George Gershwin, Summertime

Dedicado a la señôa Ceci, que nos ha dejado esta semana, plácidamente. La muy coquetuela de la señôa Ceci –que no se llamaba así– me tenía engañada: decía que tenía 87 años y en realidad tenía 90 y pico… Probablemente, convencida de que tenía esos juveniles ochenta y tantos, forzó la máquina en los últimos años, un desgaste que no le alcanzó a la cabeza.
Hace unos años estuvimos charlando en su casa, tenía excelente memoria, era muy vivaracha, muy empática. En deferencia por haberse tragado el franquismo desde el primer día hasta el último, yo le hablaba en catalán. Ella fingía que no le dolían los oídos con mi acento. La televisión encendida con el volumen a todo trapo, la marilyn que tenía por mascota me abrazaba como a todo recién llegado entre ladridos estridentes y lametones empalagosos; me preocupaba que se quedara sola en vacaciones –era Semana Santa, la crisis por entonces solo me afectaba a mí y a algún desgraciado autónomo más–, me tranquilizó asegurando que la visitaban los hijos, pasaba cuando tocaba la chica de los servicios del Ayuntamiento que atienden a los mayores que viven solos, etc. En esas, la televisión fue asaltada por una galería de políticos catalanes -naturalmente, tenía encendido el canal de TV3– enmerdados en algún escándalo de grandes sumas de dinero que debían vérselas ante un juez. Con acento entre escéptico y resignado comentó que no se conseguiría que devolvieran el dinero que habían robado. Eso la llevó a recordar el caso de la Banca Catalana, con Jordi Pujol, etc., y me contó que ellos –es decir, ella y su marido– perdieron todos sus ahorros por haber confiado en “un dels nostres”. Arruinados y con hijos pequeños, el marido tuvo que buscarse trabajo en Europa. Para ponerme en antecedentes del negocio que le permitía ofrecer su buen hacer en el extranjero, añadió que antes habían tenido una tienda y que en el período que fue desde que el Caudillo se hallaba entre este infierno hecho a su medida y el que le esperaba más allá, la policía –aún no había poli autonómica– andaba muy nerviosa; por cualquier excusa les hacían la puñeta, señalando algo que no estaba conforme en el escaparate y multa que te crió. Dicho de otro modo, la señôa Ceci y su marido, y como ellos otros miembros de esa clase que los catalanes llaman con insultante indulgencia “la bona gent“, pagaron el impuesto revolucionario a la ultraderecha primero y a la derecha catalanista después. Si alcanzó tan provecta edad con buen ánimo no fue solo por la solidez de su fe –que intentó contagiarme en vano–, sino por el sistema de la seguridad social universal, instaurada por los socialistas, con unas prestaciones que la derecha catalanista ha intentado de tantas maneras recortar, servicio público de salud que ha beneficiado sobre todo a su generación y a su clase.

 

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