Ecce Homo, Biografía de Jaime Gil de Biedma, de Miguel Dalmau

Ecce Homo de Borja

Ecce Homo, de Elías García Martínez, antes y después de su restauración

Quise comprobar si la biografía de Jaime Gil de Biedma era, como la de la pareja Sartre-Beauvoir, una desaforada histoire de culs y dediqué parte de la semana pasada a su lectura. Me temo que la mayoría tiene su opinión hecha y ya se han expresado con elocuencia; en parte también, creo que son los expertos en la poesía de Gil de Biedma –o en poesía española de la segunda mitad del  siglo XX– y hasta los homosexuales que conocieron a fondo las postrimerías del franquismo y la primera década de la Transición quienes pueden valorar mejor los aspectos polémicos.

De entrada, Gil de Biedma no me ha interesado nunca demasiado, así que mi impresión conforme avanzaba la lectura de esta biografía no guarda relación con entusiasmos o aborrecimientos previos. Es verdad que la biografía de Marsé me lo hacía si no simpático sí humano, al presentarlo ligado al novelista desde ese nivel a ras que da o permite la reciprocidad entre dos seres tan diferentes, despojado también de esa hiperbolización de la voz, esa construcción de la imagen, que me estorba en él y en Barral, que se advierte tanto en sus respectivos diarios o memorias como en la poesía del primero (la del segundo no la he leído) y en entrevistas. Me figuro que la biografía escrita por Cuenca, que llega después de la de Dalmau, tenía la intención explícita de compensar la imagen del poeta que tanto ha escandalizado.

El problema, entonces, está… por todas partes. De un lado, Dalmau se propuso llenar un vacío, pues es una constante afirmar que la literatura española carece de biografías solventes de las grandes figuras, como cabría esperar de una tradición literaria europea de primera línea. De otro lado, hay un trabajo de documentación ingente, que da en algunos datos útiles –y algunas escenas aprovechadas, casi por entero, por Cuenca en su biografía de Marsé–, como lo relativo al trabajo de Gil de Biedma en la empresa de los Tabacos de Filipinas, o las prácticas hard en el ambiente homosexual en el Nueva York de los ochenta. Por último, parece que la intención es esquivar la hagiografía típica y el ensayo crítico especializado.

Y entonces está el caos, la desorientación. Se estructura en tres partes, estableciendo un paralelismo con los trípticos del pintor Francis Bacon -también homosexual-, pero el efecto no está logrado. El primer “panel” relata los hechos biográficos y el contexto familiar, una aristocrática familia vinculada al bando nacional durante la guerra y durante todo el franquismo gozando de los privilegios de su rango. No me entretengo porque resumir mucho daría aquí la impresión equivocada de que se trataba de fascistones u oportunistas; un niño guapo y logrado ejemplar de su clase cuya orientación sexual le sitúa en un dramático margen respecto a ella. En la segunda parte se aborda su perfil desde su creación poética y literaria. En la tercera se retoman aspectos de la primera pero centrada ya en lo sentimental y sexual hasta la muerte por sida. Abundan los testimonios de amigos, ex amantes, parientes, documentos, etc., pero el retrato se resiente. Porque da la impresión de que el autor no sabe qué hacer con su personaje.

Mientras lo leía me dije que no entiendo por qué una biografía por fuerza debe ser larga; ¿por qué no sintetizar en varios momentos fuertes cargados de significado? También me pregunto si una figura tan singular como Gil de Biedma es abarcable por una mentalidad española y/o pequeñoburguesa (dominante en nuestro país). Me dije que es el típico -por atípico- personaje que hay que considerar con alma extranjera, porque los prejuicios de clase, de sexo, de idioma (por la familiaridad no con el idioma inglés sino con la cultura inglesa y sus tics) y hasta de edad pueden condicionar la mirada y quedan pendientes de indagar aspectos que ayudarían a perfilarlo mejor. El ascazo del franquismo impregna la vida de estos escritores, que actuaron como si el franquismo no existiera y, sin embargo, todo delata su presencia asfixiante alrededor.

Ocurre también que un perfil como Gil de Biedma pide a gritos un excelente escritor con un dominio del idioma que aquí no encontramos. Me resultó desconcertante el pasaje en que, después de extenderse sobre el deterioro que sufría el poeta en una fase ya avanzada de la enfermedad, el biógrafo manifiesta que, en cierto momento en que pareció sobreponerse, redactó una carta para un familiar vinculado como él a la empresa en la que tácitamente renunciaba a su trabajo y se despedía. Escribo desconcertante porque la carta es impecable en su redacción, estructura, uso del idioma, en resumen, en su elegancia.

Pide también imaginación literaria para imaginar al objeto de la biografía. Me cuesta aceptar que el mejor enfoque sea la mirada de Proust, por mucho que le influyera descubrirlo, cuando guarda más similitudes con el tipo viscontiniano, con los excesos, histrionismos, perversiones y elucubraciones que vemos en La caída de los dioses. Y hasta el aspecto. Y hasta la culpabilidad de formar parte del bando de los vencedores. Más imaginación literaria para sacar jugo narrativo de los pasajes que transcurren en Filipinas. Me acordé de las descripciones que Paul Bowles hace de los paisajes en sus libros de viajes -como en Desafío a la identidad–: acrecientan el misterio del lugar, nunca lo anulan.

A veces creo que todos caemos en las trampas que nos tienden los otros al ofrecernos su perfil. Así, ¿qué habría sido si en lugar de presentarlo como poeta lo hubiese presentado como un ejecutivo de una empresa multinacional que tiene un perfil B como poeta y como homosexual? Un Don Draper homosexual, en definitiva. No sé si se entiende lo que quiero decir, pero parece absurdo que la negación que alguien hace de su vida oficial, de su vida cotidiana, lleve al biógrafo a negarla también cuando esa realidad condiciona e intoxica el conjunto. Y bien dice Dalmau que GDB mantenía privilegiado contacto con la elite de la economía moderna –con sus viajes internacionales como ejecutivo–, de eso apenas hay información.

Por último, está el control de la información relevante. Tenemos aquí a un varón muy activo sexualmente y promiscuo –como tantos que canalizan la angustia en ese derroche–, que prefiere a los hombres pero también se enamora de mujeres. No sé si es necesario que sepamos que mantenía relaciones con su amante cuando ella estaba “en esos días”. Ni siquiera entiendo por qué alguien incluye esta información si luego no viene un anuncio de tampones vintage.

Está la calidad de los testimonios. Porque cuando el dibujo del personaje ya está descomponiéndose –en la última fase de su vida, con los episodios depresivos y sus consecuencias–, viene un examante a rematarlo. El tal Ventura afirma que Gil de Biedma “era tonto”. Ahí solté la risa porque esta revelación sensacional era lo último que esperaba. Y el Ecce Homo empieza a escorarse peligrosa, definitivamente, hacia el Ecce Homo de Borja. Y entre que “es tonto” y está hecho un Cristo por la enfermedad, la depresión, el alcohol, los intentos de suicidio, el abuso o el abandono de los amantes díscolos, el silencio poético la edad y el sida, ya no sabemos qué hacer con ese despojo.

No creo que fuera un despojo. Creo que Gil de Biedma vivió una tragedia moderna. Creo que al biógrafo se le ha perdido el personaje entre las manos porque tiene los ingredientes de un peliculón pero nunca a un hombre vivo.

Hubo un momento, ya de irritación, en que dándome razones de por qué merecía otra perspectiva su frenética y turbia vida sexual (hablan aquí las monjitas), me dije que nunca nos sublevamos ante estas trampas pequeñoburguesas. Si alguien es lo bastante valiente para vivir su vida sexual como lo hizo Gil de Biedma –como lo hacen otros hombres y mujeres, heterosexuales y no–, ¿por qué se nos vende siempre una película cristiana, un martirologio que sirve para dejar/dejarnos conformes con nuestras cobardías o prudencias? Si alguien extiende los límites de su vida porque tiene imaginación, energía, conocimiento de sí mismo y rabia de sí hasta ese extremo, ¿por qué abordar el personaje en los límites de la moral convencional seudoprogresista?

Y ya puestos, ¿quién entre el listado de gente a la que Dalmau agradece su apoyo soportaría un escrutinio de su vida sexual como el que inflige a Gil de Biedma sin quedar hecho un ecce homo?

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