Rotos por dentro (1) & Damien Rice – My Favourite Faded Fantasy

La semana pasada, hablando por teléfono con mi tío en Valencia, refiriéndose a las dificultades que estoy soportando y que duran ya demasiado tiempo, comentaba de pasada su temor: “a ver si hacía (yo) una tontería”. Evidentemente, enseguida entendí que pensaban que podía cometer, considerando el ejemplo de mi madre, lo que eufemísticamente se llama “un acto irreversible”. Le respondí que no, que ni siquiera soy bebedora ni adicta a nada –salvo la adicción generalizada a internet, de la que prescindo alegremente durante días por poco que salga de Barcelona–. La verdad es que en esta línea de infatuación de la personalidad siempre he sido muy sosa, pero tampoco es algo de lo que haya que presumir. Justamente el haber estado rodeada desde pequeña, y luego hasta que me harté y rompí con prácticamente toda la gente a la que trataba hacia los 35 años, de personalidades muy poco ejemplares, muy narcisistas y autoindulgentes,  y el ser consciente de ser más inteligente que la media, consciente también de que toda mi vida estaba por hacer, no me han fascinado  esos excesos.

Después de colgar el teléfono, mirando el bulto de colchas de verano, con sus puntillas  y sus dobladillos, que preparé el otoño pasado a partir de restos de la mudanza de mi hermana, me dije que como suicida no resulto muy convincente. Nunca he sido convincente en ese sentido y por ello cuando muy joven acudí en busca de un psicólogo, para que no se me llevara la corriente familiar, me tomaron en serio. Naturalmente, una cosa es utilizar la ansiedad en algo con resultados prácticos y otra haber resuelto el problema. Queda por decidir, claro, si el problema de fondo es el trabajo, tener ingresos dignos –aunque este punto  forma parte de la solución– o encontrar de una vez el ecosistema donde me encuentre a gusto y respire.

El editor Jorge Herralde se encuentra, imagino, en fase de despedida y las entrevistas abundan en el tono fin de etapa. Se refiere, como no puede ser menos,  a Chirbes y se percibe el desconcierto de su tono al insistir en que era un autor honesto. Entiendo el desconcierto porque yo estoy segura también de lo que digo sobre el plagio. También por los mismos días Echevarría criticaba que cierto número de escritores españoles se propone serlo porque aspiran a la “respetabilidad”. La respuesta más natural sería ¿y qué? Mejor aspirar a la respetabilidad que buscar el pelotazo a lo Lucía Etxebarria o que impartir lecciones de comunismo y a poco que surgen los problemas para publicar instalarse en una multinacional capitalista que decide unilateralmente bajar tarifas a los colaboradores, como Gopegui. Mejor mantener una imagen idealizada de su cometido al estilo de un Carpentier, de un Vargas Llosa, de un Carlos Fuentes, que obtener visibilidad porque tu padrino te coloca en los diarios, en las conferencias -pagadas con dinero público–, porque llevan tu manuscrito a un premio en cuyo jurado participan tus amigos de la editorial donde sabes que van a publicarte. Mejor ser un escritor que aspira a ser respetado y respetable que ser un plagiario o un rufián (por emplear uno de los adjetivos del propio Herralde en otra entrevista) bajo la capa de erudito.

A lo que iba, la entrevista y el desconcierto de Herralde y mi “imagen”. Hice lecturas para Anagrama porque en el 96, mientras colaboraba, siempre como free-lance, en Planeta No-Ficción siendo editor A. Munné, su mujer, que llevaba el departamento de prensa, me llamó diciéndome que necesitaban lectores. El fondo del asunto era que para entonces Munné se hacía lenguas de mi trabajo y que años atrás la propia Mónica se había negado a introducirme. Había insistido en que lo hiciera un amigo común –andábamos él y yo haciéndonos y devolviéndonos favores de trabajo con cierta continuidad–, porque yo buscaba colaboraciones más interesantes; recuerdo bien que me llevó meses decidirme y cuando lo hice me topé, como esperaba, con el no y una serie de excusas por parte de ella tan mal urdidas y la situación era tan bochornosa para mí, sabiendo como sabía que soy buena lectora, que me dio por reír. Generalmente, cuando me han pedido un favor lo he hecho y no me erijo en policía profesional de nadie.

Cuando me propuso esas lecturas, llevaba yo cerca de un año en No Ficción y había reescrito y hecho el editing de varias obras que obtuvieron gran éxito. A mí me pareció claro que ella quería tenerme vigilada de cerca, que no era un gesto de generosidad –lo habría sido cuando lo pedí yo–. Pensé entonces que nunca publicaría en Anagrama al entrar así.  Dicho sea de paso, la primera vez que tuve un ataque de ansiedad serio fue en estas fechas, dentro de casa, después de una de las llamadas de Munné. Repito, como he hecho en otro  momento, que firmé el contrato con Mondadori con más rapidez de la que me habría gustado porque la mañana en que López de Lamadrid me iba a dar el contrato, llamó Munné a casa … y ya estaba trabajando en otra editorial. Lo que este tipo pretendía, y fue largo e insistente, no fue fruto de una obcecación sentimental, era puro y simple abuso de posición, y solo se explicaba porque yo estaba rota por dentro, sin capacidad de reacción suficiente, porque después de trabajar con Llovet me había quedado en la periferia de los trabajos bien remunerados. A veces te presentan a alguien que necesita un colaborador o que le solventen un asunto y se creen que te han hecho un favor y que has de estar a lo que te den mientras ellos perciben altos salarios con contratos legales.

De modo que en los meses siguientes, hasta que envié la novela a Mondadori, estuve haciendo correcciones, bregando con libros que no tenían el menor interés para mí, en No Ficción, mientras Munné me molestaba con sus pretensiones de tener un rollo, leyendo los manuscritos de Anagrama, impublicables en un 90%, soportando las acusaciones de mi hermana –que no dudó en acusarme de ser responsable del suicidio de mi madre– y sus quejas porque no tenía ingresos suficientes –el doctorado le salió mal por asuntos internos del departamento de la universidad y se vio sin el puesto con el que contaba–, y el olvido de mis “amigos”.  Mi aspiración entonces era hilvanar bien el mes para obtener ingresos suficientes. Y  todo esto estuve aguantándolo como un aguacero a la intemperie mientras terminaba mal que bien la novela.

Gracias a que los de Mondadori lo hicieron tan requetebién, me vi convertida en una paria. A esa sordidez del 96 le siguió más sordidez, y más intemperie, con un breve lapso de unos pocos años en que estuve al margen de toda esta gente.

Cuando Herralde habla de sus autores, yo recuerdo en qué condiciones y circunstancias hacía las lecturas. Y que todo ha sido básicamente peor luego. Creer que he podido inventarme lo del plagio o que sea fruto de algún delirio compensatorio es estar en la luna y querer estar en la luna.

Igualmente, respondiendo a lo que dice Echevarría, hay una distancia entre el respeto y la respetabilidad, entre la respetabilidad y el velar por la propia dignidad. Entre decir lo que se piensa y el insulto. A Echevarria y a su amigo Llovet la dignidad del otro les importa, como me han demostrado, un pimiento.

Que todo podría haber sido distinto, que todo debería haber sido distinto, sí, pero imposible con estos personajes.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s