La caza triunfante y la caza humillante: San Julián el hospitalario, de Gustave Flaubert

LA LEYENDA DE SAN JULIÁN EL HOSPITALARIO, de Gustave  Flaubert

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© María José Furió
Facultad de Filología Hispánica
Universidad Central de Barcelona

 En La légende de Saint Julien l’Hospitalier, Gustave Flaubert (Ruán, 1821 – Croisset, 1880) utiliza varios de los ingredientes más característicos de la novela de caballerías. El más destacado es el elemento fantástico.

     Otro rasgo primordial estrecha la relación de este cuento con los relatos de aventuras caballerescas medievales: la visión de la gloria como la culminación de una serie de esfuerzos que conducen al héroe desde la nada hasta la posesión de un bien absoluto final, en este caso, la gloria eterna, la santidad después de haber disfrutado con anterioridad del triunfo en la tierra: Julien, emperador.

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     La narración se organiza mediante una progresión no lineal. Se trata de una estructura más original apoyada en la repetición de unos pocos motivos, cuya función es polivalente: ordenan la narración porque forman parte de la cadena de acontecimientos  son causa y efecto de acontecimientos nuevos. Además, introducen una dimensión que podemos entender como simbólica, pues favorecen una lectura de “desrealización” de los hechos: la repetición resulta un artificio y pide una interpretación que considere las constantes que acompañan a los motivos repetidos como las claves de esa futura interpretación.

     Tales motivos aparecen repetidos de manera que configuran una estructura de líneas paralelas. El motivo repetido es casi siempre la antítesis de la primera versión, pero no para contradecirla sino para confirmar desde otro ángulo el carácter simbólico que habíamos intuido en la primera ocasión.

     Son cuatro los motivos que nos interesa destacar; tres de ellos contribuyen al desarrollo del hilo argumental:

     – los augurios positivos en el nacimiento del héroe, a los que se oponen los augurios negativos proferidos por el ciervo herido.

     –  la caza triunfante tiene su contrapunto en la caza humillante.

     – el motivo de la culpa implica el motivo de la expiación.

     El cuarto motivo corresponde a la ambientación, aunque es pasivo no se limita a ser una imagen retórica.

     – la morada del héroe: los castillos que habita Julien.

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El cuento se inicia con la descripción del castillo que habitan el rey y la reina, padres de Julien. Conocemos la situación geográfica, el ambiente de placidez y prosperidad, así como las relaciones cordiales y paternalistas que el rey mantiene con sus vasallos. Este ambiente sosegado es el marco de la infancia y adolescencia de Julien. En esencia, resulta típico, pues entronca inmediatamente con la tradición medieval que señala el escenario del aprendizaje del héroe caballeresco: la instrucción libresca y el conocimiento de las artes de caza.

     Más tarde, apenas la personalidad de Julien esté formada en sus rasgos distintivos, una serie de incidentes ilustran cuál será el conflicto de la narración: su protagonista carece de la mesura necesaria propia del perfecto héroe cristiano: estos excesos se ponen de manifiesto en su desprecio de la compañía ajena, así como en una crueldad fría y refinada (el episodio del ratón). Se da una progresión en el índice de tensión, que culmina en el abandono del hogar paterno, después de que la caída de la espada y de clavar el “bonnet” de la madre en la pared.

    Desde su nacimiento hasta que abandona el hogar van apareciendo los motivos a los que nos hemos referido en este artículo. El sentimiento de culpa provoca su huida, en busca de la expiación. Este objetivo supone la aparición de los valores cristianos como agentes de su gloria futura. Julien, como los héroes caballerescos, ofrece sus servicios allá donde el orden ha sido amenazado o subvertido, acude en ayuda de las víctimas y se dedica a cumplir acciones heroicas que le deparan fama personal y fortuna. Este es el primer peldaño hacia el triunfo augurado en su nacimiento; también la primera expiación, aunque ésta es totalmente humana y no rebasa los límites de la caballería: todavía predomina el aspecto aventurero sobre los factores religiosos y de anulación personal que caracterizarán sus últimos actos.

     Su nuevo estatuto de héroe caballeresco le procura una felicidad que podríamos calificar de tradicional: riquezas y una bonita esposa. Reaparece así el motivo de la morada del héroe.

     Por segunda vez, Flaubert describe la situación geográfica y nos da otros detalles descriptivos; su intención parece ser sugerir que no se trata de una fortaleza que debe protegerle de sus enemigos sino de un hogar. La alusión a la vida retirada es similar a la que hizo al principio del cuento sobre el castillo paterno.  «on vivait en paix depuis si longtemps…». De este modo parece confirmarse la hipótesis que el lector esboza al principio al ver en el castillo el símbolo del refugio, albergue contra las inquietudes, el reposo que llega después de un recorrido personal: una culminación.

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Julien l’Hospitalier tuant ses parents, par Masolino da Panicale, tempera sur bois du XVe siècle (Musée Ingres).

     Para cerrar el análisis del otro motivo, el de la culpa, diremos que reaparece después de que Julien da muerte a sus padres de forma accidental. La huida se vuelve una constante, así como el intento de aniquilación personal, que Julien sublima olvidándose de sí mismo y dedicándose plenamente a los demás. Este despojamiento culmina en la comunión de cuerpo y alma con el extraño visitante que se presenta en su cabaña. Julien trata de aniquilarse considerando que ésa es la única manera de expiar su culpa. Advertimos otra constante en la ascensión después de la degradación: al hundimiento máximo le sigue el triunfo mayor porque su arrepentimiento le ha llevado a una penitencia superior. La fama terrena llega después de un incidente, y la gloria eterna sigue a un accidente de más alcance y relevancia: cuando Julien da muerte a sus padres.

     Su fracaso inaugura el camino de su triunfo mayor. Los motivos del augurio y de la caza son los más significativos y los más activos en la narración, pues constituyen la acción misma.

     Los primeros augurios en el nacimiento del niño no resultan inquietantes para el lector: se inscriben en la tradición de ciertos cuentos, en los que al recién nacido de noble linaje se le augura un futuro singular. Existe cierta lógica de lo excepcional: la noticia de que  Julien será santo es lo que mejor que podría esperar una madre devota; y para un padre, nada más natural que su hijo sea guerrero y destaque por sus proezas: si llegara a emperador, verán colmados sus anhelos de gloria. La referencia a la sangre es tan vaga que no puede determinar si su derramamiento se debirá a la guerra o a otra circunstancia; si se trata de una amenaza, todavía es indescifrable.

     El augurio adquiere su sentido más amenazador en la escena de la cacería. El afán sanguinario de Julien tiene su réplica más dura en las palabras que pronuncia el ciervo agonizante. ¿Por qué Julien no duda que se pueda cumplir un pronóstico tan agorero? Quizá porque también para él esa familia de ciervos simboliza la Familia, cuyo vínculo sagrado él se ha empeñado en deshacer.

     La formulación de augurios forma parte de lo maravilloso, otro elemento característico de los libros de caballerías. Actúa en dos vertientes: en lo literario, el augurio suprime el suspense al adelantar los acontecimientos, pero por ser éstos tan asombrosos, nuestra atención como lectores se ve desplazada, sin ser anulada, desde el qué pasará al cómo pasará. Enterados del desenlace, sólo nos interesan los pasos; cada incidente se reviste de un valor simbólico puesto que en el detalle más nimio presentimos que se encuentra la clave del asunto.

     Por otro lado, la aceptación del mecanismo del augurio nos obliga a una lectura diferente: se asume lo sobrenatural como desencadenante de los hechos, lo sobrenatural como la lógica organizativa del relato, de manera que la interpretación se complace en la alegoría y en el significado oculto.

     El augurio condiciona la actitud de los personajes. No hay duda de que los padres se sienten legitimados en sus deseos de ver al hijo coronado rey o santo. Julien asume su condición de maldito y abandona la caza. Nos parece que ha comprendido el sentido simbólico de las palabras del ciervo: la caza procura una satisfacción inmediata, es manifestación de poder, de astucia y destreza. Pero cuando ese afán de poder se desorbita, se transgrede el límite civilizado y la caza se convierte en un “acto gratuito” sin justificación. Matar por avidez de sangre supone trastocar el orden y esa superación/subversión puede llevar a la destrucción de lo más sagrado: el vínculo familiar, simbolizado primero por la familia de ciervos y luego, realmente, por la muerte de los padres. Julien entiende que la conservación de los principios de civilización es una simple cuestión de voluntad, de asumir el tabú: «Si je voulais, pourtant?» [«Y sin embargo, si yo quisiera…»], y abandona la caza «puis il lui semblait que du meurtre des animaux dépendait la sort de ses parents» [«pues le parecía que de la muerte de los animales dependía la suerte de sus padres»]

     A través de la caza, el joven caballero manifiesta su virilidad y pone en práctica el conocimiento y su dominio de las artes: hay un código de valores que todo caballero respeta, y también significa una superación de sí mismo. Julien lo lleva hasta la desmesura, lo convierte en mera manifestación de poder, de autosatisfacción personal, no compartida. Se convierte en un cuerpo a cuerpo con la naturaleza. La caza es una explosión del instinto sanguinario. En la primera cacería que nos relata Flaubert, que yo llamo la “caza triunfante”, vemos a un Julien dominador, en el punto álgido de su arrogancia, de crueldad. Se da una especie de despersonalización: Julien se abandona, no parece sentir nada más que un irrefrenable afán de cacería, y sale victorioso en cada encuentro con todos  los animales. Deja de ser cazador y se convierte en asesino, matarife; los animales abandonados sin llevarse su piel nos permiten constatar el grado de desinterés de Julien por la pieza cobrada: todo consiste en dejar constancia de sus pasos con una estela de animales muertos a sus espaldas.

     Este episodio tiene su contraimagen en la caza humillante: la noche en que abandona el castillo tranquilizado por los argumentos de su esposa, según la cual es imposible que se cumpla el augurio, ya que la muerte no ha sido intencionada. Una lógica que no concuerda con la otra lógica instaurada por el elemento mágico.

     La caza humillante nos ofrece una gradación en la tensión de la conducta: Julien se siente humillado por los sucesivos e inexplicables fallos de puntería, de cálculo, etc. Fallos extraordinarios que le dan a entender la posibilidad de que un maleficio haya determinado ese encadenamiento de incidentes. Este segundo episodio concuerda con el primero en que el orgullo actúa de detonante del gesto dramático: Julien advierte una burla en el bosque, que le aterroriza, pues capta la magnitud del desorden infligido en su cacería anterior, su dificultad para comprender la magnitud de la amenaza le llena de miedo y este miedo hiere su orgullo y su amor propio de cazador siempre triunfante. La humillación se proyecta en la violencia contra los durmientes.

     El honor no es el motor de la venganza, sino el sentimiento de que el adulterio aumenta su ridículo. La violencia la engendra el orgullo, el amor propio herido, y no la consideración de que se han transgredido valores morales.

     El augurio y la caza articulan, como hemos visto, la noción de lo fatal. Lo fatal va aliado al castigo y éste provoca la expiación que permite que se cumpla el augurio inicial. Los motivos se entrelazan y se determinan entre sí. De esta manera, Flaubert ofrece una estructura trabada en la que todos los elementos se implican y se explican mutuamente.

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Gustave Flaubert, autor de La leyenda de San Juan el Hospitalario, publicado originalmente en abril de 1877 en Le Bien Public