En una realidad paralela… se declara la independencia de Cataluña

bandera republicana

Bandera republicana – foto tomada por ahí en internet. Autor: signífiquese

Lo siento, pero no consigo sentirme ni entusiasmada ni amenazada por la declaración de independencia de Cataluña, o por la moción para la desconexión de la instituciónde la población, etc., me he perdido, inmersa como estoy desde hace meses en la tarea de meramente sobrevivir. Reconozco que me hace gracia la idea de perder cualquier conexión con Rajoy y sus políticos (“políticos” es aquí un eufemismo, sí), como en esas historietas en que uno traza una línea de frontera entre sí mismo y el adversario y esa línea se ensancha hasta convertirse en una falla inmensa que al moverse en direcciones contrarias divide dos continentes. O como esas parejas o familias enfrentadas o amigos que han terminado odiándose y cuando llega el día de la ruptura total sienten el alivio de volver a llenar de aire los pulmones, en lugar de mantener la respiración ansiosa del que está asustado y temeroso de su futuro.

Cierto es que, así de buenas primeras, la única ventaja inmediata que veo en este simulacro de independencia es poder descontar ya de las estadísticas el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas. En cualquier caso, por aquello de cada loco con su tema, recuerdo aquí que mientras trabajé en la CCRTV, en  los departamentos de la tele catalana, entonces bajo control mayoritario de Ciu, al “cap de Finances” que me traía a mal vivir para fastidiar a la jefa de mi departamento –ella, diez años mayor que yo, es decir treintañera entonces, era simpatizante declarada del incipiente PP, ex-wife de un destacado miembro del partido derechista, miembro a su vez de una importante familia catalana de apellido doble enlazado con guioncito, y ella no era menos, al estar emparentada por línea materna con otro prohombre no menos relevante de la cultura y la política de Barcelona, todo lo cual la convertía en intocable– no se le habría ocurrido ni por un momento dejarme sin dinero para comer, por mucho que detestara a los socialistas, rojos y otros izquierdosos –a mí no tardaron en identificarme como anarquista, anarcoide o independiente, demasiado eficiente, simpática y rentable para darse el lujo de prescindir de mis servicios, con demasiados problemas familiares reales –aunque yo no hablara de ellos, les bastaba con ver mi cara el lunes, después de haber visitado a la “familia”– para cebarse en mí, tanto más porque en aquel mundo de enchufados y niños de papá eran pocos los que se daban la molestia de trabajar “en serio”. A estos de Ciu, repito, no se les habría ocurrido castigarme dejándome sin dinero para comer, pagándome con retrasos imposibles de gestionar, degradándome profesionalmente –aunque a fe mía que el cap de Finances lo intentó por todos los medios hasta que le paró los pies el director general–, como sí han hecho otros que han prosperado con la etiqueta de progresistas a la sombra del PSC.

En fin, me digo: contaré cómo llegaba yo a Anagrama a recoger los textos a informar, cómo eran aquellos días cuando, harta, resumí un informe de lectura de una novela torpe en una sola frase “condenando” su publicación -Herralde pidió que escribiera el informe según lo habitual–, y luego me digo, bah, el mundo editorial en Barcelona es sexista y torpe y está hecho a la medida de los Andreu Jaume, los Torné y los Claudio López de Lamadrid de modo que si no respondes al estereotipo made-in Barcelona, toca recibir bofetadas hasta que sales del circuito profesional.

Cuenta, según he leído por ahí, Claudio López que empezó su carrera poniendo precios a los libros, de la mano de su tío, el editor Antonio López. Lo cuenta como suelen hacer en este caso los triunfadores, los que están en la cresta de la ola, como ejemplo de su humildad: empezó desde abajo. ¿Alguien se imagina con qué alegría habría aceptado ese empleo de ser el hijo, primer licenciado universitario, de un trabajador con solo estudios primarios, y supiera o sospechara que toda su vida iba a quedar condenado a esta clase de trabajo subordinado y sin relieve? Hoy comentaba IE en El Cultural el famoso episodio de la epifanía social de Gil de Biedma en Filipinas. ¿Eres capaz de leer ese episodio traduciéndolo al presente de lo que han hecho Llovet y sus amigos y colegas contra mí, segándome la hierba bajo los pies siempre?

Estos días se habla de sexismo en el contexto de la manifestación contra la llamada violencia doméstica o violencia de género. Me pregunto cuántas mujeres instruidas se han detenido a pensar de qué modo están impidiendo que se dé un avance significativo contra esa violencia, no tanto por su relación con los hombres sino con otras mujeres, y específicamente con las víctimas de esa violencia, desde violaciones hasta maltrato familiar. Cuántas veces son las otras mujeres las que convierten en “mercancía averiada” a las víctimas de maltrato, de abusos o de violaciones. Cuántas veces se opta por un lenguaje o una narrativa victimizadora, degradante para la víctima o directamente cursi y ñoña cuando, ya lo he apuntado por aquí en otro momento, hace décadas que existe una extensa bibliografía en circulación que informa de los efectos psicológicos, y por ende sociales, de esa violencia.

Pero, por supuesto, con la independencia de Cataluña empieza el año 0 de un mundo ideal.

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