Enterrar a los vivos, 2 volúmenes, por Javier Cercas e Ignacio Echevarría

anatomia instante portada

Es mala suerte la mía la de las últimas semanas, pues voy encadenando lecturas en las que me empeño por voluntad de informarme acerca de lo que durante años ha sido un apoteósico éxito de público o ha merecido páginas en las publicaciones de cultura para descubrir que tales lecturas me producen un enorme disgusto, que a veces raya en el asco. Así, me ha resultado imposible ir más allá de los primeros capítulos de varias novelas españolas de autores relativamente jóvenes celebrados de modo ditirámbico por doquier cuando a mí sus argumentos me han sonado a ecos de autores célebres, consagrados, y su estilo un remedo de lo que fue moderno y quizá transgresor hace décadas.

El termómetro de mi masoquismo lo dio la adaptación al cine de la biografía del poeta Gil de Biedma, El cónsul de Sodoma: resistí 7 minutos de metraje.

Otro título para la antología del masoquismo intelectual es Anatomía de un instante, de Javier Cercas. Me explico su éxito en que aborda un tema apetecible por cuanto inaugura la posTransición española: el análisis del golpe de 23F del teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero –una de las cosas que me intrigó durante la lectura es que ni una sola vez en sus cientos de páginas de este libro, que no es ni historia ni ficción, se da el nombre propio del golpista– y de la figura de los tres políticos que no corrieron a guarecerse de las balas bajo sus escaños: Adolfo Suárez, el general Manuel Gutiérrez Mellado, y el líder del Partido Comunista, Santiago Carrillo. Las primeras páginas me parecieron muy convincentes y bastante atractivo el brío con que está redactado el texto, pero al poco Cercas demuestra lo que ya me irritaba en Soldados de Salamina: es un mal escritor, con muy escasos recursos de estilo y expresivos, que suple recurriendo a la repetición de sus fórmulas hasta el aburrimiento, a las simetrías que establecen paralelismos entre los personajes y las situaciones que me parecen forzadas. Con todo, si la investigación llevada a cabo para descubrir al lector detalles y movimientos que desconocíamos y que la prensa no publicó en su momento justificaría de sobras la lectura del libro, le quita todo valor la superficialidad con que analiza precisamente el itinerario de estos tres protagonistas.

No voy a entretenerme en analizar pormenorizadamente mis objeciones, pero me chocó cómo aborda la figura de Carrillo y la debacle electoral del PCE. Como ya ocurría en la biografía de Gil de Biedma, Cercas actúa, igual que Dalmau, como si España y sus habitantes viviesen en un páramo desconectado del exterior. La evolución de Carrillo está ligada a la evolución del comunismo en Europa; no hace falta ser un experto ni en política ni en el movimiento comunista para conocer cuáles fueron los pasos del Partido Comunista Italiano y del Partido Comunista francés tras la Primavera de Praga para desligarse del totalitarismo soviético. Es preciso, sin embargo, saber algo del italiano Enrico Berlinguer y del francés Georges Marchais, y del contexto político-económico de sus respectivos países, para explicar la evolución de los partidos comunistas respectivos y, en consecuencia, del PC español. Del mismo modo, atribuye a Suárez, a Carrillo, a Gutiérrez Mellado actitudes, reflexiones –siempre “posibles” o “probables”–, intenciones,  que les cuadrarían a personajes literarios –con esa infaltable resonancia entre poética y de trascendencia trágica que exige el tópico cuando se trata del político idealista fracasado–, pero que resultan inverosímiles al describir a individuos reales, y precisamente a estos tres. Por no hablar, claro está, de la versión que ofrece de la actuación del rey Juan Carlos I.

Si el trabajo de Ignacio Martínez de Pisón reivindicando la figura del desaparecido traductor José Robles Pazos y de las consecuencias que el hecho tuvo en su familia y en  la trayectoria de su amigo, el escritor norteamericano John Dos Passos, se titula acertadamente Enterrar a los muertos, aludiendo al proceso de recuperación de la memoria de los desaparecidos durante la guerra civil del 36-39 y de la necesidad de darles una sepultura digna –incluida la sepultura simbólica que resulta de establecer con el máximo rigor histórico a nuestro alcance la verdad de los hechos que afectan a quienes ya murieron–, leyendo en Anatomía de un instante la andanada de Cercas contra los españoles, que en la noche del 23F no saltaron como un solo hombre a las calles a defender la democracia, me dije que lo que estaba haciendo –considerando también que durante la preparación y redacción de su libro tanto Suárez como Carrillo seguían con vida, aunque el primero muy afectado ya por el alzhéimer– era enterrar a los vivos, enterrarnos a todos en una verdad a su medida, hecha de simplificaciones, de frases resultonas, de una ideología tan simplista y oportunista como ya se dejaba ver en Soldados de Salamina.

También yo era una adolescente cuando el golpe, que me pilló, como ya he contado por aquí, en una librería, indecisa sobre si comprar o no L’espai desert. Mis pensamientos –además de decidirme por comprar el librito de poesía– giraron en torno a dos probables consecuencias. Me dije: entonces no podré ir a la universidad; la otra reacción fue preguntarme cómo haría para irme a Francia, pues no pensaba quedarme a soportar el trato que se daba a las mujeres en la época en un país donde la inteligencia estaba penalizada y solo iban a la universidad los “niños bien”. Cuando llegué a mi barrio -vivía en San Gervasio–, pasé por la tienda del fotógrafo RR, al que encontre con el oído pegado a la radio. Me dijo que el golpe no tenía importancia, pues eran guardias civiles y no tendría seguimiento. En Valencia, donde Milans del Bosch sacó los tanques a la calle, también sacó a uno de mis primos, recluta en la mili, a asustar al personal. Soldaditos asustados para asustar al personal con la coreografía siniestra de los tanques y el estado de excepción. Siendo como somos de familia republicana –salvo algunos descastados vendidos al PP por unas subvenciones a sus empresas–, con un recuerdo muy nítido de las vicisitudes de la guerra y de la inmediata posguerra con el estraperlo y el enriquecimiento de unos cuantos, mi tribu en Valencia no estaba lo que se dice tocando las castañuelas con el asalto al Parlamento.

Otro capítulo especialmente indignante en el niensayo-nificción de Cercas es el del terrorismo etarra y el de la intoxicación que practicaron desde los medios de comunicación los distintos partidos políticos y no pocos periodistas al agravar con sus “exageraciones” la situación del país. No dice apenas nada de la “cultura empresarial” del franquismo, por desmantelar. Ni describe las acciones de ETA ni el contexto en que se produjeron, menciona de pasada las torturas que el etarra Joseba Arregui sufrió y que le causaron la muerte, y con ella un mayúsculo escándalo pues no permitió ocultar lo que sabíamos hasta los adolescentes felices por indocumentados.

De las palabras de Cercas se deduce que si todo el mundo hubiese estado más quietecito y enredando menos, los golpistas no habrían encontrado motivos para el golpe y la democracia española se hubiese asentado y consolidado sin sobresaltos. Sin embargo, una vez dado el golpe, esos españoles tan revoltosos y tan enredadores no tuvieron c*** para salir a la calle y defender la democracia. No dice que el franquismo estaba muy podrido ya cuando Franco murió y que, pese al intervencionismo norteamericano, a Estados Unidos le convenía más, pese a su papel en las dictaduras latinoamericanas, una democracia tutelada que una dictadura a cargo de militares pendencieros y desfasados; le convenía más una democracia como la suya gobernada por los lobbies económicos, como lo es de hecho la española desde precisamente los ochenta.

No termino de explicarme el éxito de este libro –y, en cambio, entiendo ahora que le hayan saltado a la yugular con El impostor si, como se deduce de las críticas, repite la fórmula de insultar a los españoles encajándonos a todos en la etiqueta de oportunistas y cobardes pequeñoburgueses, a la par que insensatos izquierdistas que pretenden tener la luna sin sacrificio– salvo porque es la que conviene a los que manejan el cotarro editorial y político. Disgregar la culpa en partes alícuotas es la mejor manera de instituir una especie de pecado original de nuestra democracia sin llegar a establecer con rigor la verdad de las responsabilidades ni de los méritos. Me llama la atención que sistemáticamente deje de analizarse la acción de los etarras desde un punto de vista político e histórico, que es la mejor manera de no bailarle el agua a nadie ni se diga que las medidas de Suárez podían desconcertar a sus adversarios pero muchas eran una respuesta a lo que era un clamor en la calle desde muchos años ya.

Javier Cercas es quien afirma que la memoria histórica se ha convertido en una “industria”. Sebastiaan Faber le da cumplida respuesta en Javier Cercas y El impostor o el triunfo del kitsch, una réplica excelente a esta patochada ideológica que llevan infligiéndonos Cercas y alguno de sus amigos –el propio Jordi Gracia, con su ¿reseña? en Babelia-El País, Tres héroes de un instante. No sé si tiene uno que estar instalado en una universidad extranjera, como Faber, para que se tomen en serio sus argumentos y su crítica, para no quedar enterrado por las capillas universitarias. En todo caso, me pregunto: ¿existe realmente una crítica literaria de izquierdas? ¿Una crítica moderna que no deba todas sus dicotomías a los bandos de la guerra civil?

 Enterrar a los vivos II: Chirbes & Echevarria

Me dije semanas atrás que no iba a abundar en el tema, aunque me preguntaba qué escribiría IE al tener noticia de la muerte de Chirbes. Pensé que de haber muerto yo –algo que en lo peor de la desesperanza pensaba que iba a producirse de un ataque al corazón–, lo único que podría decirse de mí a estas alturas eran unas pocas palabras hablando de algo malogrado, una carrera, una vida toda, en realidad. Lo que no iban a explicar es malograda por quién.

Leyendo primero muy por encima el artículo de Echevarria, me dije, sublevada como estoy, que no voy a permitir que se lave la cara a mi costa. Luego, leído hoy con más demora el artículo en El Cultural me pareció más ponderado y deseoso de cerrar un dossier que produjo muchos disgustos en su momento: la réplica de Muñoz Molina a la crítica que hiciera en Babelia a La larga marcha. En el largo artículo que dediqué a defender en Letra Internacional a Echevarria, después de su tempestuosa “salida” de Babelia, comenté que me parecía que lo que se criticaba entonces, cuando lo de Chirbes, era la política del desencanto, que tiene su gratificación rápida para el que la emite en el (mayor o menor) acierto del diagnóstico –qué mal va todo– y se ahorra formular una alternativa. Luego vinieron una serie de desplantes y desaires por parte de Echevarria, que ya se sumaban a los que soporto desde hace muchos años, y en los que han colaborado con enormes ganas sus amigos, llámense Llovet, Claudio López, Luis Magrinya, y previamente otros, Munné, M. Martín, y que todos parten de lo mismo, que ha de resumirse en “tú no eres de los nuestros”, dando por hecho que soy lo que en realidad no he sido nunca, unos movimientos de humillación sistemática que dieron como resultado colocarme fuera del circuito literario y profesional, en el que a la altura de 2004 participaba muy a duras penas y de modo que ya sabía era marginal.

Puede que Echevarria necesite, cuando el escritor ha fallecido, dejar en claro su posición, pero al escribir “A nadie le cabe cuestionar la honestidad de su empeño”, es verdad que puede entenderse en relación a la denuncia global que Chirbes hizo de los males de la coja democracia española. Sin embargo, aunque dejé apartado el asunto cuando vi que mis vecinos me denunciaban por deudas, luego de arruinarme y cuando he actuado en todo con la mejor buena fe, y es locura empeñarse en lo que no tiene ya remedio, yo no voy a dejar de defender que estoy 100% segura, al contrastar Crematorio con mi texto, de que R.Ch. lo utilizó, y que la opción de callarme y soportar una bofetada más ya dejó de ser opción para mí. No insisto porque no tiene remedio, pero la santificación de unos no puede hacerse a costa de la reputación de quienes, como yo, hemos sido enterrados literariamente, profesionalmente, moralmente, en vida por unas personas de las que lo más suave que puedo decir es que han abusado de su posición.

El que lee estas líneas probablemente no sepa en qué condiciones personales hacía yo las lecturas para Anagrama, ni por qué firmé apresuradamente el contrato que me ofreció Claudio López, ni que el encargado de la prensa y promoción de la editorial era un tipo que había pasado, tiempo atrás, un año entero negándome la palabra y el saludo, sin que yo pudiera adivinar la razón pues apenas nos conocíamos y tratábamos, ni que Echevarria me animó en su momento a escribir y a publicar y luego no ha hecho nada más que despreciarme por activa y por pasiva. En definitiva, el que lee estas líneas no puede saber que todo este plantel de gente me ha arruinado la vida, por acción y por omisión –Bien dice Freud que “El espanto se conecta menos con la novedad que con el retorno de aquello que es familiar pero como venido de otro tiempo”, el tiempo de los tartufos–. A fecha de hoy yo debería estar en Francia, disfrutando de la beca de escritura que me concedieron para una estancia de mes y medio y que no puedo disfrutarla porque estoy, como tan a menudo, sin un céntimo. Me han quemado de tal modo los editores y editoras con los que he trabajado que no acierto a ver la salida del túnel. En definitiva, no entiendo por qué, visto cómo Echevarria ha orquestado la carrera de Gonzalo Torné o blindado a Gopegui frente a toda crítica, cómo colocó a Bolaño en su momento, cómo Monegal colocó a su sobrina en la universidad y refrenda la carrera de J. Carrión, cómo cada cual instala a su favorita o favorito en puestos de interés, con futuro y bien pagados, he de resignarme yo a trabajos precarios, a limosnas, a la depresión, sin denunciar la distorsión, sin sublevarme.

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