El límite de la amargura es el límite de la impunidad

tren_de_vapor-recorrido_val

Tren de vapor, recorrido por el valle de los Ingenios. Trinidad, Cuba. Foto: Cubatravel

He decidido parar el blog y concentrarme, si acaso, en los otros dos, el de fotografía y el de traducción.

He llegado al punto de no soportar a los escritores ni al mundillo literario español, o muy de lejos. Cuando veo qué artículos de este blog leen los visitantes enseguida sé si el post en cuestión lo escribí antes de 2010 y de 2012. A partir de 2012, desde que descubro el plagio de Chirbes que da lugar a su Crematorio, ya he caído en picado. En 2010 se desmadró mi situación económica y llegó a su apogeo el caos del piso, la intervención insultante de mi hermana. Es igual.

Cuando caigo en una noticia que protagoniza alguna escritora española no puedo no pensar en lo que viví yo y no puedo no dejar por escrito aquí hasta qué punto aborrezco a los que no impidieron que me avergonzaran de tal modo que es ya imposible volver atrás, aunque no sabría decir en qué momento no me han hecho los catalanes sentir vergüenza injustamente y no me han puesto en una situación de indefensión económica (salvo si me abría de piernas, como Munné, o si prácticamente regalaba mi trabajo, como con el resto). Cuando no paro de pensar en que voy a acabar en la indigencia económica por culpa de estos canallas  es mejor parar.

Creo que bastará con hablar de un episodio para señalar el grado de abyección, de deslealtad, de ruindad de las personas que no han querido evitarme el desastre y la amargura cotidianas para ir a alabar a gente que ni lo necesita ni lo merece. En el último año de vida de mi madre ella estaba ya con una depresión evidente, que se manifestó con un simulacro de suicidio con pastillas. Fue inútil decirle que si se suicidaba iba a afectarnos –a su marido y a nosotras, aunque yo tenía un papel marginal y era la parte molesta, por demasiado racional, demasiado adulta, a distancia de todos los circos de peleas, reconciliaciones, chiquillerías–. En ningún momento encontré con quién hablar realmente en serio de lo que estaba sucediendo, ni psicólogos ni “amigos”, a pesar de que conocía y trataba a mucha gente, que incluso siendo mayores que yo y contando yo 30 años, me parecían frívolos e inmaduros. Un par de semanas antes de que muriera la acompañé al abogado que supuestamente llevaba el “problema” del piso de Sant Cugat, que quedó en manos del tipo con el que vivía al abandonarlo por el tema de los abusos que, en parte, están relatados en mi novela. Este abogado, que era un canalla y que defendió al otro antes que a mi madre, le comentó en cierto momento cómo se había suicidado uno de los hermanos de aquel tipo y, porque se trataba de un asunto morboso y mi madre había hecho ya el intento de suicido, le corté en seco, pedí que parara, que  no convenía. No levanté la voz, sólo lo pedí. Yo estaba ya flaquísima después del estrés de trabajar como una imbécil echando horas, traduciendo hasta la madrugada, para encontrarme con que no me pagaban nunca a tiempo, que tenía que pedir dinero adelantado para pagar las facturas, que vivía de la manera más espartana y que había dejado un trabajo con pagas, vacaciones, antigüedad, donde me aburría lo mismo que traduciendo pero donde no me trataban como a una cría ni a una pobretona (que es como me trataba Llovet). Al cabo de unos días mi madre volvió al despacho del abogado, se encontró casualmente con la viuda del suicida, quien le contó al detalle cómo lo hizo y muy pocos días después ella hizo lo propio. Yo llevaba semanas sin hablar con ella para no encender la situación porque en mi mentalidad no cabía dejar de luchar por sus intereses. No puedo explicar aquí más del contexto familiar.

Yo no sé en qué lógica mental puede entrar que alguien con el fondo de vida, con el tipo de experiencia que tengo yo, donde ha sido fundamental no perder la cabeza, no tomar decisiones en caliente, aceptar cualquier trabajo por mal pagado que estuviera (a lo que ahora me niego), podría inventarse que un escritor famoso le ha robado su trabajo, cómo voy a decir algo así sin estar plenamente segura de que es cierto.

Lo peor no es esto sino haber perdido la energía y la confianza en los que están en este asunto de la literatura. El otro día Echevarría escribía, sobre el tema de Adelaida García Morales, que en España el debate es imposible, luego daba lecciones para no herir la dignidad ajena y lo dice él que es el especialista en destrozar al adversario y humillar a todo el que le lleva la contraria o no lo cae en gracia. Decía que en algunos casos era por “inquina”. Desde luego, en mi caso es ya aborrecimiento, aversión, a él y a Claudio López de Lamadrid, a Llovet, a Munné, a mi hermana, a Gimferrer. Mezquinos. Detallar los agravios sería interminable así que aquí lo dejo.

Guardar

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s