Petulantes ignorantes

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Francisco Casavella

La verdad es que, si analizo el fondo de mi alma como un jesuita modélico en su retiro espiritual, lo que encuentro es pena, tremenda aflicción por la suerte de mi prójimo letraherido. Pena por los que vais a publicar una novela y esperáis que os hagan reseñas perspicaces e inteligentes que animen a vuestros lectores ideales a disfrutar de vuestro trabajo, que no es obra de cuatro domingos distraídos sino de un empeño de tiempo, de una inspiración bien decantada, etc., etc. Qué lástima me dais, en qué manos vais a caer, cuánto sufro por vosotros: como no vayáis preparando con qué sobornar a éste o a aquel, despedíos de que el lector que pasa primero por las páginas culturales se entere de qué habéis escrito y qué habéis querido decir. Con suerte, se enterarán del título y, si adjuntan la portada, de la editorial, con lo que os podéis dar con un canto en los dientes. Y no, chicos, de esto no tienen la culpa Montoro, Werth ni el IVA anti-cultura.

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Figurita de Lladró (!!!)

Desde hace tiempo voy coleccionando, como otros búhos de cerámica y figuritas de Lladró, gaffes de crítica literaria. Gaffes es la manera de decir, en francés, cagadas, meteduras de pata, errores pasmosos. Esta semana he recogido dos de los que dices: «¡Madre mía del Amor Hermoso!» y se santiguan las beatas, se fustigan los sijs, se esconden los ratones y los elefantes buscan las alturas de las montañas; porque «¡Esto es el Apocalipsis! ¡Que Dios os pille confesados!», luego sale Nietzsche a decir que Dios ha muerto y entonces «¡Pies para qué os quiero!», corres a pedir asilo intelectual en algún país donde la actividad de los sesos esté mejor considerada o, al menos, tan bien considerada como la actividad del bajo vientre, los apellidos de papá, el patrimonio familiar y la poitrine talla 100++.

Uno de mis gaffes favoritos tuvo como víctima la novela Bajo este sol tremendo, que ya comentaré con detalle en otro momento, del argentino Carlos Busqued, finalista del premio Anagrama. Primera novela, redonda, de la que en España solo leí tonterías, pero a la que en Sudamérica han dedicado estudios muy penetrantes, publicados en revistas especializadas y accesibles en línea.

Esta semana tropecé en El Confidencial con un artículo dedicado a la reedición, en Anagrama también, de la novela El día del Watusi de Francisco Casavella, novela que no he leído, pero que me despertaba curiosidad. La pieza la firma Alberto Olmos y ocupa ya un lugar de honor en la abultada subcarpeta de gaffes que lleva por título: Manolete, si no sabes torear pá qué te metes (porque “no le pidas peras (ni crítica literaria) al olmo” parecía troppo fácil). La tesis del artículo viene a ser que Casavella está doblemente muerto: primero porque, está claro, lleva cierto tiempo ausente del mundo de los vivos, y segundo porque es un escritor al que nadie lee. De la manera más aquilatadamente científica, Olmos emprende una encuesta a pie de su mailing y recoge, entre una población aleatoria de escritores españoles de 35 a 55 años, confirmación por goleada de su prejuicio: ni lo han leído ni –víctimas del novedoso síndrome ¿quién ese David Bowie que se ha muerto y del que todo el mundo habla?– tienen pajolera de quién pueda ser tan ilustre cadáver. Los que dicen haberlo leído sueltan frases de un petulante hermetismo que echapatrás y otros lo añoran conmovedoramente, por lo que no precisan leerlo o releerlo al llevarlo prendido en las entretelas de su corazón.

Lo maravilloso del artículo es el tono de suficiencia que gasta desde el título: Y usted… ¿ha leído “El día del Watusi?. Ni hemerotecas para localizar entrevistas –como la última que se le hizo, desde Quimera, que creo escribió Jordi Carrión con otros–, ni bibliografía crítica ni repaso propio a las novelas del escritor barcelonés, ni cita la película Antártida, un puntazo de aquellos años, ni indaga entre quienes lo reseñaron, ni entre autores que lo han elogiado, como Juan Marsé. Ahí es nada, olvidarse de Marsé, un clásico vivo. Repito: VIVO.

Confieso que no había leído la crítica de Babelia –dejé de leer asiduamente el suplemento en el 97 cuando hicieron una reseña tan boba de mi malhadada novela–, y me he quedado boquiabierta: es una reseña de las que se saldan con duelo al amanecer con padrinos y armas escogidos o un tiro en la boca del escritor al crítico o del escritor contra sí mismo. Mi perplejidad al respecto de esa reseña multiplica las preguntas, pero mejor dejarlo ahí o mi reciente “dermatosis por estrés” prosperará hasta transformarse en una clásica psoriasis, y no es el tipo de prosperidad que busco este año. [parece que sí había leído esta crítica para escribir sobre la última entrevista en Quimera; no sé por qué la borré de la memoria]

Las perlas a destacar en el artículo de Olmos corresponden al repaso que hace de los títulos previos al Watusi, que cierra una trilogía muy ambiciosa y un proyecto concebido para establecerse como escritor maduro dentro de un género a caballo entre, precisamente, Marsé y las narrativas extranjeras de las que era atento, desprejuiciado y corrosivo lector.

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Escribe Olmos: «después recaló en Anagrama con ‘Un enano español se suicida en Las Vegas’, título tan gracioso que nadie debió de sospechar que su autor albergara ambiciones mayores.» ¡Qué atrevido ese «nadie»! ¿Nadie de quién? ¿Nadie entre tu comunidad de vecinos? ¿entre tu parentela, tus amantes, tus acreedores, tus antepasados, tus plantas, tus pantalones? Bueno, por lo pronto, como lectora en Anagrama –cómo llegué a hacer lecturas para Anagrama merece otro post, que dejo para otro día–, cuando me dieron a leer el manuscrito que llevaba por título Un enano español se suicida en Las Vegas, me di cuenta enseguida –enseguida significa aquí “desde los primeros capítulos”– de que era una buena novela y que estaba lista para publicar. Y, por supuesto, Herralde también se dio cuenta de que Francisco Casavella «albergaba ambiciones mayores» y, de hecho, tenía cierta prisa en confirmar que el libro era publicable y podía firmarse el contrato, pues, aunque supongo que lo leería algún lector más, me llamó directamente al departamento de Comunicación de Médicos Sin Fronteras, donde por entonces yo colaboraba y traducía freelance, para conocer el “veredicto”. Yo no tenía móvil (cuatro gatos tenían), así que el editor tuvo que llamar –marcaría la secretaria– al número de teléfono de la ONG, uno de los que yo dejaba para estar localizable si quería comer cada día. Herralde llamó expresamente, ergo albergaba expectativas sobre la calidad del nuevo escritor. Decir que fue de lo mejor que leí en el año que leí para Anagrama no quiere decir mucho, salvo, objetivamente eso, que fue de lo mejor con diferencia.

Escribí en el párrafo final del informe para la editorial, de 1996, hace casi veinte años.

«Es una buena novela, que toma vuelo tan pronto se pone Carlos a hablar. Carlos resulta más real que el mil veces más real –por reconocible y átono– Ignacio. Y resulta muy eficaz que Casavella adopte el punto de vista de Ignacio para descubrirnos paso a paso su humillación, porque al mismo tiempo niega la posibilidad –fácil– de convertir a Carlos en una figura mitificada: ése es el peligro en una novela que repite, en ciertos aspectos, la relación que Matt Dillon y Micky Rourke mantienen en la película de F. F. Coppola La ley de la calle. Desde luego, también es Ignacio el único que puede ponernos al corriente de la evolución de la familia –el padre, antiguo militar reconvertido en próspero inversor gracias a la lotería del 75, es otro hallazgo argumental–, y podemos conocer así qué vieja cuenta pendiente nunca cobrada le echa en cara a su hermano. Es eficaz la presencia de Silvia, la compañera, como puente entre los dos hermanos, pero puede que se le vean demasiado las costuras al personaje y su función: resulta menos auténtica que la determinación que supuestamente orienta su intervención en la trama.»

En resumen, científicamente queda confirmado que a Francisco Casavella no lo ha leído nadie.

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