Confluencias inesperadas: James Baldwin y Carlos Fuentes con Jean Seberg

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Edición de 1994 en Alfaguara

Es sabido que el tiempo nos impone extraños compañeros de viaje. Por ello puede ocurrir que dos personalidades sin nada en común – aparentemente– como el célebre novelista mexicano Carlos Fuentes (1928-2012), hijo de la burguesía mexicana, y un activista de las luchas contra el racismo y los extremismos como el también escritor, homosexual, norteamericano y exiliado en París, James Baldwin (1924-1987), mantengan apenas “un grado de separación” entre sí: el que marcó la presencia en sus vidas de la actriz Jean Seberg (1938-1979), amante del primero y amiga del segundo. Jean Seberg tuvo un trágico final, pues se suicidó con 40 años, acosada por el FBI, que hostigaba a simpatizantes de los movimientos civiles en Norteamérica en la década de apogeo del fascismo en América (recuérdese Chile, Argentina, Paraguay, etc).

Mientras veía el magnífico documental I’m not your negro, del haitiano Raoul Peck, protagonizado por el escritor James Baldwin, historia inspirada en la carta destinada a su agente literario, donde comentaba un proyecto en el que abordaría los asesinatos de tres líderes de la causa antiracista en Estados Unidos, el joven Medgar Evers, el líder de los Panteras Malcom X y Luther King, recordé la novela que Carlos Fuentes dedicó, en clave de autoficción, a su romance con la actriz Jean Seberg. Se trata de Diana, o la cazadora solitaria, que me parece tuvo en su momento –1994– una repercusión mitigada. La época que trata, con sus batallas en pro de la emancipación de las minorías, y los escenarios en el París de los años 60 y 70, que tanto significado tienen para mí en términos biográficos y de curiosidad cultural –a causa de mi familia, instalada en París desde finales de los 50 y hasta inicios de los 70, justamente–, me llevaron hasta este título, y me gustó mucho el enfoque que el escritor le dio. ¿Quién habla hoy de Carlos Fuentes? Nadie, salvo en términos de irrisión –el gran burgués mexicano, reaccionario, etc.– o en los de la última novela de Fuguet, Sudor –que espero leer pronto–, inspirada en las fatales peripecias del hijo del autor de Gringo Viejo.

En este tiempo de oportunistas –donde un Muñoz Molina tiene el rostro de encarecer la obra de Pasolini (¡¡¡él, el ganador de un Premio Planeta, editorial que es la madre de todos los consumismos literarios y la madre de todas las devoraciones culturales, la madre de todos los plagios y de todos los tongos, la requetemadre de todas las plusvalías robadas al colaborador freelance y del dominio audiovisual!!!)–, me acuerdo de esta novela que acierta a retratar los matices de una época a partir de personajes que huían del maniqueísmo, como el James Baldwin tan soberbiamente recuperado hoy por su hermano de raza, Raoul Peck. Sin duda, la figura de Fuentes se reivindica por sí misma en la perspicacia de esta narración:

«Creo que durante los años de los que estoy hablando, muchos norteamericanos blancos (muchos amigos míos) apoyaron la protesta civil de King como un ideal progresista: la integración gradual del negro a la sociedad blanca de los EE.UU., la conquista por el negro de los privilegios del blanco. Malcom X, en cambio, abogaba por una nación negra separada, opuesta al mundo blanco pues éste sólo conocía y aceptaba la injusticia. Si el mundo blanco era injusto consigo mismo, ¿cómo no iba a serlo con el mundo negro? Ambos, a la postre, vivirían en dos guetos separados por el color pero unidos por el dolor, la violencia, las drogas y la miseria.

Esta confrontación necesitaba un puente. Diana [Jean Seberg] conoció en París a James Baldwin, el escritor que compartía con ella dos cosas, por lo menos: el exilio como soledad, y la búsqueda de otro norteamericano como fraternidad. Baldwin, entre los extremos, introducía la duda perpetua, enturbiaba a propósito las aguas para que nadie creyera –dos caras de la misma moneda– en la facilidad de la justicia o en la fatalidad de la injusticia raciales. Baldwin no quería que la unión del  negro con el negro fuese la cadena del odio al blanco. Al blanco y al negro, al sureño y al norteño, Baldwin les pedía lo más simple y lo más difícil también: Trátennos como seres humanos. Nada más.

“Mírame” le pidió Baldwin a Diana, “mírame y pregúntame sobre la vida, las aspiraciones y la humanidad universal escondidas bajo mi piel oscura…”

Por las conversaciones nocturnas con Diana, creía que ella pensaba así. Quería ser dura contra el racismo y contra la hipocresía blanca, pero quería ser dura también contra un mundo negro separado radicalmente del blanco. La explicación me parece, habiéndola conocido, bien clara. Diana Soren quería verse como otra para verse como era. Corrió el peligro de sólo ver al negro que deseaba ver, y lo pagó caro. La FBI, como la KGB, la CIA, la GESTAPO o la DINA de Pinochet, necesitan simplificar el mundo para designar claramente al enemigo y aniquilarlo sin arrière-pensées. Las agencias político-policíacas que son los guardianes del mundo moderno y su bienestar necesitan enemigos confiables para justificar su empleo, su presupuesto, el pan de sus hijos.

Decidieron entonces en Washington que Diana Soren llenaba perfectamente este papel. Famosa, bella, blanca, Santa Juana de las causas radicales (yo le llamé partera de revolucionarios sin imaginar que mi metáfora iba a ser, cruelmente, realidad) Diana fue observada y acosada invisiblemente y en silencio por la FBI. La agencia policiaca esperaba el momento de destruirla. Era cuestión de oportunidad…» (pp. 194-196).

Im not your negro poster

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