Ocaña, emblema de las Ramblas libertarias de los años setenta, en El Rinconete

El Rinconete – Instituto Cervantes Virtual

Las Ramblas barcelonesas que en 1963 fueran escenario de la farruca bailada por Antonio Gades en Los Tarantos, de Antonio Rovira Beleta, adaptación cinematográfica de la tragedia de Romeo y Julieta al mundo gitano, serían diez años después el marco del carnavalesco y transgresor desfile de una figura que ha quedado como emblema de la Barcelona libertaria de los años setenta: el pintor andaluz José Pérez Ocaña (Sevilla, 1947-1983).

Quienes hayan conocido las Ramblas de finales de los años setenta recordarán, puede que con añoranza, su ambiente pintoresco, entre cosmopolita y canalla. Las Ramblas eran el corazón vibrante de una ciudad mediterránea más parecida a Marsella y a Nápoles que a Milán o a París. Por entonces, las destartaladas fincas con sus pisos de amplias superficies, altos techos y alquileres baratos acogían pensiones económicas, burdeles, clubes de deportes minoritarios y estudios de artistas bohemios que ensayaban en esta zona marginal formas de convivencia alternativas. Así coincidieron en la plaza Real —colindante con la Rambla de los Capuchinos— personajes hoy icónicos como el dibujante Nazario y el pintor Ocaña.

En los primeros años de la Transición, en un contexto internacional determinado por la crisis del petróleo, las Ramblas podían verse ocupadas un día por una multitudinaria manifestación de obreros en mono de trabajo, al día siguiente por otra de reivindicación de grupos catalanistas con banderas de las reclamadas autonomías, y al otro, por el carnaval dicharachero y travesti del artista sevillano que, con mantilla y traje de flamenca, cantaba —siempre escoltado por un joven alto, escuálido y mudo, igualmente compuesto de flamenco—, imitando a las folclóricas de su Andalucía natal. Le seguía un cortejo de amigos y de curiosos que aumentaba según descendía por la Rambla de las Flores.

La semblanza más extensa del personaje la dio el cineasta Ventura Pons en su documental Ocaña, retrato intermitente (1978). En él, el pintor y activista del movimiento LGBT relata a la cámara su andadura desde Sevilla hasta la Ciudad Condal y su reivindicación desafiante de un orgullo gay que iba entonces a sumarse a los diversos movimientos de reivindicación progresista que hacían de Barcelona la capital cultural del mundo hispano. El documental, de factura muy sencilla, tiene como principal virtud la naturalidad del performer sevillano ante la cámara relatando su afán de expresar artísticamente su identidad en un contexto de represión religiosa y de incultura. Pons utiliza el primer plano, que salpica con fragmentos de actuaciones en diversos escenarios. Al margen de los aspectos sociológicos, Ocaña sobresale en este autorretrato por una inquietud creativa (y recreativa) que apenas ha podido pulirse con algún tipo de formación académica. Por ello, sus reflexiones sobre su condición homosexual y de clase baja oscilan entre el recuerdo poético que trae en nosotros ecos de Lorca y la visceralidad transgresora pero jocosa que definiría la filmografía del primer Pedro Almodóvar.

Sus performances en las Ramblas, sus recitales de saetas desde un balcón del Barrio Chino aplaudido por un auditorio ingenuo y cómplice, su pintura naíf y sus interpretaciones teatrales evocaban una iconografía andaluza tópica; el expresionismo y la hipérbole enfatizaban la sentimentalidad femenina estereotipada que cierto folclore había acuñado, combinada con la iconografía no menos estereotipada del mundo gay. Su participación en las Jornadas Libertarias de la CNT ha quedado registrada en imágenes que lo muestran junto con sus compinches habituales, desnudos o semidesnudos practicando movimientos eróticos al ritmo de la música, celebrados con mucha retranca por un público más cultivado que luego lo desdeñaría. Aunque la calidad artística de la interpretación de Ocaña y el resto de bailarines es harto discutible, no lo es que fue un pionero entre los artistas españoles que reivindicaron la identidad sexual como manifestación política.

Ocaña murió prematuramente a los treinta y seis años a resultas de las quemaduras producidas por el incendio del traje confeccionado con papel, tejido y bengalas con el que se proponía participar en el carnaval de su pueblo, Cantillana. Al parecer, enfermo desde tiempo atrás, sus heridas lo debilitaron haciendo imposible su recuperación. Convertido en figura de culto, objeto de homenajes a lo largo de los años, queda como emblema de la Barcelona libertaria de la primera Transición y se cuenta entre el elenco de personajes que despojó al Barrio Chino de connotaciones siniestras aportando su práctica de festiva tolerancia.

© María José Furió

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