Modernidad y hedonismo en “Condenada belleza del mundo”, de Luis Martín Santos, en El Rinconete

Almuñecar-Puerta de Mar playa

Almuñécar – playa Puerta del Mar, Granada

© Instituto Cervantes & Mª José Furió

El nombre de Luis Martín Santos (Larache, Marruecos, 1924-Vitoria, 1964) va ligado a su novela Tiempo de silencio (1961), emblemática de la modernización de nuestra literatura. En esta corriente de renovación participaron escritores coetáneos (muchos de ellos fueron amigos de Martín-Santos) como Ignacio Aldecoa, Juan Benet, Alfonso Sastre (más volcado en el teatro) y Rafael Sánchez-Ferlosio, reunidos para la posteridad bajo la etiqueta «generación del medio siglo» o «de los cincuenta».

Autores todos de acusada personalidad, la de Luis Martín-Santos estuvo marcada por su formación como médico y psiquiatra, que nutrió la trama de sus dos novelas señeras, la mencionada Tiempo de silencio y la publicada póstumamente (murió en un accidente de carretera cuando contaba apenas cuarenta años) Tiempo de destrucción (1975). En sus ensayos trató sobre los grandes pensadores de su tiempo (Jaspers, Freud, Sartre, Heidegger, etc.), por lo que hoy definen su pensamiento en este campo como «psicoanálisis existencial».

Luis Martin santos Tiempo de silencio

Luis Martín Santos y portada de su novela más famosa en la emblemática portada de Seix Barral

Luis Martín-Santos cultivó la novela, la poesía y el relato. Condenada belleza del mundo es un relato breve de 1962, publicado primero en 1965 en la revista de cine Griffith y en 1986 en El Urogallo. En 2004 fue rescatado dentro de una colección de rarezas aglutinadas bajo el título Únicos: prologado por el hijo del autor, Luis Martín-Santos Laffón, incluía la copia facsímil del texto mecanografiado y corregido por su autor junto con dos versiones del capítulo final.

A primera vista parece un relato ajeno a su obra más enjundiosa y ligado, en cambio, a dos fenómenos de moda en esos años: el cine y el turismo que empezaba a invadir el litoral del sur español. Ambos fenómenos propiciaron argumentos de todo género, incluido el de la última novela de Ignacio Aldecoa, Parte de una historia (1967), con la que coincide en destacar el impacto de las costumbres extranjeras, en tiempo de ocio y desinhibición como son las vacaciones, en la sociedad rural o marinera de los pueblos durante el franquismo, a punto de entrar en la fase de acelerado desarrollo económico.
Condenada belleza del mundo narra las andanzas de una troupe de cine en Almuñécar, inspirándose en el rodaje de la película El próximo otoño, dirigida por Antxon Ezeiza. Víctor Erice era ayudante de dirección y en la producción contó con Elías Querejeta. La trama se centra en el rodaje de la escena final en torno al romance de verano de un joven acomplejado, exseminarista, español y una emancipada francesita, lo cual da pie a observar con fina sorna los cambios de costumbres, de moral y de paisaje en el litoral español. El papel del cine y del turismo como aceleradores de la modernidad está muy bien reflejado no sólo en cómo se desordena el pueblo con los forasteros (el hedonismo y las continuas muestras de afecto que caracterizan a un grupo de personas implicadas como comunidad artística y familia efímera contagian a los lugareños), sino también en las instrucciones que el guionista da a los actores para la interpretación de la escena clave del «film», algo paródicas del estilo de Michelangelo Antonioni, aludido explícitamente, que causaba sensación en la Europa occidental y en América. En esos años Antonioni abordaba de manera sofisticada el tema de la incomunicación en la pareja burguesa italiana y del individuo moderno en una sociedad que, merced a la industrialización y la incipiente sociedad de consumo, veían transformadas todas sus relaciones en valores de intercambio y mercancía. Los intelectuales ensalzaban sus películas con nuevos discursos que causaron la honda escisión entre gran público y crítica especializada, que perdura hasta hoy.

monicavitti
Monica Vitti, actriz fetiche de Michelangelo Antonioni, director de gran influencia en el cine europeo de los 70

Martín-Santos reproduce y se ríe de la jerga marxista-cahierista del momento, recogida en el discurso del ayudante de dirección, ansioso por corregir las vagas instrucciones del director, ocupado en los aspectos prácticos y la innovación técnica. Demuestra así que no era ciego al desfase naciente entre la voluntariosa modernidad de los intelectuales de la época y la naturaleza simple y desenfadada de los muchachos de ese tiempo. A un psiquiatra las neurosis que dibujaban las películas españolas, sin contar con una base discursiva sólida propia ni un contexto favorable a su recepción, parecían inspirarle esta simpatía irónica que recorre el cuento. Sin embargo, él mismo hace un retrato que bebe del estilo de Antonioni cuando presenta a la amante del director de cine, víctima de una «angustia» femenina que busca saciarse en los modernos modelos de héroe masculino, representado por el realizador. La modernidad consigue hacerse real cuando al narrar se busca algo como la «condenada belleza del mundo que has venido a ponerte ante mí con la violencia misma de la condenación, con la necesidad imprescindible de una verdad, que provocadoramente me dice “Aquí estoy”»

condenada belleza portada

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