes de la región, aunque su compromiso declarado es la promoción de la “cultura y la lengua catalanas”. Sin embargo, hace mucho que no se cumple esta premisa y que es el altavoz del catalanismo y el independentismo. En el caso del programa Polònia, programa de humor satírico, cualquiera con dos ojos bien conectados con el cerebro comprende de inmediato que se trata de un programa más de propaganda política al servicio de los amos del cotarro catalanista. Cuando trabajé en la CCRTV, uno de los ideales del grupo era parecerse a la BBC, que hacía décadas constituía el modelo para una televisión pública de calidad. Sin embargo, el ideal poco tenía que ver con la práctica, que seguía muy de cerca el modelo comercial norteamericano, algo que no es necesariamente malo aunque sí lo es cuando no se asume al mismo tiempo la libertad de expresión como bandera y la representación objetiva y ecuánime de la realidad. Dado que no existía internet ni había llegado la tv vía satélite –aunque en la CCRTV se recibía información actualizada de las novedades y avances del mundo audiovisual–, las opciones de informarse de los ciudadanos eran bastante limitadas; existía, como en todas las cadenas de televisión, una clara censura acerca de lo que podía decirse y no, qué temas se tocaban y cuáles no. Esta circunstancia dio lugar a una situación menos paradójica de lo que a primera vista pueda parecer: mientras lo noticiarios catalanes eran solo correctos y, por supuesto, favorables a CiU, el partido en el gobierno autonómico, la información de ámbito internacional era de lo mejor del país [es decir, de España 😉 ]. El presupuesto para los medios catalanes era alto y trataba de potenciar y consolidar la cadena catalana –el canal 33, un segundo canal con ambición más cultural, no llegó hasta 1989– como lo que es, punto de referencia y de construcción ideológica de la zona de interés catalana. Pero los periodistas que tenían ya cierta experiencia procedían de sectores más progres, de modo que poder contar con medios de primera sin duda favoreció su eclosión profesional. Recuerdo que cubrían el conflicto de Yugoslavia desde el principio y que allí murieron en un accidente de coche dos periodistas muy reconocidos  –no encuentro sus nombres, aunque me acuerdo muy bien de la cara y de las gafas de uno de ellos–. Me temo que, en medio de la barahúnda nacionalista, estos valores del buen periodismo por encima de todo se han perdido.

No entro en si el govern catalán tiene o no que estar en la cárcel, pues para opinar atinadamente de estos aspectos particulares hay que tener un conocimiento muy riguroso de la ley y también de las prácticas en otros países democráticos que pudieran servir de ejemplo. Lo que sí creo es que el govern ha caído en la trampa del gobierno de la ultraderecha de Rajoy y adláteres. Y que se ha ganado a pulso estar donde está. No sabemos qué reuniones mantuvieron con o sin intermediarios; por lo tanto, solo podemos elucubrar sobre los pasos dados, pero el fin último me parece claro que siempre ha sido –al menos así lo he creído desde que Podemos y las fuerzas llamadas “antisistema” empezaron a convertirse en una amenaza para el bipartidismo en toda España– impedir un cambio político que responda a las ansias del nuevo mapa social del siglo XXI, mapa que poco tiene que ver con el que había cuando se elaboró y aprobó la constitución (que no pude votar al ser menor de edad). El PP no tiene base política en Cataluña y tampoco le interesa que Ciudadanos se haga fuerte; casi estoy segura de que le conviene más que sea el PSC el que se recupere porque luego puede jugar la carta de los pactos a nivel nacional, de modo que si se defenestraran los partidos antisistema, el PP tiene una opción de existir en Cataluña –y creo que Ada Colau está jugando mal sus cartas si insiste en defender las “instituciones catalanas” como si algo fuese bueno por el mero hecho de ser catalán, cuando a esos mismos catalanes no les ha importado vender la Rambla –por poner un ejemplo– a capital extranjero y convertir la calle más emblemática de la ciudad en un bazar donde prácticamente nada -salvo quizá el Liceo porque ni las floristas ni el mercado de la Boquería han quedado a salvo– es genuinamente catalán–. Si se diluyen las opciones de izquierda –para mí la CUP no es izquierda, es circo, lo mismo que ERC–, volveríamos a estar en los años 90 pero sin el dinero de los años 90. Es decir, tendríamos una derecha auténtica y una falsa izquierda (el PSC ha sido el caballo de troya contra la izquierda real; su política cultural se ha basado en cultivar el divismo de un puñado de pijos, hijos de familias conservadoras o ultraconservadoras o de la gauche divine, carente de toda sensibilidad social; instalados en las instituciones de relieve y con elevado presupuesto, son los responsables de fomentar la precariedad de los trabajadores de la cultura y de abortar toda tentativa de debate serio que no se atenga a sus condiciones).
Los españoles –esto es, los que no conseguimos sentirnos catalanes ni a la de diez ni a la de treinta años residiendo en el área– no existimos en Cataluña, estamos como de prestado. Nuestro terreno de acción está limitado por dos frentes –el catalanismo y el pijerío castellanoparlante. No sé cuál de los dos es más reaccionario.