Paisajes de trabajo y paisajes de tarjeta postal en “Parte de una historia”, de Ignacio Aldecoa, en El Rinconete

El Rinconete- Instituto Cervantes & María José Furió

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La Graciosa, escenario de la novela

Parte de una historia (1967) es la última novela de Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925-Madrid, 1969); forma parte del ciclo dedicado a los oficios, que cuenta con los títulos El fulgor y la sangre, Con el viento solano y Gran Sol. Aldecoa, reconocido también como un maestro del cuento y autor de dos libros de poesía, ofrece al lector una auténtica experiencia de lenguaje. El idioma español es en su narrativa un instrumento de precisión en la transcripción de diálogos con localismos canarios, la descripción de geografías, ambientes isleños, herramientas y atmósferas, dejando en principio escaso margen para el estudio de las psicologías, lo cual propició que se considerase su estilo más próximo en ocasiones al reportaje —así se dijo de Gran Sol, protagonizado por pescadores de altura en ese caladero— que a la novela. En Parte de una historia este férreo objetivismo, influido por la novela realista norteamericana de Dos Passos, Hemingway, Steinbeck, etc., se enriquece con la influencia del moderno cine italiano posterior al neorrealismo, con Michelangelo Antonioni como figura capital. El director de La noche y La aventura —película que parece haber inspirado en más de un aspecto a Parte de un historia— brindó, a través de sus protagonistas, figuras en las que las nuevas generaciones destinadas por origen social y formación a posiciones de poder e influencia podían reconocer sus interrogantes y, acaso, la nostalgia de un mundo donde cada cual desempeñaba el papel previamente establecido.

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aventura-poster-islaEsta influencia mayor no resta fuerza al potente estilo de Aldecoa ni a su mirada sobre el mundo, personajes y peripecias, que es una mirada moral pero no condescendiente. El protagonista y narrador va a pasar unos días a una aldea de pescadores de la isla La Graciosa, en las Canarias, al noroeste de Tenerife, donde ya se le conoce de otras estancias, sin un motivo específico, aunque le remuerde una inquietud que no explica nunca del todo —«la huida explica la huida»—. Se aloja en casa de Roque y su familia; los hombres son serios y bebedores; las mujeres, despiertas y diligentes; la tienda y el mar son los otros escenarios recurrentes, donde frecuenta a los habitantes del pueblo y comparte los avatares de una cotidianeidad determinada por una geografía austera, el clima africano, los accidentes en el mar que el dominio de los oficios no siempre evita y unas relaciones sociofamiliares tradicionales, es decir, patriarcales. Con el alcohol a veces aflora la violencia y se suelta la lengua, pero las infidelidades, desmanes e inquietudes se ocultan más por prudencia que por decoro.

El narrador cultiva con inteligencia su condición de forastero: la convivencia familiar y su conocimiento de las artes del mar no anulan su condición de turista. Su saber estar en el borde de esta realidad hace de él un «reportero» de los trabajos de los lugareños: episodios como los de la visita al farero o la venta de una camella conforman algunas de las páginas más logradas del libro y explican algo del título de la novela: él forma parte de una historia común y compartida, pero solo en parte.

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La historia se complica aquí con la presencia de unos turistas («chonis») ingleses que han naufragado en la costa; son ricos, complicados, su vida ociosa, sus parrandas y amores desinhibidos contrastan con las convenciones de la aldea. No falta el personaje demoníaco que juega con los bajos instintos en provecho propio, orquestando los deseos reprimidos de tantos —«El señor Mateo el Guanche agota sus pasiones hasta las heces salvajes»— y brinda a Aldecoa la ocasión para registros de lengua más rudos.

El percance que desata la tragedia es, como en La aventura de Antonioni, mínimo —uno de los extranjeros se pierde en el mar durante la noche de fiesta, no está sobrio y desconoce las vueltas de la marea—, pero sirve para vertebrar el argumento y llevarlo a su desenlace. Subraya así la transformación moral que el turismo incipiente imprime en lugares que el narrador llama «de trabajo» convirtiéndolos en escenarios de tarjeta postal y experiencias en serie:

Si esta isla no fuera un lugar de trabajo… y me sonrío pensando en tarjetas postales, en parejas abrazadas en los plenilunios postales, en mujeres que se bañan en los mares postales, en las risas, danzas, terrazas, aperitivos, flores, ferias, escándalos, amores, hazañas y corazones postales. Pero ésta es una isla de trabajo.

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Playa de las Conchas – Isla la Graciosa

Se produce la muerte del turista extraviado y los isleños asisten estoicos a la fatalidad vaticinada antes de recuperar la rutina. Como el Hemingway de El viejo y el mar, Aldecoa muestra que en el cumplimiento de su oficio el individuo halla su lugar en el mundo y una forma de trascendencia. El narrador de Parte de una historia, sin dilucidar nunca los enigmas que siembra, parece buscar un baño de ascetismo para aquietar su desasosiego. Asume que no puede ser por entero un hombre de la naturaleza como Roque y los gracioseros, pero su trascendencia y su oficio residen en esa representación de la realidad cincelada con un idioma preciso y exigente.

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