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Jean Seberg, imagen final de Bonjour, Tristesse, de Otto Preminger, 1958

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Glenn Close, imagen final de Las relaciones peligrosas, de Stephen Frears, 1988, basada en la novela de Choderlos de Laclos

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La novelista francesa, Françoise Sagan publicó en 1954 su primera novela

Hace unas semanas estuve releyendo la primera novela de Françoise Sagan,  Buenos días, tristeza. Como leemos dentro de una constelación de intereses variopintos, en su momento no me dijo gran cosa, pero esta vez he descubierto que era un experimento literario casi en la misma medida que pudo serlo de expresión autobiográfica. No he podido dejar de preguntarme qué destino habría sido el de Sagan si desde el principio, desde su publicación en 1954 –a 10 años apenas de terminada la guerra–, se hubiese leído el texto en relación con la tradición literaria que maneja en lugar de reaccionar a la supuesta reivindicación de amoralidad de los protagonistas.

Me figuro que todo el mundo conoce el argumento: una joven, Cécile, que no ha cumplido los 19 años, rememora desde París, donde vive a lo largo del año, el último verano en la Costa Azul, donde se produjeron los hechos que desatan este sentimiento de tristeza del título. El vínculo estrechísimo con el padre, Raymond, un viudo seductor que trabaja en publicidad, pájaro de noche con amantes varias, hombre ligero que tras sacar a su única hija del “convento”, donde ha estado interna durante varios años, la introduce en la sociedad parisina. Todo está erotizado y la muchacha cumple diferentes roles. Son ligeros, bellos, ricos, despreocupados, deliberadamente superficiales, y nada puede deshacer ese vínculo de complicidad que no es incestuoso pero que rompe el molde de las relaciones paterno-filiales al uso burgués. Durante el verano en cuestión, el padre llega a la casa de la playa acompañado por una modelo joven, Elsa. algo boba, de la que se desentiende al invitar a una vieja amiga, mujer madura, diseñadora elegante, realista, seria, Anne, que fuera la íntima de la madre de Cécile. Cuando la pareja anuncia su boda, a Cécile se le desarma el mundo y trama el modo de impedir el enlace. Su romance de playa con Cyril es atajado por Anne, prohibición que sirve de acicate para la primera experiencia sexual. Dejo aquí el resumen por si alguien no la ha leído.

Lo que me lleva a comentar aquí la novela es el asombro por que nadie advirtiera que se trata de una reescritura del clásico de la literatura francesa libertina, Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos. En Buenos días, tristeza reaparecen los mismos personajes, pero con un grado de protagonismo diferente. La Cécile narradora en primera persona de Sagan ya  no es la ingenua Cécile de Volanges, virgen recién salida del convento y carne fresca para la seducción de Valmont –el padre, Raymond— mientras su madre cree prepararla para un matrimonio de su rango. La Cécile de Sagan quiere ser madame de Merteuil, e idea una estrategia para evitar que la que puede ser su rival, Anne, en el papel de ingenua y sincera amante, la desbanque de su lugar preferente al lado del padre y deshaga la fantasía de una existencia plena donde ella es tan poderosa que ninguna otra mujer puede suplantarla. Cyril, el honesto enamorado, es utilizado para ampliar su experiencia, tanto sensual como del poder que puede ejercer en sus ensayos de una experiencia erótica, con la inevitable negociación de distancias y proximidades. Ella sabe que después de ese verano habrá otros Cyril. El ambiente de la Costa Azul o de las fiestas en París equivale a los ambientes de Palacio y residencia campestre que tanto juego dan en Las relaciones… Me ha extrañado no encontrar ninguna referencia, en bibliografías, a este parentesco Sagan-Laclos, y al mismo tiempo muestra el verdadero talento que tenía Sagan –que luego no logró mantener con igual capacidad de sorpresa, al contrario de lo que sucedió con Marguerite Duras—para enmascarar sus influencias.

Cuando he visto la adaptación de Otto Preminger, que aligera mucho el contenido introspectivo de la narración original, no daba crédito al ver la última secuencia: Cécile, ante el espejo del tocador, después de dar las buenas noches a su padre en el habitual tono ligero que les es particular, inicia su ritual de desmaquillaje, y mirándose en el espejo rompe a llorar. Preminger divide los tiempos presente y pasado y da un tratamiento fotográfico distinto. El verano en la playa está fotografiado en technicolor; el presente de la juventud que asume la pérdida de la inocencia (o de la omnipotencia infantil) lo fotografía en blanco y negro.

Uno de los finales más expresivos del cine moderno probablemente sea ese primerísimo plano de Glenn Cose, en la película de Stephen Frears: al final de la velada, después de sufrir en la ópera los abucheos de la alta sociedad, a la que ella misma pertenece, enterada de los manejos crueles a los que se ha dedicado con Valmont. El ritual de desmaquillarse es el de despojarse de todas las máscaras; la que queda al final es la de alguien de quien a duras penas puede decirse que sea una mujer, es la calavera de su soledad.

De maneras distintas, creo que con una intuición muy penetrante, Laclos y Sagan en su estela, muestran unas figuras que son la quintaesencia de cierta feminidad, esa que intenta probar siempre cuál es el límite de su poder sobre el deseo. En las dos novelas, especialmente porque una es hija de la otra, ambas descubren que existe un límite cierto y que, de hecho, ese poder no puede existir como omnipotencia sino como la habilidad en mantener la tensión de la distancia justa, que es naturalmente variable. El poder erótico es antagónico de la omnipotencia.

A diferencia de otras novelas recientes –llamadas femeninas porque las firman mujeres under 35 años–, la de Sagan, como sucedía también con las primeras de Duras, se hacen eco de temas de la época. En Bonjour, tristesse hay un subtema abordado con mucha ironía, el de la educación intelectual de las jóvenes, que enlaza de nuevo con el  tema central de Las relaciones peligrosas. Sagan ironiza con el examen de bachillerato que su protagonista ha suspendido reproduciendo unos párrafos indigestos de un texto del filósofo Bergson, materia de estudio para el examen de repesca. Mediante el análisis de los perfiles psicológicos que pueblan la novela, la novata escritora viene a discutir, lo mismo que Laclos, qué materias debería incluir una enseñanza realista destinada a las jóvenes modernas.

Leí hace años un librito de homenaje a Sagan –lecturas en francés para Seix Barral— que reproducía varias reseñas sobre esta primera novela, obra de críticos muy serios, y naturalmente condescen-dientes, que se referían a ella como “mademoiselle”. El fenomenal exitazo de Buenos días, tristeza y el aura de escándalo que la acompañó siempre –también al final de su vida con el escándalo político, vinculado al presidente Mitterrand y nosequé negocios africanos–, ¿habría sido el mismo si los críticos se hubiesen dedicado a analizar lo que de verdad decía esa jovencísima y descarada novelista, hija de una familia bien y con lecturas poco superficiales en su bagaje?
Al final, esa es siempre la pregunta: ¿y si se analizara lo que sí dicen los escritores y no lo que se les hace decir?

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Cécile y el yoga – Buenos días, tristeza, de O. Preminger

II

La pregunta planteada arriba creo que continúa vigente. Como no podía creer que no constara en ningún lugar el parentesco con Las relaciones peligrosas, estuve buscando bibliografía y por fin di con una mención: en el prólogo que la editorial Cátedra publicó ya en 1994 –es decir, unas cuatro décadas después de la primera edición de la novela de Sagan–, obra de la ensayista María Luisa Guerrero sobre la traducción de Pilar García. Su reflexión gira en torno a las bases filosóficas del libro, pues varias veces se citan a los filósofos que debe estudiar la protagonista para superar el examen de bachillerato. Es decir, menciona que Cécile se erige en émula de Merteuil pero con una convicción vacilante; los comentarios sobre el significado de la filosofía de Bergson y Pascal están muy bien argumentados, pero no estoy de acuerdo con su definición de la relación padre-hija como “fraternal”. Creo que, como ocurre en otra trama francesa, Una semana en Córcega, la adolescente utiliza al padre para forjarse una identidad sexual y manipula la situación –con el habitual sentido dramático de los adolescentes– porque se encuentra en un dilema: si acepta las reglas de la recién llegada, ella deberá infantilizarse y si no las acepta y tira hacia adelante, intuye que no encontrará en otros esa aceptación incondicional que le ofrece el padre. Esto no sería así, muy probablemente, si ambos no estuviesen prolongando mediante este vínculo fusional el recuerdo de la madre muerta. Que el seductor mariposee entre mujeres ligeras deja en sordina la intensidad del vínculo con la fallecida –ninguna puede reemplazarla– y, a la vez, le ha permitido sentirse joven y, por lo tanto, inmortal. Es decir, no solo entra en juego la coquetería y superficialidad como rasgos típicos de su profesión de publicista. Del mismo modo, la adolescente necesita ir hacia el exterior –el novio de vacaciones– y desde allí regresar al lugar seguro construido con su padre: es una cuestión de espejos. No por azar, cuando habla de Anne, señala que se ocupó de ella durante un invierno -se supone que el primero tras salir del “convento”– y no solo le enseñó a vestirse con elegancia sino que supo “desviar” la devoción que le inspiraba presentándole a un muchacho: está hablando, por lo tanto, de fijaciones edípicas. Se diría que este triángulo Raymond-Anne-Cécile está condenado a fracasar porque ninguno de los dos está preparado para superar la etapa de la sublimación del duelo: ese estado ideal creado de manera cómplice de exaltación donde solo existen la ligereza, la belleza, los lazos tenues, la eterna juventud. Anne puede por su cercanía a la madre entrar en la intimidad de la pareja Raymond-Cécile, pero esta presencia fantasma también va contra ella. Ella, por su parte, también niega la realidad del perfil hedonista de los otros dos. En este sentido, está muy acertada la conexión que establece M.P. Gallego entre la primera novela de Sagan y una corriente literaria incipiente, que incluía como influencia Le Diable au corps, de Raymond Radiguet, donde los jóvenes autores mostraban su visión del mundo en el contexto de la década de los 50, con la relación  erótica fuera del marco burgués como experiencia iniciática.

Del mismo modo, las reflexiones de la protagonista sobre los diferentes perfiles psicológicos del drama y sobre sus propios vaivenes, que opone al contenido abstruso de los textos que debe memorizar para el examen, ponen de relieve la distancia entre lo que necesitaría saber para manejarse en las complejidades de la vida adulta y la lejanía de la materia filosófica, que sin embargo cobra aquí valor metafórico.

Este escepticismo sobre el contenido de las enseñanzas regladas tiene un equivalente muy curioso en otra película francesa muy celebrada en su momento, La clase. Al final, cuando el frenético profesor se da por satisfecho con que una parte de sus alumnos, de familias pobres e inmigrantes de distintos puntos de África, hayan asimilado la estructura de enseñanza a la francesa y sus contenidos, y va despidiéndose de ellos conforme salen del aula, se le acerca una niña –probablemente originaria del cuerno de África– y pregunta: “¿Y todo esto para qué?”. Para muchos quedó como un testimonio del fracaso de la asimilación de los “excluidos” o del esfuerzo del profesor, pero creo que habría que pensar con la mentalidad de esa niña: si el horizonte natural en su país, en su clan, era y es hacerse mujer para criar a unos hijos, y necesitará poseer las destrezas propias de su función y también saber leer, escribir, contar, tener un oficio, ¿de qué le sirve a ella saber quién era María Antonieta o los pormenores del pensamiento de Descartes? ¿Es que Francia no puede ofrecerle una enseñanza que haga de puente con la realidad imborrable de su origen y de sus circunstancias?

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La clase, de Laurent Cantet

 

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