Si han abusado de todas, no han abusado de ninguna… o del feminismo trivial

la caza cartel

Alguien en Facebook comentó el artículo de Pérez-Reverte sobre una cena en un famoso restaurante con una cuadrilla de amigos en la que coincidieron con Cristina Hendricks, la famosa pelirroja de Mad Men, que iba con su marido. Todo el mundo ha leído la pieza, así que no la resumo. A mí sí me hizo reír –no soy lectora de Pérez-Reverte, aunque estoy informada de la condena por plagio y del rifirrafe con Francisco Rico que, meses atrás, hizo las veces de debate literario en prensa–, pues me pareció claro que era una parodia con afán de provocar y que se pintaba a sí mismo y a sus amiguetes fracasando como toreros viejos ante un monumento de mujer acostumbrada a esquivar a fans y situaciones peores.

El artículo, escrito en estilo cañí y que pinta a hombres de diferentes edades muriendo por la boca –el marido “no tiene media bofetada” repiten—, además de borrachuzos y desfasados, es un transparente compendio de tópicos sobre el macho y el machito español; el narrador, además, se presenta en una situación muy poco airosa para granjearse la simpatía del lector. Solo que se trata del lenguaraz Pérez-Reverte, y provocó un reguero de críticas en twitter. Quiso mostrar la diferencia entre personaje y persona y sufrió lo mismo que la actriz: que los lectores más simples –esto es, la mayoría– confundieron narrador y autor, pese a las advertencias que él hace en el artículo de que está atribuyendo palabras a uno de los amigos que ni siquiera acudió a la cena. (Es increíble todo lo que queda por aprender acerca de la “autoficción” cuando algunos la dan por agotada.)

Las críticas al machismo del autor de la serie de Alatriste coinciden en la prensa con la moda más reciente del feminismo. De golpe, en los últimos meses parece que no haya otro tema del que hablar. De la noche a la mañana todas las mujeres son feministas y se diría que todas las que colaboran en prensa o en los medios han sufrido vejaciones. Tiempo atrás destacó un periódico la queja de la poeta Elena Medel por el tono que a menudo empleaban los hombres del sector de la cultura al dirigirse a ella. Más revuelo parece haber provocado el artículo de Luna Miguel enumerando las humillaciones sexistas a las que se enfrentaron un sinfín de jóvenes poetas. Da el nombre de las víctimas no de los victimarios.

Me interesó el planteamiento pero, lo mismo que la cascada de artículos en que unas y otras describen y se quejan de las vejaciones, me sentí al margen: como mujer no me sentía concernida. Ninguno de los artículos hacía una reflexión de más alcance sobre el contexto en que se producen o se produjeron las humillaciones. La descripción por sí misma –como ya ocurre con la crónica Chicas muertas, de Selva Almada– y la enumeración abrumadora –según el modelo que en 2666 hace Bolaño de las mujeres asesinadas en Juárez– se supone que ha de bastar. En la misma semana, una nota de un juez en México que con sus alusiones culpabilizaba del crimen a la víctima, provocó un movimiento de rabia y de solidaridad con el lema “Si me matan dirán de mí…”, que en muchos casos eran ferozmente poéticos y eficaces en la desolación. Curiosamente, este movimiento no ha tenido repercusión en España entre las divas de la prensa y el feminismo, pese a las decenas de crímenes machistas de todos los años.

En nuestro país, adicto al drama, al ego desatado, a las acusaciones pasmosas y al subidón de adrenalina, el análisis estorba. Supongo que ésa es la explicación de la desconcertante reseña que una tal Begoña Méndez dedica al último  libro de ensayos de Siri Hustvedt, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, en El Cultural. En cualquier caso, sea flojo o no el libro de Hustvedt, no encuentro en ningún lado artículos o libros que no estén llenos de prejuicios y de dicotomías por las cuales las mujeres, por nuestra condición de humilladas y vejadas, de víctimas de la estructura patriarcal, somos buenas o, como se señala en relación a Hustvedt, no se disculpe con que nos ciega el mismo sistema. Echo de menos el clima en que leí el primer libro de S. Hustvedt, Todo cuanto amé, apuesta arriesgada de Circe, editorial especializada en mujeres, antes de que pasara a editoriales cazadoras de “nombres-marca”, como Anagrama o la actual Seix Barral.

Andando la semana, según la diatriba anti Pérez-Reverte adquiría tintes grotescos e inquisitoriales –no se habrá tratado con mayor dureza al estrangulador de Boston–, se celebró mucho el artículo de Luz Sánchez Mellado –en El País–, en el que asegura que, en cuanto se juntan cuatro mujeres, sus tertulias no tienen nada que envidiarle en procacidad y apetito deslenguado a la de Pérez-Reverte y sus compinches. Que también ellas son muy de presumir de ir a hacer lo que saben que no harán porque el maromo en cuestión no está a su alcance. Bueno, si ella lo dice será cierto. Pero más cierto es que la tribuna de El País le confiere un marchamo de sensatez a lo que desde otro púlpito haría que se la calificara de ordinaria y calentorra.

si me matan...


campaña de protesta en México en respuesta al sexismo institucionalizado 

El asunto me dejó cavilosa –que todas las mujeres sueñen con tropezar con Fassbender y dejarlo exhausto lo comprendo–. Una cosa es el desenfado y la gracia y otra es la frivolidad. Si a todas las mujeres, según se desprende de estos artículos de denuncia, las han vejado, si todas han sido humilladas por ser mujeres y pretender un nivel de igualdad profesional, si todas han sido abusadas, criticadas, insultadas, etc., entonces no lo ha sido ninguna.

Si una mujer, una periodista, una escritora, cualquiera, se lucra con la denuncia de este abuso –se lucra obteniendo renombre, oportunidades, audiencia o dinero–, entonces está mintiendo sobre la realidad de la humillación sexual. Me he acordado de tantos episodios que conozco directamente, de tantas mujeres –incluidas amigas estudiantes de Bup y con licenciaturas universitarias que fueron violadas–, de la vergüenza real y de largo alcance que es la consecuencia de la auténtica humillación, de la auténtica violación y el abuso sexuales –que, no sé si lo sabéis, siempre hay que demostrar–, de preferir el silencio no solo a denunciar sino a confiarlo al entorno, que ya solo me da asco esta catarata de oportunismo y de trivialización de la situación real y del verdadero feminismo.

septima funcion lenguaje frances

Pensando en lo que la teoría crítica y la literatura pueden hacer a favor de la discusión, y por enmarcar el asunto más allá de las anécdotas de cada quisque, recomiendo dos libros y una película: La séptima función del lenguaje, de Laurent Binet –que leí en una estupenda traducción al catalán de Josep Alemany–, una parodia a ratos logradísima de la French Teory, un alarde de enorme erudición a cuenta del supuesto asesinato del pobre Roland Barthes para hacerse con un manuscrito que contiene el secreto de esa séptima función del lenguaje por la cual su poseedor podría hacer bailar al mundo como a un oso encima de una pelota; novela que pinta a todos los popes de la época, franceses, italianos y norteamericanos, con colores muy payasescos, que hace de los años 70 y principios de los 80 un parque temático de sobreexplotados iconos, marionetas, momentazos históricos y corrientes teóricas más o menos oportunistas—, y que a la postre demuestra –como las wild teories de Pola Oloixarac– que si te cargas por entero la teoría crítica de izquierdas y en su lugar no pones nada digno de llamarse teoría, la derecha –véase Macri, véase Macron (¡ayyy, dios mío, que va a ser que son actores y nos los han colado como políticos!)– puede nombrarte su compañero de viaje honorario. La película danesa de Thomas Vinterberg, La caza, donde el guapísimo Mads Mikkelsen encarna a un profe de guardería acusado en falso de exhibicionismo por una nena, hija de su mejor amigo. Tiene guasa que en el actual contexto de incontables violaciones de mujeres sea la falsa acusación a un inocente el motivo de una trama sutil, contenida y certera. Y por último, de Pierre Michon, La Grande Beaune –en la excelente traducción de M. Teresa Gallego Urrutia, El origen del mundo–, porque Pérez-Reverte jamás escribirá así de una mujer, porque muestra cómo el deseo nos construye –y su trivialización nos convierte en objetos de valor fluctuante como acciones en Bolsa al albur de accionistas locos–. Michon narra la fascinación de un hombre joven por una mujer de desbordante sensualidad. Su deseo de ella, la estanquera del pueblo adonde es destinado como profesor de primaria recién licenciado, es mucho más que una fiebre de juventud, es el eje que vertebra una vida, cualquier vida, y le confiere sentido.

Christina Hendricks boobs

Christina Hendricks en plan Mírame a los ojos, he dicho a los ojos

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