Jajajá, ay, la lucha por la libertad de expresión de Boadella, juasjuas juas

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Jajajajá, ay, jajajá, ay, jajajajá, uf, es un no parar de reír…

 

¿Por qué España es tan graciosa? ¿Es por el clima, por la mezcla de razas? ¿es por la dieta mediterránea? ¿es el tiempo libre del que disfruta el personal? ¿es el orujo, el vino, el ron, el…? ¿es su memoria de pez? ¿es la herencia del Siglo de Oro, país de lazarillos, hidalgos famélicos, bufones y emperadores visionarios y reyes enfermos?

Pues no lo sé yo, pero aquí estoy riéndome a carcajadas un día más al leer los diarios. El titular de Vozpopuli, de la entrevista al bufón Albert Boadella sobre la Diada, reza: “La Diada es una catarsis de los sentimientos bajos e inconfesables“. Y aún antes de leer la entrevista, que firma la venezolana Karina Sainz, ya estoy soltando la risa porque no me digáis que no es gracioso que por este teatreru que sacó a la calle a cientos de miles de personas en 1977 por el caso La Torna, por el que hicieron huelga institutos de enseñanza media –entre ellos, el mío, el Montserrat– y universidades en nombre de la Llibertat d’expressió, considerándose un movimiento de izquierdas, haya ido de la manita del PP de Aguirre para dirigir los Teatros del Canal y sea uno de los promotores, relata el diario, de la génesis del partido Ciudadanos.

Ese año yo empezaba el BUP y me sentó fatal que, apenas empezadas las clases, se montara una huelga por lo que pronto me pareció un movimiento de pijos del Ensanche. Se celebraban asambleas donde básicamente la criaturada –azuzada por las mayores, con un discurso copiado de las marxistas de los partidos políticos– votaba sí y se largaba a casa a mascar chicle y ver la tele. Deseando enterarme de qué iba la película, una compañera de clase y yo –teníamos 14 o 15 años– nos quedábamos a escuchar las arengas de un par de organizadoras del movimiento, las dos de cursos superiores, muy catalanistas y muy vehementes, a las puertas (cerradas) del instituto. A una de ellas, rubia de pelo rizado, muy fotogénica, la vi muchos años después en un noticiario de televisión, haciendo declaraciones como directora de comunicación de una multinacional de coches. Entonces vendía la revolución a crías de 14 a 16 años y luego vendía coches.

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Con G.B., en la Plaza Octaviano, a los 15 ó 16 años, prestando oídos a una amiga que hizo de la valentía una forma de sensatez

 

En una de las tantas asambleas que se hicieron –y creo que fue en primer curso– intervine para decir que un paro de dos días por semana y luego otro par de días no valía de nada, que era solo una excusa para no hacer clases; que si querían conseguir cambios de verdad, igual lo que había que hacer era una huelga duradera como en el Mayo francés –que para mí era un mito de romanticismo y arrojo– y no parar hasta conseguir cambiarlo todo –hablaban las lideresas de protestas de la universidad y los rollos de la época–. Me escucharon estupefactas mientras yo me reía por debajo del bigote. Evidentemente, yo sabía que solo estaban flirteando con la rebelión y se votó parar un par o tres de días, asistir con los mayores a las manifestaciones en apoyo de Boadella y los suyos y sentirse muy ufanas en su primera excursión a la política de autoafirmación catalana.

En fin, Boadella, la chiquillería que salió a gritar por ti no deja hoy de parecerse a ti en su volubilidad.

Una de las primeras respuestas del primer joglar, describiendo el estado de la cuestión en Cataluña, dice:

«En los últimos siete u ocho años, Cataluña ha generado un proceso de aceleración de lo que yo entendía como una enfermedad colectiva. Creo que el virus afecta en este momento a una parte sustancial del conjunto de la población. No sólo los políticos, sino el conjunto de la ciudadanía. Están afectados por un delirio colectivo. La pérdida del sentido de la realidad y del sentido común se hace evidente. Por lo tanto, se hace más demencial la situación en lo político, en lo social y por lógica en lo cultural».

La entrevista ofrece un contenido sobradamente difundido, y que en gran medida corrobora mi experiencia en Barcelona. Sin embargo, aunque es cierto que el nacionalismo catalán y la defensa y subvención de la lengua están sobrerrepresentados en los organismos culturales –y probablemente políticos–, los organismos culturales privados tienen una dimensión que rebasa las fronteras catalanas y españolas y, sin embargo, no están desarrollando una función compensatoria, o destinada a equilibrar, el lavado de cerebro nacionalista. O no del todo.

Si se pide la opinión a un no nacionalista, o a un antinacionalista, irán a buscar a alguien nacido en Cataluña, considerando que los foráneos –aunque llevemos residiendo en la región durante más de 30 años– si no hemos abrazado la Causa somos charnegos o extranjeros (sudamericanos, europeos, etc.) o no podemos tener un juicio bien formado. Quizá porque el argumento de base de este asunto es que el nacionalismo es un sentimiento, una emoción. Cuando piso tierras valencianas, siento que estoy en el lugar que configura la memoria de mi familia; en la ciudad de Valencia, pese a los cambios que han modificado sustancialmente el perfil de la ciudad, siento que estoy en mi tierra y es un sentimiento físico de que nadie va a poder ponerse contra mí, porque existe una pertenencia de origen. Sin embargo, me pregunto si esta sensación, que he tenido de adulta, no está motivada por el rechazo que he experimentado repetidamente en Barcelona. Y si esa misma sensación –aunque diferente-. tal como la experimento en Madrid –la ciudad de todos– no es una elaboración de defensa que no me habría planteado nunca siendo, por ejemplo, de Andalucía y viviendo en Madrid, pero que se hace forzosamente todo el que vive en territorios de exaltación nacionalista, llámense Cataluña o isla de Córcega (aunque la lengua corsa tiene una relevancia mínima) o País Vasco.

Hace años, en los 90, llegó a Barcelona una pequeña colonia de escritores y poetas cubanos, expulsados por el castrismo. Creían aterrizar en la idealizada Barcelona de los años 70 y soñaban con tener las ventajas de la democracia y la facilidad del mismo idioma pero se encontraron con prácticamente todo el sector cultural volcado en la exaltación del catalán. Tenían menos relieve que el más insignificante poeta de comarcas. No sé cuántos se han quedado pero no parece que la cultura cubana tenga peso y potencia en la cultura de Barcelona hoy, salvo cuando se recuerda –cómo no– la figura del indiano conquistador de riquezas en la isla. Lo catalán se ha convertido en el patrón oro de toda medida.

De otro lado, están los emigrantes españoles que han abrazado el nacionalismo sin molestarse en aprender bien el catalán. En Facebook tenía en mis filas a una amiga –de cuando éramos crías en primaria–; me chocó su pasión por el Barça y su defensa de la independencia, y eso sin escribir ni gota de catalán. Ella declaraba que las familias que habían llegado de la pobreza –de la Extremadura del franquismo; supongo que sus padres llegarían en los 50– y de la completa falta de oportunidades defendían la tierra que les había dado trabajo y un horizonte de vida (ella no lo expresaba así). La verdad es que me pareció que un estómago agradecido abrazaba todas las ficciones que tuviera a bien brindarle el territorio que para ella y su familia significa pan y desarrollo económico. Una clase media de origen no catalán y sin formación superior constituye, probablemente, el ideal de lo que cualquier catalán consideraría “la bona gent” llegada de fuera e integrada.

Como nosotros –mi familia– no vinimos a Cataluña escapando del hambre ni de la falta de oportunidades –evidentemente, yo a los ocho años era poco más que un cero a la izquierda: tenía voz (¿y qué vamos a hacer allá? ¿y por qué no nos quedamos en París?) pero no voto, así que era parte del equipaje–, me chocó desde el principio y no deja de chocarme lo que el año pasado un francés describía –en comentarios a un artículo de Le Monde sobre el referéndum– como complejo de superioridad de los catalanes. Una expresión muy clara de este sentimiento fue la frase de una amiga, de la que me distancié del todo cuando mi situación económica fue en caída libre. Nacionalista ferviente, de unos sesenta y largos ya, votando a la CUP y con los hijos en universidades privadas catalanas –miren el precio de matrícula–, luego uno de ellos instalado en Madrid — haciendo lobby con catalanes, como si el resto de españoles apestase–, a no sé qué comentario despectivo mío hacia el follón nacionalista respondió, en catalán: “pero si tú eres valenciana, es casi ser catalana”. ¡Como si ser catalán fuese algo no esencialmente bueno sino esencialmente mejor! Como si Valencia estuviese obligada a sentirse parte de Cataluña porque así lo quieren aquí.

Volviendo a la entrevista a Boadella: antes de hacer la primera pregunta, yo habría empezado por averiguar cuándo dejó Boadella de recibir subvenciones de la conselleria de cultura catalana para sus montajes teatrales, las cantidades que recibían en tal caso, y las que recibió luego para los montajes del 92 —Yo tengo un tío en América–, y etc., etc.

Me parece que, tratándose de catalanes del cogollo cultural, si queremos conocer y comprender los vaivenes de su ideología, lo primero que hay que hacer siempre es seguir la pista del dinero.

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