Sergio González Rodríguez, entre la crónica periodística y la semiología, en El Rinconete

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Instituto Cervantes – María José Furió/Liu

Los hechos de violencia en México son noticia de primera página desde hace una larga década. Según los expertos, el narcotráfico y las distintas fuerzas que operan en torno al negocio de la droga son el asunto clave. Sergio González Rodríguez (Ciudad de México, 1950), periodista, narrador, historiador, guionista, ha dedicado al menos tres libros a esclarecer el quién, el por qué, el cómo y el significado de esta violencia que parece oponer a las fuerzas militares contra las diferentes familias de narcotraficantes y que tendrían a la población y el estado de derecho como rehenes de ambos bandos, en un contexto de impunidad general, corrupción política e imperio del miedo. González Rodríguez no se contenta con descripciones y dicotomías fáciles: en Huesos en el desierto (2002), El hombre sin cabeza (2009) y Campo de guerra (2015) investiga, halla evidencias de la identidad de los responsables de los crímenes —sean los feminicidios de Juárez, o los sicarios ejecutados y decapitados cuyos cuerpos se exhiben en lugares públicos, o la militarización progresiva de la acción política—, y finalmente inscribe los acontecimientos analizados y la actuación de sus distintos protagonistas dentro del proceso de transformación que la globalización y los intereses geopolíticos estadounidenses deciden.

En Huesos en el desierto, relataba la investigación y sus conclusiones en torno al fenómeno conocido como «feminicidios de Juárez»: cientos de mujeres, en su mayoría jóvenes trabajadoras de las maquilas, han sido violadas y asesinadas en esta zona fronteriza. El texto es una excelente muestra de periodismo de investigación y de valentía, considerados los riesgos enormes que asumió su autor. Con este reportaje, González Rodríguez obtuvo un doble reconocimiento masivo, como profesional del periodismo y por su transformación en personaje de novela. Sabido es que Roberto Bolaño incorporó al autor y sus investigaciones en la llamada «La parte de los crímenes» de su novela póstuma, 2666. Se diría que Bolaño integra los hechos terribles de las mujeres sacrificadas en Juárez en ese inventario de holocaustos que es 2666, mientras Sergio González Rodríguez pone su empeño en despojar los actos de violencia masiva —policial o por obra de sicarios y narcos— que agitan a México de la morbosidad cultivada, siquiera indirectamente, por la ficción novelesca. Para ello ataca la vertiente irracional analizando hechos, personajes y objetos en su condición de signos que operan dentro de un sistema.

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En El hombre sin cabeza, un texto especialmente original por la hibridación de géneros —la crónica familiar, la investigación periodística, el ensayo antropológico y una moderna semiología—, ahonda en el significado simbólico y antropológico, por ende cultural y político, de las ejecuciones en que se decapita al enemigo y se exhibe su cabeza como trofeo en espacios públicos o por vídeo en Internet. Los hombres sin cabeza que proliferaron en la primera década de este siglo, sea en México o en Oriente Medio, se inscriben en una lógica del amedrentamiento del adversario —familias de narcotraficantes, fuerzas armadas, sistemas parlamentarios— y de la población, pero además se erigen en signo de fuerza del ejecutor. La imagen es un clásico de la cultura, no solo occidental: el desmembramiento, la separación del cuerpo y la cabeza, significa siempre terminar con la autoridad del líder, de clan o de clase, del rey absoluto. En el contexto de México de la primera década del siglo xxi, el autor distingue los vectores que coinciden en la explosión del tráfico de drogas de América Latina hacia Estados Unidos —principal consumidor mundial— en el marco socioeconómico del mundo globalizado, que facilita el tráfico de personas y mercancías, y en un presente que en Campo de guerra bautiza como «ultracontemporáneo». La corrupción política y policial, la elevada impunidad, los estilos de vida creados por el narcotráfico y las nuevas tecnologías, la adopción del modus operandi de grupos delincuenciales de países vecinos son otros tantos ingredientes de una cultura a la que llama «pánica» y «tecnopánica». Coincide el momento de mayor desarrollo de la ciencia y de la técnica con el regreso de conductas atávicas:

Pan quiere decir todo. El índice de saturación absoluta. La palabra pánico tiene una fuente mitológica en Occidente: el dios Pan de los paganos, el dios de la naturaleza. Y con mayor exactitud, el de la violación, la errancia, los instintos, el extravío momentáneo, la ninfolepsia, la locura instalada, las pulsiones masturbatorias, el miedo profundo.

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II

La categoría de lo pánico permite:

[…] descifrar no sólo el carácter verdadero de la creatividad y de los productos artísticos hoy proliferantes, sino que también permite comprender la fuerza compleja de la barbarie que encubre la cultura y la civilización contemporáneas, y que habita en fenómenos distintos como la pornografía, la esclavitud laboral, las matanzas del crimen organizado, la prostitución forzada, el abuso de niños y menores, la brujería sacrificial, los homicidios en serie, las mutilaciones, las decapitaciones. Lo pánico: la potencia depredadora que retorna.

(p. 104)

Sergio González Rodríguez recurre a testimonios, solicita información y recoge la reflexión de expertos en disciplinas como inteligencia militar, psiquiatría y antropología, sin olvidar la magia blanca y la negra ni las tradiciones atávicas de la zona amalgamadas con creencias importadas de países próximos, elementos que explicarían la saña y frialdad de los sicarios a sueldo de los cárteles, miembros de sectas como la Santa Muerte: personajes conscientes de su corta esperanza de vida en tanto que carne de cañón de un ejército opaco que recluta a sus miembros entre la población más pobre.

Destaca el retrato del Decapitador, joven ejecutor a sueldo al que entrevista en la cárcel, por la profunda semblanza psicoanalítica que brinda un experto, y que nos parece la figura simétrica de la robótica encarnación del mal que interpretaba con brillantez Javier Bardem en No es país para viejos, película de los hermanos Coen con guion adaptado de la novela de Cormac McCarthy, autor que cultiva la nueva mitología de la frontera México-Estados Unidos.

González Rodríguez subraya la desinformación practicada por las distintas «familias» del narcotráfico y las dificultades que entorpecen la labor de informar verazmente a la opinión pública. El hombre sin cabeza, con un planteamiento teórico cercano a Baudrillard o a Roland Barthes, se extravía ocasionalmente en la truculencia y en un gusto por la fórmula abstracta que restringe el alcance de su mensaje a un público muy instruido. Ahora bien, esta trilogía que va del reportaje clásico al ensayo puro y duro de Campo de guerra —afín a los planteamientos de Marc Augé o Slavoj Zizek— puede entenderse como una crítica política de un hombre concernido por los acontecimientos relatados y que, negándose a aceptar el tópico del «sinsentido de la violencia», la estudia como el lenguaje articulado que es.

Por ello, los conceptos que emergen en El hombre sin cabeza —el cruce de caminos, la grieta, lo siniestro, la cabeza sangrante, etc.— dan paso en Campo de guerra a una formulación distinta del fenómeno estudiado. Puesto que El Rinconete está dedicado a las culturas hispánicas, antes que las conclusiones de signo político que propone González Rodríguez me interesa destacar su acierto en nombrar las nuevas realidades forjadas por los tráficos de droga o de emigrantes, de mercancías, materias primas, etc., así como la particularidad histórica de nuestro presente o los perfiles psicológicos derivados del contexto cultural de la globalización. Habla el ensayista entonces de «mapa posnacional», de «ultracontemporaneidad», de «campo de guerra» —donde la noción de campo procede de la lingüística—, de «anamorfosis de la víctima» —para describir el traumatismo de la víctima de acciones violentas y su percepción de la realidad deformada por el trauma—, de la reconversión del territorio nacional en «zona bélica» mediante, por ejemplo, la imposición del «estado de excepción» con la consiguiente suspensión de derechos fundamentales, etc. Bastan, creo, estos breves apuntes para significar la perspicacia con que el reportero y ensayista Sergio González Rodríguez observa la realidad de la violencia en su país, México, y la define como el resultado de unos movimientos de colaboración y de tensión entre estructuras diversas: determinadas agencias estadounidenses —la CIA y la DEA— y los cárteles de la droga, cuyos fines resultan ser otros que los que dicen. En resumen, tanto desde el reportaje de investigación como desde el ensayo sociopolítico, González Rodríguez muestra que la violencia masiva que amenaza el Estado de derecho en México está lejos de ser la expresión folclórica de un país de escaso desarrollo institucional y económico porque es, en definitiva, el fenómeno que oculta la inscripción del país en los flujos y conflictos de la cultura de la globalización.

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