El blues de los cabrones, 2: Vargas Llosa, lector

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Mario Vargas Llosa, lector de Madame Bovary, de G. Flaubert

De pocas personas tengo una opinión en la que no quepan matices. Por muy iconoclasta que seamos en ciertas etapas de la vida, donde conviene derribar iconos y piezas monumentales, despreciar jerarquías, presentar enmiendas a la totalidad, siempre subsiste un ápice de cordura para admitir que el mérito de ese derribo dependerá de los valores que se defiendan en alternativa.
Así que continuaré defendiendo la validez de cierta parte de la French Theory, aunque entienda que a veces dan ganar de hacerle un nudo en la lengua a Lacan con sus cuerdas. Pero lo que me causa perplejidad es que, porque no gusten las ideas políticas de Vargas Llosa, se condene toda su figura y toda su obra. No es, por cierto, cuestión aquí de defender el tópico, en tono indulgente, que uno es nada más que hijo de su época –argumento que algunos esgrimen para defender la esclavitud, el negocio y el rendimiento concomitantes a la trata, por ejemplo–. Uno es hijo de muchas cosas –de muchos padres, también– y entre ellas de cierta voluntad de comunicar con la propia época, que no es un estadio fijo. Por eso, me causan admiración esos escritores veteranos que, como el propio Vargas Llosa –también Fogwill, un carácter literario muy diferente–, habiéndolo ganado todo en términos de prestigio y de reconocimientos, cada tanto utilizan sus tribunas para llamar la atención sobre la calidad del libro de un escritor o joven o novel o prácticamente desconocido, a quienes no les une ningún negocio, ni hay reciprocidad posible. Pienso no solo en ciertos títulos sino en la lectura que hace de ellos, ya sea esta Orgía perpetua, donde lee Madame Bovary desde el prisma de un hombre al que sí le gustan las mujeres –me llamó la atención cuando leí el ensayo, hace unos mil años–, algo no tan usual, aunque parezca increíble–, de modo que se separa tanto de la misoginia del propio Flaubert como de cierta tendencia femenina a considerar con dureza la acción, la actuación, de esas mujeres a las que tomamos por cabezas de chorlito por no ver –pues es insoportable la constatación– que las cartas con las que juegan no permiten mejores salidas que una catástrofe inolvidable. O la lectura que hizo de Missing, de Fuguet, o de Juan Gabriel Vásquez –aun siendo un valor literario obvio, y habiendo recibido apoyos de calidad, su obra no deja de admitir lecturas diversas–, y de otros autores jóvenes latinoamericanos. Lo que llama la atención es que son escritores progresistas, que hablan de lo que ocurre hoy y de los efectos sobre el presente de actuaciones del pasado y que además tratan la memoria, el lenguaje y el género como herramientas reutilizables. Incluso cuando se advierte que el aplauso no es estrepitoso y deja margen a la reticencia, continúa siendo el suyo un modo de señalar para lectores distintos de los que el perfil del escritor –novel, desconocido, etc– atraerá automáticamente que hay algo transversal y vibrante por lo que merece la pena leerlo.

Claro, esta generosidad del lector Vargas Llosa, del entusiasta Fogwill, tiene más valor si pienso no solo en escritores que han concebido toda relación con sus colegas como cambalache, o que existen pegados a los faldones del gurú de turno, o como intercambio de favores entre perfiles simétricos, sino además en esos otros lectores –blogueros, o críticos de diarios, o escritores o todo esto a la vez– que se obstinan en hundir ciertas novelas, obra de escritores de su generación o muy próximos, porque dicen algo sobre ellos mismos que no quieren ver. Advertirlo les obligaría a tomar ciertas decisiones sobre el perfil social que mantienen, a reconsiderar el verdadero alcance de su disidencia, de su nonchalance, de su ambición.

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M. Vargas Llosa y su biblioteca. Quizá, cabrón, ahí guarda tu libro.

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