Zoé Valdés y Wendy Guerra en El Rinconete del Instituto Cervantes

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Fuera de la revolución, nada: La nada cotidiana, de Zoé Valdés, y Todos se van, de Wendy Guerra

Rinconete. Instituto Cervantes Virtual

El historiador cubano establecido en México Rafael Rojas publicó dos ensayos dedicados a la literatura cubana, Tumbas sin sosiego y El estante vacío, en la primera década del 2000, esto es, antes de que la quiebra de Lehman Brothers desvaneciera el espejismo de las boyantes economías occidentales, destino habitual del exilio cubano, político o económico.

En Tumbas sin sosiego analiza el uso que el campo cultural castrista hace de los grandes nombres de la literatura cubana anteriores a y contemporáneos de la Revolución, mientras en El estante vacío observa los huecos dejados por la censura en los anaqueles de las bibliotecas —públicas y privadas— considerando qué títulos, autores y temáticas no se permite publicar o traducir en la isla. Este segundo ensayo tiene el interés añadido de poder leerse como un intento de historizar la literatura de la diáspora —que conoce diversas etapas desde el triunfo de Fidel Castro, incluye la «expulsión» de los marielitos en 1980 y la salida acelerada de isleños en los años noventa por la pérdida del respaldo económico del bloque soviético—.

Los capítulos que Rojas dedica a la diáspora de las últimas décadas enriquecen la comprensión de dos novelas emblemáticas de la llamada literatura femenina de la disidencia: La nada cotidiana (1995), de Zoé Valdés, y Todos se van (2006), de Wendy Guerra. La primera, un éxito de los noventa que hizo célebre a su autora en todo el mundo, relata el desvivirse de la protagonista —que soporta el irónico nombre de Patria— en el contexto del colapso económico que Cuba sufrió con la caída del Muro de Berlín al perder los suministros del bloque soviético. El llamado «periodo especial en tiempo de paz», que según algunos terminó en 1997 y según otros persiste hasta hoy, sumaba ruina a la penuria que trajo el embargo decretado en 1962 por Estados Unidos. Valdés relata en la primera persona de una mujer joven, que trabaja en una revista cultural, esa nada en que se disuelve el día a día de los cubanos, acuciados por el hambre tanto como por los «cedeerres» o espías del Gobierno que vigilan y denuncian todo comportamiento sospechoso de contravenir las directrices no solo políticas, sino también morales.

Valdés utiliza un lenguaje fácilmente etiquetado de «realismo sucio», con un subrayado intencionado de imágenes escatológicas —desde el parto hasta los encuentros sexuales de la protagonista— que invitan a una lectura alegórica. La novela entera se presenta como un alegato contra la revolución castrista que recoge sus argumentos de la experiencia cotidiana: ni el «hombre nuevo» ni la emancipación de la población explotada, lemas revolucionarios, se han hecho realidad. La nada cotidiana adopta en parte el viejo molde de la novela femenina con sus patéticas historias de sumisión amorosa para denunciar el machismo persistente y los privilegios de las nuevas clases sociales producto de las jerarquías castristas, encarnados por el Traidor, amante y mentor de Patria-Yocandra.

La expresividad del lenguaje rebasa el localismo caribeño y se hace eficaz manifestación de una rabia personal que adquiere tonos abiertamente políticos en el relato de la laberíntica inutilidad de la burocracia, el fracaso de los ideales de educación y atención sanitaria de calidad para el pueblo, la torpe gestión de los líderes y la censura de toda disidencia. Su rabia se ceba en los mitos y tótems de la izquierda revolucionaria, incluidos popes del pensamiento occidental como Derrida, y líderes guerrilleros de orígenes burgueses.

De modo similar a la Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, el realismo sucio, la vulgaridad, el estilo deslavazado, los ecos muy vagos de la obra de renombrados autores cubanos, plasman el desmoronamiento del discurso revolucionario, de la utopía de una alta cultura en boca del pueblo: son expresiones de un derrumbe.

Como otros autores exiliados —así Antonio José Ponte en La fiesta vigilada; Teresa Dovalpage en Muerte de un murciano en La Habana—, Zoé Valdés denuncia el fracaso del ideal y el discurso revolucionarios mostrando las consecuencias de la negativa a pactar con la realidad, esto es, la realidad de una población que malvive hambrienta sin posibilidades de obtener ingresos alternativos legalmente.

Publicada a mediados de los años noventa, el discurso de La nada cotidiana convenía al asentamiento del llamado «pensamiento único»: el liberalismo de la globalización tras la extinción de las repúblicas soviéticas. Por su parte, Todos se van, de Wendy Guerra, publicada en España en 2006, es un eco del viaje inaugural de Valdés, que subyace como modelo de un texto que se escuda en el género diarístico para simular a la vez una fidelidad a los acontecimientos y el desvelamiento de una singular identidad femenina en formación.

Al tomar como modelo el diario de Ana Frank, Guerra establece nítidamente las coordenadas de su posición con la arriesgada equiparación del asedio nazi a los judíos y la censura castrista de la disidencia intelectual. El relato se divide en dos partes, infancia y adolescencia, entre 1978 y 1990. Los acontecimientos históricos —el asalto a la embajada peruana que dio lugar a la llamada «huida de Mariel», las manifestaciones de repudio a la «gusanera» o los problemas del colectivo Grupo Arte Calle— enmarcan someramente una historia convencional de formación, sin carecer de interés los episodios de violencia familiar ni el retrato de la madre.

Es obvio que los logros literarios de los textos de Ana Frank y Guerra son muy dispares, en la medida que la crítica de la represión y de la censura contra las culturas emergentes se ha hecho un lugar común, que inspira en el lector informado expectativas muy acotadas. En tal sentido, y al margen del valor de documento que encierran los textos de este periodo histórico de Cuba, existe el riesgo de que la reiteración de la épica nihilista de la persecución y del derrumbe esté ocultando, por miopía de las editoriales fuera de Cuba, estilos literarios, reflexiones, propuestas culturales más exigentes que tracen caminos que no pasen por la nostalgia del pasado anterior al castrismo.

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