Primer ataque de ansiedad post-Arles

Precisamente hoy, cuando me decía que iba a tomarme con calma el asunto económico, el día límite para ingresar el dinero en el banco, que no tengo, porque no ha llegado el trabajo. Me decía, bueno, ya me han insultado los vecinos, ya me han denunciado -poniéndolos en ridículo–, ya me han robado mi trabajo, ya me destrozaron el piso, ya me llamaron gilipollas, ya me esquilmaron, ya me denigraron… ya da igual todo, ahora voy a marcar el ritmo para hacer las cosas con cabeza. Me dirigía hacia el Ayuntamiento de Gracia para recoger una información, siempre relacionada con este asunto, y notaba el corazón encogido. He pasado por la Oficina de la Vivienda del barrio, a recoger otra información, y mientras hablaba con la chica que me atendía me he quedado en blanco, incapaz de dar mi número de teléfono –lo había dado diez minutos antes en la otra sede– e incapaz también de buscar con rapidez la agenda donde están anotados. Tener que volver a explicar el mobbing, esto, lo otro… Ayer caí en la cuenta que los del banco llevan ocho años ya llamando cada mes recordándome que he de pagar esto, que queda tal descubierto, etc. La chica dice que no me preocupe, que se puede poner un número ficticio. No cuento la de veces que a lo largo de los últimos años he soñado que dormía en la calle, pesadillas relacionadas con esta situación sobrevenida. Hacía un año y medio que no me ocurría, voy de urgencia al médico, las lágrimas agolpadas en los ojos; me atiende una médica, me receta el tranquilizante que le pido, me despide con un “a continuar la lucha”. La doctora de cabecera, de mi edad o más joven, cuando me atendió por el sarpullido provocado por el estrés, me despide con “deu n’hi do”, circunspecto por lo que llevo aguantado, por lo que falta aguantar.

Pongo el vídeo de la película de Mariel Hemingway dedicada a su lucha por levantar cabeza en una familia donde el suicidio es una constante. Me sentí identificada con el papel que ella dice haber representado y el temor a formar parte de lo mismo, aunque en mi familia, hasta donde yo sé, el suicidio ha sido un caso excepcional, pero muy presente desde que yo tengo recuerdos de mis diez años. Cada cual tiene sus recursos de supervivencia ante situaciones similares, pero de lo que no tengo duda es de que no os lo va a proporcionar la literatura española ni nada en España, dada nuestra estructura social y la pseudoprogresía que maneja los hilos, amén del sexismo dominante.

Una anécdota de un episodio raro en Arles. En un bar donde se reúnen los traductores, al marcharnos, un hombre que estaba sentado con otros dos amigos –tipos de unos cincuenta y largos–, en la mesa me fijo un menú de pescado -que yo no podía permitirme–, cuando paso por su lado para salir me pregunta si puede decirme algo. Dando por seguro que va a preguntar si somos españoles, respondo que sí. Pero me dice “vous êtes très très belle”, sigue otra frase elogiosa que no reproduzco aquí mientras los amigos van asintiendo con la cabeza y, como ve que me quedo con cara de póquer, pregunta si me ha molestado, respondo que no, que gracias, pregunta entonces de qué país soy, y se despide lanzando un beso al aire con la punta de los dedos. Pensé en mi madre y en una amiga mía bailarina, muy guapa, también con tendencias suicidas, las dos vivían de la gratificación de ese tipo de piropos. Salí para continuar con mi espartana vida miserable pensando que, al menos, no se permitió libertades ni saltarse las distancias de la mínima cortesía como se hace con las putas o con las mujeres a las que se concede poco valor, como hicieron algunos aquí.

En 1999, el psiquitara Belinski, mientras yo le hablo de un chico cubano al que acabo de conocer para hacerle fotos -hermano menor de un amigo mío, que me lo envía– que se expresa con toda naturalidad tanto sobre sus deseos de acostarse con todas las mujeres posibles como sobre la tristeza que le causó la muerte por cáncer de la madre, a la que estaba muy unido, y luego de una escena chusca en que me lo saqué como pude, dice el experto argentino “Usted se baja los pantalones enseguida”. Mera provocación, pero ya eran muchas, me levanté, le dije que yo no iba allí a que me insultaran, tanto menos cuando lo que afirmaba no era cierto, que si tenía que bajarme los pantalones no iba a ser en esa sala ni delante de él, le di las gracias por el tiempo que me había dedicado, le estreché la mano, que me alargó estupefacto, y me marché.

Mi hermana, antes de marcharse de España, con un desprecio muy propio: “Al menos podrías considerar que tienes suerte. La gente dice que eres guapita”. Ese pensamiento pueril tan tan español. Las escritoras escurriendo el bulto.

Por lo pronto, dejo este blog aparcado. El panorama español me deja pensando: qué largo se me está haciendo el franquismo. Qué ganas de repartir bofetadas.

2 comments

  1. felix guillen · marzo 31

    “….Qué ganas de repartir bofetadas”.
    Me recuerda a algo que decía mi madre, allá por los 70 del siglo pasado, cuando yo era niño. Era algo así como: “Cómo me gustaría ser Cassius Clay por un día…..repartiría “crochés” a montones, empezando por tu padre, y a la mitad de los tíos con los me encuentro a diario”.

    • Liu · marzo 31

      yo sé qué es recibir una ostia de un boxeador, así que dar unas cuantas bofetadas para remover las neuronas a unos cuantos me dejarían tranquila. Gracias por el comentario, Félix

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