Eduardo Mendicutti, la militancia por la normalidad gay en la España contemporánea, en El Rinconete del Instituto Cervantes

otra vida-mendicutti

Portada de la última novela de Eduardo Mendicutti

El Rinconete

En la narrativa de los más renombrados autores gais latinoamericanos —Reynaldo Arenas, Pedro Lemebel, Fernando Vallejo, por ejemplo— la militancia por los derechos de los homosexuales está estrechamente ligada a una militancia política contra los Gobiernos autoritarios de sus respectivos países.

El gaditano Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, 1948) se inscribe dentro de la narrativa de la normalidad —de la normalización del género—, pero imponiendo desde sus inicios un estilo inconfundible caracterizado por la elegancia, el humor, el erotismo trufado de romanticismo rosa y un lenguaje rico de variados registros que incorpora y reivindica el habla andaluza. Autor de una obra ya dilatada que comprende la novela, la crónica y el cuento, distinguido con premios varios y traducido a los principales idiomas, Mendicutti es desde el principio un activista de la normalidad homosexual a partir siempre de material autobiográfico que se presenta como crónica de vida y como retrato de la España contemporánea.

Además de sus novelas más conocidas, El palomo cojo (1991) —llevada al cine por Jaime de Armiñán— o Una mala noche la tiene cualquiera (1982), destacaría aquí Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy (1997), Ganas de hablar (2008), Mae West y yo (2011), y la más reciente Otra vida para vivirla contigo (2013). En Yo no tengo la culpa… Mendicutti narra en primera persona los avatares de una espectacular transexual, Rebecca de Windsor, que, temerosa de los estragos inevitables de la edad, decide hacerse santa y, una vez empapada de la mejor literatura mística española, emprende su camino de santidad en compañía del musculado «beato» Dany. Mendicutti acierta al combinar el lenguaje elevado de la mística de San Juan de la Cruz —con sus amadas y Amados y sus parajes bucólicos donde retozan zagales— con el estrepitoso humor de la jerga homosexual, una irreverencia que actúa a favor de la reivindicación de minorías hasta hace poco marginales y denigradas. Salpicada de historias truculentas y de diálogos disparatados, y con la rememoración de la vida del que antes de cambiar de sexo fuera Jesús López Soler, Yo no tengo la culpa… se convierte en la crónica de una transición física y psicológica escasamente documentada en la literatura o en otras disciplinas artísticas.

A menudo Mendicutti traslada a sus protagonistas la perspectiva de su propia condición y experiencia: un hombre culto, maduro, que disfruta de una posición desahogada y miembro de una familia burguesa que cuida las formas y sus ritos. Ese origen burgués y la cultura actúan de estructura acogedora frente al caos de una diversidad —la homosexualidad— que propicia apegos inestables.

Puede por eso ser cáustico al defender su desprendido comportamiento en un mundo al que la globalización ha dejado «manga por hombro», como se ve en Los novios búlgaros (1993). Es una constante en él tratar dos asuntos a la vez: el romance entre el maduro Daniel Vergara y el joven Kyril, que sabe cómo engatusarle y sacarle dinero pero no carece de lealtad, y las dificultades de los inmigrantes en la Europa de fronteras abiertas y leyes férreas con los sin papeles. En Ganas de hablar narra las peripecias provocadas por la decisión del Ayuntamiento de Algaida (trasunto de Sanlúcar de Barrameda) de dedicar una calle a Cigala, el manicura que durante décadas ha atendido a las señoras bien de la ciudad, pero en segundo plano refleja las condiciones de vida de los ancianos y la confrontación entre los defensores del colectivo LGTB y los sectores reaccionarios. Escrita como un largo monólogo de Cigala, la oralidad andaluza constituye un punto de interés de la novela, como también sucede en Mae West y yo, con la frescura del habla de la criada comunista, Carmeli. En esta divertida y melancólica historia, Mendicutti juega al desdoblamiento, de tal modo que su protagonista, un diplomático y ventrílocuo amateur, descansa en su Andalucía natal de una enfermedad a la que se dirige con el nombre de la actriz. El saber vivir y el saber estar son otros temas recurrentes en la narrativa del gaditano, que cobra especial relieve en Otra vida para vivirla contigo, una mezcla de historia de amor entre un maduro escritor y un atractivo concejal socialista, en el epicentro de la crisis económica, y de crítica al poder de las malas lenguas cuya repercusión crece con las nuevas tecnologías.

Consciente de ser un referente, Mendicutti incluye en su obra una reflexión sobre las actitudes éticas en el seno de un colectivo destinado a la completa normalidad.

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