Estoy leyendo, he leído… Gazzaniga, Tolokonnikova, González Rodríguez

gazzaniga -cerebro

Caí en la cuenta de lo mucho que me está costando terminar las novelas, cualquier novela, por falta de interés. No puede aburrirme más lo estereotipado de los roles y de los argumentos –quizá es solo que no estaba muy acertada en la selección de títulos–, lo previsible también del papel de las mujeres en los relatos, así que ¿por qué castigarme? De otro lado, siento enorme curiosidad por las investigaciones que se están desarrollando sobre el funcionamiento del cerebro y me asombra la distancia entre los avances tecnológicos y nuestros estilos de vida según un modelo de hace 30 o 40 años, internet aparte. Me digo también por qué sois todos –la mayoría de escritores, de editores, de críticos y de lectores de literatura– españoles tan  requetemajaderos y seguís anclados en estructuras obsoletas, tan adictos al tópico patriarcal, al pernicioso statu-quo, a la noción de respetabilidad por encima de la dignidad. Y luego están los sueños. Mis sueños. El que tuve tres días antes del atentado en París, y el que tuve a pocos días del 1 de Mayo. En éste los desdichados, los humillados y ofendidos de nuestra Ciudad Condal habían celebrado una manifestación multitudinaria sembrando de mierda, sí, de mierda, las calles del centro. El hedor era indescriptible… Por qué esta muestra de irreverencia y de cabreo. Mi acompañante –había una subtrama muy curiosa con un hurón por medio al que yo debía trasladar porque estaba deprimido, pobret, a un punto más hermoso de la ciudad: un macguffin interesante y además en color y formato panorámico, con una nota irónica: los infaltables y altivos turistas que pasean por una ciudad imaginaria sin cuidar que ponen las pezuñas en un pavimento sembrado de mierda–, mi acompañante, digo, rumiaba como yo en el por qué, para llegar a la conclusión de que los que no tenían nada –ni trabajo, ni casa ni futuro, etc- protestaban con la última de sus propiedades inalienable, la mierda que excretaban sus cuerpos. Mossos cruzados de brazos custodiaban las reliquias de la disidencia urbana a la espera de que patrullas de limpieza recogieran el tesoro maloliente de los nativos.

Así que, también con una nítida añoranza de inteligencias superdotadas, acudí al experto en neurociencia, Michael S. Gazzinaga. ¿Existe un gen idiota o idiotizador o es solo la naturaleza de los medios de comunicación de  masas? me preguntaba yo. El título que leí trata de su investigación en torno a lo que él llama la existencia de dos mentes independientes, regidas por los hemisferios correspondientes. Llegó a conocer y a estudiar este “fenómeno” tras observar las consecuencias que tenía en el comportamiento de un cierto número de enfermos de epilepsia la extirpación del tejido calloso que conecta ambos hemisferios. Relata su carrera, los avances obtenidos y la colaboración entre distintas disciplinas y expertos, la búsqueda incesante de subvenciones –millonarias, están en Estados Unidos–. El capítulo más interesante me pareció, sin embargo, el que trata del uso de células madre y la polémica por la oposición de los movimientos religiosos más conservadores. Llegaron a una solución de compromiso y la gracia está fuera del libro, pues parece ser que los japoneses han descubierto recientemente una manera de obtener células madre que pone a las organizaciones religiosas y provida fuera de juego. Supongo que es lo que ocurre cuando practicas la religión sintoísta, que tus cerebros no se colapsan por el pánico al castigo que te reserva un dios colérico.

Désirs de révolution es un regalo que me hizo el traductor, Alex Grine nom de plume de Paul Lequesne, especializado en literatura rusa contemporánea. Vehemente defensor de la Pussy Riot Nadia Tolokonnikova, consiguió despertar mi curiosidad.  No sé si va a traducirse pronto pero debería. Es el vivo ejemplo de cómo un mosquito –su grupo de chicas anarco-punks– puede enloquecer a un paquidermo –el sistema Putin and Co. Algunas de sus performances son hilarantes –como la de besar a las policías en un momento en que, a consecuencia de la actuación desorbitada de los uniformados, gozaba la pasma rusa de menos simpatías que cuando los zares soviéticos hacían ley. En fin, ahí estoy, se verá si la industria publicitaria que la tienta con campañas para lucir su guapura en paneles a todo color logran que desista de sus anhelos de revolución. Recomiendo.

desirs de revolution portada

Campo de guerra, un interesante -aunque a ratos farragoso y repetitivo– intento de nombrar la nueva realidad y los nuevos territorios (físicos y mentales) creados en las dos últimas décadas por las más boyantes de las industrias, la de la droga y la de los conflictos bélicos diseminados por el orbe. Parece que volvamos a los ’70 cuando acusa a Estados Unidos de utilizar a la CIA y a la DEA para desestabilizar la zona centroamericana y que los clanes narcos no dejan de ser una delegación algo díscola de las corporaciones estadounidenses que, una vez más, se hace con las riquezas de países empobrecidos con la política del miedo. Me ha interesado sobre todo el concepto de “anamorfosis”, se refiere al trauma que modifica la percepción de la realidad en las víctimas de la violencia masiva, tanto la que padece México como la que estamos sufriendo con la crisis-estafa de los hermanos Lehman y los refugiados llevados de aquí para allá por mafias de todo pelaje. El concepto en cuestión revela, por si faltara subrayarlo, lo requetetópicos que son los planteamientos de tantas novelas policiacas al dibujar perfiles psicológicos.

Y luego está la biografía de Claudia Roth sobre Philip Roth. Bien, pero no muy bien. Si no se ha leído la mayor parte de la obra de Roth será fácil encontrar novedades, pero los comentarios que hace de sus novelas son algo pedestres y falta contextualizar a muchas de las figuras de intelectuales citadas. No surge un perfil de Roth que me haya sorprendido, salvo tal vez su tendencia a deprimirse en concretos momentos de su periplo amoroso. Los comentarios que hace la biógrafa sobre la obsesión por los pechos de Consuela del protagonista de Animal moribundo demuestran la típica torpeza puritana y, por si no se notara suficiente, que no estamos ni de lejos en los años ’70.

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