“¡Tongo!”, fragmento de un relato publicado en La Tempestad

ERWIN OLAF the boxing school

Erwin Olaf – La escuela de boxeo

El personaje ficticio aquí está, claro, inspirado en el personaje real. Llegó esta historia como llegan los fantasmas, en sueños. Es fácil convertirlo en fetiche de mi inocencia para el resto de mi vida, se trata siempre de esquivar esas facilidades y coartadas. Por cierto que la protagonista no soy yo, siempre la he imaginado con otra cara, piel muy blanca y pelo castaño claro. El relato entero lo publicó La Tempestad en 2011, cómo corre el tiempo.

—-

“Era la cosa más improbable del mundo que hubiese venido buscándome, y sin embargo me había encontrado. Pero no sé si me reconoció y por eso hablaba de esa manera mandona y basta, expeditiva, como en un despacho le habla a la becaria un cliente de poco rango. No sé quién le dio la dirección, quién le dijo vete allá a que te corrijan el libro, pero él sabía a qué venía. Aunque el despacho es un cuarto al que no han llegado noticias de diseño de ambientes en los últimos 30 años por lo menos, en ningún momento dio la impresión de dudar, de preguntarse si se habría equivocado de puerta. El nombre de la productora no da pie a errores: SE RUEDA. No hubo un retroceso, ni vacilación, ni cortesía. Entró en tromba y lo reconocí tan pronto cruzó la puerta –más bien la atravesó, como cuentan que hacen los fantasmas o los muertos, porque no hubo tiempo, no se fragmentó en segundos ni en trascendentes décimas de segundos el tiempo, entre el instante en que abrió la puerta acristalada y cubrió los dos metros hasta la mesa que yo tenía colonizada, y se plantó delante de mí.

Aunque la nariz partida aún le dibujaba una S en medio de la cara y sus ojos seguían siendo dos bolitas negras, achicados por la pesadez de los párpados, no estaba sonado. Aunque lucía barriga, no se le veía gordo. Aunque llevaba un simple pullóver gris antracita, o gris pavimento, o gris de mar revuelto, por encima de una simple camisa blanca de solapas tan anchas como se estilaban entonces, a pesar de que vestía vaqueros, no se le veía desastrado, ni pedía un chorro de agua para arrancarle la mugre a manguerazos.

El tipo de sesenta años largos que se detuvo frente a mi mesa no era un perdedor. Al contrario, donde sea que haya estado en todos estos años, años en que a mí me ha dado tiempo a crecer, a hacerme una mujer, a camuflar mis heridas, alardes, ambiciones y lágrimas bajo esta apariencia de treintañera guapa como tantas y anodina como demasiadas mujeres, él parecía haber prosperado.

No esputaba chorros de saliva cada vez que abría la boca para hablar porque no se le atropellaban las palabras como si toda su autoridad de macho fuese a la vez convocada y descartada, a la vez reclamada y aborrecida por ese reducido tribunal que él había creado en torno a su figura, como un Buda gordo, un Buda que no tiene idea de qué puede ser eso que llaman calma cuando las olas del mar no se amotinan con una unanimidad de fuerzas conjuradas. Como entonces yo, mis ojos conjurados de odio y de impertinencia ante él, gordo, risueño y loco, atrabiliario, violento. Como veinticinco años atrás.

No sé si me reconoció. Pero sí reconoció, por comparación, lo contrario de lo que le hacía presentarse tan ufano y tan seguro, la pequeñez del despacho, la vida precaria y sin lujos, sin más alegría que esta tontería de ser aún jóvenes. Joven esa treintañera que trabajaba corrigiendo textos de otras personas. Porque a eso venía él. A eso.

Desde luego que había prosperado. Próspero el brillo del pelo, prósperos los ojos, el aplomo de los zapatos plantados en el suelo. No había cambiado de corte de pelo, una mata gruesa y ya gris con restos de briznas negras, peinado hacia atrás, petrificado entonces con agua o con saliva, muy rara vez con gel. Ahora hasta olía a colonia, y las patillas seguían siendo anchas, cortas, pobladas, escudando esos minúsculos pabellones auditivos –he aquí una fórmula, pabellón auditivo, que él no usaría, y que le sacaría de sus casillas porque delataba la enormidad de su ignorancia, adulada por el que o los que le enviaban a traerme su libro. Y esos pabellones auditivos, la carne de sus minúsculas orejas, enrojecidos como siempre, como si los años no pudiesen hacer nada para esconder del todo al ex boxeador colérico, violento, que nunca va a dejar de ser.

¿La prosperidad lo había cambiado? No lo sé. Probablemente el cambio estaba en la seguridad en sí mismo. En cualquier caso, no exhibía el gesto de alarma, de desconfianza, de belicosidad susceptible de entonces, y cuando se dirigió a mí y me habló, no sé si sabiendo o no que era yo, no dudaba que lo entendería como una orden, y no como un encargo o una pregunta para cerciorarse de que había entrado en nuestra pequeña productora de contenidos audiovisuales y editoriales. Él sabía que no rechazaría el trabajo porque venía enviado por un jefe, pero no Alain o Luigi o Quim, sino uno de los verdaderos jefes de las teles: los italianos que nos compran programas, contratan anuncios, cortometrajes, guiones, ideas, proyectos.

Dijo, y estaba eufórico:

–Me voy a llevar un premio. 25.000 dólares. Tienes que corregirme la novela.

Y la soltó encima de la mesa. La novela. Porque en todo el mundo no había otra. Nadie antes ni nadie después escribiría una novela. Así traía él su novela premiada de antemano, y como si yo fuese parte del tinglado del premio amañado, me ocuparía de corregirla, asintiendo con un amén. Ni una vacilación suya, ni objeciones mías. Solo comas, punto y seguido, concordancias de género y número, puntos y aparte.

Dijo dólares y los dólares demostraban que hablaba de un premio real, que no fardaba. Porque ahora ya nadie quiere euros, el dólar es otra vez la moneda fuerte con cambio estable. También era fácil adivinar de dónde salía la convocatoria del premio, porque se sabe quién desde hace un par de años solo paga en dólares usa, ahora que al otro lado del Atlántico hay países más boyantes que toda Europa sumada.

–25.000 dólares.–

Al otro lado del Atlántico pagan fuerte por material que merezca la pena.

No le extrañó que yo no abriera la boca, ni la ausencia de sonrisas. Seguro que sabía que no se pagan con sonrisas los gestos de desprecio, esa vanidad del nuevo rico que no se sabe cómo ha conseguido una prosperidad que rezuma por todos los poros.

Abrí por una página al azar, reteniendo entre los dedos unos cuantos folios y los solté pasándolos ante los ojos rápido y en desorden. Leí: púgil, Barcelona, barrio de la Barceloneta, Brasil, playas, leí Caracas, coupé deportivo, un Ferrari Testarrosa, leí tiercé, póker, pinball en las tascas del huitième, los riesgos del juego, un purasangre, no soporto las lágrimas, dinero en mano, esa mujer tenía champán en la sangre, el Tour de Francia de 1978, sprintó a lo loco, la Legión Extranjera, De Gaulle se dirigió a los franceses y el Arco de Triunfo era un hormiguero de gente, Chaban-Delmas, campeonato de boxeo, peso gallo, peso welter, campeonato de peso pluma, José Legrá, un hombre negro podía ser mi mejor contrincante…, Alfredo Evangelista, entrenamientos diarios hasta escupir el hígado.””

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s