“No existe tal lugar”, de Miguel Sánchez-Ostiz en El Rinconete

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Las Islas Flotantes: la utopía como resistencia en No existe tal lugar de Miguel Sánchez-Ostiz

No existe tal lugar (1997) es una novela de madurez, en el sentido de dominio de los recursos técnicos y narrativos, por más que Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) no se atenga aquí a la convención del argumento que progresa desde la presentación de personajes y tramas hasta el desenlace, pasando por un nudo de intrigas peor o mejor urdido. El argumento estalla en relatos incrustados en la historia principal; el autor transmite así fielmente la naturaleza de sus personajes, seres sin destino, marginados del presente histórico definido por el resultado de la Guerra Civil. No existe tal lugar parece concentrar elementos narrativos que el novelista, ensayista, poeta y crítico había explorado en obras previas, como La gran ilusión (Premio Herralde de 1989): el entorno provinciano hostil a las libertades, el refugio que ofrece la imaginación reelaborada en forma de películas o de leyendas, fábulas y literatura, la presión de los conflictos familiares arraigados en el contexto histórico y las escasas oportunidades de realización sentimental.

Presentada como un memorial en primera persona, su narrador, Julián Odieta, traza la cartografía de un paisaje y de una historia familiar, el de Umbría —trasunto de Pamplona— y las comarcas aledañas, con la tierra donde se alza la mítica casa de Chimunea, espacio habitado por un conjunto de personajes extravagantes, fantasiosos, que parecen apartados del mundo cuando son, de hecho, exiliados de un mundo que detestan, el que surgió de la Guerra Civil con la presión asfixiante de la religión y siempre en jaque por posibles represalias de las «fuerzas vivas».

Desde la primera página captura la atención la riqueza expresiva, la forma como un decir aparentemente dubitativo refleja los rodeos en torno a la memoria del protagonista, que se propone dejar un testimonio del territorio, real e imaginario, cuando se dispone a abandonarlo para convertirse en otro hombre, otro yo, héroe fantaseado que debería habitar la utopía de las Islas Flotantes. El deseo de evasión está abonado desde la infancia por el gran personaje de la novela, el tío abuelo Fabián, erudito entrañable y quijotesco que logra mantener hasta el fin de sus días un sentido crítico y humorístico contra la mojigatería y estulticia del entorno:

[…] una de aquellas Islas Flotantes de las que hablaba, allá lejos y hace tiempo, en la vieja casa de Chimunea, […] mi tío abuelo Fabián Arizaleta. Las Islas Flotantes: el mundo utópico […] Es un grabado inglés, pero escrito en francés, del siglo xviii, que sitúa las Islas Flotantes frente a las costas de Chile, en el Pacífico Sur. Ahí están, minuciosamente marcados, Ociosa, Bosque de la Malandanza, Bahía de la Abundancia, Justicia, Paz, Igualdad […]

Es cierto que la atención del lector puede resentirse de la ausencia de un argumento sostenido y que las figuras femeninas desempeñan funciones tópicas (la carne y el dinero), pero la reiteración de imágenes o de divagaciones, el ir y volver sobre las andanzas de los personajes, la ruptura de la convención temporal transmiten no sólo la falta de un destino de unas personas entradas en años y sin relieve social, también ponen de manifiesto cómo la fantasía y la erudición en disciplinas variopintas o la libertad defendida valientemente constituyen la riqueza que nutre sus vidas sin que nadie pueda arrebatárselas.

Esa vehemente excentricidad, la mitomanía de unos y otros, en contraste con la tenaz mediocridad de quienes ostentan un cargo, o su vivir, suspendidos en el tiempo, es otro modo de apelar a una realidad que parece existir en un plano fantasmático. Es la vida que se truncó al perder la guerra el bando republicano y cuya continuidad ellos perciben y revive en sus actos.

La equivalencia entre la forma de la narración y la realidad que se representa es un hallazgo: la familia de «raros» recluida en la casa, con habitaciones como escenarios teatrales, son fantasmas del pasado y resistentes en el presente con sus vidas originales y sus memorias como tesoro.

Entre la galería de extravagantes se cuenta el amigo Alberto Giatamor, especialista en antigüedades, confidente del narrador y mediador entre dos mundos contrarios, el de un matrimonio fallido y el soñado territorio de la aventura allende los mares, hábitat de corsarios y fugados de la ley.

Si la historia narrada por los vencedores es lineal y se compone de una sucesión de acontecimientos, la de los perdedores, como lo son los habitantes de Chimunea, es circular y pone en solfa las versiones establecidas, así en cuanto a la Guerra Civil como a la historia del País Vasco. Por ahí comparece el presente de los años ochenta y noventa, es decir, el «felipismo» y la transformación ideológica que experimentó España; también se alude con socarronería aunque veladamente a la política vasca o al carlismo.

Puede que algunas alusiones a la mentalidad de finales de los noventa se pierdan: la burla de la «despreciable alegría del animal sano» se refiere seguramente al culto al «buen rollito» característico de ese periodo. Todo lector captará, en cambio, la oposición del mundo de fantasías y heroicidades a la manera quijotesca con el mundo bárbaro que defiende la rentabilidad y una codicia de medio pelo, pues tal oposición constituye el leitmotiv de la novela; así lo subraya la escena de la quema de libros, eco a la vez del célebre capítulo VI de la primera parte del Quijote y de la hoguera que jóvenes nazis hicieron en Berlín en 1933.

En No existe tal lugar Sánchez-Ostiz levanta un mapa de diferentes utopías como reflejos del yo más secreto: «[…] y es que siguiendo las constelaciones de ciertos mapas, de ciertos países más o menos imaginarios, acabas dando con esa raíz profunda que nos constituye».

El Rinconete

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