La figura literaria de la criada y el soldado en “La sirvienta y el luchador”, de Horacio Castellanos Moya en El Rinconete

sirvienta y luchador castellanos moya

© Mª José Furió & Instituto Cervantes

Es un motivo literario que hemos visto repetido en los retratos que los fotógrafos de principios del xx colgaban en sus escaparates —el recluta de uniforme posa con la novia, las cabezas juntas, sus miradas se pierden con ilusión en un mismo punto fuera de la imagen; según el rango social, la mujer podía ser una señorita bien o realizar tareas subalternas, ya costurera, ya enfermera, ya criada—. El tándem soldado-criada era un motivo habitual de las ficciones de la narrativa española, y luego de la cinematografía que adaptaba estas tramas, no solo como reflejo de una realidad sino también por el juego que da la pareja como pieza de conexión entre distintas clases sociales y ambientes. Un escritor hábil puede utilizar este recurso del individuo-bisagra entre clases sociales para circular por una constelación de escenarios y mentalidades sin convertir al personaje en narrador.

Es lo que hace justamente Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) en La sirvienta y el luchador, un relato tremendista con foco en diferentes protagonistas del enfrentamiento, en los años ochenta, entre las fuerzas armadas gubernamentales de extrema derecha y la insurgencia de extrema izquierda, que duraría una década al menos. Para seguirlo, el lector debe conocer algo del trasfondo político de la época y de la mayúscula escisión entre una élite de ricos en el poder y una mayoría empobrecida y sin derechos. Conviene recordar asimismo el contexto de la Guerra Fría y la implicación de la llamada Teología de la Liberación, tachada de comunista y perseguida hasta el célebre asesinato de monseñor Romero, cuyas homilías se mencionan en la novela dentro del dibujo panorámico que Castellanos Moya ofrece de las hostilidades en El Salvador para destilar el mensaje inequívoco de la imposible neutralidad de los habitantes de un país en guerra.

La trama parte de la desaparición de una joven pareja —ella europea— reinstalada en el país después de una estancia en Costa Rica, adonde se exilió una parte de la familia, burguesa y marcada por la persecución del régimen. Al nuevo apartamento acude la criada de la familia, la sesentona María Elena, quien intuye que de la desaparición y el paradero de los jóvenes puede saber algo el Vikingo, detective de la policía y en su juventud luchador de lucha libre, que diez años atrás estuvo cortejándola mientras vigilaba la casa de su patrón. El cortejo en el tono sórdido y envolvente que califica la novela entera no llegó a nada por la negativa de la criada, descreída en amores y redenciones por su condición de jovencísima madre soltera de una hija ya cuarentona, Belka, que ejerce de enfermera y cultiva ambiciones de prosperidad sin mancharse políticamente, lo cual se demostrará imposible. El nieto Joselito, estudiante de la universidad pública, participa en varios actos de guerrilla contra los militares, que conducen la trama hacia una vibrante novela de acción.

A la criada María Elena su inquebrantable lealtad a sus patronos y a su entorno familiar la impulsan a ir de arriba abajo, desde el Palacio Negro, donde se tortura, a la casa burguesa de los parientes de los secuestrados, donde sirve la prima de María Elena; desde la habitación del Vikingo a su casa, y luego al hospital: mediante sus itinerarios el autor presenta todos los estamentos y puntos cardinales del conflicto, pues si ella está colateralmente relacionada con el Vikingo y se cruza accidentalmente con personajes activos en la subversión, estos a su vez están relacionados con el entorno cotidiano del luchador de maneras insospechadas pero que marcan una dicotomía indiscutible: o se está con el Gobierno y la represión o se está contra él y se participa en la «subversión». En cualquier caso, todos padecen las consecuencias, en forma de secuestros, torturas y ejecuciones o como víctimas azarosas.

monseñor Romero asesinato

Foto: Diócesis Ciudad Quesada – Asesinato de Monseñor Romero

Si el motivo del soldado y la criada tuvo una plasmación romántica en los retratos de los que hablaba al principio, La sirvienta y el luchador es su versión más oscura. Aunque relate acontecimientos de la historia de El Salvador, Castellanos Moya no pretende ser realista y de ahí la inverosímil telaraña de vínculos que une a los distintos personajes y la intensificación de la carga simbólica. La principal es, sin duda, caracterizar al Vikingo como un hombre que está podrido y consumiéndose en su podredumbre: sus acciones en la policía se pagan en esa consunción; la enfermedad y la falta de derechos dejan a todos expuestos a la indefensión, haciendo hincapié en la vulnerabilidad de las mujeres muy jóvenes. En conjunto, el autor no analiza una situación histórica, sino que describe las fuerzas e intereses que implican a todos, también contra su voluntad, en la guerra interna. El final grotesco es marca del siempre eficaz humorismo de Castellanos Moya.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s