Teatro catalán: El héroe despectivo y despreciable

 

Por mucho que intenten dignificar su espantada, por mucho que el Vanity Fair –¡el Vanity Fair! que precisamente significa LA FERIA DE LAS VANIDADES– adule con referencias culturales la elección del lazo amarillo como símbolo de lucha por las libertades de los pueblos oprimidos –risas enlatadas

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los pueblos oprimidos de Cataluña, jejejejejeje

–, la actuación de Puigdemont desde el inicio de su mandato es un muestrario de lo peor de mi generación: oportunismo, hipocresía, mentir al aliado, deslealtad a sus seguidores, mesianismo delirante, salvar solo el propio culo, discurso victimista después de anular las libertades del contrario, uso fraudulento de dinero público, cobardía, mitomanía, desprecio de las clases inferiores y atribución de una clase social superior a la que en realidad pertenecen, charlatanería, mezquindad, falta de grandeza…

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Aleluya, ¡el Mesías ya está aquí!, bueno, no aquí, sino allá, en Bélgica

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Sueño trunco

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© Bernard Plossu

Se cierran etapas de manera más o menos natural. Supongo que por el distanciamiento –y aborrecimiento incluso– de la realidad catalana, no me ha apetecido comentar el resultado de las elecciones. Escaño arriba escaño abajo, esperaba como la fatalidad que es el triunfo de los dos grandes bloques -indepes y Ciudadanos–. Me alegré mucho de que el PSC no recuperara posiciones perdiendo de ese modo la opción de imponer a Iceta como president junto al cantado triunfo de Arrimadas, y esperaba que el partido de Ada Colau se estrellara más de lo que lo ha hecho. El alegrón ha sido, claro, el derrumbe de los dos partidos anti-sistema: el PP y la CUP. Éstos han pasado de ser los tontos útiles de la vieja CIU a ser solo tontos, e inútiles para sus propios seguidores.

Desde luego, la situación es demasiado compleja para liquidarla en cuatro párrafos, pero hace mucho que no espero que los partidos españoles se enfrenten a los auténticos problemas de nuestro presente, y el “ya lo dije” no es alivio para el disgusto de ver cómo los dos grandes bloques han provocado un retroceso en el camino a formas de gobierno mejor liberadas del neoliberalismo.

Un episodio que tuvo lugar el pasado 3 o 4 de octubre, de madrugada, retrata bien lo que cabe esperar de los indepes, que tanto presumen de ir a respetar todas las corrientes de pensamiento, opinión, tendencias, etc etc.

Después de la paliza que recibieron el día de la votación, se dio la consigna de protestar delante de las sedes policiales “españolas”, la guardia civil y la policía nacional. La consigna partió, según parece, de la organización liderada por los llamados “Jordis”, hoy en prisión.

Vivo a dos calles de un cuartel de la guardia civil y aquí se presentaron, a partir de las 9 de la noche, a lanzar proclamas en catalán contra la guardia civil –los extranjeros deben saber que este cuerpo simboliza la presencia de la dictadura franquista y en Cataluña, lo mismo que en el País Vasco, son considerados por los nacionalistas fuerzas de ocupación, en recuerdo de su modus operandi. La concentración fue creciendo –a las diez, puntualmente, hubo una cacerolada que duró quince minutos– hasta formarse un grupo nutrido y compacto, según se deducía del volumen de las voces, predominio de chicos y muy jóvenes. Que no era una concentración espontánea quedó demostrado cuando se fue prolongando hasta entrada la noche.

Tanto duraba, que yo, que me duermo en un bombardeo, caí tranquilamente dormida a la hora de costumbre. Según he deducido, el truco por el que duermo en plenas fiestas populares estruendosas, mientras retumban rayos y tempestades, a bordo de trenes, o cerca de ascensores con la maquinaria oxidada y jaranas varias, es haber identificado previamente el origen del ruido y que no sea mecánico o rítmico. Así que me fui con Morfeo mientras esperaba que los vociferantes recordaran en su futura república que habían disfrutado a gusto de su libertad de expresión.

A las dos y media de la madrugada abrí un ojo porque un sonido discordante rompió la armonía de las voces del escrache. Era la voz de una mujer -anciana, deduje por el timbre; la imaginé en bata azul claro– que reprochaba a los manifestantes –ya de retirada, cantando como tenores que las calles siempre serán suyas– el jolgorio interminable. Se produjo una discusión en que se o ía la voz de la mujer como apenas un piar estridente y la respuesta del Romeo de las madrugadas de la guardia civil a todo grito. No podía él entender que lo obligaran a callar. Y el tono de reproche de la mujer -supuse que pidiendo dormir– dale que dale. Bueno, aquello se alargaba y el tipo –joven– hacía valer su vozarrón que nada podía contra la otra. Cada vez más agresivo él, igual de insistente ella. Yo, ojo abierto ojo cerrado esperando el –previsible- desenlace.

Y llegó. En purito español.

–¡CALLA, VIEJA PUTA!

Di un suspiro y me dormí. Aliviada, pues casi había creído que los indepes traían un mundo nuevo y mejor.