Por siempre Philip Roth

roth irving penn

Philip Roth, por Irving Penn

Qué pena qué pena qué pena. Ya lo echo de menos. ¿Qué diría él de la caída en desgracia de Junot Díaz? Con lo que sabemos ahora de las entretelas del premio Nobel, ¿a quién le importa que no lo ganara?

De Roth me encanta, entre tantas cosas, su humor capaz de dar todas las tonalidades, desde el franco regocijo a la carcajada sardónica. ¡Aaaaaay! No descanses y no permitas que caigamos en el descanso de los necios del lazo amarillo y otras revoluciones ridículas.

De este lado del paraíso dizque izquierdista…

emoticon dubitativo

¿Quién tiene la conciencia más limpia? Uy, aquí está guarro guarro

Este es el mejor momento para sentarse a las puertas de casa y ver cómo desfilan los cadáveres de nuestros enemigos (por lo general, a hombros de los mismos que se los han cepillado).

Lo del chalet de Pablo Iglesias será viejo dentro de unos días y seguiremos sin hablar de política en serio ni de nada serio. Más que si se compra un chalet en el campo y demuestra con ello no solo que no hay parlamentarios pobres sino que los pobres tienen  ambiciones de pobres (y que a todo macho alfa que se precie le van las tías mucho más jóvenes), es su negativa a pactar con el PSOE por un gobierno si no de izquierdas strictu sensu, por lo menos no fascista como el actual, lo que debería haberle costado el cargo.

Más peliagudo es lo del president Torra como marioneta de Puigdemont y sus comentarios racistas contra los “españoles”. Si a alguien le parece novedoso el caso de un catalán denigrando a los foráneos y vomitando sobre “los españoles” como si fuéramos escoria es que acaba de nacer. El desprecio al foráneo, que es sobre todo odio al pobre y a aquel que no puede ser explotado en beneficio propio, no es patrimonio de la derecha catalanista, es por el contrario uno de los rasgos más transversales del “ser catalán”. No es preciso tampoco hablar catalán ni ser un nacionalista procesista –sea lo que eso sea– para andar soltando mierda contra “el que no es como yo o como digo yo o quiero yo”. La izquierda divina no usará expresiones tan poco elaboradas como el nuevo líder carismático del Prusés porque le bastan los actos, los gestos; sus palabras serán promesas de inteligencia, equidad, feminismo, integración de la diversidad y etecé, pero la práctica dice lo contrario. En definitiva, salvo el desmelene de Javier Cercas y el provecho que la prensa reac y el que los del programa Polonia están sacando a su doble postura –según la cual parece que critican los excesos de Torra pero en realidad continúan trabajando para el independentismo–, no hay nada nuevo bajo el sol catalán.

¿Y qué tal los anarquistas? Aquí, luciendo el alma brillante como una patena, gracias. Los anarquistas no nos lucramos con la miseria ajena, así que nos hemos ganado la piscina y la gloria al sol de este mundo.

handsome and pool

Anarquista pragmático en una piscina

 

Traducir surrealismo … para que el crítico ni se moleste en entenderlo: “El Jefe T.A. Odutola: el Ogbeni Oja de Ijebu-Ode”, de Paul Bowles

ogbeni oja portada

Escribí este artículo para el Instituto Cervantes y, trascurrido cerca de un año, tengo ganas de darlo a conocer. Siento debilidad por el escritor Paul Bowles. Periodo sumamente interesante el de los años 30 norteamericanos y las búsquedas vanguardistas.

Conviene admitir que la crítica de una traducción no es tarea fácil: requiere conocimientos específicos de terminología, idiomas y un bagaje cultural amplio, incluida la historia de la literatura. La época de la burbuja literaria –desde los 90 hasta 2008— estuvo acompañada de una “burbuja crítica” en que mucho espontáneo se soltó la melena atizando a escritores consagrados para demostrar al mundo que estaban sobrevalorados y que a ellos nadie los engañaba. A menudo solo demostraron su ignorancia.

            Podrían presentarse no pocos ejemplos para apoyar esta afirmación. Escojo el librito de Bowles para señalar cómo la ignorancia también enmascara el desdén por formas de expresión que discuten el statu-quo cultural del momento. En 2004 se publicó en español un breve inédito de Paul Bowles, El jefe T.A. Odutola: El Ogbeni oja de Ijebu-ode, traducido del inglés al castellano por el poeta Pere Gimferrer. Fue criticado con displicencia por varios reseñistas, que lo calificaron poco menos que de chorrada sin sentido y prescindible. La edición bilingüe incluía el facsímil del original mecanografiado en inglés, una corta e intensa introducción del legatario de Bowles, Rodrigo Rey Rosa –quien halló el manuscrito «dentro de una de las noventa y tantas cajas de cartón que contenían los papeles personales y la biblioteca del autor»–, y ocho notas que en sustancia acreditan por qué cabría atribuir al exiliado en Tánger la autoría del texto firmado como Shepard Sherbell.

Bowles-Marakesh y musicos

Bowles en Marruecos con músicos. Crédito foto: Curious

            Si es peliagudo hacer crítica de una novela convencional, más lo es de literatura surrealista, de textos de escritura automática y de sus versiones traducidas. Ni la escritura automática ni el surrealismo eran novedad en la obra de Bowles –colaboró durante años en la revista neoyorquina, que difundió el surrealismo, View–. Se caracteriza aquí por la «extrañeza causada por la sintaxis subversiva, la caótica procesión de enunciados de diferentes registros, los bruscos y radicales cambios de sentido o de intención a media frase» [p. IX]. El lector puede comprender el texto mediante diferentes estrategias, también plegándose a los efectos del ritmo, o puede racionalizar el sentido que intuye mediante la interpretación de  sus imágenes, símbolos, reiteraciones, etc. Eso mismo habrá hecho el traductor, que no puede enfrentarse al texto sin tomar en cuenta el contexto histórico e ideológico en que surgió el surrealismo y sus declinaciones en Estados Unidos.

Acerca del título nos dicen los editores: «Ijebu-Ode es el nombre de una ciudad en el sur oeste de Nigeria, Ogbeni Oja es el título nobiliario o jurídico de uno de los siete kingmakers del reino, y Odutola es un célebre apellido nigeriano.» Fechado en 1968, en Tánger, antes de iniciar la redacción de su autobiografía, Without Stopping [Memorias de un nómada], Bowles escribió el texto directamente a máquina «y sin duda bajo el influjo del kif o del majoun» (p. X). Para muchos, esta experimentación formal está vinculada al influjo de la cultura marroquí en el escritor cuando su trayectoria personal y artística explica la elección del país norteafricano, emparentada con elecciones ideológicas previas, así su rechazo del tipo de vida que debería llevar en América. Bowles mencionó su periodo surrealista, cuando escribía poesía sin ninguna intervención racionalizadora y consumía «cannabis para permitir que el subconsciente actúe con libertad». La negativa arrogante a interpretar el sentido, tachando de absurdo el texto, ilustra justamente todo lo que el autor de El cielo protector desdeñaba del racionalismo y reproduce la actitud de los críticos norteamericanos de la época en que publicó sus primeras novelas. En ambos casos, se trata de reconducir al autor al esquema ideológicamente preconizado, el liberal en el caso de los años 40.

view portada bowles

Portada de View, magazine surrealista, con prólogo de Paul Bowles

Sobre el librito de 2004 el traductor, como primer lector, pudo preguntarse si ese Jefe T.A…. es una ensalada de palabras donde se desobedecen las reglas gramaticales del idioma o si, al contrario, las frases son gramaticalmente correctas pero carecen casi siempre de un significado racional, accesible al lector. En toda frase subyace siempre un significado, literario y biográfico, que nos exige conocer el código de desciframiento, es decir, el mecanismo de la literatura surrealista: si toda expresión lingüística es una puerta al funcionamiento de la mente del emisor, también cuando produce textos o frases en apariencia sin sentido.

Bowles musico

Un joven Bowles al piano en los años 30

La cantidad de referencias a su propia obra diseminadas en el texto, comentadas brevemente en nota al final, fue el aspecto que Gimferrer y Rey Rosa consideraron relevante para atribuir El ogbeni… a Bowles, y afirmar que no era un cadáver exquisito, esto es un texto escrito a varias manos. Los editores-traductores destacan las abundantes citas autorreferenciales  «(desde Bluey y Dolok, personajes de “Bluey, a Diary”, relato escrito por Bowles a los nueve años, hasta la frase “Qué maldición es el pensar” que puede encontrarse en La casa de la araña».

Rey Rosa brinda también una interpretación de una frase especialmente enigmática del final del texto: «Durante cuarenta años he estado vendiendo agua a la orilla de un río». Según el escritor guatemalteco, Bowles daba por publicados todos sus textos de interés y por eso El ogbeni… fue archivado como texto experimental. Vender agua al lado del río es propio de un embaucador, parece decir. Pero conviene no olvidar la simbología del agua ligada al flujo de la conciencia. Rey Rosa defendió el interés de dar a conocer este texto: «es un escrito extravagante y su lectura será ardua, pero creo que nadie reprobará nuestro deseo de divulgarlo… El agua que aquí se nos ofrece es más fresca que la que suele tomarse de los ríos».

De acuerdo, pero ¿por qué entonces fue acogido con frialdad o desdén? La recepción de textos literarios es víctima de las modas y durante la “burbuja literaria” se impuso la anécdota sobre el experimentalismo vanguardista, rechazado como camelo hasta que una nueva generación de autores, ensayistas y editores los ha reivindicado y reactualizado en sus obras. Continúa pendiente discernir las claves de análisis de un texto surrealista o generado automáticamente (por efecto de las drogas o no).

Lo significativo es que el escritor se libera de la obligación de alcanzar un destino comprensible en términos de mímesis de la realidad, pero también se pregunta por su capacidad para llevar hasta el final su experimento: «¿Cuántos años hace que nos preguntamos si el jefe del cuartel general tiene mando sobre su fantasía de privación sensitiva?». Observamos que muchas frases inician un argumento pero el final se desvía del principio, ahogando un conato de sentido. Varias frases aluden a la marihuana, al alcohol, a «la adicción a la morfina o heroína o cocaína»; desgajadas del conjunto, muchas frases cobran un significado diáfano: «en América comer es una forma primitiva de destrucción; únete a ellos en esta aventura exploratoria» o, más adelante «si eres tolerante con el uso del alcohol por parte de tus hijos». La escritura automática sirve para desentumecer la imaginación y predispone a una mayor libertad creativa al escribir una novela con argumento: seguramente el escritor estará entonces más atento a sus mecanismos asociativos cuando afloja las riendas del pensamiento racional.

            Pero ¿qué conceptos deberíamos manejar para la crítica de una traducción de estilo surrealista y superar el desconcierto de su sinsentido? La estudiosa Claudine Lécrivain criticaba en un corto ensayo –Le surréalisme français en espagnol: Une remise en question de la traduction et de la littérature?— dedicado a varios textos surrealistas franceses, de entre 1926 y 1935, traducidos por poetas españoles –incluido Luis Cernuda— que trasladaran las palabras, dando una traducción literal, un calco, sin considerar que la escritura surrealista y automática explora el lenguaje; también experimenta con el material fónico de las palabras: su sonoridad, las rimas, produciendo de ese modo esas bifurcaciones de sentido inaprensible. En efecto, el original inglés de Bowles permite ver cuándo el texto fluye arrastrado por la analogía fónica.

view magazine portada

View magazine

Según Lécrivain, la traducción literal no puede considerarse una traducción poética, literaria: el calco es antinómico de la tarea de traducir, que opera dialécticamente sobre dos lenguas, y con dos individuos.  Aún así, el traductor decidirá si sacrifica el sentido de la frase o el ritmo, las aliteraciones y las rimas internas – por ej. en Bowles:  in black, buried, Bluey buys a new tyre –. Será la opción habitual, aunque no dejaremos de preguntarnos por qué el crítico renuncia a reflexionar sobre el programa de las vanguardias y su vigencia, y no cuestiona su propio marco de referencias y, de paso, se pregunta por la tradición surrealista española y sus herederos. ¿Por qué nuestro país fue receptivo al realismo mágico y hoy admite a mansalva libros de fantasía pero considera un camelo un texto que le pide una doble interpretación: la del original y su versión española? Que solo encuentre desdén –mientras se celebran sus libros de viajes, sus novelas de ambiente marroquí— no ilustra qué le pedimos a la literatura sino cómo, en cada período histórico, las corrientes ideológicas dominantes se reflejan en la interpretación de todo texto cuando se lo ofrece para el gran consumo.

© María José Furió

Mai 60 – La contestation (archives Ina)

Mi madre estaba en esas calles porque vivía en París, trabajaba en París. Para algunos, y sin duda me cuento entre ellos, el mayo francés del 68 no es una ficción sino una elocuente realidad, una raíz sólida.

Luego, surgen tontos como Sergio del Molino, que escribe ufanamente las burradas que a la reacción le interesa promover.

Vale la pena recordar que en esos años hubo decenas de golpes de Estado en todo el mundo, que España llevaba sometida tres décadas ya a la dictadura fascista de Franco, que incluso en Italia se respiraban aires golpistas -el golpe de Borghese, del que supongo no tiene ni idea nuestro sensible escritor–; que varios de los atentados más sangrientos inicialmente atribuidos a los radicales de izquierda fueron en realidad obra de grupos terroristas de extrema derecha. Es decir, que antes de perpetrar según qué artículos tan cruelmente estúpidos, tan deliberadamente ignaros como los que tiene a bien publicar del Molino, conviene documentarse a fondo. No cabe negar que pocas cosas resultan más fáciles hoy, gracias a la revolución tecnológica.

La inteligencia NO es una utopía.