Yo me mi conmigo… autoficción y otras miserias

narcissus

En las últimas semanas se anda discutiendo acerca del cansancio que provoca (¿a quién?) la fórmula de la llamada “autoficción”. Anna Caballé, una de las especialistas oficiales del género –oficiales por el estatus que concede la universidad, si bien pocas veces se subraya que si a impartir clases en la universidad no se entra mediante oposiciones, difícilmente sabremos si en las aulas están los mejores o solo los que tenían mejores relaciones con el jefe del departamento o con la parentela ya instalada en las facultades–, publicaba un  interesante y prudente artículo en el Babelia titulado ¿Cansados del yo?

En los primeros párrafos cita a los introductores -franceses, por supuesto- del término, y a continuación menciona al especialista español en autoficción, Manuel Alberca, por el arranque apoteósico de una conferencia en la que manifestó su “cansancio” del género (porque la madurez le llevaba a preferir otros enfoques). No os engañéis: Alberca ya estaba cansado del género en su vertiente española en 2009 cuando publicó en la revista Rapsoda, “Autoficción y pacto autobiográfico” y en su ensayo El pacto ambiguo (2007). Alberca trazaba un perfil del escritor español  posmoderno en unos términos críticos que utilicé para caracterizar al personaje de La trabajadora de Elvira Navarro:

la figura del personaje escritor, que aparece con frecuencia en los relatos de estos últimos años, resulta en ocasiones la imagen de un creador improductivo y parásito, un misántropo de frágil personalidad y de autocaracterización grotesca y denigratoria, cuando no se conforma con la mediocridad del oficinista o burócrata que gestiona con ombliguismo su carrera literaria. [Alberca, 2007: 22-24].

ombligo

debería estar ahí

Al margen de lo acertadas o no que me parezcan las reflexiones de Caballé –lo llamativo es que los nombres que enumera como clásicos son los habituales en la época de “esplendor” y mayor prestigio de Babelia-PSOE justamente, cuando se podía presumir que las fricciones de clase, en su vertiente de residuo del franquismo, estaban limadas por el perfil representativo de estas figuras de las letras; a saber, ninguno de ellos hacía excesiva ostentación de sus privilegios y parecían trabajar y pensar –muchos desde organismos y publicaciones afines al PSOE– para el bien común del progresismo… todo lo cual ha quedado desmentido en los últimos años con la gran crisis económica. Dicho de otro modo, el éxito que casi todos ellos –desde Marías a Azúa, los Goytisolo (en su lado queer y hetero), Vila-Matas e incluso, pese a su insuperable erudición, Ramón Buenaventura– alcanzaron partía de la inevitable identificación “aspiracional” -un término muy revelador de la jerga norteamericana. Lo cual explicaría, en cierto modo, el fracaso social (falta de lectores) dentro del prestigio por la calidad de la escritura, de otras propuestas, como la de Belén Gopegui — admitámoslo: nadie quiere ser pobre, el ascetismo no es una aspiración sino resignación; nadie aspira a tener menos de lo que tiene, unos logros que eran promesa cumplida de bienestar de la socialdemocracia. La adhesión del lector a sus tesis o a las de Isaac Rosa -aunque habría que comprobar si aplican a sus propias vidas sus tesis puritanas- tiene que ver con la voluntad de ver castigados a los artífices del despilfarro y la corrupción que nos ha impedido disfrutar de las riquezas que los españoles de clase media creemos merecer… léase con ironía–.

ombligo-boton

ombligo pudoroso

Cuando los años han demostrado a las generaciones de escritores posteriores a esta figuras que no alcanzarán su prestigio, relevancia, oportunidades de trabajo, respeto ni atención –salvo que se dediquen a pergeñar bestsellers reescritos por equipos de edición dentro de las editoriales hasta conseguir el producto superventas de la temporada–, llegó la eclosión de ese yo frustrado o beligerante y con ello esta literatura (minimalista) del yo mínimo que denuesta Alberca, pero también una literatura crítica de yoes desbocados, que circula en editoriales pequeñas y/o independientes. Conviene no olvidar que la publicación no la deciden los autores -la autoedición representa aún un porcentaje mínimo– sino los editores. Y estos deciden en términos de rentabilidad, pero también de tendencia, sobre todo lo que se lleva en la metrópolis, léase Estados Unidos, o de ideología, imponer una tendencia en contrapeso a otra. Conviene recordar también que muy buenas novelas –o nouvelles– del género autoficción son mal leídas y no obtienen el eco que merecen; más que perjudicar a la vanidad del/a escritor/a incomprendido/a, esta desatención perjudica a la cadena de la tradición literaria: de pronto surge una novela que cumple con ciertas expectativas y nadie sabe que previamente se publicó otra que lo hacía mejor y pasó desapercibida. Pienso en El material humano, de Rey Rosa, al que perjudica tanto la calidad irregular de sus últimas publicaciones como el ir por libre. Pero también hay textos autobiográficos donde el escritor llega tan lejos y tan a fondo en el análisis de sus actos y actitudes que puede leerse como una novela; así ocurre con Cuerpos divinos, de Cabrera Infante.

Además de Anna Caballé, otros artículos han discutido la vigencia de la autoficción (como los firmaba gente que no me merece ningún respeto no los he leído ni en diagonal). Tengo pendiente leer los ensayos que cita de Vicente Luis Mora. No obstante, habría que darle la vuelta al supuesto agotamiento del género: se han cansado los editores y los críticos con estatus de la novela pobre y de pobres (el yo paupérrimo que señalaba Alberca), de la novela metaliteraria (el escritor que escribe de su escritura). En lugar de polemizar sobre si las carreras de filología y los estudios literarios en España están adelantando reflexiones modernas, emancipadoras y dinámicas sobre el yo contemporáneo, lanzan dardos contra plasmaciones individuales de escritores que no intervienen en el seno de grupos ni de generaciones literarias acotadas. Como siempre, en lugar de hacer autocrítica de su papel, los profesores y críticos establecidos se comportan como comensales caprichosos ante una mesa peor o mejor puesta.

Diría que quisieran volver veinte años atrás pero no saben cómo, en definitiva. Quisieran ver de vuelta al escritor clean cuyas mayores pesadillas son de índole formal –¿más diálogo o más descripción? ¿ritmo cortante o digresivo? ¿sexo explícito o insinuado?– y sus dilemas morales de columna de revista de modas. Si miran con atención a la lista de publicados en los tres últimos años, ya hay bastantes escritores según este patrón.

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