Sabotaje: Arte / Adrenalina, de Joaquim Ruiz Millet

sabotaje portada bien

Empieza la hora del recuento de los libros destacados del año, una lista ésta que no tiene la más remota voluntad de ser prescriptiva. Es un recuento de intereses y sorpresas.

Arranco destacando mi última lectura: Sabotaje: Arte/Adrenalina, el libro de relatos gamberro y adictivo que el arquitecto, diseñador y galerista Joaquim Ruiz Millet (Barcelona, 1955) ha publicado en la editorial de la propia galería H20, dentro de la colección “Les Idiotes”. A menudo decimos “ha sido una agradable sorpresa” y nos traiciona una actitud indulgente. No es éste el caso: ha sido una sorpresa porque esperaba algo muy distinto, aun sabiendo que los relatos estaban protagonizados por chavales del extrarradio barcelonés. Esperaba que orquestara la narración desde dentro, no desde fuera.

Es justamente el paratexto, es decir cuanto rodea al texto en sí, lo que incita a una lectura desacostumbrada. Joaquim Ruiz Millet trabaja el conjunto del libro como discurso, donde cada una de sus partes, desde la cubierta con la reproducción de la apretadísima letra del escritor, su retrato firmado por A. García-Alix, la dedicatoria, las citas que abren varios relatos y el lema de Julio Cortázar en la solapa de la contraportada (que imagino es divisa de la colección), dice algo, y la suma de esas partes dice algo más, que me ha dejado pensando en la experiencia de leer al Ruiz Millet escritor al margen del circuito literario oficial y cómo encara él la escritura desde sus propios propósitos en lugar de los que marcaría un exterior biográfico.

La cita de Julio Cortázar plantea una concreta actitud ante la cultura, ante el material narrativo. Escribió el autor de Las babas del diablo:

«Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, por lo peor es que al final me olvido […] Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarme todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua».

H20-1b

el limonero de la galería H20, en primavera

Esos son los dos temas, los motivos más llamativos de estos cuentos: el entusiasmo, la ironización de las jerarquías de la cultura y el arte y la constante referencia a ellas. Nos relata las andanzas de unos chavales, menores de edad aún casi todos, escolarizados sin demasiado éxito, que se pasan el tiempo desvalijando coches, liándose a tortazos, esquivando a la urbana, a los secretas y a sus madres (sobre todo a sus madres), vendiendo o comprando hierba, sobando a las tías o prendándose de algunas para olvidarlas enseguida, pintando con sprays en paredes de institutos y colegios, rompiéndose la crisma en peleas y en la moto. Están escritos en primera persona, mediante diálogos rápidos y escuetas referencias espacio-temporales; JRM exhibe un conocimiento del ambiente, y sobre todo del lenguaje –sin estilizaciones que precipiten el relato hacia el artificio o al ensimismamiento—, que me recuerda al Ferlosio de El Jarama y al Pasolini de Nebbiosa y Una vida violenta. Pero la diferencia, y enorme, respecto de estos escritores de los años 50 y 60, es que JRM no recurre a la tragedia ni a la redención, al moralismo ni a su compañera de viaje, la denuncia como resorte dramático ni para devolvernos a la realidad y a sus convenciones moralizantes. Lo que cuenta es un recorte de vida de los años 90 en la Barcelona metropolitana –-supongo que todo lector se preguntará dónde estaba en esos años, y lo más probable es que, pasándolo bien o mal, estuviera intentando aprovechar el tiempo. Exactamente lo contrario de los chicos de Sabotaje: Arte/Adrenalina, buenos para nada, gamberros e irreverentes. Ellos no tienen ni tiempo que perder ni tiempo que ganar. Saben lo que la sociedad quiere hacer de ellos, pero ellos están centrados exclusivamente en pasárselo en grande, en colmar sus apetitos. Al cabo, el libro transmite una impresión de energía vivificante, con momentos más que divertidos, desternillantes. Su gracia surge no de la intención del narrador –de los narradores sucesivos— sino de la distancia entre lo que entendemos como una vida de provecho, un código de conducta reconocible, unos personajes “positivos” –tópico que suena aquí ultracómico–, o un relato sujeto a los códigos establecidos de la narrativa española reciente. Es vida, sin coartadas.

Si hay artificio, está enmarcando el cuento. A menudo, la aventura arranca con una presentación en la que se desgajan objetos, lugares, topografías, marcas, etc., tanto para situar al lector, foráneo de Cataluña sobre todo, como para definir el contexto, en lugar de llevar tales explicaciones en nota al pie. Algunos relatos se presentan como obra de teatro o guión de video. Todo tiende a distanciar el relato del naturalismo, una manera de compensar el verismo del argot de los personajes, de ese idiolecto perfectamente creíble, con sus catalanadas de suburbio. El sexo está omnipresente, pero para retratar al personaje, la edad. No está para amenizar los apetitos del lector sino para caracterizar los del púber.

Esa indicación de los objetos o de lo que llama “atrezzo” marca también una ironía, la conciencia que puede tener el personaje, y por supuesto el escritor, de que son recurrencias de una puesta en escena del grupo. Pero ahí termina la sugerencia de una moral oculta en el relato.

Al contrario, si contiene una moral es la de la interpelación a lo que en los últimos años se ha consolidado como concepto de gran cultura y de cuál es la materia que ha de abordar un Gran Escritor Serio y Comprometido. La cita de Cortázar, acompañada por las que introducen ciertos cuentos, extraídas de obras de la cultura canónica –cosa que incluye desde el Proust de la Recherche… a Pasolini (su célebre poema contra los estudiantes burgueses del 68 francés, escrito en un momento en que PPP se dio el lujo de no entender y desdeñar la única revolución que estalló en su época), a Goya, la pintura de Courbet, a Lacan o Da Vinci, y ya se ve que no convoca a mindundis— señalan la distancia, el páramo que separa a los protagonistas de estos relatos de arrabal de la sociedad que se adorna con grandes nombres y obras magníficas, pero también la que separa al escritor que recrea una vitalidad básica, un sabotaje –que excita la adrenalina del lector a través de las andanzas de unos chavales que parecen una pila conectada a una carga inagotable de energía–, de los escritores serios, establecidos, premiados.

Durante la lectura de estos relatos me acordé del estilo de Gordon Lish, el “carnicero” de los relatos de Carver, en Epígrafe y Perú: la misma falta de concesiones frente al argumento; el arte de la frase y del relato está en el ritmo, en no permitir que asome el yo biográfico del escritor, en su dominio de la elipsis. Como en Lish, encuentro un desafío a interpelar la idiotez que nos envuelve, esa droga estupefaciente de las jerarquías de la alta cultura contra la cultura popular y sus traficantes: el sermón del crítico del suplemento de referencia, envejecido en sus fobias y aspavientos; el oficio de difuntos semanal; la operación comercial del grupo editorial dominante. En el sabotaje de esos límites están el entusiasmo, la adrenalina, las ganas de seguir dándole y dándole.

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(A los que preguntan dónde comprar el libro, me dice el autor que se encuentra en la Casa del Libro)

H20-4b

Sala de la galería H20, C/ Verdi, 152. Fotos de Nuria Martínez, expo Soul Round

 

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