Sentencia del caso Noos: la infanta por fin canta

La luna me embrujó y me llevó hasta ti,
veneno del amor que yo feliz bebí
Y aunque mi pecho ardió y me abrasó la piel,
me supo dulce como la miel

Tus ojos, bandido, robaron con cuentos la sangre
y la vida de mi corazón
Tu ausencia en mis noches provoca lamentos,
suspiros y llantos, y oscura pasión

Y ahora cada vez que de mi lado te vas,
siento el dolor crecer más y más
Así que abrázame con furia de huracán,
que el fuego de tu amor sea como un volcán
Y luego bésame, atrápame en tu red,
que al fin tus labios colmen mi sed
JUICIO CASO NÓOS

Urdangarin saliendo de la vistilla, después de la sentencilla que le ha caído al muy pillo, digno discípulo del Lazarillo

copy foto: de la red. Espero que al fotógrafo le den el próximo WorldPress Photo. Ningún gesto resume mejor que este retrato la máxima: la justicia no es igual para todos.

No es un plan, es una revolución: no estamos condenados al fracaso

Era inevitable que surgiera un movimiento destinado a frenar el acoso moral en los ghettos. Kery James parece haber asumido el papel de guía, el rap como el godspell de las banlieues.

Me ha hecho gracia el momento en que recita que ha de costarles el doble de esfuerzo –que a los blancos burgueses, se entiende– alcanzar sus objetivos, pero que no están predestinados al fracaso. Viendo cómo funcionan en España los engranajes de inclusión exclusión del mundo de la cultura, me pregunto cuánto falta para que surja un movimiento de auténtica modernización-integración, transversalidad de clases, razas, internacionalización, pensamiento descolonizador, etc.

Paisajes de trabajo y paisajes de tarjeta postal en “Parte de una historia”, de Ignacio Aldecoa, en El Rinconete

El Rinconete- Instituto Cervantes & María José Furió

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La Graciosa, escenario de la novela

Parte de una historia (1967) es la última novela de Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925-Madrid, 1969); forma parte del ciclo dedicado a los oficios, que cuenta con los títulos El fulgor y la sangre, Con el viento solano y Gran Sol. Aldecoa, reconocido también como un maestro del cuento y autor de dos libros de poesía, ofrece al lector una auténtica experiencia de lenguaje. El idioma español es en su narrativa un instrumento de precisión en la transcripción de diálogos con localismos canarios, la descripción de geografías, ambientes isleños, herramientas y atmósferas, dejando en principio escaso margen para el estudio de las psicologías, lo cual propició que se considerase su estilo más próximo en ocasiones al reportaje —así se dijo de Gran Sol, protagonizado por pescadores de altura en ese caladero— que a la novela. En Parte de una historia este férreo objetivismo, influido por la novela realista norteamericana de Dos Passos, Hemingway, Steinbeck, etc., se enriquece con la influencia del moderno cine italiano posterior al neorrealismo, con Michelangelo Antonioni como figura capital. El director de La noche y La aventura —película que parece haber inspirado en más de un aspecto a Parte de un historia— brindó, a través de sus protagonistas, figuras en las que las nuevas generaciones destinadas por origen social y formación a posiciones de poder e influencia podían reconocer sus interrogantes y, acaso, la nostalgia de un mundo donde cada cual desempeñaba el papel previamente establecido.

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aventura-poster-islaEsta influencia mayor no resta fuerza al potente estilo de Aldecoa ni a su mirada sobre el mundo, personajes y peripecias, que es una mirada moral pero no condescendiente. El protagonista y narrador va a pasar unos días a una aldea de pescadores de la isla La Graciosa, en las Canarias, al noroeste de Tenerife, donde ya se le conoce de otras estancias, sin un motivo específico, aunque le remuerde una inquietud que no explica nunca del todo —«la huida explica la huida»—. Se aloja en casa de Roque y su familia; los hombres son serios y bebedores; las mujeres, despiertas y diligentes; la tienda y el mar son los otros escenarios recurrentes, donde frecuenta a los habitantes del pueblo y comparte los avatares de una cotidianeidad determinada por una geografía austera, el clima africano, los accidentes en el mar que el dominio de los oficios no siempre evita y unas relaciones sociofamiliares tradicionales, es decir, patriarcales. Con el alcohol a veces aflora la violencia y se suelta la lengua, pero las infidelidades, desmanes e inquietudes se ocultan más por prudencia que por decoro.

El narrador cultiva con inteligencia su condición de forastero: la convivencia familiar y su conocimiento de las artes del mar no anulan su condición de turista. Su saber estar en el borde de esta realidad hace de él un «reportero» de los trabajos de los lugareños: episodios como los de la visita al farero o la venta de una camella conforman algunas de las páginas más logradas del libro y explican algo del título de la novela: él forma parte de una historia común y compartida, pero solo en parte.

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La historia se complica aquí con la presencia de unos turistas («chonis») ingleses que han naufragado en la costa; son ricos, complicados, su vida ociosa, sus parrandas y amores desinhibidos contrastan con las convenciones de la aldea. No falta el personaje demoníaco que juega con los bajos instintos en provecho propio, orquestando los deseos reprimidos de tantos —«El señor Mateo el Guanche agota sus pasiones hasta las heces salvajes»— y brinda a Aldecoa la ocasión para registros de lengua más rudos.

El percance que desata la tragedia es, como en La aventura de Antonioni, mínimo —uno de los extranjeros se pierde en el mar durante la noche de fiesta, no está sobrio y desconoce las vueltas de la marea—, pero sirve para vertebrar el argumento y llevarlo a su desenlace. Subraya así la transformación moral que el turismo incipiente imprime en lugares que el narrador llama «de trabajo» convirtiéndolos en escenarios de tarjeta postal y experiencias en serie:

Si esta isla no fuera un lugar de trabajo… y me sonrío pensando en tarjetas postales, en parejas abrazadas en los plenilunios postales, en mujeres que se bañan en los mares postales, en las risas, danzas, terrazas, aperitivos, flores, ferias, escándalos, amores, hazañas y corazones postales. Pero ésta es una isla de trabajo.

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Playa de las Conchas – Isla la Graciosa

Se produce la muerte del turista extraviado y los isleños asisten estoicos a la fatalidad vaticinada antes de recuperar la rutina. Como el Hemingway de El viejo y el mar, Aldecoa muestra que en el cumplimiento de su oficio el individuo halla su lugar en el mundo y una forma de trascendencia. El narrador de Parte de una historia, sin dilucidar nunca los enigmas que siembra, parece buscar un baño de ascetismo para aquietar su desasosiego. Asume que no puede ser por entero un hombre de la naturaleza como Roque y los gracioseros, pero su trascendencia y su oficio residen en esa representación de la realidad cincelada con un idioma preciso y exigente.

¿Quién estaba loco durante el franquismo? ¿Y ahora?

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La memoria de las rapadas durante el franquismo **

Adjunto aquí una entrevista que acabo de encontrar en torno al tema de los locos durante el franquismo (Aunque para una perspectiva más matizada y en profundidad del estado de la psiquiatría durante la inmediata posguerra española, recomiendo vivamente leer Pretérito imperfecto,  impagables memorias del psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino). Recuerdo que lo primero que nos hacían a las niñas al ingresar en ese colegio era cortarnos el pelo. Estuve desde los 4 a los 8 años.

Una entrevista al psiquiatra Enrique González Duro, realizada por Victor M. Amela para la Contra de La Vanguardia, que ilustra de forma sintética el contexto teórico mediante el cual el fascismo de Franco y sus millones de seguidores –es error atribuir el mal a unos pocos hombres– logró apartar a una porción significativa de la población –enfermos mentales, huérfanos de familias de escasos recursos, madres solteras, izquierdistas, enfermos incurables– y la desposeyó de su inalienable cualidad de sujeto haciendo de ellos objetos de desecho. (Esto es lo que, como de soslayo, en lo que siempre llamo una “narración alienada”, recupero al relatar la historia de los locos del patio del colegio. También, la necesidad imperiosa en cualquier crío de armar un relato con los elementos a su disposición sobre la realidad y experiencia que le toca en suerte… o, como en mi caso, muy mala suerte.)

Debería subrayarse cuánto pervive del franquismo y de sus clasificaciones denigratorias en las jerarquizaciones contemporáneas sobre los productos culturales. Cuánto hay de residuo de la mentalidad franquista en el tipo de “crítica literaria” –sólo puede ir entre comillas– que practican Care Santos o María José Obiols, y otras mujeres en diarios como La  Vanguardia, y en quienes deciden que la suya es una crítica literaria potable, eludiendo siempre –incluso cuando la longitud de la reseña permitiría hacerlo de sobras– una mirada que abarque el mayor número de expresiones distintas de estar en el mundo. Cuánto hay de franquista en el criterio dominante a la hora de calificar el valor social y profesional de las personas. Cuánto había de fascistoide en el regocijo con que una ex-amiga escribió de mí “hija bastarda” –ella, que solo había conseguido un puesto relevante en una universidad estadounidense gracias a la posición social de su marido y que, pese a todas las facilidades puestas a sus pies, no fue capaz de terminar la tesis ni imponerse fuera del ámbito de influencia de su marido– en un intento de agitar el morbo de un auditorio de… ¡profesores de universidad especialistas en literatura española! Cuánto de fascista en las críticas que hizo de mí M.M. al decirle a su marido que yo no “iba con hombres” mientras él hacía lo imposible –en mi condición de residuo social dentro del contexto de la gaucherie divine dominante en el medio cultural barcelonés– por llevarme al catre por la puerta de atrás, enfadándose al no conseguir sus propósitos –llamándome entonces “gilipollas”; podría añadir aquí la fecha, pero tengo mis agendas en casa. Cuánto de fascista en el comportamiento villano de Llovet —el 29 de febrero del 96, apenas 4 meses después del suicidio de mi madre, anotaba yo en mi diario acerca de él, mientras asistía al doctorado de Lit. Comparada, que abandoné porque era un conglomerado absurdo de asignaturas sin ninguna relación con mi vida ni con lo que quería para ella, y estaba cayendo en la depresión con la ayuda inestimable del pseudopsicoanalista Miquel Bassols… de mi hermana y de mis amigos:

“en el doctorado, sigo a Monegal y a Vallcorba. (…) El otro [Vallcorba] habla del protofascismo, ahí está la idea de salud, de la conciencia del hombre saludable para la sociedad. Después de mis contactos con el psicoanálisis, este tema me toca de cerca. También porque con Jordi [Llovet] no hago otra cosa que camuflarme en una limpidísima apariencia de normalidad. Ayer llegó a decir que yo no estoy loca. Por fin, un veredicto favorable, ¿dejará de tener miedo de mí/de sí?»

Llovet, que apenas dabas dos estornudos de más, te indicaba que consultaras a un psicoanalista en el tono de quien posee un conocimiento sobre tu condición que a ti se te escapa. Daos cuenta de que, pese a lo que yo escribo aquí, no salen nunca a responderme porque no tienen modo de negar cuánto han hecho para sabotearme toda oportunidad de prosperar mientras facilitaban descaradamente la carrera  de otros, que, naturalmente, les adulan tan pronto se presenta la ocasión.

Estoy segura de que un día se escribirá una tesis analizando pormenorizadamente de qué modo editoriales como Planeta y la actual Penguin han socavado las posibilidades de una literatura de mujeres españolas realmente liberada de reflujos fascistas-franquistas. Observad qué perfil de mujer española publica PenguinRH y fijaos en la continua relación entre clase social media y baja y argumento de asumida humillación social y sexual en contraste con los argumentos de las escritoras españolas de origen medio-alto y clases ilustradas,  quienes suelen señalar un mal externo a ellas. Acto seguido, leed las reseñas que se hacen de tales libros y cómo, siempre, solo contribuyen a consolidar el statu-quo.

Fijaos, además, en el perfil social de las mujeres que han ocupado cargos de relevancia en las universidades -de Barcelona–, o en organismos públicos, el indisoluble vínculo apellido de papá-puesto bien remunerado. Luego, continuad afirmando que vivimos en una democracia con igualdad de oportunidades.

Enrique González Duro, psiquiatra e historiador de la psiquiatría

“Para la psiquiatría franquista, un rojo era un débil mental”
Tengo 66 años. Nací en La Guardia (Jaén) y vivo en Madrid. Soy
psiquiatra y trabajo en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Estoy doblemente divorciado. Tengo dos hijos y un nieto. La opresión franquista me hizo de izquierdas. La opresión eclesiástica me hizo ateo.

Víctor-M. Amela

La Vanguardia, 24-1-2008 / VICTOR M. AMELA
LA RAZA ARIA
La psiquiatría ¿es ideología?
— La Alemania nazi gaseó a 300.000 enfermos mentales: la psiquiatría nazi  sostenía que el enfermo mental transmitía su tara a los descendientes,  contaminando la pureza de la raza aria.

Solución: eliminarlos.

¡Y mataron a todos los enfermos psiquiátricos! ¡Todos! Gaseados para
depurar la raza.
¿Hubo aquí una psiquiatría franquista?
— Sí, y muy siniestra. No se ha hablado mucho…
LA LOCURA HEREDITARIA
¿Qué argumentaba esa psiquiatría?
Que los rojos eran locos, débiles mentales, tarados. El marxismo era una patología psiquiátrica. ¡Ser de izquierdas era una enfermedad mental y moral! Patología que el enfermo contagiaba a su descendencia, deformando la grandeza de la raza española.
¿Quién sostenía esas barbaridades?
Ilustres psiquiatras alineados con el bando franquista, sobre todo
Antonio Vallejo-Nágera, y también Juan José López-Ibor, Marco Merenciano… Los psiquiatras republicanos fueron delatados como diabólicos y maléficos, como hizo en Barcelona Ramón Sarró con su insigne maestro Emilio Mira.

LA PSIQUIATRIA FRANQUISTA

Guerra civil también entre psiquiatras.
La floreciente psiquiatría republicana resultó barrida. La psiquiatría
franquista arguyó que los insanos rojos eran antiespañoles, siendo lo sano ser español.
EL ESPAÑOL SANO
— ¿Y qué era ser español, estar sano?
— Ser hispanorromano, gótico y católico: ser heredero de los Reyes
Católicos, vaya. Los residuos moriscos y judíos eran impurezas que
eliminar, y lo mismo la ilustración y masonería, esas contaminaciones foráneas.
Captado.
— Toda esa impureza degeneraba a España: se la llamó “Antiespaña” y había que extirparla. Por eso Franco se complació en una guerra larga y de exterminio: quería limpiar la raza española. ¡Franco era un racista espiritual!

EL ADOCTRINAMIENTO PURIFICADOR
— ¿Se proponían los psiquiatras franquistas “curar” a los rojos?
— Sí, con reclusión en manicomios. Con sermones, adoctrina-miento, disciplina, fármacos, torturas, electrochoques… También se intentó “curar” a homosexuales y transexuales de su “delirio”, incluso mediante neurocirugía, tratamientos aversivos, ¡salvajadas!
LA ANTIPSIQUIATRIA
— ¿Usted ha visto esas cosas?
— Sí, y nadie osaba oponerse: yo me avergonzaba de ser cómplice callado. Los psiquiatras ¡obligaban a los internos en los manicomios a saludar brazo en alto! Vergonzoso. Poco a poco, la antipsiquiatría plantó cara. Cuando llegué a director del manicomio de Jaén, en 1982, desmantelé allí ese estado de cosas.
…POR HABER SIDO MADRE SOLTERA
— ¿En qué sentido?
— Pregunté por qué estaba ingresado cada paciente. ¡Había casos en que ni los psiquiatras lo sabían! Abrí las puertas. Los psiquiatras de la vieja guardia se opusieron. Y descubrí que una mujer llevaba allí 14 años encerrada… ¡por haber sido madre soltera!
— ¿Con la connivencia de su familia?
— Sí, y el argumento psiquiátrico de que en libertad “se hará prostituta”. Para evitar que se condenase su alma… ¡Era una psiquiatría inquisitorial! De hecho, Vallejo-Nágera sugirió seriamente resucitar la Inquisición.
— Algún rojo sí enloquecería de verdad.
— Esa atmósfera opresiva enloqueció a más de uno, destrozó vidas, provocó suicidios…
— ¿Qué otros delirios se teorizaron?
— Que había rasgos físicos delatores del degenerado, del rojo: se afirmaba que era feo.
— ¿Qué pasaba si habías luchado en el bando republicano sin ser rojo?
— Todos los soldados republicanos fueron sometidos a cuarentena en campos de concentración: ¡había que descontaminarlos! Del campo de Miranda de Ebro era psiquiatra Vallejo-Nágera, jefe del servicio psiquiátrico del Ejército Nacional.
MUJER Y ROJA
— Qué miedo.
— Su bestia negra eran las milicianas. Que una mujer –¡depositaria de la salud de la raza!– fuese roja le desquiciaba: las llamaba “marxistas delincuentes femeninos”, para no denominarlas “mujeres”. Los escarmientos en mujeres izquierdistas fueron los peores.
— ¿Qué más sostenía Vallejo-Nágera?
— Que los rojos eran seres inferiores. En esto también coincidía con
Franco, que decía que los había incorregibles (y a esos se les fusilaba) y los había redimibles… mediante reeducación y trabajos forzados.
El fusilamiento como terapia social.
— Ya dijo Franco que “cuantos más enemigos mueran, mejor”. Franco afirmaba que salvaría a España ¡aunque tuviese que fusilar a la mitad de los españoles! Esa regeneración de España proseguía en cárceles y manicomios: el interno era visto como enemigo objeto de “merecido castigo”. Y muchos bebés recién nacidos allí de parturientas rojas fueron separados de sus madres y entregados en adopciones bajo cuerda, para salvarlos así del contagio rojo.

EL BUEN PSIQUIATRA DEBE SER CATOLICO
— ¿Consiguieron “curar” a algún rojo aquellos psiquiatras franquistas?
— Consiguieron aterrorizarlos y acallarlos. Pero no “curarlos”, claro está. ¡Porque los rojos no estaban locos, por supuesto! López-Ibor sostenía que al rojo sólo se le cura si se le recristianiza. El buen psiquiatra, pues, debía ser católico. Y en 1936 escribió esto Vallejo-Nágera: “Creará la guerra una estirpe de caballeros, frente a la plebeyez moral de los peones del marxismo y sus mefíticas toxinas antiespañolas”.
¿Cómo acabó este Vallejo-Nágera?
— Cuando Hitler perdió la guerra, ¡se disgustó muchísimo! Se jubiló y pasó el resto de sus días escuchando música de Wagner.

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Locos
En esta hora de recuperación de la memoria colectiva, González Duro se aplica a su ámbito: la psiquiatría. Rescata la vergonzosa historia de sacerdotes de una salud mental puesta al servicio del franquismo, que hicieron de su ciencia una esclava del prejuicio, una rama de la ideología del vencedor. De niño, González Duro vio las columnas de presas penadas, rapadas y purgadas, por republicanas, y recuerda que nadie hablaba de esas pelonas ni de nada. Contra esa losa de silencio pugna este psiquiatra, que cree que la mejor vía hacia la salud mental y social es hablar, hablar, hablar, desterrar el silencio. Y habla en su obra: Los psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos (Península)

Foto: de Vallejo-Nágera, el Mengele de Franco, y la estirpe desigual de Rajoy