A bofetada limpia

jose7china

Cuando trabajaba en televisión y me sentía atrapada en un sistema que me requería y me rechazaba a la vez, a menudo me venía a la mente el recuerdo, sin establecer todavía una conexión directa entre una época y otra, de los años de colegio interna en Valencia –entre los 4 y los 8 años. Recordaba vívidamente el sueño de todas las noches: en el amplio dormitorio, con suelos de baldosas en ajedrez, yo corría a través del pasillo que se abría entre dos largas filas de camas, intentando escapar perseguida por una de las “jefas”. Las jefas eran niñas de unos 12 o 13 años muy aficionadas a darnos guantazos y bofetones. Una sola vez logré en sueños llegar al final del pasillo, que daba a una amplia sala con lavabos que, a su vez, llevaba a una escalera, y ésta a una galería, la galería a un patio, éste estaba protegido por muros, etc. El edificio, en la zona antigua y muy cerca del Turia, era muy bonito y no estaba tan destartalado como llegaría a estarlo en pocos años, antes de ser remodelado en los ochenta o noventa y destinado a museo–. Llegaba, pues, hasta la sala de lavabos donde, supuestamente, ya no me alcanzaría la jefa y entonces me daba cuenta de que era de noche –una salamandra, animal talismán de aquellos años, correteaba en lo alto de la pared–, que solo me esperaba más incertidumbre asustada, más errancia, quizá un laberinto. Despertaba.

Es asombroso cómo los seres humanos nos hacemos, nos acostumbramos, a todo pero, dentro de ese todo, hay siempre un límite a la indignidad tolerable. Estos días me acuerdo de modo recurrente de otras dos escenas de esos años, el mismo colegio, la misma edad, siete años.

Por las mañanas, hacia las ocho y algo, ya limpias, vestidas y peinadas, formábamos en dos filas apretadas y nos encaminábamos a las salas del desayuno -no recuerdo si le llamaban el Refertorio–. Las jefas nos pastoreaban cruelmente, de modo que la niña que sacara los pies de la baldosa –de 10 x 10 cms– se llevaba un bofetón que le doblaba la cara; si protestaba o respondía, aumentaba la dosis. Con esta escuela de sumisión es fácil entender que se forjaran criaturas deprimidas, taciturnas, escépticas, estoicas o aduladoras o rabiosas y resentidas o introspectivas. Nunca he sido aduladora. Algunas niñas debían de ser debiluchas y se desmayaban por la mezcla del ayuno –la última comida la habíamos hecho unas diez o doce horas antes– y la tensión de mirar fijamente a sus pies para no salirse de la línea. Eso me fascinaba, cómo se desplomaban y perdían la conciencia, lo mismo que las sonámbulas que salían a caminar dormidas y regresaban luego a sus camas como si nada, pues supongo que imaginaba que tenían unos recursos para evadirse de esa realidad de los que yo carecía del todo, aunque recuerdo muy bien que comía poquísimo. Esas jefas, algunas noches organizaban rondas de castigo, siempre dentro de una medida que pudieran hacer creer a las monjas que era razonable o justificada. Si alguien decía algo contra una de ellas y la chivata de turno les iba con el cuento, antes de descubrir quién había sido, por el placer del miedo, de gozar de su pequeño poder en aquel universo mezquino y cerrado, de monjas, santos, rezos, ángeles, de padres ausentes, muertos, desconocidos o en el extranjero, ordenaban que nos pusiéramos en filas –siempre el orden evocando lo militar–, pasáramos con la mano abierta palma arriba y nos asestaban el golpe correspondiente con una regla. Jefa de ida y jefa de vuelta. Estas jefas acotaban a su pequeña escala un espacio de su poder sobre otro espacio mayor también acotado, el del colegio de monjas, que a su vez estaba acotado sobre otra realidad mayor no menos acotada, la de la España fascista surgida y superviviente de la guerra ganada por Franco y los suyos.

Si lo recuerdo con cierto distanciamiento es también porque a veces a mí me ahorraron la tunda y porque pensaba que eran casi todas unas desgraciadas hijas del diablo. En cierta ocasión, una jefa, pariente de alguien muy próximo a mi familia, que me tenía bastante mimada y me defendía como una gata de cualquier ataque o burla, supongo que porque le recordaba la vida en el exterior, me envió a recoger unas toallas limpias que, extrañamente, estaban en una sala en la otra punta del colegio. Recorrí asustada, en medio del silencio de la noche de primavera, patios, portales, pasillos, salas y regresé con las toallas al dormitorio para encontrarme a todas las niñas ya en la cama y el silencio habitual después de una de las rondas de bofetón y vuelta.

También era primavera cuando tuve una de esas hemorragias estrepitosas que suelen tener los críos en esta estación. El chorro de sangre de mi nariz me dejó una obra de expresionismo abstracto en mi vestido rosa claro, con mucho vuelo en la falda, que no había manera de disimular. Le mostré el estropicio y expliqué “los hechos” a una de las monjas a lo que respondió que esperara al día siguiente cuando tocaba cambio de vestido. Al día siguiente por la mañana, en cuanto vi a la jefa que nos “tocaba”, una tipa fea, desgarbada y de voz estridente, ya supe que no saldría yo con bien. Por más que intenté explicar, que apelé a la superautoridad de la monja, que ella misma sabía que tocaba cambio de vestido, me arreó las bofetadas que le dio la gana, no hay que decir que nadie salió a apoyarme por miedo a recibir su parte por la gallardía. Frustrada por la injusticia, con la cara ardiendo a bofetones, llorosa, bajé a desayunar en fila de a dos.

Si me acuerdo hoy de estas escenas es porque no veo ninguna diferencia entre la política que regía en aquel colegio en los años sesenta, impregnado de la perversa duplicidad del nacional-catolicismo, piedad y castigo, toca de monja y látigo, y la política de bofetadas y exclusión que he soportado ya de adulta, con los jefes de la Corporación de Radio y Televisión –Mulero, Noy, Tubella–, y la sucesión de editores sin escrúpulos –ya he dado los nombres– y de colegas cobardes o acobardados.

 

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2 comments

  1. José Luis Moreno · enero 19, 2016

    Pavoroso. Para que luego nos vengan con sus chorradas los babazas de la camiseta gorda que andan de festivales de cine de terror y mamonadas literarias de lo mismo. Ante cosas como la que cuentas, incluida su reflexión final, palidecen hasta los cuentos de Robert Bloch, uno de los pocos que, en mi opinión (in my opinion), se salva entre toda esa purrela de los gores y tonterías adyacentes, que, no obstante viejos o aviejados, aún no han salido de las bragas de sus madres.
    Tienes ahí, me parece, un libro que yo me leería sin pausa sí o sí.
    Abrazos,
    JL Moreno-Ruiz

    • Liu · enero 19, 2016

      hola José Luis,
      Gracias por el comentario. Me estoy acordando mucho de las ostias recibidas –éstas no fueron ni de lejos las más violentas, aún faltaba por vivir la pesadilla con el ya famoso marido de mi madre y las ostias de ella, que también hablaba mucho con la palma de la mano. Ya sabes, mi novela se llama, con razón, la “mentira”. por cierto, que recibí tu libro, pero como tuve que robarlo de mi buzón –llave rota–, me sentía tan abochornada que estaba esperando a que se me pasara el sonrojo para decírtelo. Un abrazo.

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