La guerre sans nom – La guerra de Argelia

Interesantísimo documental dedicado a la evolución de la guerra de Argelia desde los primeros ataques en 1954 hasta la declaración de independencia en julio de 1962. No tiene desperdicio la parte final cuando los fascistas de la OAS ponen en jaque al país con la amenaza de un golpe de Estado y una guerra civil.Su fundador encontró refugio en 1961 en el Madrid de Franco.

El dato de que solo después de 130 años de colonización los argelinos obtuvieron el derecho de ciudadanía francesa y los mismos derechos y obligaciones que los franceses, cuando De Gaulle accede al poder para resolver la situación, da que pensar acerca de los estragos del pensamiento colonial.
No sé si la independencia ha aportado a Argelia lo que perseguía cuando peleó por liberarse de Francia.

Adivina adivinanza quién es…

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Adivina, adivinanza quién es este guapo muchacho, hoy famosísimo actor español. Hice la foto hace mil años durante una sesión de improvisación guiada por otro personaje no menos atractivo, Pavel, profesor de mimo del Instituto del Teatro.

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Jose,  Paparazza

“No existe tal lugar”, de Miguel Sánchez-Ostiz en El Rinconete

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Las Islas Flotantes: la utopía como resistencia en No existe tal lugar de Miguel Sánchez-Ostiz

No existe tal lugar (1997) es una novela de madurez, en el sentido de dominio de los recursos técnicos y narrativos, por más que Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) no se atenga aquí a la convención del argumento que progresa desde la presentación de personajes y tramas hasta el desenlace, pasando por un nudo de intrigas peor o mejor urdido. El argumento estalla en relatos incrustados en la historia principal; el autor transmite así fielmente la naturaleza de sus personajes, seres sin destino, marginados del presente histórico definido por el resultado de la Guerra Civil. No existe tal lugar parece concentrar elementos narrativos que el novelista, ensayista, poeta y crítico había explorado en obras previas, como La gran ilusión (Premio Herralde de 1989): el entorno provinciano hostil a las libertades, el refugio que ofrece la imaginación reelaborada en forma de películas o de leyendas, fábulas y literatura, la presión de los conflictos familiares arraigados en el contexto histórico y las escasas oportunidades de realización sentimental.

Presentada como un memorial en primera persona, su narrador, Julián Odieta, traza la cartografía de un paisaje y de una historia familiar, el de Umbría —trasunto de Pamplona— y las comarcas aledañas, con la tierra donde se alza la mítica casa de Chimunea, espacio habitado por un conjunto de personajes extravagantes, fantasiosos, que parecen apartados del mundo cuando son, de hecho, exiliados de un mundo que detestan, el que surgió de la Guerra Civil con la presión asfixiante de la religión y siempre en jaque por posibles represalias de las «fuerzas vivas».

Desde la primera página captura la atención la riqueza expresiva, la forma como un decir aparentemente dubitativo refleja los rodeos en torno a la memoria del protagonista, que se propone dejar un testimonio del territorio, real e imaginario, cuando se dispone a abandonarlo para convertirse en otro hombre, otro yo, héroe fantaseado que debería habitar la utopía de las Islas Flotantes. El deseo de evasión está abonado desde la infancia por el gran personaje de la novela, el tío abuelo Fabián, erudito entrañable y quijotesco que logra mantener hasta el fin de sus días un sentido crítico y humorístico contra la mojigatería y estulticia del entorno:

[…] una de aquellas Islas Flotantes de las que hablaba, allá lejos y hace tiempo, en la vieja casa de Chimunea, […] mi tío abuelo Fabián Arizaleta. Las Islas Flotantes: el mundo utópico […] Es un grabado inglés, pero escrito en francés, del siglo xviii, que sitúa las Islas Flotantes frente a las costas de Chile, en el Pacífico Sur. Ahí están, minuciosamente marcados, Ociosa, Bosque de la Malandanza, Bahía de la Abundancia, Justicia, Paz, Igualdad […]

Es cierto que la atención del lector puede resentirse de la ausencia de un argumento sostenido y que las figuras femeninas desempeñan funciones tópicas (la carne y el dinero), pero la reiteración de imágenes o de divagaciones, el ir y volver sobre las andanzas de los personajes, la ruptura de la convención temporal transmiten no sólo la falta de un destino de unas personas entradas en años y sin relieve social, también ponen de manifiesto cómo la fantasía y la erudición en disciplinas variopintas o la libertad defendida valientemente constituyen la riqueza que nutre sus vidas sin que nadie pueda arrebatárselas.

Esa vehemente excentricidad, la mitomanía de unos y otros, en contraste con la tenaz mediocridad de quienes ostentan un cargo, o su vivir, suspendidos en el tiempo, es otro modo de apelar a una realidad que parece existir en un plano fantasmático. Es la vida que se truncó al perder la guerra el bando republicano y cuya continuidad ellos perciben y revive en sus actos.

La equivalencia entre la forma de la narración y la realidad que se representa es un hallazgo: la familia de «raros» recluida en la casa, con habitaciones como escenarios teatrales, son fantasmas del pasado y resistentes en el presente con sus vidas originales y sus memorias como tesoro.

Entre la galería de extravagantes se cuenta el amigo Alberto Giatamor, especialista en antigüedades, confidente del narrador y mediador entre dos mundos contrarios, el de un matrimonio fallido y el soñado territorio de la aventura allende los mares, hábitat de corsarios y fugados de la ley.

Si la historia narrada por los vencedores es lineal y se compone de una sucesión de acontecimientos, la de los perdedores, como lo son los habitantes de Chimunea, es circular y pone en solfa las versiones establecidas, así en cuanto a la Guerra Civil como a la historia del País Vasco. Por ahí comparece el presente de los años ochenta y noventa, es decir, el «felipismo» y la transformación ideológica que experimentó España; también se alude con socarronería aunque veladamente a la política vasca o al carlismo.

Puede que algunas alusiones a la mentalidad de finales de los noventa se pierdan: la burla de la «despreciable alegría del animal sano» se refiere seguramente al culto al «buen rollito» característico de ese periodo. Todo lector captará, en cambio, la oposición del mundo de fantasías y heroicidades a la manera quijotesca con el mundo bárbaro que defiende la rentabilidad y una codicia de medio pelo, pues tal oposición constituye el leitmotiv de la novela; así lo subraya la escena de la quema de libros, eco a la vez del célebre capítulo VI de la primera parte del Quijote y de la hoguera que jóvenes nazis hicieron en Berlín en 1933.

En No existe tal lugar Sánchez-Ostiz levanta un mapa de diferentes utopías como reflejos del yo más secreto: «[…] y es que siguiendo las constelaciones de ciertos mapas, de ciertos países más o menos imaginarios, acabas dando con esa raíz profunda que nos constituye».

El Rinconete

Saber

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Jean Seberg, imagen final de Bonjour, Tristesse, de Otto Preminger, 1958

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Glenn Close, imagen final de Las relaciones peligrosas, de Stephen Frears, 1988, basada en la novela de Choderlos de Laclos

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La novelista francesa, Françoise Sagan publicó en 1954 su primera novela

Hace unas semanas estuve releyendo la primera novela de Françoise Sagan,  Buenos días, tristeza. Como leemos dentro de una constelación de intereses variopintos, en su momento no me dijo gran cosa, pero esta vez he descubierto que era un experimento literario casi en la misma medida que pudo serlo de expresión autobiográfica. No he podido dejar de preguntarme qué destino habría sido el de Sagan si desde el principio, desde su publicación en 1954 –a 10 años apenas de terminada la guerra–, se hubiese leído el texto en relación con la tradición literaria que maneja en lugar de reaccionar a la supuesta reivindicación de amoralidad de los protagonistas.

Me figuro que todo el mundo conoce el argumento: una joven, Cécile, que no ha cumplido los 19 años, rememora desde París, donde vive a lo largo del año, el último verano en la Costa Azul, donde se produjeron los hechos que desatan este sentimiento de tristeza del título. El vínculo estrechísimo con el padre, Raymond, un viudo seductor que trabaja en publicidad, pájaro de noche con amantes varias, hombre ligero que tras sacar a su única hija del “convento”, donde ha estado interna durante varios años, la introduce en la sociedad parisina. Todo está erotizado y la muchacha cumple diferentes roles. Son ligeros, bellos, ricos, despreocupados, deliberadamente superficiales, y nada puede deshacer ese vínculo de complicidad que no es incestuoso pero que rompe el molde de las relaciones paterno-filiales al uso burgués. Durante el verano en cuestión, el padre llega a la casa de la playa acompañado por una modelo joven, Elsa. algo boba, de la que se desentiende al invitar a una vieja amiga, mujer madura, diseñadora elegante, realista, seria, Anne, que fuera la íntima de la madre de Cécile. Cuando la pareja anuncia su boda, a Cécile se le desarma el mundo y trama el modo de impedir el enlace. Su romance de playa con Cyril es atajado por Anne, prohibición que sirve de acicate para la primera experiencia sexual. Dejo aquí el resumen por si alguien no la ha leído.

Lo que me lleva a comentar aquí la novela es el asombro por que nadie advirtiera que se trata de una reescritura del clásico de la literatura francesa libertina, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos. En Buenos días, tristeza reaparecen los mismos personajes, pero con un grado de protagonismo diferente. La Cécile narradora en primera persona de Sagan ya  no es la ingenua Cécile de Volanges, virgen recién salida del convento y carne fresca para la seducción de Valmont –el padre, Raymond— mientras su madre cree prepararla para un matrimonio de su rango. La Cécile de Sagan quiere ser madame de Merteuil, e idea una estrategia para evitar que la que puede ser su rival, Anne, en el papel de ingenua y sincera amante, la desbanque de su lugar preferente al lado del padre y deshaga la fantasía de una existencia plena donde ella es tan poderosa que ninguna otra mujer puede suplantarla. Cyril, el honesto enamorado, es utilizado para ampliar su experiencia, tanto sensual como del poder que puede ejercer en sus ensayos de una experiencia erótica, con la inevitable negociación de distancias y proximidades. Ella sabe que después de ese verano habrá otros Cyril. El ambiente de la Costa Azul o de las fiestas en París equivale a los ambientes de Palacio y residencia campestre que tanto juego dan en Las relaciones… Me ha extrañado no encontrar ninguna referencia, en bibliografías, a este parentesco Sagan-Laclos, y al mismo tiempo muestra el verdadero talento que tenía Sagan –que luego no logró mantener con igual capacidad de sorpresa, al contrario de lo que sucedió con Marguerite Duras—para enmascarar sus influencias.

Cuando he visto la adaptación de Otto Preminger, que aligera mucho el contenido introspectivo de la narración original, no daba crédito al ver la última secuencia: Cécile, ante el espejo del tocador, después de dar las buenas noches a su padre en el habitual tono ligero que les es particular, inicia su ritual de desmaquillaje, y mirándose en el espejo rompe a llorar. Preminger divide los tiempos presente y pasado y da un tratamiento fotográfico distinto. El verano en la playa está fotografiado en technicolor; el presente de la juventud que asume la pérdida de la inocencia (o de la omnipotencia infantil) lo fotografía en blanco y negro.

Uno de los finales más expresivos del cine moderno probablemente sea ese primerísimo plano de Glenn Cose, en la película de Stephen Frears: al final de la velada, después de sufrir en la ópera los abucheos de la alta sociedad, a la que ella misma pertenece, enterada de los manejos crueles a los que se ha dedicado con Valmont. El ritual de desmaquillarse es el de despojarse de todas las máscaras; la que queda al final es la de alguien de quien a duras penas puede decirse que sea una mujer, es la calavera de su soledad.

De maneras distintas, creo que con una intuición muy penetrante, Laclos y Sagan en su estela, muestran unas figuras que son la quintaesencia de cierta feminidad, esa que intenta probar siempre cuál es el límite de su poder sobre el deseo. En las dos novelas, especialmente porque una es hija de la otra, ambas descubren que existe un límite cierto y que, de hecho, ese poder no puede existir como omnipotencia sino como la habilidad en mantener la tensión de la distancia justa, que es naturalmente variable. El poder erótico es antagónico de la omnipotencia.

 

A diferencia de otras novelas recientes –llamadas femeninas porque las firman mujeres under 35 años–, la de Sagan, como sucedía también con las primeras de Duras, se hacen eco de temas de la época. En Bonjour, tristesse hay un subtema abordado con mucha ironía, el de la educación intelectual de las jóvenes, que enlaza de nuevo con el  tema central de Las relaciones peligrosas. Sagan ironiza con el examen de bachillerato que su protagonista ha suspendido reproduciendo unos párrafos indigestos de un texto del filósofo Bergson, materia de estudio para el examen de repesca. Mediante el análisis de los perfiles psicológicos que pueblan la novela, la novata escritora viene a discutir, lo mismo que Laclos, qué materias debería incluir una enseñanza realista destinada a las jóvenes modernas.

Leí hace años un librito de homenaje a Sagan –lecturas en francés para Seix Barral— que reproducía varias reseñas sobre esta primera novela, obra de críticos muy serios, y naturalmente condescendientes, que se referían a ella como “mademoiselle”. El fenomenal exitazo de Buenos días, tristeza y el aura de escándalo que la acompañó siempre –también al final de su vida con el escándalo político, vinculado al presidente Mitterrand y nosequé negocios africanos–, ¿habría sido el mismo si los críticos se hubiesen dedicado a analizar lo que de verdad decía esa jovencísima y descarada novelista, hija de una familia bien y con lecturaas poco superficiales en su bagaje?
Al final, esa es siempre la pregunta, ¿y si se analizara lo que sí dicen los escritores y no lo que se les hace decir?

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Jajajá, ay, la lucha por la libertad de expresión de Boadella, juasjuas juas

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Jajajajá, ay, jajajá, ay, jajajajá, uf, es un no parar de reír…

 

¿Por qué España es tan graciosa? ¿Es por el clima, por la mezcla de razas? ¿es por la dieta mediterránea? ¿es el tiempo libre del que disfruta el personal? ¿es el orujo, el vino, el ron, el…? ¿es su memoria de pez? ¿es la herencia del Siglo de Oro, país de lazarillos, hidalgos famélicos, bufones y emperadores visionarios y reyes enfermos?

Pues no lo sé yo, pero aquí estoy riéndome a carcajadas un día más al leer los diarios. El titular de Vozpopuli, de la entrevista al bufón Albert Boadella sobre la Diada, reza: “La Diada es una catarsis de los sentimientos bajos e inconfesables“. Y aún antes de leer la entrevista, que firma la venezolana Karina Sainz, ya estoy soltando la risa porque no me digáis que no es gracioso que por este teatreru que sacó a la calle a cientos de miles de personas en 1977 por el caso La Torna, por el que hicieron huelga institutos de enseñanza media –entre ellos, el mío, el Montserrat– y universidades en nombre de la Llibertat d’expressió, considerándose un movimiento de izquierdas, haya ido de la manita del PP de Aguirre para dirigir los Teatros del Canal y sea uno de los promotores, relata el diario, de la génesis del partido Ciudadanos.

Ese año yo empezaba el BUP y me sentó fatal que, apenas empezadas las clases, se montara una huelga por lo que pronto me pareció un movimiento de pijos del Ensanche. Se celebraban asambleas donde básicamente la criaturada –azuzada por las mayores, con un discurso copiado de las marxistas de los partidos políticos– votaba sí y se largaba a casa a mascar chicle y ver la tele. Deseando enterarme de qué iba la película, una compañera de clase y yo –teníamos 14 o 15 años– nos quedábamos a escuchar las arengas de un par de organizadoras del movimiento, las dos de cursos superiores, muy catalanistas y muy vehementes, a las puertas (cerradas) del instituto. A una de ellas, rubia de pelo rizado, muy fotogénica, la vi muchos años después en un noticiario de televisión, haciendo declaraciones como directora de comunicación de una multinacional de coches. Entonces vendía la revolución a crías de 14 a 16 años y luego vendía coches.

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Con G.B., en la Plaza Octaviano, a los 15 ó 16 años, prestando oídos a una amiga que hizo de la valentía una forma de sensatez

En una de las tantas asambleas que se hicieron –y creo que fue en primer curso– intervine para decir que un paro de dos días por semana y luego otro par de días no valía de nada, que era solo una excusa para no hacer clases; que si querían conseguir cambios de verdad, igual lo que había que hacer era una huelga duradera como en el Mayo francés –que para mí era un mito de romanticismo y arrojo– y no parar hasta conseguir cambiarlo todo –hablaban las lideresas de protestas de la universidad y los rollos de la época–. Me escucharon estupefactas mientras yo me reía por debajo del bigote. Evidentemente, yo sabía que solo estaban flirteando con la rebelión y se votó parar un par o tres de días, asistir con los mayores a las manifestaciones en apoyo de Boadella y los suyos y sentirse muy ufanas en su primera excursión a la política de autoafirmación catalana.

En fin, Boadella, la chiquillería que salió a gritar por ti no deja hoy de parecerse a ti en su volubilidad.

Una de las primeras respuestas del primer joglar, describiendo el estado de la cuestión en Cataluña, dice:

«En los últimos siete u ocho años, Cataluña ha generado un proceso de aceleración de lo que yo entendía como una enfermedad colectiva. Creo que el virus afecta en este momento a una parte sustancial del conjunto de la población. No sólo los políticos, sino el conjunto de la ciudadanía. Están afectados por un delirio colectivo. La pérdida del sentido de la realidad y del sentido común se hace evidente. Por lo tanto, se hace más demencial la situación en lo político, en lo social y por lógica en lo cultural».

La entrevista ofrece un contenido sobradamente difundido, y que en gran medida corrobora mi experiencia en Barcelona. Sin embargo, aunque es cierto que el nacionalismo catalán y la defensa y subvención de la lengua están sobrerrepresentados en los organismos culturales –y probablemente políticos–, los organismos culturales privados tienen una dimensión que rebasa las fronteras catalanas y españolas y, sin embargo, no están desarrollando una función compensatoria, o destinada a equilibrar, el lavado de cerebro nacionalista. O no del todo.

Si se pide la opinión a un no nacionalista, o a un antinacionalista, irán a buscar a alguien nacido en Cataluña, considerando que los foráneos –aunque llevemos residiendo en la región durante más de 30 años– si no hemos abrazado la Causa somos charnegos o extranjeros (sudamericanos, europeos, etc.) o no podemos tener un juicio bien formado. Quizá porque el argumento de base de este asunto es que el nacionalismo es un sentimiento, una emoción. Cuando piso tierras valencianas, siento que estoy en el lugar que configura la memoria de mi familia; en la ciudad de Valencia, pese a los cambios que han modificado sustancialmente el perfil de la ciudad, siento que estoy en mi tierra y es un sentimiento físico de que nadie va a poder ponerse contra mí, porque existe una pertenencia de origen. Sin embargo, me pregunto si esta sensación, que he tenido de adulta, no está motivada por el rechazo que he experimentado repetidamente en Barcelona. Y si esa misma sensación –aunque diferente-. tal como la experimento en Madrid –la ciudad de todos– no es una elaboración de defensa que no me habría planteado nunca siendo, por ejemplo, de Andalucía y viviendo en Madrid, pero que se hace forzosamente todo el que vive en territorios de exaltación nacionalista, llámense Cataluña o isla de Córcega (aunque la lengua corsa tiene una relevancia mínima) o País Vasco.

Hace años, en los 90, llegó a Barcelona una pequeña colonia de escritores y poetas cubanos, expulsados por el castrismo. Creían aterrizar en la idealizada Barcelona de los años 70 y soñaban con tener las ventajas de la democracia y la facilidad del mismo idioma pero se encontraron con prácticamente todo el sector cultural volcado en la exaltación del catalán. Tenían menos relieve que el más insignificante poeta de comarcas. No sé cuántos se han quedado pero no parece que la cultura cubana tenga peso y potencia en la cultura de Barcelona hoy, salvo cuando se recuerda –cómo no– la figura del indiano conquistador de riquezas en la isla. Lo catalán se ha convertido en el patrón oro de toda medida.

De otro lado, están los emigrantes españoles que han abrazado el nacionalismo sin molestarse en aprender bien el catalán. En Facebook tenía en mis filas a una amiga –de cuando éramos crías en primaria–; me chocó su pasión por el Barça y su defensa de la independencia, y eso sin escribir ni gota de catalán. Ella declaraba que las familias que habían llegado de la pobreza –de la Extremadura del franquismo; supongo que sus padres llegarían en los 50– y de la completa falta de oportunidades defendían la tierra que les había dado trabajo y un horizonte de vida (ella no lo expresaba así). La verdad es que me pareció que un estómago agradecido abrazaba todas las ficciones que tuviera a bien brindarle el territorio que para ella y su familia significa pan y desarrollo económico. Una clase media de origen no catalán y sin formación superior constituye, probablemente, el ideal de lo que cualquier catalán consideraría “la bona gent” llegada de fuera e integrada.

Como nosotros –mi familia– no vinimos a Cataluña escapando del hambre ni de la falta de oportunidades –evidentemente, yo a los ocho años era poco más que un cero a la izquierda: tenía voz (¿y qué vamos a hacer allá? ¿y por qué no nos quedamos en París?) pero no voto, así que era parte del equipaje–, me chocó desde el principio y no deja de chocarme lo que el año pasado un francés describía –en comentarios a un artículo de Le Monde sobre el referéndum– como complejo de superioridad de los catalanes. Una expresión muy clara de este sentimiento fue la frase de una amiga, de la que me distancié del todo cuando mi situación económica fue en caída libre. Nacionalista ferviente, de unos sesenta y largos ya, votando a la CUP y con los hijos en universidades privadas catalanas –miren el precio de matrícula–, luego uno de ellos instalado en Madrid — haciendo lobby con catalanes, como si el resto de españoles apestase–, a no sé qué comentario despectivo mío hacia el follón nacionalista respondió, en catalán: “pero si tú eres valenciana, es casi ser catalana”. ¡Como si ser catalán fuese algo no esencialmente bueno sino esencialmente mejor! Como si Valencia estuviese obligada a sentirse parte de Cataluña porque así lo quieren aquí.

Volviendo a la entrevista a Boadella: antes de hacer la primera pregunta, yo habría empezado por averiguar cuándo dejó Boadella de recibir subvenciones de la conselleria de cultura catalana para sus montajes teatrales, las cantidades que recibían en tal caso, y las que recibió luego para los montajes del 92 —Yo tengo un tío en América–, y etc., etc.

Me parece que, tratándose de catalanes del cogollo cultural, si queremos conocer los vaivenes de su ideología, lo primero que hay que hacer siempre es seguir la pista del dinero.

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El Duque de Patraña, de Miguel Sánchez Ostiz

 

Compruebo que no soy la única que se ha radicalizado en sus posturas políticas contra el gobierno fascistizante y embustero del PP. También compruebo con alegría que somos muchos ya los que celebramos esta anarquía y desgobierno. Pensaba esta mañana que le cambiaba yo a Rajoy lo que él llama sentido común a cambio de mi picardía, visto que su sentido común –esa vida de gángsters de tebeo que se lleva su peña– ofrece semejante rendimiento en dinero, en sobre o sin él.

Cuando esta pesadilla termine y de una forma u otra se consiga expulsar a Mariano Rajoy de la Moncloa, el rey le nombrara duque. Sugiramos por tanto que, dado que no queda más remedio que tragar con esa mascarada, se le nombre Duque de Patraña y que de esa manera quede fijada en el tiempo […]

a través de El duque de Patraña — vivirdebuenagana