Alegorías de la traducción: Baudelaire, Poe, De Quincey, en El Trujamán

Charles Baudelaire aux gravures /Étienne Carjat /sc

Charles Baudelaire aux gravures /Étienne Carjat

El Trujamán, Instituto Cervantes virtual

Que fuesen escritores quienes durante años vertían a sus idiomas los títulos emblemáticos de la literatura universal explicaría la invención de figuras metafóricas referidas al traductor y a la tarea de traducir. No ha de sorprender tampoco que cuando la traducción se convierte en una actividad más, integrada en un ciclo industrial —el de la elaboración del libro como producto—, y los traductores consideran su aportación exclusivamente en términos de rendimiento, aceptando con naturalidad la relación con los editores como mera transacción de servicios, estas figuras metafóricas sean desdeñadas como excrecencias de elitismos obsoletos.

Sin embargo, las imágenes metafóricas forjadas con los años encierran también una reflexión sobre los distintos métodos de traducción. Contiene una fascinante acumulación de figuras sobre nuestra tarea el artículo «Entre Hypnos y Morfeo o el sueño de un traductor. Una alegoría (Baudelaire entre Poe y De Quincey)», de Jean-Louis Cornille, donde fabula sobre la condición de traductor-plagiario-doble fantasmático del francés Baudelaire en su papel de traductor de los cuentos fantásticos de Edgar Allan Poe y de fragmentos escogidos de la obra del inglés Thomas de Quincey.

Cuando se trata de plagiario a Baudelaire —su primera nouvelle, Le jeune enchanteur, la historia «tomada de un papiro» de Herculano, era una versión del relato de un tal reverendo Croly—, surge el concepto de la traducción como fertilizante de la creación literaria, a lo que contribuye no poco que sus versiones de Poe se consideren hoy canónicas, mejores incluso que el original. En esta nouvelle hay un cupido que susurra al oído a un personaje rodeado de ninfas: el traductor es el que recibe la inspiración del autor original, que le susurra al oído las mejores palabras. La traducción es el eco del original, otra metáfora recurrente.

El subterfugio de Baudelaire para justificar la existencia de su relato —el pergamino encontrado casualmente— remite al motivo del palimpsesto, a las capas de tiempo, de identidades, al cubrimiento u ocultamiento de una figura (la del autor original) por otra posterior, el traductor, el adaptador, o el plagiario, que por fuerza llevará consigo el rastro de la identidad que cubre o suplanta: «traducir sin decir que se traduce, sin confesar la fuente, es plagiar a medias».

Poe

Poe con esqueleto

La metáfora del palimpsesto apela, por su parte, no solo a la tradición, que fertiliza y explica la historia de la literatura, también a la historia de la traducción, y de manera intensa al concepto más moderno de intertextualidad, que se define como «la relación que un texto (oral o escrito) mantiene con otros textos (orales o escritos), ya sean contemporáneos o históricos», un recurso que tiene en el artículo que comento un ejemplo excelente.

 

Se pregunta el ensayista cuáles son los intertextos de Poe y de Baudelaire. Responde que ambos lo ignorarían para aventurar que serían las Confesiones de un inglés comedor de opio de Thomas de Quincey, libro que Poe pudo haber leído, así como Murder as one of the Fine Arts… o los Paraísos artificiales, de Baudelaire, que incluyen una versión abreviada de la obra más célebre de De Quincey.

La invisibilidad y la fidelidad del traductor a las palabras y a la figura del autor original generan la imagen de la sombra, al margen, aunque no mucho, de las interpretaciones que Carl Gustav Jung hizo de este arquetipo. Como cerezas enredadas, se suceden las figuras metafóricas: «Que el traductor siga a su autor como una sombra, y se mantenga en la sombra, basta para convertirlo en su doble».

Con el doble —Julio Cortázar afirmaba que Baudelaire y Poe eran «un mismo escritor» desdoblado en dos personas— volvemos al género fantástico, propio de los cuentos de Edgar Allan Poe. Traducir, recuerda Cornille, es doblar, duplicar, pero también como el barco que dobla un cabo, superar un hito, así Baudelaire mejoró con sus versiones en francés el original de Poe.

confesiones comedor opio

portada très bizarre de Las confesiones de un comedor de opio inglés (traductor?)

II

Baudelaire como doble de Poe y Poe como doble de Thomas de Quincey, es decir, una variante de la hipótesis alucinada de Julio Cortázar, que en París tradujo al español todos los cuentos del norteamericano.

Según Walter Benjamin —traductor a su vez de los Cuadros parisienses de Baudelaire al alemán—, este perfeccionamiento del original es posible por lo que definió como «translatividad» del texto: aquello que ha de traducirse, que pide ser traducido, y también que resiste a la traducción; no es el volumen de las palabras en su literalidad, no es la información que contiene, sino su «poeticidad». Muchos lectores creen que Baudelaire contribuyó con su traducción a la plena realización de los cuentos de Poe. La traducción está ligada a la posteridad de la obra, afirma Benjamin, pues le garantiza una sobrevida, al ser siempre posterior al original. La conjugación de resistencia y de incitación del texto a ser traducido, esto es su translatividad, apela al concepto de «lengua única», una suerte de sustrato mental que contiene la potencia de todos los idiomas. Las lenguas actuales serían, según la tesis de Benjamin, fragmentos de esa lengua disgregada originaria hablada por todos los hombres antes de la caída de Babel.

Lo que expresan las distintas traducciones es que las lenguas no son extrañas unas respecto a otras, sino que existe entre ellas un parentesco; y su parentesco consiste en que todas las lenguas tienden en un mismo esfuerzo hacia una hipotética lengua pura y original. Benjamin, como bien sabemos, tenía un concepto claramente místico de la traducción, inspirado en la cábala judía. Entendía la traducción como una manifestación de la búsqueda, por parte de los hombres, de una lengua transparente, pura y despojada de sentido, de esencia divina, un concepto intensamente tributario del mito bíblico de la torre de Babel.

de Quincey young

De Quincey joven

Traducir es, siguiendo el hilo de ideas del artículo: «intentar completar el original, sometiendo nuestra propia lengua a la del original, abriéndola de ese modo a las influencias extranjeras de la lengua de origen».

Baudelaire habría elaborado, a la postre, una alegoría fúnebre sobre la tarea del traductor: Poe murió en 1849, cuando Baudelaire emprendía la traducción de una selección de sus relatos. Algo similar ocurrió con Thomas de Quincey, fallecido en 1859, cuando el poeta francés está inmerso en su obra: «casi podríamos creer que ningún autor sobrevive mucho tiempo al ser traducido por él». Pero, sobre todo, «podemos creer que el hecho de traducir implica la desaparición del autor cuya obra se empieza a recopiar en otra lengua».

(…) en la obra [literaria] hay sitio solo para una voz. El traductor acaba así de matar al autor, pues se pone en su lugar, ocupando literalmente el lugar de enunciación que éste acaba de dejar vacante. (…) Traducir es resucitar o revivificar la lengua del muerto, haciéndola hablar desde ultratumba, desde un espacio intermedio, desde un hueco, casi anónimo.

Reflexión que enlaza con las imágenes antes enumeradas. La última metáfora es, sin embargo, la más audaz. El ensayista Alan Astro sugiere que «Baudelaire derivó de la noción de opio, en De Quincey, una nueva alegoría de la traducción, insistiendo en la manera como el traductor procede a partir de extractos (de droga o de texto), dosificando los elementos que resultan de su aportación personal (al traducir, el poeta ingiere una extraña sustancia euforizante)».

El autor concluye con una frase que sintetiza extraordinariamente su desarrollo del análisis: la alegoría permite al traductor «detener el vértigo que, inevitable, le asalta cada vez que en el reverso de sus obras respectivas tropieza con el infinito en la lengua».

baudelaire-dessin-nadar

Charles Baudelaire découvrant une charogne dans la végétation des Fleurs du mal. Dessin de Nadar, 1858.

de Quincey portrait

De Quincey, retrato clásico

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