“Vista del amanecer en el trópico”, de Guillermo Cabrera Infante. Imágenes rescatadas de la historia de Cuba, en El Rinconete

portada amanecer trópico

«La memoria es la madre de la moral: nuestra conciencia está hecha de memoria», escribió Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 1929-Londres, 2005). Estas palabras parecen sorprendentes en boca del autor de Tres tristes tigres, texto lúdico en tantos sentidos. Pero la vida del novelista, periodista, guionista y crítico de cine estuvo determinada por el exilio europeo, desenlace de su disconformidad con la evolución de la Revolución cubana, y condicionó su creación literaria, que se forjó en la recreación de los escenarios de Cuba y de su historia reciente. La frase que encabeza este rinconete es, entonces, clave en la interpretación de buena parte de su obra y sin duda de Vista del amanecer en el trópico (1974), un compendio de momentos significativos de la historia de la isla comentados, casi siempre parcamente, por el autor a partir de ilustraciones, mapas, fotografías, grabados, etc. Ciento una viñetas desde la conquista española hasta los años setenta, pasando por la colonia y la república con la particularidad de que el texto se presenta sin ilustraciones. El lector debe hacer un ejercicio de memoria o de imaginación; los momentos son emblemáticos y algunas imágenes son célebres, pero otras conocidas solo por los coetáneos o por los estudiosos, y el resto son rememoraciones de hechos que reflejan el espíritu del momento.

La ensayista Alexandra Ghezzani,1 de la Universidad de Pisa, destaca que Vista del amanecer en el trópico nace de una costilla de la primera versión, nunca impresa, de Tres tristes tigres; ha identificado «la fuente de la que procede toda la materia documental, tanto verbal como iconográfica», de cerca de la mitad del libro, que comprende la historia de la isla, desde el Descubrimiento hasta las luchas por la independencia. Esa fuente es la Historia de Cuba de Fernando Portuondo del Prado (1964), libro de texto para los alumnos de secundaria durante varias décadas. La apropiación que Cabrera hace de un texto escolar subraya el papel aleccionador de esos escritos, a los que el autor, mediante la selección, las nuevas viñetas, su ordenación cronológica y comentario, imprime un carácter crítico y una lectura personal de la historia cubana a largo plazo. En la primera versión de la novela que luego sería Tres tristes tigres incluía sin orden cronológico escenas de violencia obra de la policía batistiana, explica Ghezzani.

El título, que calca el típico de cualquier foto postal de un país caribeño, tiene más de un sentido y una lectura política: el amanecer que simboliza el despertar a un nuevo día en la isla tropical; la promesa de una nueva época entrañada por el cambio político adquirirá aquí una carga irónica al sumar las violencias del nuevo régimen comunista a la estela de violencia que conforma la historia de Cuba desde sus orígenes. Es esa violencia y el racismo interminables y la dialéctica entre opresión y resistencia el hilo que une las sucesivas viñetas.

La tesis que sustenta Vista del amanecer… es la decepción de Cabrera Infante ante la evolución autoritaria del castrismo y la tutela soviética. «La Historia ha muerto» se declina desde el inicio en la dedicatoria a un coronel fusilado en 1960 y a otro coronel que se suicidó en 1972. La mise en abyme se perfecciona con un relato donde alguien da a leer otro relato protagonizado por un militar que ensaya su suicidio en el cuarto de baño de su casa: los hechos reales se hacen eco de las ficciones y encuentran ecos en ellas; de otro lado, la documentación de hechos de la realidad, sea cual sea la técnica empleada, se convierte en material de la ficción.

Uno de los aspectos originales de la propuesta de Cabrera Infante está en el interés por lo marginal de la historia, la llamada historia pequeña que no recogen los manuales, protagonizada por el héroe o el villano impremeditado, por hombres y mujeres anónimos, inevitablemente sujetos al contexto histórico, a los valores de época (jerarquías, género, raza, clase, religión) que son «emanaciones de la cultura política cubana».

El libro entero se sustenta en esta mirada sagaz que discute la jerarquía de lo que asumimos como realmente acontecido y también como importante. Las cuarenta y una primeras viñetas de las ciento una proceden del libro de texto ya mencionado. Del total unas pocas son écfrasis, es decir descripción de imágenes presentadas en litografías, mapas, dibujos, fotografías; el resto son recreaciones de momentos significativos presentados como secuencias cinematográficas.

  • (1) Alessandra Ghezzani, «El hipotexto figurativo en Vista del amanecer en el trópico de Guillermo Cabrera Infante», en Confluenze. Rivista di Studi Iberoamericani, vol. 7, n.º 1 (2015), pp. 68-84.

II

La mayor originalidad de Vista del amanecer… está, me parece, en adelantarse a la interpretación de la función de la fotografía que Roland Barthes haría pocos años después en su célebre La chambre claire (La cámara lúcida; 1980). El autor cubano comparte con el semiólogo francés puntos de vista relativos al desplazamiento del significado de los objetos, como al recordar que el machete se convirtió en el arma predilecta de los alzados en las luchas coloniales: una herramienta de trabajo convertida en un arma —«cruce de un sable napoleónico y una espada medieval»—. Es decir, el instrumento que les confería su identidad por el trabajo desempeñado se incorpora de forma natural a la batalla casi como extensión del cuerpo del que lo empuña.

Recordemos que el semiólogo francés acuñó varios conceptos para analizar las diferentes impresiones que causan las fotografías en el espectador —el punctum ha sido el más exitoso para designar el núcleo duro de sentido de una fotografía, el detalle que condensa la fuerza, a veces inesperada, de una imagen a partir de «la copresencia de dos elementos discontinuos, heterogéneos en cuanto pertenecen a mundos diferentes»— y vinculó estrechamente fotografía y muerte, vínculo que también percibe el autor de Mea Cuba.

Merece la pena contemplar dos o tres ejemplos del planteamiento de Cabrera Infante, aunque supone obviar las estupendas viñetas de corte narrativo, de distinta extensión, como la historia del cantor y la vaca atropellada, el cierre dramático final, donde como en un montaje cinematográfico el autor cose el relato de un balsero superviviente, la evocación de los ya profusos casos de «escapados» de la isla con la muerte de un joven disidente, primero de la dictadura batistiana y luego del castrismo, para relatar la tortura durante su encarcelamiento y la indignidad de su entierro, y termina con la diatriba de la madre en duelo, una figura que aparece puntualmente en diferentes puntos del libro como símbolo universal de la dignidad esencial de un país bajo una tiranía.

Cabrera presenta y comenta las imágenes usando el presente: «se ve», «se puede ver», «la foto es de un curioso simbolismo»… En la viñeta 84 reflexiona acerca del vínculo que intuitivamente estableció el fotógrafo entre foto instantánea y muerte, a través de un episodio casual que presagia las purgas de los adversarios que señaló el giro totalitario del castrismo. El fotógrafo ignoraba la identidad de uno de los tres comandantes a los que había retratado entrando victoriosos en la capital y, por conseguir una imagen más compacta, suprime al tercero escorado en un margen de la fotografía. Esta supresión es un vaticinio de la exclusión del militar, acusado de traición y condenado a treinta años de cárcel. La purga tiene un carácter expansivo y afecta a su entorno. El nombre del militar condenado se borra de los libros de historia y de todo documento. Los comandantes son Castro y Camilo Cienfuegos; Huber Matos es el eliminado. Toda fotografía posee la capacidad de condensar elementos de la realidad y si parece que vaticina acontecimientos futuros es porque reúne e interpreta movimientos percibidos de forma inconsciente que luego la realidad sanciona.

Camilo_Cienfuegos

Camilo  Cienfuegos

La imagen fotográfica captura, según expone Cabrera Infante, un instante significativo sin que sea el principio y el fin del sentido, como advierte en la viñeta 62, donde describe a un soldado herido: «lo único que queda de él es la fotografía y el recuerdo». Ligando muerte e instantánea como captura de un tiempo ido, esa fotografía recoge una situación —el soldado golpeado, maniatado, sangrante, mira al fotógrafo— pero su desenlace previsible está en el recuerdo de unos cuantos: el narrador debe consignarlo para hacerlo perdurar.

El análisis más completo es el de la viñeta 86. Coincidiendo en la idea barthesiana de la fotografía como «microexperiencia de la muerte», Cabrera Infante escribe: «La foto es una imagen, cosa que no ocurre con todas las fotografías». Se trata de un retrato de cuerpo entero de Camilo Cienfuegos cuyo nombre se omite. El sustantivo «el comandante» hace del retratado un militar más, fugazmente poderoso. El narrador juega en el espacio que separa el conocimiento que el lector coetáneo tenía del personaje y de los hechos históricos —«la postura es militar, pero también cubana y muy personal, con las piernas bien abiertas […] lleva las barbas y la melena famosas y el sombrero tejano de fieltro que siempre usó»— con la abstracción que sitúa al héroe desaparecido misteriosamente en el friso de héroes engullidos por la historia. Cabrera resume en pocas líneas la trayectoria de un hombre cuyo origen no presagiaba el desarrollo épico de su vida: un tendero que llega a ser experto en estrategia y guerrillas. La fotografía logra transmitir la naturaleza profunda de este hombre e inspira en la imaginación otras vidas probables en un contexto distinto, por eso cabe afirmar «que no es una foto, sino esa rara avis: la imagen del héroe muerto cuando vivo».

© María José Furió & Instituto Cervantes – El Rinconete

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