No os perdáis la excelente entrevista a Gabi Martínez de Karina Sainz Borgo

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Foto: Jeosm – Zenda libros

Creeréis que me he tomado alguna droga con tanto adjetivo superlativo (aunque el camino que va de buenísimo a excelente no es corto),  y no –salvo las que contenga el smog barcelonés–: estoy (prácticamente) limpia, señor juez. Os estoy haciendo un favor, además, el de equilibrar la balanza, claro, contra tantos críticos que solo son felices cuando descubren la basura.

Estupenda entrevista, publicada en Zenda Libros, donde Karina Sainz acota lo que parece el pánico al sinsentido del escritor Gabi Martínez, el cual anda de promoción de su más reciente título, Las defensas. Tenía en cartera leerlo y ahora ni duda que lo haré. Karina se rinde fácilmente a Ray Loriga –por cierto, qué graciosa e impertinente parece la gaviota que se pasea de perfil entre los turistas, tumbados en hamacas junto a la piscina en la terraza del último piso del hotel que tengo enfrente de mi ventana (no estoy en mi casa), cómo defiende su territorio natural, las alturas, ante la puesta de sol que cae hacia Montjuic– y frente al apabullante discurso de Gabi Martínez, que tiene menos ensayadas sus poses y sus singles ante los periodistas que el autor de Héroes, debe armarse de ironía y oponer su propio talento para no ser utilizada como mero depósito de declaraciones de (todavía, pero por cuánto tiempo más) encantadora pedantería.

Una larga racha de libros buenísimos: la interminable riqueza

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Coetzee- ficcion psicoanalisis

Un año de libros al margen de las lecturas rinconeteras ha dado una inesperada racha de textos muy interesantes, algunos buenísimos. Si traigo a J.M. Coetzee, puede decirse que juego sobre seguro, pero si recuerdo que en su conversación con Paul Auster el resultado era de mmm…, no del todo conseguido, como un simple peloteo más que un auténtico partido –hablaban demasiado de deportes–, los elogios a Las manos de los maestros, y El buen relato – en conversación con la psicoanalista Arabella Kurtz— cobran otro valor. De Las manos de los maestros, una recopilación de artículos de crítica literaria, me gustan mucho varios aspectos. La elección de los escritores para empezar: la mirada sobre África y su mirada crítica a los clichés sobre África y las culturas primitivas –la idea trillada de la pereza de los hotentotes inspira uno de los mejores artículos–, de autoras africanas como Nadine Gordimer -a la que dedica unas páginas donde mezcla sutileza y contundencia para hablar de cómo se sobrelleva ser, o haber sido, una autora icónica de la época de la lucha antiapartheid, de donde procede el peso de su legitimidad politica, con el incuestionable protagonismo de los autores de raza negra en la Sudáfrica post-apartheid. Discute, pues, la incomodidad de la posición de Gordimer quien, sin embargo, resistió hasta el final y defendió hasta su último aliento la lucha activa por los derechos de los negros (su vida, llegado cierto punto, pudo ser mejor que sus discursos, podría respondérsele a Coetzee, y de paso al autor de Absolución, Patrick Flanery). Es más comprensivo con otra Nobel, Doris Lessing, cuando aborda su autobiografía. De Lessing he leído poco; los Cuentos africanos me gustaron mucho, pero llegué tarde a la posibilidad de escandalizarme o adherirme a las reivindicaciones de su Cuaderno dorado. En cualquier caso, la lectura de Coetzee actualiza lo que significó la toma de conciencia feminista en el área anglosajona y el despertar de la reivindicación de la sexualidad femenina (Coetzee subraya la pesarosa relación sexual de Lessing durante su matrimonio). Otro de los aspectos que explican que el Coetzee ensayista me guste tanto es la transversalidad de disciplinas: habla de cómo evoluciona la mirada sobre el paisaje en los viajeros ante el insólito paisaje africano. Es un artículo especialmente fino, pues observa cómo la descripción del viajero pintor obedece a una forma de mirar y, por ello, de construir en diferentes planos la imagen que capta y que ésta, a su vez, está condicionada por generaciones de pintores acostumbrados al paisajes inglés y, por ello, a su característica superposición de luces, volúmenes, radicalmente diferentes de lo que el paisaje africano ofrece. No me digáis que no es la de Coetzee una estupenda salida del tópico del ensayismo literario. Por esa misma perspicacia y transversalidad de sus conocimientos, por esa misma extraterritorialidad –desde su instalación en Australia nos brinda una perspectiva novedosa y otra tradición literaria con sus correspondientes mitos “del origen” expresados en poesía, narraciones, etc. Por último, su posición como autor consagrado le permite ser generoso sin ser servil, crítico sin ser mezquino, experto y profundo sin ser pedante. En definitiva, muchas veces me convence más el Coetzee ensayista y autobiográfico que el novelista. En su conversación con la psicoanalista Kurtz se da un intercambio de impresiones en torno a temas que el uno le va lanzando y respondiendo al otro: la necesidad de disponer de una narración personal para sobrellevar el sinsentido de la vida, y preguntas propias del que no se contenta con afirmaciones de autoridades establecidas, como “la cantidad de verdad” que alguien puede soportar. Se habla de psicoanálisis, de lo que busca el hombre que acude a ella, pero también mucho de las inercias creadas por los grupos, de cuál es la función del profesor. En definitiva, se habla de la construcción dinámica del ser en la complejidad de nuestras sociedades.

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Quienes no tuvieron opción de construir dinámicamente su identidad fueron los que sucumbieron en los campos de concentración fascistas y soviéticos, construcción de castigo que es la marca del siglo XX y cuya mera existencia justifica, en mi opinión, la obra de Foucault frente a quienes hoy tratarían de despreciar su legado. Olivier Rolin firma una novela excelente en El meteorólogo, publicado ahora por Libros del Asteroide con una muy buena traducción de Miguel Aguayo. Rolin es un escritor de acusada personalidad, viejo maoísta que repasa con dureza los estragos de la que fuera su “fe” política; no ha tenido en España tanto eco como Quignard o Michon, –excelentes pero más fácilmente adoptables por el uso que puede darse a su temática erudita y estetizante–, supongo que porque sus temas no han logrado conectar hasta hoy con los intereses de moda por nuestros pagos. El meteorólogo se inscribiría, en parte, en esa moda que asalta las librerías en los últimos años en que un autor de relieve se pone a narrar la vida de un personaje real o un escritor o artista cuya peripecia tiene algo de infausto o de enigmático de modo que autor actual y personaje se nutren y canibalizan. Rolin logra darle un giro a esta tendencia y conduce el tema a una reflexión implícita sobre la memoria histórica y la búsqueda de desaparecidos, en esta ocasión bajo el criminal régimen estalinista. Alekséi Feodósievich Vangengheim es el jefe del Servicio Metereológico de la URSS, cree sinceramente en las bondades del nuevo régimen y pone su ciencia al servicio de la modernización del país. Conocer cómo funciona el clima, cómo se puede utilizar ese conocimiento para mejorar las cosechas debería colocarlo a salvo de sospechas y, sin embargo, es víctima de una de tantas purgas del estalinismo luego de una delación tan arbitraria como otras. Rolin relata cómo tuvo noticia de la existencia del meteorólogo, sigue la correspondencia desde el campo de trabajo con su única hija, comenta el carácter antiheroico de Vangenheim –se diría que el estupor le impide enloquecer al no asumir la naturaleza genuinamente demente del régimen estalinista- y su final trágico. Ese relato hace eco en, claro, la desilusión del autor Rolin, desencantado desde mucho tiempo atrás de la utopía marxista, desencanto que vertebra su narrativa; la tragedia de Vangenheim actúa como constatación del largo desencanto de la intelligentsia francesa con la URSS y, en tal sentido, Rolin se coloca, creo, en la línea que arranca en Gide y Camus. En la última parte, cuando trae a nuestro presente las figuras de los miles de anónimos que murieron junto con el meteorólogo, personas comunes delatadas en falso o por minucias, sentenciadas arbitrariamente, Rolin une este paisaje de sentenciados a muerte a la interminable lista de desaparecidos ejecutados a lo largo del siglo XX en el contexto de lo que hoy llamamos “terrorismo de Estado”. Transmite en esas páginas la honda tristeza fruto de la colisión de ese régimen que se quería científico y la irracionalidad de los métodos (he llegado a pensar que esas purgas “por motivos políticos” buscaban, en realidad, disminuir drásticamente la población porque las nuevas autoridades sabían que no podían alimentarla y que ese motivo secreto sí era el resultado de un cálculo matemático).

Esa línea de muertos sin tumba enlaza con novelas como El material humano y ensayos como El arte del asesinato político de F. Goldman -sobre el terrorismo de Estado en Guatemala– y, por supuesto, el de los ejecutados durante la guerra civil española. El meteorólogo añade una piedra al mosaico que dibuja el perfil de los holocaustos del siglo XX. Todos ellos lo hacen sin ser farragosos, dogmáticos, sentimentales o autoindulgentes. A veces, lo que un autor consigue no ser es lo interesante.

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Otros títulos a “vuelatecla”: El eco de los disparos, de Edurne Portela, el famoso ensayo dedicado a la era post-Eta, muy bien escrito y con reflexiones propias, muy elaboradas, bien argumentadas. Adalid del rencor activo como higiene política, solo puedo estar de acuerdo. También zumba a Carlos Boyero. Reivindica recordar qué fue la realidad, y cómo la batalla por la memoria también se dirime en los “productos culturales”. Analiza la despiadada campaña del PP contra el fotorreportero Clemente Bernad por “empotrarse” entre los chicos de la kale borroka y discute muchos oportunismos para no dejar en manos de los abertzales, viene a decir, la lectura definitiva del reciente pasado vasco. No estuve de acuerdo con su lectura de Ojos que no ven, de José-Ángel González Sainz, en mi opinión deudora en ciertos aspectos de la Pastoral americana del (gran, gran) Philip Roth, que llega a lastrar el relato. En mi opinión, desde la distancia de lo vasco, echo de menos en Portela y en González Sainz que aborden el problema de la lucha de clases como el substrato de la afiliación a la kale borroka, a la causa abertzale. Pero es una mera intuición y ellos los expertos.

Por último, una crónica que debería traducirse al español, Deseos de revolución, traducida del ruso por Paul Lequesne, es la crónica firmada por Nadejda Tolokonnikova, de las Pussy Riot, de su enfrentamiento al régimen putinesco, su paso por la cárcel en una de esas sentencias desorbitadas que delatan a las dictaduras, y el fruto de su resistencia. La verdad es que al principio pensé que sería uno de esos libros que solo tienen un valor de época, que las celebridades se arrimaban a ella por oportunismo, pues la escritura no es muy elaborada, expone sus pensamientos y valores en desorden y no tienen una gran profundidad teórica. A cambio, tiene algo mejor: el calado de la auténtica valentía y de la lucidez que permite la falta de “profundas teorías”.  Las Pussy Riot son el bufón que desnuda al emperador Putin y su régimen cruel pero ridículo.

Como sabemos, las Pussy Riot son un grupúsculo punk que celebraba performances en lugares considerados serios. Cuando intervienen en una iglesia se las ataca, cuando se las lleva a juicio terminan por ser condenadas a la desmesura de dos años. La activista retrata sus actividades, su preparación, reproduce declaraciones en su contra durante el juicio, expone sus valores en forma de consignas, describe las condiciones de la reclusión, la resistencia que opuso y su determinación de llegar al final con su huelga de hambre. Lo llamativo, lo que da valor a su actuación y a su testimonio es la coherencia de su actitud y, además, cómo utiliza su fama a favor de sus compañeras encarceladas. Como en todos los regímenes autoritarios, la reclusión no pretende más que aniquilar, y así ocurre con el trabajo esclavo que mata de agotamiento a reclusas mayores. El perfil de las reclusas, la mezcla de humor y ternura con que las retrata, su defensa a ultranza de las mujeres y de la rebelión va sumando interés a su crónica. Por último, el logro que beneficia al conjunto en sus condiciones de trabajo pasa a ser el legado de su paso por la cárcel, de modo que no será anecdótico y su celebridad internacional se hace instrumento de la lucha. Sin embargo, es el humor muchas veces payasesco, siempre irreverente, lo que deja en bragas al régimen de Putin. Uno de mis momentos favoritos es cuando, en medio de las protestas de la población rusa contra la policía, las Pussy Riot deciden que el cuerpo represivo está falto de amor y responden con una campaña, “abraza a una policía”. Tanto abrazo y tanto beso se considera una falta de respeto a la autoridad y de nuevo van contra ellas. Ay, el arte siempre incomprendido. Cuando a nivel internacional se protesta por el castigo desmesurado –el grupo punk de muchachas feministas tiene algo grouchomarxesco–, Putin y sus curas ortodoxos fieles niegan la mayor. En un sentido muy concreto, Putin tiene razón, pues las chicas con sus performances y sus máscaras de lana y su asalto a los cuarteles del poder -la iglesia, la policía, la cárcel– pretenden derribar lo que el psicoanálisis llama “el rostro fálico”, esa seriedad del superhombre, del líder, que es símbolo del falo; todo el orden de valores y símbolos concomitantes, que surgen y fructifican en el régimen de lo fálico: instituciones, uniformes, leyes. De ahí, en consecuencia, el desdén y la persecución a los homosexuales, al punk, el desprecio a la mujer. Porque Putin es el gran Falo, las Pussy Riot intuitivamente Lo atacan, se compadecen, Lo parodian. No es extraño que Zizek, considerado discípulo de Lacan, sea uno de los vehementes defensores de las Pussy Riot. Sincero respeto a la valiente Nadejda Tolokonnikova.

 

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La figura literaria de la criada y el soldado en “La sirvienta y el luchador”, de Horacio Castellanos Moya en El Rinconete

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© Mª José Furió & Instituto Cervantes

Es un motivo literario que hemos visto repetido en los retratos que los fotógrafos de principios del xx colgaban en sus escaparates —el recluta de uniforme posa con la novia, las cabezas juntas, sus miradas se pierden con ilusión en un mismo punto fuera de la imagen; según el rango social, la mujer podía ser una señorita bien o realizar tareas subalternas, ya costurera, ya enfermera, ya criada—. El tándem soldado-criada era un motivo habitual de las ficciones de la narrativa española, y luego de la cinematografía que adaptaba estas tramas, no solo como reflejo de una realidad sino también por el juego que da la pareja como pieza de conexión entre distintas clases sociales y ambientes. Un escritor hábil puede utilizar este recurso del individuo-bisagra entre clases sociales para circular por una constelación de escenarios y mentalidades sin convertir al personaje en narrador.

Es lo que hace justamente Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) en La sirvienta y el luchador, un relato tremendista con foco en diferentes protagonistas del enfrentamiento, en los años ochenta, entre las fuerzas armadas gubernamentales de extrema derecha y la insurgencia de extrema izquierda, que duraría una década al menos. Para seguirlo, el lector debe conocer algo del trasfondo político de la época y de la mayúscula escisión entre una élite de ricos en el poder y una mayoría empobrecida y sin derechos. Conviene recordar asimismo el contexto de la Guerra Fría y la implicación de la llamada Teología de la Liberación, tachada de comunista y perseguida hasta el célebre asesinato de monseñor Romero, cuyas homilías se mencionan en la novela dentro del dibujo panorámico que Castellanos Moya ofrece de las hostilidades en El Salvador para destilar el mensaje inequívoco de la imposible neutralidad de los habitantes de un país en guerra.

La trama parte de la desaparición de una joven pareja —ella europea— reinstalada en el país después de una estancia en Costa Rica, adonde se exilió una parte de la familia, burguesa y marcada por la persecución del régimen. Al nuevo apartamento acude la criada de la familia, la sesentona María Elena, quien intuye que de la desaparición y el paradero de los jóvenes puede saber algo el Vikingo, detective de la policía y en su juventud luchador de lucha libre, que diez años atrás estuvo cortejándola mientras vigilaba la casa de su patrón. El cortejo en el tono sórdido y envolvente que califica la novela entera no llegó a nada por la negativa de la criada, descreída en amores y redenciones por su condición de jovencísima madre soltera de una hija ya cuarentona, Belka, que ejerce de enfermera y cultiva ambiciones de prosperidad sin mancharse políticamente, lo cual se demostrará imposible. El nieto Joselito, estudiante de la universidad pública, participa en varios actos de guerrilla contra los militares, que conducen la trama hacia una vibrante novela de acción.

A la criada María Elena su inquebrantable lealtad a sus patronos y a su entorno familiar la impulsan a ir de arriba abajo, desde el Palacio Negro, donde se tortura, a la casa burguesa de los parientes de los secuestrados, donde sirve la prima de María Elena; desde la habitación del Vikingo a su casa, y luego al hospital: mediante sus itinerarios el autor presenta todos los estamentos y puntos cardinales del conflicto, pues si ella está colateralmente relacionada con el Vikingo y se cruza accidentalmente con personajes activos en la subversión, estos a su vez están relacionados con el entorno cotidiano del luchador de maneras insospechadas pero que marcan una dicotomía indiscutible: o se está con el Gobierno y la represión o se está contra él y se participa en la «subversión». En cualquier caso, todos padecen las consecuencias, en forma de secuestros, torturas y ejecuciones o como víctimas azarosas.

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Foto: Diócesis Ciudad Quesada – Asesinato de Monseñor Romero

Si el motivo del soldado y la criada tuvo una plasmación romántica en los retratos de los que hablaba al principio, La sirvienta y el luchador es su versión más oscura. Aunque relate acontecimientos de la historia de El Salvador, Castellanos Moya no pretende ser realista y de ahí la inverosímil telaraña de vínculos que une a los distintos personajes y la intensificación de la carga simbólica. La principal es, sin duda, caracterizar al Vikingo como un hombre que está podrido y consumiéndose en su podredumbre: sus acciones en la policía se pagan en esa consunción; la enfermedad y la falta de derechos dejan a todos expuestos a la indefensión, haciendo hincapié en la vulnerabilidad de las mujeres muy jóvenes. En conjunto, el autor no analiza una situación histórica, sino que describe las fuerzas e intereses que implican a todos, también contra su voluntad, en la guerra interna. El final grotesco es marca del siempre eficaz humorismo de Castellanos Moya.

George Gershwin, Summertime

Dedicado a la señôa Ceci, que nos ha dejado esta semana, plácidamente. La muy coquetuela de la señôa Ceci –que no se llamaba así– me tenía engañada: decía que tenía 87 años y en realidad tenía 90 y pico… Probablemente, convencida de que tenía esos juveniles ochenta y tantos, forzó la máquina en los últimos años, un desgaste que no le alcanzó a la cabeza.
Hace unos años estuvimos charlando en su casa, tenía excelente memoria, era muy vivaracha, muy empática. En deferencia por haberse tragado el franquismo desde el primer día hasta el último, yo le hablaba en catalán. Ella fingía que no le dolían los oídos con mi acento. La televisión encendida con el volumen a todo trapo, la marilyn que tenía por mascota me abrazaba como a todo recién llegado entre ladridos estridentes y lametones empalagosos; me preocupaba que se quedara sola en vacaciones –era Semana Santa, la crisis por entonces solo me afectaba a mí y a algún desgraciado autónomo más–, me tranquilizó asegurando que la visitaban los hijos, pasaba cuando tocaba la chica de los servicios del Ayuntamiento que atienden a los mayores que viven solos, etc. En esas, la televisión fue asaltada por una galería de políticos catalanes -naturalmente, tenía encendido el canal de TV3– enmerdados en algún escándalo de grandes sumas de dinero que debían vérselas ante un juez. Con acento entre escéptico y resignado comentó que no se conseguiría que devolvieran el dinero que habían robado. Eso la llevó a recordar el caso de la Banca Catalana, con Jordi Pujol, etc., y me contó que ellos –es decir, ella y su marido– perdieron todos sus ahorros por haber confiado en “un dels nostres”. Arruinados y con hijos pequeños, el marido tuvo que buscarse trabajo en Europa. Para ponerme en antecedentes del negocio que le permitía ofrecer su buen hacer en el extranjero, añadió que antes habían tenido una tienda y que en el período que fue desde que el Caudillo se hallaba entre este infierno hecho a su medida y el que le esperaba más allá, la policía –aún no había poli autonómica– andaba muy nerviosa; por cualquier excusa les hacían la puñeta, señalando algo que no estaba conforme en el escaparate y multa que te crió. Dicho de otro modo, la señôa Ceci y su marido, y como ellos otros miembros de esa clase que los catalanes llaman con insultante indulgencia “la bona gent“, pagaron el impuesto revolucionario a la ultraderecha primero y a la derecha catalanista después. Si alcanzó tan provecta edad con buen ánimo no fue solo por la solidez de su fe –que intentó contagiarme en vano–, sino por el sistema de la seguridad social universal, instaurada por los socialistas, con unas prestaciones que la derecha catalanista ha intentado de tantas maneras recortar, servicio público de salud que ha beneficiado sobre todo a su generación y a su clase.

 

En la muerte de Liu Xiaobo, comunicado del Pen America

Liu Xiaobo - Pen club

Hablando de cabrones… aquí traemos a los comunistas-capitalistas chinos, esos cerebritos que han logrado la cuadratura del círculo de la felicidad, libertad de mercado sin respeto a los derechos humanos. Han acabado con la vida de Liu Xiaobo. Qué tristeza y qué rabia.

Carta del Pen club América.

pen america logo

«Dear María Jos̩é,

It is with a heavy heart that I write to share the news that Chinese writer and activist Liu Xiaobo passed away today. His death from a virulent cancer contracted while in prison will forever be a black mark marring China’s reputation under international law and global human rights standards. 

As President of the Independent Chinese PEN Center, Liu Xiaobo was a friend and compatriot for writers all over the world who struggle against tyranny using words as their sole weapon. After his arrest in December 2008, PEN America honored Liu with the 2009 PEN/Barbara Goldsmith Freedom to Write Award, kicking off an international campaign for his freedom that culminated in his receipt—in absentia—of the 2010 Nobel Peace Prize.

Liu Xiaobo’s purported crime was no crime at all, but rather a visionary exposition on the potential future of a country he loved. For the act of penning seven sentences, China punished Liu Xiaobo with 11 years in prison, limiting his access to state-of-the-art medical care that might have prevented his illness or improved his prognosis. China’s refusal to honor Liu Xiaobo’s last wish to travel overseas for treatment and its decision to hold him incommunicado during his dying days are a cruel epitaph in the tale of a powerful regime’s determination to crush a brave man who dared challenge a government that sustains its rule through suppression and fear. Liu Xiaobo was not afraid. His courage in life and in death is an inspiration to those who stand for freedom in China and everywhere.

Our thoughts are with Liu Xiaobo’s family and friends, especially his beloved wife, the poet Liu Xia, who has been kept under house arrest, harassed, and hounded for years without charge. The only thing the Chinese government can do now to expiate its complicity in the death of Liu Xiaobo is to grant his wife, Liu Xia, the freedoms in life that her husband gained only in death.

If you are in New York, please join us tonight for a candlelight vigil to honor Liu Xiaobo’s legacy and to protest continued human rights abuses in China, where more than 40 writers are currently in jail. We will gather at the Permanent Mission of the People’s Republic of China to the U.N. (350 E 35th St, New York City) at 5:00pm to share readings from Liu Xiaobo and Liu Xia’s work, and to call on the Chinese to release Liu Xia.

We hope to see you there.

In solidarity,

Suzanne Nossel
Executive Director, PEN America