Una larga racha de libros buenísimos: la interminable riqueza

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Coetzee- ficcion psicoanalisis

Un año de libros al margen de las lecturas rinconeteras ha dado una inesperada racha de textos muy interesantes, algunos buenísimos. Si traigo a J.M. Coetzee, puede decirse que juego sobre seguro, pero si recuerdo que en su conversación con Paul Auster el resultado era de mmm…, no del todo conseguido, como un simple peloteo más que un auténtico partido –hablaban demasiado de deportes–, los elogios a Las manos de los maestros, y El buen relato – en conversación con la psicoanalista Arabella Kurtz— cobran otro valor. De Las manos de los maestros, una recopilación de artículos de crítica literaria, me gustan mucho varios aspectos. La elección de los escritores para empezar: la mirada sobre África y su mirada crítica a los clichés sobre África y las culturas primitivas –la idea trillada de la pereza de los hotentotes inspira uno de los mejores artículos–, de autoras africanas como Nadine Gordimer -a la que dedica unas páginas donde mezcla sutileza y contundencia para hablar de cómo se sobrelleva ser, o haber sido, una autora icónica de la época de la lucha antiapartheid, de donde procede el peso de su legitimidad politica, con el incuestionable protagonismo de los autores de raza negra en la Sudáfrica post-apartheid. Discute, pues, la incomodidad de la posición de Gordimer quien, sin embargo, resistió hasta el final y defendió hasta su último aliento la lucha activa por los derechos de los negros (su vida, llegado cierto punto, pudo ser mejor que sus discursos, podría respondérsele a Coetzee, y de paso al autor de Absolución, Patrick Flanery). Es más comprensivo con otra Nobel, Doris Lessing, cuando aborda su autobiografía. De Lessing he leído poco; los Cuentos africanos me gustaron mucho, pero llegué tarde a la posibilidad de escandalizarme o adherirme a las reivindicaciones de su Cuaderno dorado. En cualquier caso, la lectura de Coetzee actualiza lo que significó la toma de conciencia feminista en el área anglosajona y el despertar de la reivindicación de la sexualidad femenina (Coetzee subraya la pesarosa relación sexual de Lessing durante su matrimonio). Otro de los aspectos que explican que el Coetzee ensayista me guste tanto es la transversalidad de disciplinas: habla de cómo evoluciona la mirada sobre el paisaje en los viajeros ante el insólito paisaje africano. Es un artículo especialmente fino, pues observa cómo la descripción del viajero pintor obedece a una forma de mirar y, por ello, de construir en diferentes planos la imagen que capta y que ésta, a su vez, está condicionada por generaciones de pintores acostumbrados al paisajes inglés y, por ello, a su característica superposición de luces, volúmenes, radicalmente diferentes de lo que el paisaje africano ofrece. No me digáis que no es la de Coetzee una estupenda salida del tópico del ensayismo literario. Por esa misma perspicacia y transversalidad de sus conocimientos, por esa misma extraterritorialidad –desde su instalación en Australia nos brinda una perspectiva novedosa y otra tradición literaria con sus correspondientes mitos “del origen” expresados en poesía, narraciones, etc. Por último, su posición como autor consagrado le permite ser generoso sin ser servil, crítico sin ser mezquino, experto y profundo sin ser pedante. En definitiva, muchas veces me convence más el Coetzee ensayista y autobiográfico que el novelista. En su conversación con la psicoanalista Kurtz se da un intercambio de impresiones en torno a temas que el uno le va lanzando y respondiendo al otro: la necesidad de disponer de una narración personal para sobrellevar el sinsentido de la vida, y preguntas propias del que no se contenta con afirmaciones de autoridades establecidas, como “la cantidad de verdad” que alguien puede soportar. Se habla de psicoanálisis, de lo que busca el hombre que acude a ella, pero también mucho de las inercias creadas por los grupos, de cuál es la función del profesor. En definitiva, se habla de la construcción dinámica del ser en la complejidad de nuestras sociedades.

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Quienes no tuvieron opción de construir dinámicamente su identidad fueron los que sucumbieron en los campos de concentración fascistas y soviéticos, construcción de castigo que es la marca del siglo XX y cuya mera existencia justifica, en mi opinión, la obra de Foucault frente a quienes hoy tratarían de despreciar su legado. Olivier Rolin firma una novela excelente en El meteorólogo, publicado ahora por Libros del Asteroide con una muy buena traducción de Miguel Aguayo. Rolin es un escritor de acusada personalidad, viejo maoísta que repasa con dureza los estragos de la que fuera su “fe” política; no ha tenido en España tanto eco como Quignard o Michon, –excelentes pero más fácilmente adoptables por el uso que puede darse a su temática erudita y estetizante–, supongo que porque sus temas no han logrado conectar hasta hoy con los intereses de moda por nuestros pagos. El meteorólogo se inscribiría, en parte, en esa moda que asalta las librerías en los últimos años en que un autor de relieve se pone a narrar la vida de un personaje real o un escritor o artista cuya peripecia tiene algo de infausto o de enigmático de modo que autor actual y personaje se nutren y canibalizan. Rolin logra darle un giro a esta tendencia y conduce el tema a una reflexión implícita sobre la memoria histórica y la búsqueda de desaparecidos, en esta ocasión bajo el criminal régimen estalinista. Alekséi Feodósievich Vangengheim es el jefe del Servicio Metereológico de la URSS, cree sinceramente en las bondades del nuevo régimen y pone su ciencia al servicio de la modernización del país. Conocer cómo funciona el clima, cómo se puede utilizar ese conocimiento para mejorar las cosechas debería colocarlo a salvo de sospechas y, sin embargo, es víctima de una de tantas purgas del estalinismo luego de una delación tan arbitraria como otras. Rolin relata cómo tuvo noticia de la existencia del meteorólogo, sigue la correspondencia desde el campo de trabajo con su única hija, comenta el carácter antiheroico de Vangenheim –se diría que el estupor le impide enloquecer al no asumir la naturaleza genuinamente demente del régimen estalinista- y su final trágico. Ese relato hace eco en, claro, la desilusión del autor Rolin, desencantado desde mucho tiempo atrás de la utopía marxista, desencanto que vertebra su narrativa; la tragedia de Vangenheim actúa como constatación del largo desencanto de la intelligentsia francesa con la URSS y, en tal sentido, Rolin se coloca, creo, en la línea que arranca en Gide y Camus. En la última parte, cuando trae a nuestro presente las figuras de los miles de anónimos que murieron junto con el meteorólogo, personas comunes delatadas en falso o por minucias, sentenciadas arbitrariamente, Rolin une este paisaje de sentenciados a muerte a la interminable lista de desaparecidos ejecutados a lo largo del siglo XX en el contexto de lo que hoy llamamos “terrorismo de Estado”. Transmite en esas páginas la honda tristeza fruto de la colisión de ese régimen que se quería científico y la irracionalidad de los métodos (he llegado a pensar que esas purgas “por motivos políticos” buscaban, en realidad, disminuir drásticamente la población porque las nuevas autoridades sabían que no podían alimentarla y que ese motivo secreto sí era el resultado de un cálculo matemático).

Esa línea de muertos sin tumba enlaza con novelas como El material humano y ensayos como El arte del asesinato político de F. Goldman -sobre el terrorismo de Estado en Guatemala– y, por supuesto, el de los ejecutados durante la guerra civil española. El meteorólogo añade una piedra al mosaico que dibuja el perfil de los holocaustos del siglo XX. Todos ellos lo hacen sin ser farragosos, dogmáticos, sentimentales o autoindulgentes. A veces, lo que un autor consigue no ser es lo interesante.

eco de los disparos

Otros títulos a “vuelatecla”: El eco de los disparos, de Edurne Portela, el famoso ensayo dedicado a la era post-Eta, muy bien escrito y con reflexiones propias, muy elaboradas, bien argumentadas. Adalid del rencor activo como higiene política, solo puedo estar de acuerdo. También zumba a Carlos Boyero. Reivindica recordar qué fue la realidad, y cómo la batalla por la memoria también se dirime en los “productos culturales”. Analiza la despiadada campaña del PP contra el fotorreportero Clemente Bernad por “empotrarse” entre los chicos de la kale borroka y discute muchos oportunismos para no dejar en manos de los abertzales, viene a decir, la lectura definitiva del reciente pasado vasco. No estuve de acuerdo con su lectura de Ojos que no ven, de José-Ángel González Sainz, en mi opinión deudora en ciertos aspectos de la Pastoral americana del (gran, gran) Philip Roth, que llega a lastrar el relato. En mi opinión, desde la distancia de lo vasco, echo de menos en Portela y en González Sainz que aborden el problema de la lucha de clases como el substrato de la afiliación a la kale borroka, a la causa abertzale. Pero es una mera intuición y ellos los expertos.

Por último, una crónica que debería traducirse al español, Deseos de revolución, traducida del ruso por Paul Lequesne, es la crónica firmada por Nadejda Tolokonnikova, de las Pussy Riot, de su enfrentamiento al régimen putinesco, su paso por la cárcel en una de esas sentencias desorbitadas que delatan a las dictaduras, y el fruto de su resistencia. La verdad es que al principio pensé que sería uno de esos libros que solo tienen un valor de época, que las celebridades se arrimaban a ella por oportunismo, pues la escritura no es muy elaborada, expone sus pensamientos y valores en desorden y no tienen una gran profundidad teórica. A cambio, tiene algo mejor: el calado de la auténtica valentía y de la lucidez que permite la falta de “profundas teorías”.  Las Pussy Riot son el bufón que desnuda al emperador Putin y su régimen cruel pero ridículo.

Como sabemos, las Pussy Riot son un grupúsculo punk que celebraba performances en lugares considerados serios. Cuando intervienen en una iglesia se las ataca, cuando se las lleva a juicio terminan por ser condenadas a la desmesura de dos años. La activista retrata sus actividades, su preparación, reproduce declaraciones en su contra durante el juicio, expone sus valores en forma de consignas, describe las condiciones de la reclusión, la resistencia que opuso y su determinación de llegar al final con su huelga de hambre. Lo llamativo, lo que da valor a su actuación y a su testimonio es la coherencia de su actitud y, además, cómo utiliza su fama a favor de sus compañeras encarceladas. Como en todos los regímenes autoritarios, la reclusión no pretende más que aniquilar, y así ocurre con el trabajo esclavo que mata de agotamiento a reclusas mayores. El perfil de las reclusas, la mezcla de humor y ternura con que las retrata, su defensa a ultranza de las mujeres y de la rebelión va sumando interés a su crónica. Por último, el logro que beneficia al conjunto en sus condiciones de trabajo pasa a ser el legado de su paso por la cárcel, de modo que no será anecdótico y su celebridad internacional se hace instrumento de la lucha. Sin embargo, es el humor muchas veces payasesco, siempre irreverente, lo que deja en bragas al régimen de Putin. Uno de mis momentos favoritos es cuando, en medio de las protestas de la población rusa contra la policía, las Pussy Riot deciden que el cuerpo represivo está falto de amor y responden con una campaña, “abraza a una policía”. Tanto abrazo y tanto beso se considera una falta de respeto a la autoridad y de nuevo van contra ellas. Ay, el arte siempre incomprendido. Cuando a nivel internacional se protesta por el castigo desmesurado –el grupo punk de muchachas feministas tiene algo grouchomarxesco–, Putin y sus curas ortodoxos fieles niegan la mayor. En un sentido muy concreto, Putin tiene razón, pues las chicas con sus performances y sus máscaras de lana y su asalto a los cuarteles del poder -la iglesia, la policía, la cárcel– pretenden derribar lo que el psicoanálisis llama “el rostro fálico”, esa seriedad del superhombre, del líder, que es símbolo del falo; todo el orden de valores y símbolos concomitantes, que surgen y fructifican en el régimen de lo fálico: instituciones, uniformes, leyes. De ahí, en consecuencia, el desdén y la persecución a los homosexuales, al punk, el desprecio a la mujer. Porque Putin es el gran Falo, las Pussy Riot intuitivamente Lo atacan, se compadecen, Lo parodian. No es extraño que Zizek, considerado discípulo de Lacan, sea uno de los vehementes defensores de las Pussy Riot. Sincero respeto a la valiente Nadejda Tolokonnikova.

 

desirs de revolution portada

 

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