Marta Sanz, esa escritora tan profesional, esa chica tan lista o de la Apropiación de recursos (estilísticos) ajenos

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Marta  Sanz, esa chica tan lista…

Voy a utilizar el blog para llamar la atención sobre situaciones como ésta.

Primero leí Black, black, black (2010) y me hizo bastante gracia, como ya consigné aquí y preparé un artículo que finalmente fue publicado en El Rinconete. Leyendo poco después en francés La elegancia del erizo (2006) de Muriel Barbery,  me di cuenta de cuánto le debe la novela de Sanz a este best-seller. De hecho, uno de los momentos más cómicos de Black… procede de La elegancia, cuando el  narrador enuncia el tono de la situación en un diálogo con acotaciones (luego transcribiré el fragmento). Sanz utiliza ese recurso humorístico muy al principio mientras Barbery lo emplea mediada ya la novela. Confieso que me sentó como un jarro de agua fría ver hasta qué punto se había inspirado en La elegancia del erizo –la niña que escribe un diario y declara que va a suicidarse se transforma en la mujer que lleva un diario y afirma haber asesinado a sus vecinos, la historia de una comunidad de vecinos, la exhibición de inteligencia y conocimientos especializados– y me extrañó que no lo mencionase en ninguna entrevista. Intenté convencerme de que, tratándose de una novela ya publicada, lo que había hecho era incorporar lo que generosamente podíamos llamar técnicas narrativas, recursos estilísticos. No estoy hablando de plagio de ninguna manera, estoy hablando de inspiración directa, que es otra cosa.

Como me agradeció la mención en el blog, entre un correo y otro le envié en 2011 el relato  ¡Tongo!, que había publicado La Tempestad, en México. Lo elogió cumplidamente y me escribió un: “¿Sabes que Tongo es el comienzo de una novela? Lo sabes, ¿verdad? Seguro que lo sabes?“. No es que no lo sepa, es que quise que fuese un relato y nada más y nada menos que un relato, el relato que es.

Después, parece que por sugerencia de Herralde, escribió Un buen detective no se casa jamás, ambientada en Valencia. Me pareció que era de cabo a rabo un homenaje a la Valencia de Crematorio de Chirbes — la Valencia de Chirbes había sido hasta justamente  Crematorio, con su confesado saqueo a autores que no nombra mientras marea la perdiz con otros nombres sobradamente conocidos, un escenario tirando a apagado y trasfondo mustio–, no me gustó casi nada,  con sus atmósferas gore, sus alharacas estilísticas, sus pretensiones rompedoras. El homenaje era tan evidente que pronto Chirbes le prologó a Sanz no sé qué título suyo.

Sucede a veces que alguien sin estilo pero con una historia que contar –Mendiluce, por ejemplo– puede triunfar porque otro le rehace de arriba abajo un texto previamente rechazado –en Anagrama mismo, El corazón armado— y pasa ante el público como eso, como un escritor de pies a cabeza antes de que la evidencia de sucesivos libros, ya sin intervenciones drásticas, desmotiven al lector o al mismo autor de continuar. Otras veces, un escritor sin nada o casi nada original que contar pilla argumentos y hallazgos narrativos o de estilo y adornados con su inigualable labia y oficio confecciona un título tras otro hasta confirmarse como un nombre infaltable e incluso el mejor de su generación. Gonzalo Torné es un ejemplo nítido de ello. (Si Hilos de sangre toma de la Pastoral americana, parece que la del divorcio toma a manos llenas de El lamento de Portnoy: si se propone reescribir a Philip Roth, no hay duda que tiene una larga carrera por delante). Es como si triunfara el corrector de estilo de una historia previamente existente. Y me temo que Sanz hace demasiado a menudo eso de apropiarse de temas, recursos de estilo, argumentos ajenos sin molestarse en indicar el origen.

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Hafeez en The New Yorker

Un rasgo de “apropiacionismo” descarado es el que comete en su última colaboración en El Cultural. Que ella no tiene nada que decir salta a la vista.

Comparemos:

En ¡Tongo! (ya publiqué un fragmento aquí y a ella se lo envié el 7 de octubre de 2011):

«Abrí por una página al azar, reteniendo entre los dedos unos cuantos folios y los solté pasándolos ante los ojos rápido y en desorden. Leí: púgil, Barcelona, barrio de la Barceloneta, Brasil, playas, leí Caracas, coupé deportivo, un Ferrari Testarrosa, leí tiercé, póker, pinball en las tascas del huitième, los riesgos del juego, un purasangre, no soporto las lágrimas, dinero en mano, esa mujer tenía champán en la sangre, el Tour de Francia de 1978, sprintó a lo loco, la Legión Extranjera, De Gaulle se dirigió a los franceses y el Arco de Triunfo era un hormiguero de gente, Chaban-Delmas, campeonato de boxeo, peso gallo, peso welter, campeonato de peso pluma, José Legrá, un hombre negro podía ser mi mejor contrincante…, Alfredo Evangelista, entrenamientos diarios hasta escupir el hígado.”»

Marta Sanz copia el recurso sin más, como si saliese de su magín: en El Cultural, Welsh y yo

«Él se pone contentísimo y se embala mientras yo cabeceo: “Yes, yes, yes”. Pillo frases sueltas: Trump, en Estados Unidos se bebe poco, Bernie Sanders, socialdemocracia, gimnasio, biblioteca, sushi, setenta, echo de menos, Escocia, láminas de chocolate…»

De nada, Marta, de nada. Como si fuese tuyo, claro, ya lo sabes, nadie me mira, yo no existo, yo no soy.

Chica, ¿por qué no te apeas del papel de escritora profesional durante un tiempo y tomas o retomas contacto con la vida real y te inspiras en la vida real o mencionas como es debido de dónde bebes como si toda el agua y todas las fuentes (literarias o no) fuesen tuyas?

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