Alegorías de la traducción: el cuerpo esclavo como texto, en El Trujamán

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Barco negrero

© María José Furió & Instituto Cervantes

Con la emergencia de los estudios poscoloniales, una de las corrientes más interesantes de pensamiento surgidas recientemente se refiere al diálogo Sur-Sur, con la introducción de la llamada «World Literature». Uno de los estudios más sugestivos sobre el tema que he descubierto es un trabajo universitario «The Captives are Translated, Attached at the Wrists». A study of Antillean Identities in the works of Édouard Glissant, Maryse Condé and Patrick Chamoiseau, de Amy Wawn, que propone un bien urdido análisis desde la premisa del cuerpo del esclavo como texto trasladado-traducido— desde África a los territorios americanos y desarrolla una analogía coherente entre las distintas fases de la traducción y las del viaje, el período de esclavitud y, por fin, la liberación del esclavo en sus variadas formas. El cuerpo como texto extranjero, texto extraño y extrañado, resistente a su traducción, es decir a su translación al nuevo idioma, el del sometimiento y la esclavitud, el de la pérdida de la identidad original y de los propios rasgos culturales.

Wawn reflexiona sobre la pervivencia de la cultura oral africana en una tradición literaria nueva, contemporánea, la de escritores antillanos que por primera vez abordan el tema de la trata y la esclavitud de sus antepasados, en los idiomas del colono —inglés, francés, portugués, español—, centrándose en los mencionados Patrick Chamoiseau, Édouard Glissant y Maryse Condé.

Arranca del concepto, muy familiar en África, de la Travesía Intermedia (Middle Passage), el triángulo dibujado por la navegación comercial entre Europa, África y las Américas y el Caribe. Los barcos negreros salían de Europa y en la costa oriental de África obtenían esclavos a cambio de productos manufacturados europeos. Los esclavos eran trasladados en condiciones infrahumanas hasta las colonias americanas, donde eran vendidos a cambio de productos tropicales, fruto del trabajo esclavo, principalmente en las plantaciones de azúcar.

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La Travesía intermedia, dice, puede entenderse como un acto de «traslación», de «traducción forzada», tanto en sentido físico como metafórico, de las identidades africanas a través del océano Atlántico. «El acto de traslación conlleva tanto una traslación literal de significado o sentido de una lengua a otra, como una transferencia, o incluso una transformación, de objetos físicos, conocimiento, cultura e historia —también de seres humanos— desde una “forma” lingüística, ideológica o física a otra».

La migración forzada de cerca de trece millones de personas desde África para ser esclavizadas implica el traslado de sus historias y de su personal noción del pasado desde la tradición oral a la narrativa histórica escrita de los colonizadores.

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La resistencia de los esclavos a su nueva condición adoptó formas como el cimarronaje —o fuga al bosque, a menudo en solitario—, la décharge, un calambre nervioso que afectaba a todo el cuerpo, el silencio o el grito. Esta resistencia ha de considerarse en paralelo a la constante resistencia que opone la historia y la tradición oral antillanas a su traslación a la narrativa histórica escrita por Occidente, las llamadas «narrativas vigentes». El reto que tiene ante sí el escritor antillano créole es la imperativa necesidad de trasladar la cultura ancestral desde su forma oral a la escritura literaria, en el «idioma opresor del colonizador»; urge hacerlo para evitar que la historia de millones de esclavos y de sus descendientes se pierda definitivamente por falta de registros y archivos. En la tradición francesa se echaría en falta una voz de esclavo —no así en la tradición española, donde tenemos a J. F. Manzano, el esclavo-poeta, y al cimarrón Esteban Montejo, voz transcrita por Miguel Barnet—. Lo dijo Walter Benjamin: toda historia del pasado que no sea reconocida por el presente corre el riesgo de desaparecer de modo irreparable. Recrear y apropiarse de su historia es el medio que los antillanos tienen para desarticular unas relaciones desiguales condicionadas por cuatro siglos de esclavitud.

II

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Traducción al inglés de la novela de Patrick Chamoiseau – Texaco (Gallimard)

La literatura de la esclavitud no busca un orden lógico, dado que la voz de los esclavos rebelados no puede encontrarse en archivos y documentos, «emerge de un limbo entre ficción y autenticidad, y más precisamente como literatura».

El silencio en los archivos occidentales contrasta con lo que Chamoiseau llama «presencias vociferantes» [présences hurlantes] en las Antillas, el eco de la experiencia de los ancestros esclavizados. «La esclavitud es un exilio y como tal el esclavo tiene la obligación de olvidar su lenguaje, rituales y creencias, tiene prohibido un punto de vista subjetivo básicamente porque se le convierte en un objeto». El silenciamiento del esclavo, forzado de múltiples maneras ya desde su embarque, prosigue con castigos tan elocuentes en términos simbólicos como cortarle la lengua al rebelde, al que habla fuera de turno. Las violaciones, las amputaciones, el desmembramiento, todo alude a la fragmentación de la identidad individual y a la imposición del lenguaje del colono, del poder.

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Cicatrices de flagelación en la espalda de un esclavo

El viaje —como la traducción— es el paso de una orilla a otra, donde la identidad del cuerpo cambia, sufre diferentes alteraciones para convertirse en un ser, un texto, diferente. La travesía y el barco negrero inspiran las metáforas del crisol, la matriz, el útero, la gestación y el parto que alumbra a un ser nuevo.

Una cuestión clave es quién es el traductor en esta aventura. En principio, los negros ladinos, que conocían los dialectos hablados por los cautivos, traducían sus palabras, transmitían las órdenes de los capitanes, mercaderes y también de los cirujanos de a bordo. El cirujano, por su parte, era el responsable de la salud del esclavo. Se trataba de someter al cautivo pero sin malograr la ganancia, por lo que los castigos tenían una función ejemplarizante. El cirujano y sus ayudantes determinaban el valor del esclavo y la función que podía desempeñar cada cual —viajaban también mujeres y niños—.

Wawn adopta varias teorías de la traducción para sustentar su tesis. Quizá la mejor desarrollada sea la Teoría interpretativa o Teoría del sentido, de Seleskovitch y Lederer, donde equipara las tres fases de la operación de traducir con la «translación» de los esclavos desde su identidad libre a su identidad cautiva, y las resistencias diversas. En una primera fase se «capta el sentido» del texto y el tema; así se examinaba el cuerpo del cautivo tasándolo según su potencial interés dentro del sistema de la trata. El mal traductor, como el cirujano de a bordo, se apropia del texto y desvirtúa su identidad original, transformándolo en una «pieza de Indias». La segunda fase, la desverbalización, es posible porque se considera el mensaje del texto como una invariante no verbal, de modo que el sentido subyace en abstracto bajo las palabras. Este «despiece» del armazón lingüístico permite al mal traductor alterar mucho o del todo el sentido del texto. Así el cuerpo del cautivo ve abstraído su significado original en su entorno nativo, sometido a su destino en la plantación, lugar de «exilios culturales». En la última fase, la reexpresión, el traductor usa su saber lingüístico y experiencia para hallar equivalencias en otro idioma. El cirujano en el puerto decide el valor mercantil de los esclavos y su destino.

Las variadas resistencias a la sumisión son el tema de las narrativas créole, una lengua mestiza formada por la amalgama de dialectos africanos, restos de las lenguas nativas caribeñas anteriores a la colonización europea, y naturalmente de los idiomas europeos y dialectos de los colonos.

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Édouard Glissant

Wawn destaca la figura del conteur en la obra de Glissant. En un entorno de colisión de culturas y de jerarquías racistas de poder, el conteur criollo crea un lenguaje propio, rítmico, profuso en onomatopeyas y aliteraciones, que juega con la sintaxis del francés o del inglés. Un habla rica en influencias amerindias, africanas, europeas que se transmitió oralmente, siendo uno de los instrumentos de resistencia más poderosos contra las narrativas opresoras de las naciones colonizadoras al difundir una memoria, un coraje y una historia común a su auditorio.

El origen mestizo de su lenguaje define la narrativa créole, y plantea obstáculos y retos al traductor contemporáneo, una dificultad ya señalada por traductores de otros territorios poscoloniales como el portugués de Brasil. Los textos mestizos son por ello poco rentables dentro de una cultura como la española, apenas familiarizada con las culturas emergentes afrocaribeñas y reticente a aceptar lecturas que discutan su centralidad cultural.

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