Ciao ciao 2015, hola 2016

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Uy, había prometido un resumen (o algo parecido) hablando de libros que mereció la pena leer o se me cayeron de las manos, pero me da una pereza tremenda ser exhaustiva, o comentar la lista de los mejores elaborada por ciertos suplementos y blogs.
Pero allá vamos.
Mi resumen del año se parece a la foto de arriba: un año más, todo ha sido intentar que no se me caiga la casa, la vida, encima, un remiendo aquí, un parche allá. Cada día con un destornillador, una llave inglesa, una aguja, unos tornillos, una escalera, un cepillo en mano para … en fin, ya lo habéis pillado, bricolage vital, con resultados solo discretos.

Me aburre el cinismo de tantos autores -y autoras– españoles, el cinismo y el lavidaesasídeinjustasomosadultosyloasumimos están sobrevalorados. Y no me dicen tampoco nada los argumentos de las novelas que, supuestamente, son lo “más” del año. Os ahorro muchos comentarios –sarcásticos, seguro– sobre el titular “Esperábamos más” con que El Cultural encabezaba el listado de sus favoritos, pues me parece un planteamiento histérico dar  por indiscutible que todos los años la narrativa española haya de ofrecer una obra maestra o sobresaliente, siendo la que es la política de autores desarrollada durante décadas tanto por los medios como por las editoriales y por los agentes literarios.

En fin, estuve los últimos días leyendo Vicio propio, de Pynchon que hace un par de años me había sabido a papilla cerebral y no pude pasar de las primeras páginas. Ahora tenía el cerebro demasiado “compactado” después de la sobredosis de drama, tragedia y exaltación política occidental luego de las elecciones y de los atentados islamistas en el mundo, y necesitaba un antídoto de irreverencia y jemenfous. Vicio propio tiene eso, pero tiene también ese subtexto de época, pues está ambientado en los años en que Nixon decidió que la juventud norteamericana estaba siendo envenenada por el tráfico de la French Connection y dotó de medios y dinero a los cuerpos encargados de reprimir el tráfico y, en la medida de lo posible, el consumo. Por supuesto, lo mejor es el personaje principal, ese detective drogota con sus atuendo sacados de saldos de los estudios de cine, sus padres amorosos y muy liberales, las escenas de fornicación y sentimentalidad underground y las alusiones a los crímenes de Manson –leídas en perspectiva con los artículos que escribió Didion acerca del mismo asunto y del impacto en la colonia hollywoodiense. El papel de la música surf, la mística de las grandes olas y, por encima de todo, el peso del paisaje y el clima de California. Por decirlo de una vez, salí a buscar un paisaje y un clima moral donde no tropezar con Pilar Rahola y otros fantasmas de Barcelona. 😉

También he estado releyendo les Pastiches de Marcel Proust, una joya de talento, erudición y gracia. Tiene mucha gracia en una onda distinta Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York, uno de mis títulos favoritos siendo quinceañera, no sé cuántas veces la leí, para asombrarme y reírme de lo tontas que podían llegar a ser alguns mujeres (mi otro libro favorito en ese sentido fue, a los 19 años, Madame Bovary,  aunque esta novela la iba dejando a cada rato, convencida de que esa cabeza de chorlito francesa iba directa a la perdición), y que Libros del Asteroide ha publicado ahora traducida por Zulema Couso. El título antiguo me gustaba más, creo que reflejaba mejor la ambigüedad del estado de la protagonista: Sheila Levine ha muerto y vive… De nuevo, el contexto de época es un dato añadido que merece subrayarse, pues transcurre en los años 70, cuando Nueva York era una ciudad peligrosísima y sucia (véase Serpico, Klute, Taxi Driver, etc.), de modo que la decisión de Sheila de trasladarse desde los suburbios a la capital para buscar marido y trabajar según la doctrina de las películas de Doris Day y las revistas de moda daba lugar a situaciones hilarantes… que hoy lo parecen menos porque series como Sexo en Nueva York o Mad Men han explotado en la línea más explícita a la que estamos acostumbrados desde los ’90.

Leí Mas afuera de Franzen, donde trata de explicarse sin conseguirlo las razones del suicidio de su amigo Foster Wallace y estuve de acuerdo con él en que para vivir y no suicidarse casi siempre basta con no creerse demasiado importante. La dignidad o la humildad de tener suficiente con la intriga de aguardar durante horas a que aparezca determinada especie de pájaro a la vez que peleas por no empaparte o despeñarte en un islote chileno perdido de la mano de Dios.

¿Y qué más? Ah, sí, los homenajes a Pasolini en todo el mundo, donde por fin se le ha devuelto al lugar que merece. En España se ha reeditado la traducción de la biografía que su gran amigo, Enzo Siciliano, le dedicó. No tengo el dato de la editorial ni del traductor -tengo la versión italiana. Nórdica sacó una versión bilingüe muy muy recomendable de su poesía, a cargo de Martín López-Vega, La religión de mi tiempo.

Algunos films

Y varios títulos no novedosos pero sí actuales. En cine, he visto cosas “raras”, gracias a que he “heredado” varios centenares de dvd de películas de diversas épocas que un amigo de mi soeur pirateó. Entre esas rarezas, The Morning after, película de Sidney Lumet con una Jane Fonda vestida y peinada tan espantosamente como regía en los 80, y Jeff Bridges de “chico”, pocas parejas más improbables, donde ella se despierta en un loft junto a un cadáver desangrado y no recuerda en qué momento pudo tratar tan requetemal a un hombre bien parecido con el que ha compartido almohadón durante horas. Es la típica película de Fonda bordando el papel de actriz neurotizada in the mood for love al sol del  sur estadounidense.

Raro, aunque quizá no tanto, ha sido ver a Javier Barden defendiendo como un campeón, con todo el cuerpo, Biutiful, aquel momento en que Iñárritu confundió la Barceloneta con un poblado mexicano y, pese a las notas realistas en catalán, los chinos explotadores, las chimeneas de Badalona (o por ahí) y el Passeig de Gracia desbordado de negros subsaharianos vendiendo falsificaciones de Loewe delante de Loewe, sólo causó estupor. A mí también. En mi filmoteca para una crisis ha quedado archivada como “la crisis de la verosimilitud”, en dura liza con The Counselor (que se ha traducido como El consejero cuando conviene El abogado).

Por último, dentro de la misma serie, “La crisis del Fin de la Historia” correspondió por entero al documental Shoah, de Claude Lanzmann, que me tragué sin rechistar en una tarde de frío helado de enero, cuando daba por seguro que no resistiría más de 20 minutos la crudeza del Holocausto relatada por los supervivientes. ¿Por qué no puede haber una crisis de la Historia, pese a lo que pudo decir Fukuyama? Porque el formato –aquí, la entrevista vídeo documental– impone en cada época a la persona erigida en o solicitada como testimonio un abocarse a una narrativa diferente de los hechos, que modifica la posición misma del individuo con respecto a su experiencia. Es algo que va más allá de la memoria y del archivo, aunque ésos sean sus destinos objetivos o racionales.

Series: Aquí no vive Shakespeare, so sorry

De las series que he visto —The Good Wife, Homeland, Mad Men y House of Cards— ahora puedo decir que suelo fijarme en detalles como: los collares y la voz de Diane Lockart; el photoshop en el rostro de Julianne Margulies para que no parezca tan eslava como es en la vida real; los postizos que llevan casi todos en el pelo para aumentar el volumen; la guasa con los programas de televisión que se traen los guionistas; los pectorales y la sonrisa de Cary  Agos; la edición de voz de Eli Gold para que parezca menos gay y menos gracioso de lo que es su intérprete, Alan Cumming; lo mal actor que es el que interpreta a Peter Florrick; que todos los caballeros de buen ver se enamoran de Alicia Florrick, básicamente porque la actriz es productora de la serie (así, cualquiera). En Homeland, los bonitos moños que llevan los personajes femeninos con un poco de relevancia; los bokeh tan logrados en una serie que recurre a menudo a los primeros planos con teleobjetivo; la estrecha gama de emociones que expresa la protagonista (Claire Danes), pese a ser bipolar; la infaltable escena erótica de jugamos a los médicos entre chico-chica; cómo copian abiertamente de películas:  ¿necesitamos mafia rusa? Promesas del Este; el  juego que le hacen, una vez más, a la política islamófoba de Israel. De Mad Men, el abuso de la iluminación con paneles blancos; el desarrollo absurdo del personaje de Megan, protagonismo que solo se explica porque es la actriz joven que puede desnudarse y poner cachondos a los espectadores; el final de la serie espantoso e incoherente. House of Cards, siniestra, con una música excelente con más protagonismo que la fotografía, demasiado oscura; el juego con quién puede ser el narrador de la historia -que también se da en The Wire y en Mad Men.

Y en todas ellas, la consigna de recordar que para cada réplica brillante que sale de  la boca de Alice Florrick o del sociópata Underwood han necesitado varios guionistas. Merece la pena recordarlo cuando nos sentimos pequeños escritorzuelos ante la Edad de Oro de la televisión.

Pues eso es todo por este año…

 

Feliz-2016--Gil-Elvgren-BLO

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