ANDRÉ GIDE y Marc Allégret, Viaje al Congo belga

GIDE

Dindiki - dibujos

Dindiki – la mascota de Gide

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© María José Furió

Doctorado de Literatura Comparada (1994-1996)
Universidad Pompeu Fabra, Barcelona

George D. Painter escribía sobre los motivos que llevaron a Gide a realizar el viaje al Congo, que el escritor “experimentaba su acostumbrada necesidad de desaparecer antes de la publicación de una obra mayor”. La obra en cuestión era esta vez Les faux-monnayeurs. El 18 de julio de 1925, pocos días después de terminarla, Gide viajaba al Congo.

Ce qui m’attirait au Congo, c’était d’abord l’inconnu, c’était presque un voyage d’aventures, personne n’allait au Congo.” (Además, el entorno del escritor desaprobaba su decisión de realizar este viaje, hecho que Gide nota como característico de su biografía en relación a los hechos más importantes.)

En este viaje influyó sobremanera un deseo de juventud, cuando hubiera deseado acompañar a Élie Allégret, misionero de religión protestante, que había sido tutor de André Gide por deseo expreso de la madre del futuro escritor al quedarse viuda. El religioso quería aportar lo mejor de la civilización occidental a África, convencido de que previamente le habían transmitido lo peor. Al cabo de los años, los motivos de Gide se habían invertido: el propósito era ahora conjurar la vejez reanudando el vínculo con aquel proyecto de juventud. Existe una especie de simetría entre el viaje al Congo y el que no llegó a realizar a los veinte años: ahora que le acompañaba Marc Allégret, hijo de Élie, Gide se convertía en una especie de tutor para su compañero de viaje. La misión del viaje también adquiría otro cariz: los viajeros del siglo XX tenían una misión de estudios y el proyecto de liberación era puramente personal: ambos tenían en mente una fantasía sobre África, que por una parte coincidía con la habitual de su generación, y por otra era resultado de su formación religiosa protestante. Y ambos compartían un gran interés por el aspecto puramente geográfico: en Gide era un interés de naturalista, mientras que Allégret, por su formación universitaria, se orientaba hacia la antropología.

Al cabo del tiempo, Gide explicaba los distintos estímulos del viaje, señalando que al principio dominaban las “curiosités peut-être de naturaliste, puis un certain goût d’aventure, le désir de me rendre dans une terre non préparée. Pour pouvoir réaliser le voyage… j’ai dû me faire “missionaire” (una broma de Gide llena de sentido relacionada con el viaje que hizo el padre de Marc, auténtico misionero).

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Efectivamente, Marc Allégret y Gide estudiaron la posibilidad de que el Ministerio de las Colonias les encargase una misión, no para que sufragara la totalidad de los gastos, sino para que gracias a la ayuda oficial se despejase el camino de las dificultades que podrían encontrar. Marc Allégret, que actuó en todo momento como “hombre para todo”, tanto en los preparativos como durante el viaje, redactó la memoria que presentaría ante el ministerio. A sus allegados les explicaba que quería aprovechar el viaje para realizar un estudio antropológico de las tribus massa, estudio que esperaba que sirviera de tesis en la Facultad de Ciencias Políticas. Dado que Gide era el personaje eminente de los dos, fue él quien firmó la candidatura de la misión, en la que declaraban su intención de estudiar cuatro regiones: Alto Sangha, el país Moundan, el país Lakka y la región de Mbomou. Los temas de estudio serían la religión, costumbres, condiciones de trabajo, situación sanitaria… La administración francesa concedió por fin una misión gratuita que garantizaba el reclutamiento de porteadores, el alojamiento de los viajeros y su alimentación, lo cual al parecer no fue óbice para que los viajeros pagaran de su bolsillo la diferencia de salarios que en algunas etapas convertían en una aportación casi gratuita el trabajo de los nativos.

Evidentemente, Gide nunca escribió una monografía sobre estos temas. Sí lo hizo Marc Allégret, que redactaría la muy interesante “Nota sobre los Massa-Mousgoum”, que aparece en el apéndice, al final de los Carnets.

El itinerario (y consecuencias del viaje)

El itinerario sufrió infinitas variaciones. En julio de 1924, Marc Allégret explicaba que el propósito era visitar el Congo y llegar hasta Abéché, al norte del Tchad; salir luego por el norte, en El Facher, en la frontera inglesa, y seguir hasta Jartum y Libia.

En agosto de 1924, después de considerar que el itinerario antes mencionado era agotador, barajaron la alternativa de salir por el sudoeste, por Camerún. Y hubo aún variantes distintas, en las que siempre se mantuvo como foco Fort-Archambault. Entre las variaciones mencionadas estaba la que consideraba bajar por Rafai y Zemio, al este del Oubangui-Chari, luego llegar a los grandes lagos y a la costa africana oriental, después de cruzar la selva del Congo belga. Este itinerario tenían un marcado sentido circular. Esto es: salían de Bangui y cruzando el oeste de Oubangui-Chari llegaban hasta Carnot; desde allí subirían al noroeste hacia Lere, en los confines de Tchad y Camerún, para torcer desde allí en dirección este hacia Fort-Archambault, donde les esperaba Coppet. Luego, bajarían en dirección sudeste para llegar hasta Rafai, cerca de la frontera belga. Y este fue el itinerario que siguieron, aunque el orden sufrió varias alteraciones, al igual que la duración de las etapas.

Daniel Durosay destaca en su introducción al diario de Allégret que los viajeros al trazar su itinerario se guiaban por el deseo de aventura y el “apetito de espacio (…) y los sueños de poder asociados al viaje bajo los Trópicos”. Razón que explicaría la inclusión de la región de los sultanatos, al oeste de Oubangui-Chari, hacia el lago Tchad, por la esperanza de volver a ver el desierto.

El punto invariable era, como ya hemos señalado, Fort- Archimbault, donde tenían previsto permanecer el tiempo suficiente para que Marc Allégret pudiera “hacer cine” de verdad.

Iniciaron el viaje en julio de 1925. Recorrieron la costa de Dakar hasta el Congo. Luego remontaron el río Oubangui y el Congo en vapor, atravesaron la provincia de Oubangui en coche y llegaron a pie con los porteadores hasta el lago Tchad para encontrarse allí con Marcel de Coppet. El regreso en la balenière siguió por el río Logon. Luego continuaron a pie hasta Camerún para llegar a la costa de Duala, en mayo de 1926.

Tras la estancia en las tierras de Coppet -que se alargó excesivamente, a juicio de los viajeros, obligados a someterse al ciclo de las estaciones-, abandonaron Fort-Lamy en febrero en un momento peligroso pues la depresión tchadiana suele estar inundada de mayo a noviembre y luego se transforma en un desierto. El calor alcanzaba entonces temperaturas de45ºCa la sombra.

En marzo, después de que Marc se recuperara de las fiebres, se internaron en la selva del norte de Camerún; tres semanas después llegaban a Ngaounderé, donde el clima era más templado. Cruzaron los sultanatos de Maroua, Binder y Bibemi, de nuevo bajo un calor infernal. Esta parte del recorrido resultó muy fatigosa y para los dos fue la parte menos placentera.

El regreso en balenière hasta el río Logon. Luego, de nuevo en pie hasta el Camerún para llegar a la costa de Duala, en mayo de 1926 (véase mapa adjunto).

Gide concedía mucha importancia a dos regiones: la Sangha, en el corazón de la selva primitiva, que tenía a Carnot como centro, y una zona más pintoresca, el Bajo Mbomou, la región de los sultanatos, donde creía que sería fácil encontrar exotismo y “color local”. En la Sangha, los viajeros, observa Durosay, “enten-daient satisfaire leur fantasme de nature innocent, de beauté et de plaisirs illimités“. En los sultanatos esperaban encontrar un “pitto-resque spectaculaire propice aux prises de vue”.

En principio, el objetivo del viaje era meramente turístico: obedecía a unos presupuestos enteramente occidentales, recreando una fantasía culta de un África paradisíaca, cuna del hombre. Era, en todos los aspectos, el proyecto de un viaje de índole estética: incluso el proyecto de estudio antropológico de Marc buscaba confirmar esa fantasía y eso explica que en sus imágenes aparezcan una mayoría de individuos jóvenes.

El viaje deparó dos sorpresas: en su contacto con la realidad del país colonizado, Gide experimentó la emergencia de una conciencia política más comprometida socialmente. El escritor se sintió obligado a denunciar, a su regreso a Francia -denuncia que adquiriría el tono de polémica y sería objeto de una sesión en el Parlamento-, las condiciones de trabajo y de vida impuestas a los indígenas por las compañías concesionarias francesas; y el contacto con los massa, que constituyó el apogeo del viaje. Marc trató en su diario este encuentro de manera distinta a como lo hizo su compañero, pero no cabe duda que para ambos la existencia de los massa y sus costumbres supuso un deslumbramiento.

En cuanto a los puntos ciegos del itinerario, o “puntos a evitar”, consideraban el valle de Ogooné, una región todavía poco conocida, y las obras para la construcción de la vía férrea Congo-Océano. En pocas palabras: su interés iba dirigido a las zonas menos civilizadas, como el corazón del Congo primitivo. Sin embargo, durante el viaje tendrían ocasión de conocer las circunstancias relacionadas con la construcción de la vía férrea, es decir, las condiciones de vida de los trabajadores y la reacción de los hombres en varios poblados para evitar su reclutamiento “voluntario”.

Este conocimiento marcó un cambio en la mirada de los viajeros: si al principio su mirada era sobre todo “estética”, de fascinación ante el paisaje, de curiosidad, a medida que se iban familiarizando con el país, su conciencia adquiría un carácter más político y su admiración iba dirigida hacia los indígenas. El conocimiento adquirido fue utilizado luego por Gide al regresar a Francia para llamar la atención sobre las circunstancias no de la colonización sino de las condiciones abusivas impuestas por las compañías concesionarias (tema que desarrollamos en páginas posteriores). Muy pronto tuvieron noticias de la penosa situación de los indígenas, pero la contradicción entre las versiones oficiales y las propias, más comprometidas con la justicia social, llevan a Gide a anotar el 25 de agosto: «Ce qui pourtant commence à m’apparaître c’est l’extraordinaire complication, l’enchevètrement de tous les problèmes coloniaux. […] Comment savoir s’il est vrai que, parmi ceux qui les ont précédés sur les chantiers, la mortalité a été, comme on nous le dit, consternante?… Je suis trop neuf dans le pays».

Papel de Marc Allégret

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Marc Allégret 1900-1973

Sobre el futuro cineasta recayó desde el principio buena parte de la responsabilidad de preparar el viaje. En Francia se ocupó de la concepción del viaje, desde el trazado del itinerario a cuestiones prácticas: documentalista, relaciones públicas (sobre todo a su vuelta, cuando Gide emprendió su batalla de denuncia de las compañías concesionarias). Una vez en el Congo asumió miles de pequeñas tareas, como la intendencia, el establecimiento de los horarios de salida, el pago de los porteadores, que incluía encontrar comida para ellos cuando al llegar a la etapa fijada no se habían obedecido sus instrucciones al respecto; y a ello sumaba su propio proyecto fotográfico y cinematográfico, que le obligaba a reclutar a los “actores” de la película que planeaba rodar. Gide reconoció en todo momento el trabajo realizado por su compañero de viaje, mencionando sus múltiples actividades con naturalidad pero repetidamente. El viaje fue para Allégret en todos los aspectos una experiencia de formación que en lo profesional significó el inicio de su carrera de cineasta.

Los diarios de André Gide y Marc Allégret

Cartas, artículos periodísticos y los diarios editados en forma de libro que aquí comentamos representan distintos niveles de escritura “segregados” por el viaje. Son complementarios en vista a obtener un conocimiento exhaustivo de los hechos y de las reflexiones de los dos viajeros sobre el periplo completo y sus consecuencias.

Gide publicó (1927-1928) su diario de viaje, con el título Voyage au Congo et le retour du Tchad. Hubo dos ediciones, una de ellas una edición de lujo, publicada por Gallimard, en tamaño álbum, de manera que el lector pudiera disfrutar cómodamente de las 64 fotos que incluía, realizadas por Allégret. (En mi comentario, me refiero a la edición de 1981, en “Idées Gallimard”.) Los Carnets de Allégret se publicaron en 1987. La edición que aquí comentamos consta de una excelente introducción y notas de Daniel Durosay, y un apéndice que con el título de “Documentos” recoge la carta enviada a Jean Schlumberger y la “Nota sobre los Massa-Mousgoum”. Escritos con la intención de que fueran leídos por otras personas, estos dos textos muestran una madurez mayor de lo que reflejan sus carnets, donde es más claramente una escritura de referencia personal.

Lo que nos interesa en este artículo es la comparación de los diarios de Gide y Marc Allégret. Hay diferencias de varios órdenes:

– la principal por supuesto, se refiere a la que dicta la edad -ya nos hemos referido al carácter de “conjuración” de la vejez para Gide y de iniciación a la vida adulta, para Marc-;

– una formación diferente -literatura y antropología, respectivamente, sin excluir que ambos poseían una formación también rica en otras disciplinas: entomología, caza, cine, fotografía-. Marc Allégret era un estudiante inscrito en la Facultad de Ciencias Políticas que había hecho algunas incursiones en el mundo profesional, como secretario del conde Étienne de Beaumont, director de las Soirées de Paris. En 1924, habían proyectado llevar a escena una obra que fue un fracaso absoluto, descorazonando al inexperto Marc; teniendo como perspectiva el viaje al Congo, adquirió algunas nociones de fotografía y cine;

– el destino que pensaban dar a esas anotaciones -es posible que Gide, como escritor profesional, pensara desde el principio en un libro, mientras Marc daba a sus “carnets”, o libro de notas, un uso propio de unas anotaciones en bruto, en vista a un artículo de tema antropológico, elaborado a partir de los datos. El carácter personal de sus anotaciones explica las abundantes anotaciones de su trato con las niñas, interés que rebasaba el meramente estético de aprovechamiento para su película: en su experiencia se cumplía profusamente la fantasía inicial de un África libre de tabúes-; los intereses culturales también determinaban a qué prestaban atención los viajeros.

– y aunque los dos abordan el tema, es muy distinta la manera de tratar el erotismo. En los carnets de Marc las alusiones son bastante explícitas -la relación de sus conquistas supone una variación multiplicada del retrato de la muchachita indígena: de una a otra hay una ligera gradación de edad, encanto, timidez o desenvoltura, muestra de su personalidad- y a veces, impúdicas, mientras las alusiones de Gide son más veladas. El improvisado turismo sexual de Marc Allégret resulta también más prolijo porque Gide estaba más versado en el asunto, desde su iniciación en Túnez, en 1893.

“Pour Allégret comme pour Gide, il est clair, en effet, que l’érotisme colonial, le mythe d’un Afrique restée proche de la nature, et par conséquent vierge d’interdits moraux, d’une Afrique érigée en patrie du plaisir, Eden permissif, ignorant du péché, constituait, en raison même de l’arrière-plan puritain des deux hommes, un des attraits les plus piquants du périple”.

Al respecto, el lector nota las continuadas referencias a la belleza de los muchachos, a la simpatía que les manifiestan, a sus gestos de aceptación. La homosexualidad de Gide dicta dónde se detiene su mirada, pero luego el imperativo estético decide la “manera” estilizada -y disimulada- como queda recogido su interés erótico. Naturalmente, este interés tiende a enmascararse de varias maneras. Una es la sublimación artística (ver notas más adelante).

De cualquier modo, la diferencia fundamental entre ambas obras es el carácter obviamente más literario del libro de Gide. El carácter más acabado obedece también a la elaboración posterior de sus notas, en vista a una publicación y que explica las notas y apéndices, destinadas a enfatizar lo que para el escritor terminó siendo el sentido del viaje: el conocimiento de la situación de la colonia bajo dominio francés y la denuncia consiguiente ante la opinión pública. El diario de Marc Allégret, por el contrario, es más exhaustivo en hechos, pero también más desaliñado. Su interés -pese al estilo más desenfadado y espontáneo, propio también de su edad, que al principio lo hace más ameno y parece acercarnos más al viaje-, decae a medida que se repiten las observaciones y que la anotaciones sobre sus relaciones con las jovencitas va pareciéndose más a la agenda de un seductor.

Hasta qué punto también el “personaje-Gide”, con todas las características que lo definen, controla el contenido del diario, se pone de manifiesto cuando asume el papel de acusador de la situación de la colonia francesa. Él, que había denunciado la hipocresía social en Francia, encuentra ahora otro motivo de más calado al tener conocimiento de la explotación que sufren las colonias. La hipocresía moral que había denunciado antes cede su lugar a otro peligro más grave: el de la pérdida de la inocencia y la felicidad primitiva de los hermosos habitantes del país africano:

“Les calamités économiques et politiques de l’A. E. F. ayant, pour ainsi dire, démenti, démythifié le fantasme, et determiné Gide à entrer dans une campagne polémique, le sens du voyage tend (…) à s’infléchir de l’égotisme à l’altruisme” .

 Al tomar conciencia de la realidad colonial, se rompe la imagen de un continente paradisíaco, pero esa imagen que había servido de foco es también la que dicta el camino para rectificar el papel de Francia en sus colonias: Gide cree que con su denuncia es posible rectificar para que el país africano recupere su dignidad y vuelva a ser la tierra que inspiró el mito del origen.

La reescritura de su diario de cara a la publicación intensificó el interés de su autor en el aspecto político del viaje. Enriqueció entonces su contenido, aunque no recurrió a las notas de Marc Allégret, más exhaustivas en detalles, sino recopilando datos de otras fuentes, que le fueron suministrados por Coppet y Antonetti, entre otros; también aprovechó la colaboración de Allégret en la recopilación y confirmación de algunos datos.

Aunque actuara como hombre-orquesta (en palabras de Durosay) antes y después del viaje, eso no significa que el joven Allégret careciese de un objetivo personal. Su objetivo no era literario sino fotográfico y cinematográfico: quería rodar una película sobre la vida de los indígenas, de manera que la publicación de su diario, de un carácter muy distinto al de Gide, respondía a una oportunidad editorial que se presentó muchos años después del viaje, cuando Marc Allégret era un cineasta de prestigio.

Acerca del diario gideano, Painter señala: “Le genre est celui de ‘diverse monotonie’ d’Amyntas, bien que le ton ne soit plus celui du regret, mais plutôt d’un joie libérée et d’une poignante sérénité” . En este sentido, la monotonía, observa, trataría de producir el efecto de las modulaciones de una sinfonía (una concepción musical inspirada por la excelente formación de Gide en este campo: era un notable pianista). Los medios de transporte determinan también el ritmo, y hay que decir que esos medios son muy variados: a pie, en automóvil, la famosa balenière (embarcación cuya imagen ofrecemos en el apéndice), la litera, y el caballo. Como también son variados los escenarios: la selva, la sabana, el río, las colinas rocosas… El viaje dura cerca de un año, tiempo durante el cual la temperatura también experimenta variaciones: otoño tibio, noches frías, calor abrumador, principio de la estación de las lluvias. Por lo tanto, cada “monotonía” ofrece sus matices, sus variaciones: flores, árboles, mariposas (la afición de Gide a la entomología data de su niñez), aves, animales salvajes (aunque es Marc Allégret quien halla mayor placer en cazar), poblados, tipos de construcción, costumbres, indumentaria de los habitantes; distintos tam-tams (fiestas y danzas rituales), etc.

El diario de Gide puede considerarse un “detalle” dentro de todo el episodio del viaje y de sus consecuencias políticas: maduración ideológica, el eco que consiguió en Francia, el desenlace, el valor de testimonio histórico al cabo de los años.

De la lectura del diario de Gide se desprende una imagen del escritor apegado a una idea de si mismo muy sofisticada, construida, algo rígida. Parece existir un propósito dignificador, que nos parece que tiende a los mayestático, a cierta solemnidad (característica que también podría explicarse por la edad del escritor), a una tendencia a la imagen sublime. La mirada parece supeditada a estas restricciones de un imperativo esteticista y por ello, el estilo, tan particular a su autor, en ocasiones obstaculiza la comprensión fluida de los hechos y del auténtico significado de ese viaje, especialmente por las abundantes descripciones del paisaje según una retórica propia a los libros de viaje del siglo XIX, que han influido sin duda en la construcción del libro.

El diario de Gide presenta mayor autonomía que el de Marc Allégret, es más profuso en datos de carácter antropológico. El estilo más “desaliñado”, al que ya nos hemos referido, se explica en gran parte porque Allégret anotaba datos en vista a la redacción de un trabajo de investigación universitaria y dedicaba más atención a la fotografía y al cine. Probablemente no releía sus anotaciones y por eso no extraña un tipo de anotación de estructura muy similar de un día a otro. (En el diario escribe como recordatorio, sin hacer uso de los efectos retóricos que utiliza en sus cartas para comunicar a su corresponsal un impresión concreta.)

“Pour lui, l’écriture est seconde: une trace mnémonique, qui légende l’art et le vécu. Sa minceur elliptique n’exclut pas la densité d’information, qui paraît même à l’état pur, car ces Carnets étant écrits pour soi seul, comme un journal, ils ne sont altérés par aucune considération de public: les faits y sont consignés à l’état brut, sans filtrage ultérieur.”

Marc se muestra siempre más activo y curioso. Sale a buscar, a explorar; descubre cómo viven los habitantes de los poblados donde se detienen. Lo más sobresaliente a mi juicio es que Allégret está volcado sobre el exterior. Más hombre de acción, su interés sólo se dirige a sí mismo cuando sufre alguna molestia física. Gide es más “ombliguista”, más contemplativo. La que sigue es una descripción característica del escritor:

Hier soir, arrêt à N’Kounda, sur la rive française. Etrange et beau village, que l’imagination embellit encore; car la nuit est des plus obscures. L’allée de sable où l’on s’aventure luit faiblemente. Les cases sont très distantes les unes des autres; voici pourtant une sorte de rue, ou de place très allongée; plus loin, un défoncement de terrain, marais ou rivière,                                                    qu’abritent quelques arbres énormes d’essence inconue; et, tout à coup, non loin du bord de cette eau cachée, un petit enclos où l’on distingue trois croix de bois. Nous grattons une allumette pour lire la inscription. Ce sont les tombes des trois officiers français. Auprès de l’enclos une énorme euphorbe candélabre se donne des airs de cyprès.”

Allégret se muestra más activo en intentar romper con la imagen del blanco impuesta por la conducta de los colonizadores franceses. Él es el que descubre al grupo de personas hambrientas escondidas en la selva, que quieren escapar del trabajo forzado en la recogida de caucho, en la obra de ferrocarril, etc. Tanto él como Gide dedican gran importancia a la noticia de las torturas sufridas por un indígena que supuestamente ha desobedecido las órdenes.

Además, el contenido de las anotaciones de Allégret es muy a menudo antropológico: observa a las diferentes etnias, cómo se cubren o se adornan; los tatuajes, los taparrabos de los hombres y los tejidos que utilizan, las casas, los utensilios, las costumbres sociales, la sexualidad. Las notas de Allégret no siguen un método científico, pero mantienen un orden. Por su parte, Gide parece acogerse sobre todo a la influencia del diario de viaje característico del siglo XIX, con numerosas observaciones de naturalista, que además se avienen con su pasión por la entomología.

El diario de Gide tiene una característica que hoy nos resulta curiosa como son los abundantes comentarios culturales (comentarios de lecturas; comparaciones con objetos artísticos y la muy típica comparación que hace todo viajero con el propio país). Comentarios tan fuera de lugar acerca de sus lecturas -el Horace de Corneille, o la controversia en Francia sobre la literatura pura-, que nos llevan a preguntarnos la razón por la cual las incluye. La coartada cultural es propia de la época y especialmente de la visión de África; implica una sublimación de la experiencia. Algunos ejemplos:

“certaines femmes aux formes pleines, très Maillol” (p. 370).

En la página 397, Gide se refiere a un muchacho con estas palabras:

“…il semble un Benozzo Gozzoli. Ce n’est pas un porteur, c’est un page; compagnon de luxe à qui nous confions le panier de Dindiki.”

Y: “Comme de coutume je choisis, dans le cortège formé pour fêter notre entrée dans le village, un préféré sur lequel je m’appuie, ou qui marche à mon côté en me donnant la main. Il se trouve souvent que c’est le fils du chef, ce qui est d’un excellent effet. Celui-ci est particulièrement beau, svelte, élégant et fait penser à la Sisina de Baudelaire” (p. 172).

Las alusiones a piezas u objetos artísticos son un procedimiento habitual con el que Gide se caracteriza como miembro de una sociedad y plantea una distancia de lo que le conmueve o de su actuación, explicita una reserva, que sería la propia del hombre civilizado; así; después del espectáculo de danza ofrecido por los Moundang, la actuación del jefe le parece a Gide: “très conscient de son rôle de père Ubu…” (…) “féroce et mystérieux. Extremement réussi. Ravirait Stravinsky ou Cocteau” (p. 373).

Cuando se trata de describir el paisaje, predica, sin embargo, la contención:

“L’art comporte une tempérance et répugne à l’enormité”.

El novelista parece muy consciente de que en su condición de comisionado por el ministerio su presencia en la colonia está revestida de cierta autoridad. Sin embargo, no olvida que su viaje está inspirado por una curiosidad de carácter personal y no acepta identificarse con el estereotipo de hombre blanco: “que je ne veux rien leur faire faire de force, que je suis venu dans le pays pour défendre les intêrets des indigènes” .

y, consciente del tono teatral que deba imprimir en sus palabras cuando pretende conseguir algo: “le discurs à la Tite Live fait merveille” (íd.)

Estos comentarios no impiden otros, más humorísticos, sobre el carácter “representantivo” de su papel: a la bienvenida espectacular del sultán, los viajeros responden con no menos ceremonia:

“Nous descendons du cheval et, très socieux de représenter de notre mieux la France, la civilisation, la race blance, nous avançons lentement, dignemente, majestueusement, vers la main tendue du sultan”.

En la descripción de los jefes, el escritor estaca algunos rasgos ridículos, lo que hay de disfraz en su presentación:

“Au poste dernier nous avons laissé l’Islam et son infuence. Le chef du village (…) vient à notre rencontre en redingote très longue et très frippée, casquette kaki, culotte kaki, leggins noirs, gros souliers ferrés. Le tout innéffablement laid et ridicule”.

El uso de la fuerza es producto de la ignorancia sobre cómo tratar a los nativos; la falta de entendimiento desemboca en la violencia como trato “natural”, que pretende imponer la superioridad del colonizador.

En todo momento, en las relaciones entre viajeros e indígenas está presente el “imaginario” respectivo y, por extensión, el que se refiere a su civilización:

“..l’interprète nous demande s’il est vrai qu’il y ait en France des gens qui descendent du ciel avec des ailes? (porque es algo que han visto en una película) Je rapporte ceci -continúa Gide- comme exemple de bêtise non certes des indigènes, mais de celui qui a choisi le film susceptible de provoquer de telles questions” (p. 395)

En su diario, Gide pone especial interés en manifestar su agradecimiento a los porteadores y a los boys: se preocupa de si pasan frío cuando duermen a la intemperie, si se les paga lo justo, si hay comida suficiente. Nota cómo pasan de la suspicacia ante los forasteros a darles la acogida más alegre:

À Pakori, le plus beau des villages vus jusqu’à présent, où l’on s’arrête, la quantité d’enfants est inimaginable. Je tâche de les dénombrer; à cent quatre-vingt je m’arrête, pris de vertige; ils sont trop. Et tout ce peuple vous enveloppe, s’empresse pour la joie de serrer la main qu’on leur tend; tous avec des cris et des rires, une sorte de lyrisme dans les démonstrations d’amour. C’est presque du cannibalisme.” (p. 134)

Al observar la alegría y los cantos de ensalzamiento que les dedican, teniendo en cuenta que trabajan a sus órdenes, el escritor exclama:

Ah, que ces braves gens sont donc peu mûrs pour les reivindications sociales!” (p. 385).

La siguiente anotación es igualmente iluminadora:

Mais ces pauvres gens ne connaissent pas plus ce qu’on leur doit qu’ils ne comprennent ce qu’on leur donne” (p. 354).

También nota la relación del nativo con la enfermedad y la muerte, muy distinta a la del hombre blanco: cuando se ven atacados por alguna enfermedad, se dejan arrastrar por ella. Son capaces de huir de la adversidad que representa el hombre blanco y, sin embargo, ceden a la enfermedad. También llama su atención que no hagan ningún gesto para salvar a un hombre que cae al río y se ahoga por no saber nadar, porque consideran que no se pueden oponer a la muerte cuando va a buscar a uno de ellos.

Otras observaciones se refieren a los rituales de liberación del embrujo a las que tienen ocasión de asistir durante los tam-tams. El estado sanitario de la colonia es motivo de varios apuntes: desde la necesidad de que un médico se haga cargo de una zona delimitada, lo que podría impedir la rápida propagación de las epidemias hasta el uso de la medicina tradicional para curar enfermedades graves.

No todo es idílico en su relación: cuando, por una torpeza de los indígenas que los transportan, los viajeros no llegan a detenerse en Saga, como hubieran deseado, “para despedirse de la selva virgen”, fastidiados, abroncan a “le petit Pierre et son frère, dont la négligence et la stupidité nous font rater nos adieux à la forêt vierge. C’est par pure charité que nous les avions pris avec nous, pour les ramener à Yaoundé. Nous refusons de les emmener plus loin. Ces deux tristes produits de grande ville (Yaoundé), voleurs, menteurs, hypocrites, justifieraient l’irritation de certains colons contre les noirs. Mais précisement ce ne sont pas des produits naturels du pays. C’est au contact de notre civilisation qu’ils se sont gâtés” (p. ….)

Creo que en este comentario está contenida toda la ambigüedad existente en las relaciones de los blancos de buenas intenciones con los negros. Gide no puede dejar de comportarse como un patrón y, por mucho que justifica sus razones -como la sublime “despedida de la selva virgen”-, no cabe duda que su voluntad está por encima del error o la mala intención de sus porteadores. Y, al disgusto verse desobedecido, responde de manera algo exagerada con consideraciones que amplía a toda la civilización del país .

Erotismo en África

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Jeune fille de Fort Lamy, métisse d’arabe et de sara. foto: Marc Allégret

 

«Le Congo fût pour Gide le paradis retrouvé. Et jamais plus désormais il ne serait longtemps reperdu

Este tema no es en absoluto secundario: es el eje de rotación de todo el viaje para ambos viajeros, que cada uno vive a su manera. La atracción que sienten por los habitantes del país se convierte, en buena ley, en motor de conocimiento. Después del trato con ellos, se trasciende el interés sexual transformándolo en una expresión de signo político o artístico -Gide- o artístico y antropológico -Allégret-; es una muestra de la permeabilidad de los viajeros y confirma el éxito del viaje, ya que no hay verdadero viaje sin transformación personal.

En el diario de Gide el tema del erotismo -la atracción sexual por la raza negra- aparece más soterrado que en el de Allégret; las causas podrían ser dos: no sólo el carácter público del personaje, que le obligaría al pudor, sino más profundamente, el de su homosexualidad -si bien escribiría una obra de ficción sobre su experiencia africana. No son los pioneros del turismo sexual, pero este interés significará, ¿curiosamente?, el puente que les permitirá abordar a los nativos, manifestarlas una simpatía en la que las barreras sociales y culturales si no abolidas quedarán diluidas, y favorecerá la superación de los malentendidos y recelos que habían introducido el desprecio, la violencia y la explotación del hombre blanco. Gide se refiere a los negros como “une race non deformée par les coutumes, la civilisation, les lois, les moeurs habituelles. J’espérais trouver là-bas -je ne l’ai pas toujours trouvé, mais certaines fois- une humanité libre et naturelle. (…) un bain de jouvence“.

Como observa Juana María Furió en su tesis universitaria dedicada a las Visiones occidentales de África:

“La preferencia por los aspectos menos contaminados de la vida humana explica la proliferación de cuerpos sanos y bien formados y la prueba de su función propagandística (de la vida africana) es la exclusión de lo no fotogénico, como los enfermos o los pueblos feos con cabañas sucias donde la gente no se toma la molestia de sonreír o de salir a recibirlos. En los detalles descriptivos, Allégret refleja su educación decimonónica, que se resume en la atención a la belleza física y a la higiene corporal (limpio y bello para pueblos y personas o feo y sucio, según el caso)” .

Es decir, de este modo justifica la imagen de África como “reducto de una naturaleza aún en estado puro, anterior al pecado y a la culpa”.

La siguiente anotación, realizada el 12 de abril, de camino a Tsatsa, es muy ilustrativa, porque aunque África es el continente más antiguo es -quizá por eso mismo- el país del nacimiento, de la primera juventud:

“Et parmi cette désolation, au ras du sol, de-ci, de-là, ces larges fleurs mauves semblables aux fleurs de cattleyas -que, je crois, produisent cette graine couleur de corail, que mangent les indigènes.

À cause de ces perpétuels incendies, à cause des déplacements des races, de villages, à cause du remplacement de la vieille forêt par des végétations plus récentes, l’impression constante de pays neuf, sans passé, d’immédiate jeunesse, d’inépuisable surgissement, domine encore, pour moi du moins, celle de l’ancestral, du préhistorique, du préhumain, dont parlent de préférence ceux qui voyagent dans ce pays. Les arbres le plus gigantesques de la forêt équatoriale ne paraissent peut-être pas si vieux que certains chênes de France, que certains oliviers d’Italie” .

A esa juventud va asociada precisamente la imagen de los muchachos, en una concatenación de imágenes representativas de África.

Impresiones de final de viaje

Il semble que ce pays chereche à nous laisser des regrets. Je l’interroge anxieusement, non que j’attende de lui quelque “leçon”, mais j’ai besoin de luir parler seul à seul comme à l’ami qu’on va quitter bientôt“.

Las últimas páginas del libro ponen de relieve la voluntad de “construir” el libro y dan pie a segundas lecturas: Gide consigna las palabras de un jovenzuelo francés, que afirma con pedantería que aspira a ser crítico literario o “recoge-colillas”; a continuación abruma a su compañero de viaje, un noruego, con sus valoraciones sobre el chauvinismo francés, y por último le toca a una muchachita escuchar cómo arremete contra los músicos “que no entienden lo que tocan” y que le dan al piano “como si diesen patadas a un negro”. Después de oírle sentenciar que habría que acabar con esos músicos, la niña responde exaltada: “Pero, entonces, ¿quién nos hará bailar?”. Es una escena que puede entenderse en clave alegórica, extensiva no sólo a los críticos literarios muy intransigentes, que llevan a un lector o espectador común a preguntarse: “y, entonces, ¿quién nos entretendrá?”, llamando la atención sobre la existencia de distintos niveles de calidad artística (y que el arte parece supeditado a una función muy básica: la de entretener; el artista es, entonces, el bufón necesario).

Anécdotas/ Hechos significativos del viaje

El 1 de mayo muere el animalito fetiche de Gide, Dindiki. El escritor hace un elogio fúnebre lamentando su pérdida y cuenta la relación casi paternal que le unía al animalito. Marc no recoge este hecho en su diario porque éste queda interrumpido unos días antes, el 26 de abril.

El tema de fondo del libro es el de la justicia social, el de las relaciones entre el hombre blanco y los indígenas. El contacto con la realidad de la explotación colonial condujo al escritor francés a una toma de postura ideológica de amplias consecuencias: desde el debate en el Parlamento, suscitado en Francia tras la denuncia de las actividades abusivas de las compañías concesionarias (Gide también dedicó a este tema un artículo: “La grande détresse de notre Afrique équatoriale”, publicado en la Revue de París, el 15 de octubre de 1927), hasta la afiliación de Gide al comunismo, una reacción que demostraba un mayor compromiso social y político, de carácter revolucionario.

El cambio de actitud se hace evidente con la frase: “J’étais tranquille. À présent je sais, je dois parler.” Según Painter, desde ese momento Gide “sacrifia l’art pour l’art aux exigences de sa conscience“. Respecto a la nueva posición adoptada, Gide declaró que comprendió que debía “assumer le rôle de témoin, et, hélas, de témoin indigné“.

Jean Amrouche observa muy acertadamente que Gide se ha convertido no en el pintor de la condición humana “mais d’une condition humaine dont les limites fussent étendues aux limites mêmes de la nature, qui était interessé par cette humanité primitive des hommes du Congo“.

LA SITUACIÓN COLONIAL

Poco después de su constitución, casi la mitad del territorio de la colonia del Congo francés había sido abandonado a las compañías concesionarias, una especie de Estado dentro del Estado. Las compañías contaban con grupos de presión en la metrópoli (en el Parlamento, además de prensa especializada y apoyos poderosos).

En 1899 se habían realizado las concesiones, cuya duración debía ser de treinta años. Al caducar el plazo de concesión, se adivinaba una futura batalla jurídica, ya que las compañías argumentaban haber sufrido “prejuicios de guerra” para prorrogar sus privilegios. Los partidos de izquierda (Partido Socialista, Partido Comunista y la Liga de Derechos del Hombre) eran partidarios de terminar con ellas.

Las compañías actuaban en régimen de monopolio de comercio y de explotación de madera, marfil y caucho. Desde 1925, el precio del caucho había hecho muy rentable su producción. En las colonias francesas se pagaba el producto, no el trabajo, de manera que las condiciones de los trabajadores eran muy duras. Otros países tenían mejores plantaciones, por lo que en las colonias, para mantener sus beneficios, las compañías convertían en semiesclavos a los trabajadores, llegando al punto de reclutarlos por la fuerza. Como al mismo tiempo evitaban pagar los impuestos a la metrópolis, ésta se negaba a invertir en las colonias. El resultado erea el subdesarrollo y el malestar de los habitantes del Congo.

Las compañías más importantes eran La Forestière (C.F.S.O.) y la CFHC (Compañía Francesa del Alto Congo). En Le Voyage y en los Carnets, Gide y Allégret escriben sobre los efectos desastrosos de las condiciones de trabajo que la C.F.S.O. impone a los nativos.

Desde 1924, Rafael Antonetti -gobernador general de la A.E.F.- se encargó de limpiar el panorama. En sus relaciones con Gide hubo cierto malentendido, porque aquel daba la impresión de favorecer a las compañías cuando en realidad estaba practicando la táctica de “divide y vencerás”, de lo que sólo más tarde tuvo noticias Gide.

Los objetivos de Antonetti eran los siguientes:

– terminar con la crisis financiera de la colonia;
– eliminar progresivamente el régimen de las concesiones;
– acelerar el ritmo de infraestructuras, único modo de favorecer realmente el desarrollo del país.

Sin embargo, el trabajo forzado fue abolido ¡en 1944! Las consecuencias de una colonización tan nefasta fueron la mala salud de los habitantes y las epidemias. Esta situación daba una imagen pésima de Francia, sobre todo frente a los otros países europeos: Inglaterra, Alemania, Bélgica.

En su diario, Gide comenta a menudo el trato que las autoridades daban a los negros. “par manque d’autorité naturelle, on cherche à regner par la terreur. On perd prise, et bientôt plus rien ne suffit à dompter le mécontentement grandissant des indigènes, souvent parfaitement doux, mais que révoltent et poussent à bout les injustices, les sévices, les cruautés.” La respuesta de las tribus era la previsible: miedo, desconfianza. Los viajeros se vieron en la necesidad de romper con esa imagen. Su orgullo de hombres cultivados tampoco soportaba verse convertidos en el “blanco enemigo”. Cada vez que conseguían traspasar la barrera de la desconfianza, su alegría es manifiesta.

La polémica

“Et l’on verra André Gide, l’individualiste forcéné, l’esthète raffiné, dépouiller document et statistiques, écrire des lettres et des rapports pour dénoncer le scandale, intervenir dans les milieux politiques et financers, susciter un débat parlamentaire, provoquer des enquêtes administratives. Non sans succès: l’opinion fut alertée, le ministre des Colonies annonça que les concessions ne seraients pas renouvelées…”

Era, según Claude Martin, la continuación de una lucha de años, la empresa característica de Gide, denunciar una sociedad farisea, la hipocresía de la sociedad parisina, satisfecha de sus dogmas, de su justicia, de la jerarquía fundada en la Familia, la religión, y el Estado. Pese a las críticas que recibió el escritor, al cabo de los años Gide se manifestaría satisfecho de su actuación:

                                            “En tout cas, je crois que mon action, mon témoignage n’a pas été complétement inutile”.

El libro de Gide contiene unos apéndices al viaje que llevan por título: “Appendix contenant les documents rélatifs à la question des Grandes Compagnies Concessionnaires” y que consta de una carta dirigida al gobernador, otra a Poissenot, una carta de Weber dirigida a Léon Blum y el artículo al que ya hemos hecho referencia, publicado en la Revue de Paris, titulado “La Détresse de notre Afrique Équatoriale“.

En el artículo hace un resumen de su denuncia, respondiendo a las críticas a su posición y en defensa propia hechas por los directivos de las Compañías.

Gide fue acusado de “décourager toute initiative coloniale”. Su respuesta confirma que el escritor era partidario de mantener el régimen colonial, pero no a un precio tan abusivo para los países colonizados:

“C’est pourquoi l’on ne saurait trop redire que l’effort colonisateur et l’existence d’un commerce actif dans nos colonies ne sont aucunement liés à un régime abusif qui tout au contraire les compromet.”

Argumenta que esta forma funesta de colonización sólo existe en el Congo: en Dahomey, ante un intento semejante, el gobernador se había negado en redondo.

Cierra el apéndice una “Última hora”. La polémica llegó al Parlamento, el diputado de Cantal, Fontanier, tomó la parte de la acusación, haciendo uso de los datos suministrados por Gide.

En este artículo, Gide informa de la investigación practicada por la Administración en la zona de Brazzaville, donde se construía la vía férrea y el índice de mortalidad era extraordinariamente alto. Se felicitaba de que se hubiesen tomado las medidas pertinentes, y que se controlara el cumplimiento de los contratos sobre el derecho de los trabajadores relativos a salarios, horarios y salud.

Según Gide, el fin de los contratos coon las compañías concesionarias según las condiciones en vigor hasta entonces, supondría “librar de la esclavitud a 120.000 negros” .

No por eso deja de mostrarse suspicaz ante los futuros acuerdos, que podrían suponer la asimilación de las otras compañías a las condiciones de La Forestière. Gide cree que sólo cuando termine el régimen de las concesiones desaparecerá la preocupación por la suerte de los habitantes de las colonias.

En su respuesta a Weber, que le había acusado de actuar “con la energía de un creyente”, Gide responde que sus argumentos se han construido no sobre opiniones sino sobre informes oficiales. Termina asegurando que si en las colonias las cosas están como están es porque la opinión pública lo ignora.

BIBLIOGRAFÍA

André GIDE – Voyage au Congo, suivi de Le retour du Tchad, Gallimard, París, 1981, “Idées”.
Marc ALLÉGRET – Carnets du Congo, Voyage avec Gide, Presses du CNRS, París, 1987.

* * *

FURIÓ, Juana María, Visiones occidentales de África, (El reportaje fotográfico como paradigma), Universidad Autónoma de Bellaterra, Barcelona, 1995.
MARTY, Eric, Gide, Qui êtes-vous? (avec les entretiens André Gide-Jean Amrouche), La Manufacture, París, 1987.
PAINTER, George D., Gide, Mercure de France, París, 1968.

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