Los años estériles: No hables de amor cuando quieres decir gratis

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La dolce vita, de Federico Fellini (Italia, 1960). Mastroianni y Anita Ekberg.

No puedo esconder la rabia al mirar atrás y comprobar que se suman tantos años estériles. Y eso mientras escritores de mi generación –nacidos en los 60– se chupan la polla el uno al otro discutiendo si han hecho o no política, a diferencia de la generación de los 50 -la de la Transición– y la de los nacidos en los 70, con el 15-J cuya ideología real se resume en tantos casos en un  quítate tú pá ponerme yo.

Por supuesto que mis compañeros de generación han hecho política: salvo muy contadas excepciones, ha sido la política de la omisión, la de cierta prepotencia -como la describía un amigo: es el chúpame la polla porque quiero que me chupes la polla–, la de si no como yo no come nadie y si he comido yo ha comido todo el mundo, la política del oportunismo, la de la queja en privado y la adulación en público, la de hacer lo contrario de lo que se dice, la de la deslealtad, la de rebajar el nivel, mezquina y pequeñita, la de sálvese quien pueda, la de ayudar al que ya está ayudado, la de arrimarse al sol que más calienta. Es decir, lo que vemos todos los días a poco que prestemos atención a comparar los hechos con los dichos. No al 100%, pero una actitud tan mayoritaria como para dibujar el panorama. Una política desarrollada no en la calle sino en despachos, en el bar de moda, en los periódicos, en camarillas. Falta de arrojo, de desafío, de contagiosa joie de vivre. Y pensar que nacimos en la década de la nouvelle vague!

Gente que tiene las narices de echarte la culpa de si tu situación va a malas porque primero te empobrecen, te roban la energía y luego te reprenden –“no deberías haber permitido que llegara a este punto”–, pero no han sido capaces de unir fuerzas para que la cultura sea una profesión, y un arte de vida, no una merienda de negros y una carrera de desgaste.

Aquí siguen algunos ejemplos de cómo trabajan algunos y cómo a su sombra prosperan algunas que se pavonean llamándose editoras y ensayistas y escritoras y vete a saber qué más. Lo publicó El Trujamán.

No hables de amor cuando quieres decir gratis

Los traductores somos como los payasos del circo clásico: nadie ha de notar que lo estamos pasando canutas ni demasiado bien. Una demostración de algún retazo de nuestras vidas ha de servir para corroborar que somos –mujeres y hombres—dandies modernos: cuando nos apartamos del ordenador, nuestras vidas discurren entre congresos, concesiones de premios, cursos de especialización, estancias en el extranjero becadas por gobiernos cultísimos y paseos entre bouquinistas o por librerías con solera. Qué decepción se llevan tantos –editores y lectores– cuando descubren que no somos entidades místicas que se alimentan de la pura letra sino personas alcanzadas por la realidad. Y por eso, procuramos que no quede huella de nuestras tribulaciones en la traducción.

A lo mejor estamos traduciendo los avatares de un par de bobas que, disconformes con el mundo, van a terminar al cabo de 250 tediosas páginas de pueril pataleo punk estrellando un 4 x 4 contra un muro o contra una muchedumbre. Para que ese mensaje anti-sistema se venda bien es imprescindible, paradójicamente, que el sistema funcione sin contratiempos: alguien habrá fabricado el portentoso vehículo y lo habrá puesto a la venta en un concesionario, entre muchos habrán construido esas carreteras lisas para que las chicas díscolas decidan que se estrellan ellas y no las estrella el pésimo estado del pavimento, alguien habrá diseñado el sistema de semáforos y, por supuesto, toda la cadena editorial ha de ir como la seda; el traductor entregará a tiempo pactado la novela y esperará dócilmente la transferencia mientras el engranaje sigue su curso.

Si el resultado no está a la altura de las expectativas del editor, la culpa no será de la falta de concentración sino de la incompa-tibilidad ideológica: ¿cómo encontrar equivalente verosímil a la memez que relata esta novela? Luego, el corrector hará de su capa un sayo, con la aquiescencia del editor, y las dos protagonistas hablarán como si hubiesen mamado de la Sorbona o de la Complutense. Sin embargo, la jerga más o menos escatológica –que, no nos engañemos, constituye el señuelo ofrecido al lector— se conservará adaptada a la gama vigente en nuestro país (desde Argentina, lectores sagaces pondrán el grito en el cielo por la incongruencia general del sucedáneo: benditos argentinos).

En otro momento, bajo nubes de tribulación distintas, nos habrá caído en suerte traducir las memorias de un simpatiquísimo editor francés que, por su edad avanzada, no está en condiciones de ofrecer un texto tan pulido como los que han forjado su merecida reputación. Da lo mismo: los hechos relatados y su personalidad bastan para interesar a todo lector apasionado del siglo XX en Francia y del mundo de la edición en ese país. Que la traducción es un oficio mal pagado se comprueba precisamente con esta clase de textos, plagados de referencias a los títulos que conforman la biografía profesional del protagonista, además de las incontables referencias a hechos, personajes y lugares históricos; añádase que las repetidas denuncias que jalonaron el trabajo del editor –que contribuyó a modernizar el panorama literario por la vía de publicar a autores considerados pornográficos y abyectos– dan pie a juicios y a sentencias emitidas desde tribunales que han cambiado su ubicación y nombre entre la fecha de los acontecimientos y la de la publicación de las memorias. Si todo esto no fuese suficiente trabajo de pesquisa bibliográfica para el traductor, horas y más horas que no suelen facturarse aparte, la autobiografía incluye extensas citas de otros ensayos sobre la Liberación y la inmediata posguerra y hay que buscar la versión española para decidir, considerada la extensión del fragmento, si se transcribe o si se traduce de nuevo y ofrecemos la referencia bibliográfica en nota.

Enviada la traducción, releída tantas veces que ya nos parece leer húngaro,  esperamos la próxima etapa de revisión de las correcciones. Al cabo de muchos meses, llegan noticias del mundo real. Y ahí se corrobora que la traducción no es un mundo para dandies.

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Divorzio all’italiana, Pietro Germi (1961)

Después de varios meses sin noticias del editor, llegó un correo suyo donde ponía énfasis en que la traducción había sido revisada con el libro delante. Chocaba el dato pues damos por seguro que es así como se corrige. Advertía algo sobre un código de colores –amarillo y verde— utilizado por la primera correctora, donde supuestamente solo lo subrayado debía revisarse. Enseguida se hizo evidente que debía leer de cabo a rabo la traducción o se publicaría una catástrofe firmada con mi nombre.

            Días enteros se fueron en recomponer el desaguisado y cuando, tras varias llamadas urgentes, el editor devolvió la llamada, al saber del estropicio explicó que de la corrección –dividida en dos partes— se habían ocupado dos amigas que habían trabajado «por amor». Si el que lee estas líneas enarca las cejas será porque no está acostumbrado a la expresión just for love –tampoco yo la conocía–, eufemismo adoptado aquí para decir gratis.

            Por amor corrigieron y con triple salto mortal: sin el libro delante, sin saber francés, sin confiar en la gramática española. Y salió lo que salió, confiados en que la traductora era como esas madres que van, trapo en mano, repasando lo que ensucian sus retoños. Siguió lo que los franceses llaman un échange verbal muy tenso donde no se negoció nada porque nadie cedió. Apoyándome en el contrato y en la LPI, no acepté regalar cuarenta horas más. El editor parecía creer que si alguien puede trabajar just for love, seguramente habría mucho más amor suelto, así que por qué pagar tantas horas extra. El amor posee, como sabemos, una naturaleza sumamente elástica. En resumen, los problemas reales del traductor profesional, por duros que fuesen, le importaban un bledo al amoroso editor. Se lamentó de haber pagado ya la traducción, sugiriendo así que, de no haberlo hecho, en ese momento podría obtener, mediante ese turbio amor que era su marca, la revisión de la segunda parte.

            ¿Y qué justificaba tanto lamento? Empezando por lo mucho que la correctora se había entretenido cambiando todas las comillas latinas tradicionales por las tipográficas. El nombre de las instituciones y organismos franceses suele llevar la primera inicial en mayúscula y las siguientes en minúscula; mantenemos esta norma para nombres no traducidos, pero la correctora impuso la norma inglesa según la cual todas las iniciales van en mayúscula: hubo que rectificar. Algún absurdo como cambiar un sustantivo que no le gustaba y dejar tal cual el género del artículo y el adjetivo que lo acompañaban sin respetar una regla elemental de concordancia. Cambió adjetivos por otros que significan algo diferente y obligaban a la frase a decir algo que no había escrito el autor.

            Hubo muchos momentos de desconcierto en que no lograba entender por qué subrayaba en amarillo preposiciones correctas, expresiones hechas del todo inocuas, adjetivos tópicos aquí y en el país vecino, de dónde surgían dudas que seguramente sólo ha tenido ella y que habría podido solventar discretamente de haber consultado google o un buen diccionario enciclopédico. Planteaba interrogantes al lado de expresiones que, con el original delante, desaparecerían al comprobar que convenía simplemente reproducir lo que el autor dejó anotado. Por qué, si tanta era la duda, no proponía alternativas que ayudasen a comprender qué le molestaba de la frase. Abundaban las correcciones caprichosas o dejaba palabras señaladas en verde que quedaban como discutibles pese a que el propio autor dedicaba páginas a explicar el uso de tal palabra, como «indecible», entre otras. Detalle no baladí considerando que uno de los temas de estas memorias es cómo, tras años de batallar, ciertos términos y autores llegaron a ser aceptables en la alta cultura.

            A esto se añade que se tacharan adjetivos o verbos sustituyéndolos por otros que no correspondían al significado original («no me detuve a pensarlo» se cambió por «a reflexionarlo»). Asimismo, al cambiar de lugar sintagmas o complementos, el enunciado español decía algo distinto de lo que el autor francés. Por supuesto, había un baile de comas de modo que desaparecían algunas imprescindibles y surgían otras que, en su nueva posición, alteraban el significado. Varias veces tuve que explicar en nota al margen de la página a qué se refería el autor, como si existiese una disociación entre leer y entender el progreso del tema tratado.

            En suma, el juego de los colores solo servía para dar cuenta del paso de la correctora por la página. Cuando el estilo del autor es deslavazado, escrito a vuela pluma, y así ha funcionado en francés, si para el lector español se prefiere una versión más ensayística que periodística, siempre cabe pedir una muestra de traducción de un capítulo. Pero es ésta una decisión arriesgada ya que ese estilo coloquial puede equilibrar el cúmulo de datos, de anécdotas y valoraciones que, en tono de ensayo, resultarían farragosos y distorsionarían la personalidad del protagonista. En último término, no creo que pueda hacerse una edición acertada de texto sin conocer el idioma original.

Foto de Divorzio all’italiana de Films in films

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Saboreando las delicias del rencor (1)

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Con el 98,59% escrutado, Pedro Sánchez consigue un respaldo del 50,06% de los votos frente al 40,1% de Susana Díaz y el 9,84% de Patxi López (Fuente: Eldiario.es. Foto: M. Jara)

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Jajajajajajajajajáááá, Susanaaaaaaáááá, Jejejejejéééé Felipeeéééééé

Aunque sospecho que esta movida para resucitar al PSOE está teledirigida, me ha alegrado el despertar oír por la radio la noticia de la derrota de Susana Díaz. Me habría encantado ver la cara de Felipe González (y de Felipe VI, ya de paso).

children laughing islas solomon

Pabloooooooooo Iglesiaaaaas, ¿y ahora qué vas a hacer?

black children risas

Jajajajá, Susanaaaaaa has perdidoooooooooooo, jajajajaááá

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Si han abusado de todas, no han abusado de ninguna… o del feminismo trivial

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Alguien en Facebook comentó el artículo de Pérez-Reverte sobre una cena en un famoso restaurante con una cuadrilla de amigos en la que coincidieron con Cristina Hendricks, la famosa pelirroja de Mad Men, que iba con su marido. Todo el mundo ha leído la pieza, así que no la resumo. A mí sí me hizo reír –no soy lectora de Pérez-Reverte, aunque estoy informada de la condena por plagio y del rifirrafe con Francisco Rico que, meses atrás, hizo las veces de debate literario en prensa–, pues me pareció claro que era una parodia con afán de provocar y que se pintaba a sí mismo y a sus amiguetes fracasando como toreros viejos ante un monumento de mujer acostumbrada a esquivar a fans y situaciones peores.

El artículo, escrito en estilo cañí y que pinta a hombres de diferentes edades muriendo por la boca –el marido “no tiene media bofetada” repiten—, además de borrachuzos y desfasados, es un transparente compendio de tópicos sobre el macho y el machito español; el narrador, además, se presenta en una situación muy poco airosa para granjearse la simpatía del lector. Solo que se trata del lenguaraz Pérez-Reverte, y provocó un reguero de críticas en twitter. Quiso mostrar la diferencia entre personaje y persona y sufrió lo mismo que la actriz: que los lectores más simples –esto es, la mayoría– confundieron narrador y autor, pese a las advertencias que él hace en el artículo de que está atribuyendo palabras a uno de los amigos que ni siquiera acudió a la cena. (Es increíble todo lo que queda por aprender acerca de la “autoficción” cuando algunos la dan por agotada.)

Las críticas al machismo del autor de la serie de Alatriste coinciden en la prensa con la moda más reciente del feminismo. De golpe, en los últimos meses parece que no haya otro tema del que hablar. De la noche a la mañana todas las mujeres son feministas y se diría que todas las que colaboran en prensa o en los medios han sufrido vejaciones. Tiempo atrás destacó un periódico la queja de la poeta Elena Medel por el tono que a menudo empleaban los hombres del sector de la cultura al dirigirse a ella. Más revuelo parece haber provocado el artículo de Luna Miguel enumerando las humillaciones sexistas a las que se enfrentaron un sinfín de jóvenes poetas. Da el nombre de las víctimas no de los victimarios.

Me interesó el planteamiento pero, lo mismo que la cascada de artículos en que unas y otras describen y se quejan de las vejaciones, me sentí al margen: como mujer no me sentía concernida. Ninguno de los artículos hacía una reflexión de más alcance sobre el contexto en que se producen o se produjeron las humillaciones. La descripción por sí misma –como ya ocurre con la crónica Chicas muertas, de Selva Almada– y la enumeración abrumadora –según el modelo que en 2666 hace Bolaño de las mujeres asesinadas en Juárez– se supone que ha de bastar. En la misma semana, una nota de un juez en México que con sus alusiones culpabilizaba del crimen a la víctima, provocó un movimiento de rabia y de solidaridad con el lema “Si me matan dirán de mí…”, que en muchos casos eran ferozmente poéticos y eficaces en la desolación. Curiosamente, este movimiento no ha tenido repercusión en España entre las divas de la prensa y el feminismo, pese a las decenas de crímenes machistas de todos los años.

En nuestro país, adicto al drama, al ego desatado, a las acusaciones pasmosas y al subidón de adrenalina, el análisis estorba. Supongo que ésa es la explicación de la desconcertante reseña que una tal Begoña Méndez dedica al último  libro de ensayos de Siri Hustvedt, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, en El Cultural. En cualquier caso, sea flojo o no el libro de Hustvedt, no encuentro en ningún lado artículos o libros que no estén llenos de prejuicios y de dicotomías por las cuales las mujeres, por nuestra condición de humilladas y vejadas, de víctimas de la estructura patriarcal, somos buenas o, como se señala en relación a Hustvedt, no se disculpe con que nos ciega el mismo sistema. Echo de menos el clima en que leí el primer libro de S. Hustvedt, Todo cuanto amé, apuesta arriesgada de Circe, editorial especializada en mujeres, antes de que pasara a editoriales cazadoras de “nombres-marca”, como Anagrama o la actual Seix Barral.

Andando la semana, según la diatriba anti Pérez-Reverte adquiría tintes grotescos e inquisitoriales –no se habrá tratado con mayor dureza al estrangulador de Boston–, se celebró mucho el artículo de Luz Sánchez Mellado –en El País–, en el que asegura que, en cuanto se juntan cuatro mujeres, sus tertulias no tienen nada que envidiarle en procacidad y apetito deslenguado a la de Pérez-Reverte y sus compinches. Que también ellas son muy de presumir de ir a hacer lo que saben que no harán porque el maromo en cuestión no está a su alcance. Bueno, si ella lo dice será cierto. Pero más cierto es que la tribuna de El País le confiere un marchamo de sensatez a lo que desde otro púlpito haría que se la calificara de ordinaria y calentorra.

si me matan...


campaña de protesta en México en respuesta al sexismo institucionalizado 

El asunto me dejó cavilosa –que todas las mujeres sueñen con tropezar con Fassbender y dejarlo exhausto lo comprendo–. Una cosa es el desenfado y la gracia y otra es la frivolidad. Si a todas las mujeres, según se desprende de estos artículos de denuncia, las han vejado, si todas han sido humilladas por ser mujeres y pretender un nivel de igualdad profesional, si todas han sido abusadas, criticadas, insultadas, etc., entonces no lo ha sido ninguna.

Si una mujer, una periodista, una escritora, cualquiera, se lucra con la denuncia de este abuso –se lucra obteniendo renombre, oportunidades, audiencia o dinero–, entonces está mintiendo sobre la realidad de la humillación sexual. Me he acordado de tantos episodios que conozco directamente, de tantas mujeres –incluidas amigas estudiantes de Bup y con licenciaturas universitarias que fueron violadas–, de la vergüenza real y de largo alcance que es la consecuencia de la auténtica humillación, de la auténtica violación y el abuso sexuales –que, no sé si lo sabéis, siempre hay que demostrar–, de preferir el silencio no solo a denunciar sino a confiarlo al entorno, que ya solo me da asco esta catarata de oportunismo y de trivialización de la situación real y del verdadero feminismo.

septima funcion lenguaje frances

Pensando en lo que la teoría crítica y la literatura pueden hacer a favor de la discusión, y por enmarcar el asunto más allá de las anécdotas de cada quisque, recomiendo dos libros y una película: La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet –que leí en una estupenda traducción al catalán de Josep Alemany–, una parodia a ratos logradísima de la French Teory, un alarde de enorme erudición a cuenta del supuesto asesinato del pobre Roland Barthes para hacerse con un manuscrito que contiene el secreto de esa séptima función del lenguaje por la cual su poseedor podría hacer bailar al mundo como a un oso encima de una pelota; novela que pinta a todos los popes de la época, franceses, italianos y norteamericanos, con colores muy payasescos, que hace de los años 70 y principios de los 80 un parque temático de sobreexplotados iconos, marionetas, momentazos históricos y corrientes teóricas más o menos oportunistas—, y que a la postre demuestra –como las wild teories de Pola Oloixarac– que si te cargas por entero la teoría crítica de izquierdas y en su lugar no pones nada digno de llamarse teoría, la derecha –véase Macri, véase Macron (¡ayyy, dios mío, que va a ser que son actores y nos los han colado como políticos!)– puede nombrarte su compañero de viaje honorario. La película danesa de Thomas Vinterberg, La caza, donde el guapísimo Mads Mikkelsen encarna a un profe de guardería acusado en falso de exhibicionismo por una nena, hija de su mejor amigo. Tiene guasa que en el actual contexto de incontables violaciones de mujeres sea la falsa acusación a un inocente el motivo de una trama sutil, contenida y certera. Y por último, de Pierre Michon, La Grande Beaune –en la excelente traducción de M. Teresa Gallego Urrutia, El origen del mundo–, porque Pérez-Reverte jamás escribirá así de una mujer, porque muestra cómo el deseo nos construye –y su trivialización nos convierte en objetos de valor fluctuante como acciones en Bolsa al albur de accionistas locos–. Michon narra la fascinación de un hombre joven por una mujer de desbordante sensualidad. Su deseo de ella, la estanquera del pueblo adonde es destinado como profesor de primaria recién licenciado, es mucho más que una fiebre de juventud, es el eje que vertebra una vida, cualquier vida, y le confiere sentido.

Christina Hendricks boobs

Christina Hendricks en plan Mírame a los ojos, he dicho a los ojos

Presencia de Juan Rulfo en Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued, en El Rinconete

sol tremendo portada

El Rinconete publica hoy mi artículo dedicado a encarecer los méritos de la primera novela del argentino Carlos Busqued, que merece más lectores de los que cosechó cuando su publicación. Ahora que el gobierno de Macri, en Argentina, pone de nuevo sobre la mesa la llamada “ley 2 x 1“, que al parecer favorece a los encarcelados por los crímenes de la dictadura, resulta oportuno recordar un libro que de manera tan elocuente evoca el rastro de la pesadilla fascista en el Cono Sur.

El Rinconete & Mª José Furió

Bajo este sol tremendo (2009), excelente primera novela de Carlos Busqued (Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco, Argentina, 1970) no fue del todo comprendida en España, por la singular manera de relatar los hechos sin poner al lector en antecedentes. También porque la influencia de la emblemática Pedro Páramo, de Juan Rulfo, en la descripción del escenario geográfico, entre otros detalles, colisiona con la influencia de la narrativa norteamericana de McCarthy y Carver, el llamado realismo sucio y la novela de frontera. Si afinamos la mirada, vemos que el protagonista también tiene algo del desganado Meursault que en El extranjero de Camus deambula bajo un sol abrasador por una tierra ajena de tan familiar.

En Bajo este sol tremendo, el protagonista, Certati, es uno de esos jóvenes viejos o al revés que abundan en la literatura contem-poránea. Próximo a los cuarenta años, solitario, adicto a la marihuana y a los documentales de la televisión por cable sobre expediciones submarinas o arqueológicas, no tiene oficio ni beneficio, pues lo han despedido del trabajo por falta de iniciativa. Un día recibe una llamada de teléfono que le informa de que su madre y su hermano han sido asesinados a escopetazos por el compañero de ella, Molina, que acto seguido se ha suicidado. Debe trasladarse a Lapachito y hacerse cargo de los cadáveres y sus posesiones. Su interlocutor, un tal Duarte, se dice amigo y albacea del suicida; como este, es un suboficial de Aviación ya retirado, y le habla de un seguro que podría cobrar repartiéndose el importe. Certati se desplaza hasta Lapachito, en la provincia del Chaco, al nordeste de Argentina, zona de clima subtropical, dato interesante para comprender el opresivo ambiente, pues Busqued utiliza aspectos de la realidad, tanto geográfica como histórica o sociológica, y los estiliza exagerando el trazo para componer lo que cabe leer como una alegoría de la Argentina contemporánea. El paisaje tiene algo de la Comala de Pedro Páramo como puerta ardiente de entrada al infierno, afantasmado por la presencia latente de los muertos que cuentan su historia a través de los objetos.

Juan Rulfo fotógrafo

Fotografía de Juan Rulfo

Lapachito es un lugar podrido, de aguas malas e infestado de extraños insectos venenosos, el aire corroe en poco tiempo la chapa de los automóviles, pero, explica Duarte, la gente no abandona el lugar porque hay «guita» para ganarse la vida. Se inicia entonces una aventura siniestra de la mano de Duarte, quien acompaña al huérfano en los trámites legales de cremación de los cuerpos y gestiona el cobro del seguro. En la casa donde se produjo el crimen conoce a la primera mujer del asesino y suicida, que limpia el lugar mientras él decide qué conservar de las pertenencias familiares. Por último está Danielito, hijo de esta mujer y de Molina, y asistente de Duarte en tareas que Busqued desvela con naturalidad presentando los hechos al lector in medias res —los vídeos de porno duro, su afición al aeromodelismo, su economía paralela al retiro, los diálogos descarnados—, los cuales ilustran su sadismo y la frialdad con que somete a su entorno desde su apego a una imagen de omnipotencia que entendemos arraiga en su pasada actividad militar. Solo la madre de Danielito, clónico de Certati en su alienación, se manifiesta hostil a este sujeto y arroja pistas sobre el pasado de los amigos militares.

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Autorretrato de Juan Rulfo, 1940

Es preferible no añadir más detalles ni revelar el desenlace para no restarle a la novela los lectores que aún merece; sí conviene destacar la combinación de la trama propiamente dicha con la presencia de animales de todo tipo, tanto reales como los que en los documentales cautivan la atención de los alelados Certati y Danielito, sometidos a una violencia azarosa o metódica, porque mediante esa presencia Busqued estaría sugiriendo que la tortura y el ensañamiento conforman la relación del hombre con otras especies. Los «bichos» subyugan a Certati y a Danielito en parte, cabe pensar, como eco del típico interés infantil por ellos, proyección a la vez del mundo instintivo, la vulnerabilidad y dependencia, su propio yo atrapado en un medio sin un lenguaje capaz de traducir el sufrimiento soportado. Bajo este sol tremendo se construye así como una brutal alegoría de los efectos de la represión de la dictadura argentina y la tortura en un argumento que nunca las menciona.

Encontramos huella de los relatos de Rulfo en el argumento del bebé malformado del que la madre se deshace y cuyo nombre hereda el siguiente, Danielito, condicionando su vida de sujeto sin identidad propia; también en el dibujo de personas estrechamente vinculadas pero sin lazos de afecto; y, sin duda, en cómo el peso de la memoria lastra las vidas de los hijos de los autores de la violencia.

N’hi ha per llogar-hi cadires!! porque ¡¡es pá caerssse de culo, machos!!

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Aguirre after the Bombay bum bum, declarando que dios no la quería en su seno… aún

Bueno, llevo unos días queriendo comentar algunos bellos libros leídos recientemente, pero estoy desbordada por la actualidad y es un pasmo tras otro y no doy crédito… (a la realidad, el banco no me da crédito a mí 😦

Lo de la Operación Lezo y Ca’n Planeta pidiendo a un tal Mauricio Casals cierta discreción –que no hace falta que se entere la gente de que el bacalao político lo cortamos nosotros, le dicen a este fulano, que al parecer anda subiéndose a la parra de tanto presumir en plan “que tú no sabes quién soy ni quiénes son mis apoyos”–; la Aguirre dimite de todos sus cargos. Se lamentaba: que no me mató el helicóptero de la plaza de toros de sus coj***s, y salí ilesa de un ataque terrorista donde Cristo perdió la sandalia para morir en casa, por la puñalada trapera de mi mano derecha y de mi mano izquierda (cito de los periódicos, que llaman así a sus Brutus traidores, Ignacio González y otro que tal, criados ambos a los pechos de la marquesa (?), concejala (?), presidenta (?) de Madrid, del PP…, no llevo la cuenta de los cargos de la señora Aguirre)… que así leído queda como si padeciera un trastorno de la personalidad. Eso de que tus manos actúen con tanta independencia y –hablando en catalán, puesto que de independencia hablamos– con tanta traïdoria…  es, como dirían las lerdis de la ESO, “autosuicidio”; ignoro qué diría Freud ante situación tan flagrante de ceguera, pero sé qué dirían los brujos africanos: “el fuego que te quemará es el fuego aquel con el que te calientas”.

Nada, chata, visto lo visto, de cara a la galería de la Historia, igual te habría convenido más caer en el helicóptero –junto con Rajoy, of course– o en el hotel oriental bombardeado… O igual bastaría con que los periodistas renuncien a esas metáforas que nos dejan estragados a los filológos prolijos. Pero, citando a Sancho Panza, bien está lo que bien acaba y no hay mal que cien años dure… ni cuerpo (social) que lo resista. Chau, maja.

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Lo de Francisco Marhuenda, director de un diario que no he leído nunca, La Sinrazón, casi que ni lo comento… porque ya lo dijo Albert Camus: a partir de los 40 años uno es responsable de su cara. Y la cara de este ¿periodista? gritaba a los cuatro vientos lo que han revelado las escuchas telefónicas. Da verdadero yuyu que lo que suelta por la tele sea, multiplicado por mil, lo que dice y proyecta cuando no hay cámaras delante: pavoroso.

De otro lado, no sé qué les ha dado últimamente a los periodistas con hacer de verdad su trabajo y, claro, estamos todos acoquinados –como si no lo estuviera yo de sobras con mis problemas cotidianos–, por ejemplo, mostrándonos lo que sabíamos de Gallardón: que está tan a la derecha de la derecha que se pierde en el arco político democrático.

gallardón feretro utrera molina

Gallardón portando el féretro del exministro franquista José Utrera Molina. Porque no es lo mismo saber algo que corroborarlo.

Al tipo de la izquierda, en la foto, no es que le hubiese dado una rampa en el brazo y lo estirara para desentumecerlo, es que hacía el saludo fascista y sonaba el Cara al sol...

lluis llach sonriendo

Uno de los 10.000 poetas que alberga Catalonia soñándose, como tantos, Robespierre

Luego, por si fuéramos pocos, parió la abuela, quiero decir Lluís Llach.

Flash forward. Paso de fronteras España / Catalonia:

–¿Cuál es su profesión, caballero?
–Cantautor i colpista*. Sóc en Lluís Llach.

¡TOMA! ¡TOMA! Y ¡TOMA!
Lo juro: el otrora cantor doliente y sensible se ha soltado la melena –bueno, es una metáfora, tan mala como lo de las manos cargadas con puñales de la Aguirre– y proclama hoy que “La Generalitat sancionará a los funcionarios que no acaten la ley de desconexión“.  Confieso públicamente que es la primera vez que me he asustado. No porque sea funcionaria sino porque es una amenaza destinada a provocar a las autoridades –si bien la mitad, catalanas y españolas, está de camino a la cárcel o visitando en la cárcel a los compis–, a caldear los ánimos, a avisar a los mossos, bomberos y chupatintas varios que están fichados y sota vigilància. Que según recoge la Biblia, recibirás castigo o premio según tus actos… proindepes o contra. El tipo habla de impuestos y recaudaciones –¡poeta!– pero no de cultura. (Sobre todo, no me vengáis en el futuro con que no os lo advertí.)

Hay que leer el artículo y las declaraciones del sensible trobador que, por no ir en verso, provocan temblores. Mira que Pierre Michon advierte en Los Once que la política no hay que dejársela bajo ningún concepto a los literatos.
Al lado de todo este merdé, el ascenso de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales del domingo y su paso a la 2ª vuelta parece lógica cartesiana. El chico Macron, candidato hiperaséptico de Hollande y Valls, nos demuestra que los franceses son serios: si hay que dinamitar el socialismo desde dentro, se hace sin rubor, se forja una sección neoliberal y se presenta a las elecciones, no se monta un pitote a la española con tres candidatos luchando por los despojos del PSOE cuando no quedan ni las brasas.

Por favor, Barak Obama, dime que todo este follón es un complot del Mossad para mantenernos entretenidos a los españoles…

[* colpista? golpista? putchiste?]

Obama risas y vacaciones

¿Me puedes explicar, Barak, qué es lo que te hace tanta gracia?

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