El sentido del tiempo en la narrativa de Javier Marías: Negra espalda del tiempo y Así empieza lo malo (2), en El Rinconete

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Rinconete. Instituto Cervantes Virtual

Como subraya en Así empieza lo malo —ambientada en el Madrid de los años ochenta—, cuando el profesor Rico atiza a Juan de Vere, el joven protagonista y narrador, una lección magistral sobre las variantes históricas de su apellido, los hombres actualizan a lo largo del tiempo el tipo de tramas o de gestos —trágicos o cómicos— con que Shakespeare elaboró su obra. El paralelismo entre los mundos pasados y el presente tiene una simetría particular en la identidad de los personajes; del mismo modo que en Juan de Vere se encarnarían remotos personajes históricos —naturalmente, todos con una biografía de batallas, hermosas frases y mutis heroicos—, Marías juega con las teorías que discuten la identidad histórica del autor de Hamlet según las cuales diversos autores escribieron bajo un solo nombre o el verdadero autor, de nombre Edward de Vere, utilizó el de Shakespeare, que fuera un actor y jamás escribió una línea: en definitiva, un guiño más en torno al asunto de la propiedad de la ficción, que nos permite entender que, en efecto, a estas alturas del siglo XXI, William Shakespeare es una multiplicidad de autores, y entre ellos Javier Marías.

En las elucubraciones metafísicas de Marías nada es gratuito, todos los hilos terminan por componer un cuadro coherente. Su planteamiento en torno al tiempo fue, de algún modo, un desafío al tipo de lectura de la historia inmediata que los escritores españoles estaban realizando en la primera Transición, que oscilaba entre el memorialismo literal, el desagravio autobiográfico y la falsificación de la trayectoria personal para adaptarse a los nuevos tiempos democráticos. Su lectura del franquismo y de la primera Transición, que en parte coincide con el concepto de «tiempo largo» del historiador francés Fernand Braudel, se plantea en términos no de ideología sino de mito, y en ese sentido la presencia del pensamiento y la obra de Shakespeare emparenta la narrativa de Javier Marías con la gran literatura europea. Tenemos un ejemplo de esta proyección de los actos humanos en gestos míticos en el parlamento que el locuaz Francisco Rico recita sobre el Rumor —«¿cuál de vosotros cerrará el orificio que escucha cuando habla el sonoro Rumor?»—, que alude a un asunto varias veces tratado por Javier Marías, las acusaciones que colegas y rivales del filósofo Julián Marías, padre del escritor, hicieron contra él para perjudicar su carrera e imagen en tiempos franquistas. El rumor malicioso, la delación, las palabras dichas de más u oídas sin querer capaces de arruinar una vida eran, nos dice, un asunto recurrente durante los años más duros del franquismo, y un asunto también que él declina de varias formas en sus novelas, incluida la última.

En Así empieza lo malo (2014), la historia trágica de un matrimonio desdichado —el que forman dos atractivos personajes, el director de cine Eduardo Muriel y la hija de un profesor exiliado en Estados Unidos, Beatriz Noguera—, el narrador señala que en el momento en que recuerda han transcurrido años suficientes para que la década de los ochenta en Madrid y las diversas historias de espías de los años cincuenta que entreveran el relato hayan adquirido la textura de la ficción, pues el tiempo arroja sobre personajes y acciones «suficiente dosis de irrealidad».

Con su planteamiento narrativo, Marías se apartaba también de la rememoración literal del pasado, que conduce, aún hoy, a una irritante contabilidad de culpables e inocentes. Al contrario, nuestro autor contrapone la heroicidad de personajes de cuya vida ha quedado un breve rastro en algún libro leído por pocos, o la vida de personas fascinantes pero sin relieve social cuya memoria queda solo en la de sus allegados, con la heroicidad farsesca de los dictadores.

Como otros autores de los ochenta, Javier Marías abría con su narrativa las puertas a la imaginación y a nuevos paisajes, no solo a un cosmopolitismo esnob y voluntarioso, al entender que la creación literaria forja mundos autónomos y coherentes, idea que tiene su símbolo en la isla de Redonda. La posibilidad de la fantasía era un signo del optimismo que definió los primeros años de la Transición, pero el estilo digresivo que enlaza poéticamente la fantasía con la reflexión sobre el tiempo y el presente es la marca particular de la ficción de Javier Marías.

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