La dialéctica del amo y el esclavo: de nuevo sobre la bajada de tarifas a los traductores en España

Treasure island

La isla del tesoro

Aunque en el artículo se trata de comentar la, para mí inexplicable, falta de reacción de mis colegas a la famosa bajada de tarifas del trabajo de traducción decretada por el grupo Penguin Random House a principios de año, en el fondo subsiste el tema de la dialéctica del amo y el esclavo. No termino de entender por qué no ha habido una propuesta seria a la precariedad.Todo el mundo ha optado, por lo que veo, por el sálvese quien pueda. Contrasta con la “movida” que se traen en Argentina en las últimas semanas y por la continua discusión que en Francia se plantea acerca del estatuto de los profesionales de la escritura, incluidos traductores.

¿De verdad nos representan traductores cuyos ingresos principales proceden de dar clases en la universidad o en institutos o son jubilados de la enseñanza? ¿Han rebajado el sueldo a los editores? ¿Sus bonos o comisiones o porcentajes? ¿Por qué los periodistas no informan de estas circunstancias?

Recientemente he leído la biografía que la  historiadora del psicoanálisis Élisabeth Roudinesco ha dedicado a Freud –traducida por Horacio Pons, publicada en Debate, del grupo PRH, justamente–. De su lectura –de verdad muy recomendable por muchos motivos– me quedó la impresión de que bastaría con tener una sola figura en España realizando su trabajo de exponer conceptos y llevarlos a primera línea de atención para que dejaran de escribirse, ya no de publicarse sino estoy segura de escribirse muchos de los libros que en los últimos años se han escrito y publicado. Para empezar, libros como los que firman Cercas o Dalmau. Solo apoyándose en una sociedad tan ignorante del significado de sus actos y deseos inconscientes como la española se justifica la cantidad de libros que juegan al escándalo sin provocar ninguno.

En cuanto a mi articulito en el Cervantes –la segunda parte plantea alternativas, pues no me gustan los escritores o intelectuales que se contentan con hacer diagnósticos fatales–, siempre tengo en mente cómo ha derivado la relación editor-traductor, editor-escritor, escritor-agente, crítico-escritor, etc. Por no insistir, claro, en la que opone a unos y otros cuando se trata de hombres y mujeres.

Así pasen diez años (1): Reacciones a la bajada de tarifas de traducción

Ningún traductor profesional en español ignora, me figuro, que el grupo Penguin Random House impuso a principios de 2015 una bajada «unilateral» de tarifas de traducción, hecho que provocó un ligerísimo escalofrío con cierto eco en blogs especializados y algún diario digital. No tengo cifras concretas de la tarifa rebajada, aunque el comunicado de protesta difundido por ACE Traductores informaba de un recorte del 6 % al 15 %. Varias cartas dirigidas a directivos del grupo encarecían la tarea de los traductores literarios y nuestra contribución a la cadena de valor del libro, además de otros intangibles vinculados a la literatura traducida que son fruto exclusivo de la experiencia y valía del traductor profesional. Como sabemos, esta imposición coincide con la expansión del grupo transnacional —hoy en una posición de oligopolio en competencia directa con el Grupo Planeta—, con la larga crisis económica que afecta sobremanera al sur de Europa, y con la transformación del sector editorial y de las comunicaciones por la revolución digital. Un club de traductores refería, aludiendo a una fuente que escondía su identidad, que el recorte no se gestó en Barcelona, sede principal del grupo en España, sino en Madrid, donde las tarifas son —aseguran, aunque el dato es falso— habitualmente más bajas.

Intrigada por la falta de una respuesta conjunta y coherente con los avances consolidados de la profesión frente a la imposición del grupo editorial que se jacta de publicar lo más progresista, enrollado, vanguardista y radical en literatura, ensayo y periodismo —junto a la marea infinita de obras comerciales de gran consumo propia de toda corporación—, sondeé a varios colegas que trabajan con ellos. Una veterana traductora de inglés me sorprendió al admitir que «aún no había calculado» la rebaja y la consiguiente pérdida de ingresos, pese a tener la novela ya medio traducida. Excusó su falta de combatividad arguyendo ser solo «una traductora del montón» («yo también», respondí. Más del montón cuanto menos cobramos). Otro, que llevaba «un año sin traducir para ellos», me comentó que el mismo grupo impuso a una empresa de fotocomposición con la que llevaba largos años un recorte del 35 %, que el empresario no aceptó y borró al grupo de sus clientes. Otro colega me aseguró que, si editores del grupo «volvían» a llamarle, no dudaría en informarme acerca de la «variación» de la tarifa, transmitiendo así su disposición a aceptar la rebaja.

No parece necesario explicar las consecuencias y objetivos de esta estrategia megaeditorial y sí la reacción tibia o fatalista de los traductores. Personalmente, me preocupaba el resultado de este desequilibrio pronunciado de fuerzas porque subraya la capacidad de la empresa para imponer sus condiciones en un contexto de crisis económica, y por cómo uno de los valores que más apreciamos los traductores, nuestra independencia, puede volverse contra la profesión en su conjunto.

La actitud de mis colegas seguía intrigándome. Parecía claro que, antes que los insensatos seis puntos del Código de buenas prácticas de la traducción, preferían la sabiduría inapelable de algún decálogo budista. Mejor que «la remuneración por la obra encargada será equitativa y permitirá al traductor vivir decentemente de ella y ofrecer una traducción de buena calidad literaria» les parecía la máxima «más vale usar pantuflas que alfombrar el mundo». Antes que «a la firma del contrato, el traductor percibirá un adelanto a cuenta de la remuneración de al menos un tercio del total. El resto le será abonado como muy tarde a la entrega del manuscrito», preferían la sabia máxima «no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita». Como también asegura el budismo: «el dolor [del recorte de tarifa] es inevitable, pero el sufrimiento [por la pérdida de valor adquisitivo] es opcional», acepté, imitándoles, que «para entender todo es necesario olvidarlo todo» y me desentendí del asunto.

Parecía inevitable, también, añorar tiempos más optimistas y combativos de la traducción y la cultura; por suerte, de nuevo el budismo vino a disipar mis nostalgias: «Alégrate porque todo lugar es aquí y todo momento es ahora». ¿Podía entonces considerar que la bajada de tarifas no se ha producido ni mis colegas han consentido la rebaja sin pelea? Ya metida en frases de la alta cultura popular, recordé el mantra de Don Draper en Mad Men: «Esto no ha sucedido. Ni te imaginas cuántas cosas no han sucedido».

Howard Pyle

Marooned – Howard Pyle

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s