Elecciones “plebiscitarias” del 27 de septiembre en Cataluña. “No, no, no te equivoques”

charnegos

Emigrantes llegados a Barcelona. Encontrado en la red. Fotógrafo: ?

El año pasado, cuando en el banco tramitaban la moratoria, el nuevo director de la sucursal, un hombre joven, muy calmado, inteligente, treintañero, atribuía mi pésima situación financiera al hecho de ser de fuera de Cataluña. Por sistema, hablo siempre en castellano, con más motivo si se trata de asuntos personales, económicos y legales, en los que importa la letra pequeña. Carlos, que así se llama el director, insinuaba que no debía avergonzarme, que él y sus padres también venían de fuera, que “también eran emigrantes”. “No, no, no te equivoques. Yo no soy emigrante. Emigrantes eran los de mi familia cuando trabajaban en Francia. Yo soy española y estoy en mi país”.

Emigraron a París a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, cuando la llamada “década prodigiosa” puso a Francia en la órbita de la modernidad.

Otro episodio ejemplar. También durante el año pasado; acudí a pedir información, que no aparecía en la red, relativa al llamado programa Eures, concebido para españoles que buscan trabajo en el extranjero. Me atendió una mujer de unos cuarenta años. Pregunté. Como información, cuatro vaguedades en tono displicente: que en Francia buscaban sobre todo empleados de servicios, entre camareros, enfermeras y fresadores. Ella vio la posibilidad de establecer algún tipo de complicidad: una persona con carrera por fuerza la merecía. Me preguntó: “¿Entiendes el catalán?”. Le respondí: “Sí. ¿Y?”. Se quedó dubitativa unos segundos. Lo repitió: “¿Entiendes el catalán?”. Volví a responder: “Sí. ¿Y?”. Lo entendió por fin. Tiene un contrato como funcionaria porque domina, se supone, las lenguas oficiales en Cataluña, que son el castellano y el catalán, en el orden que prefiera el hablante, me imagino. Legalmente, tendrá que ser en condiciones de igualdad. Si presta un servicio público, será en el idioma de quien solicita ese servicio. Está ese discurso recurrente de la opresión del catalán –¿dónde?. Si no ejerzo mi opresión sobre la pobre funcionaria, ¿cómo va a sostenerse su discurso? ¿cómo va a justificar ella su vida entera? Esa misma tarde, en una calle de Gracia, una chica extraviada en el laberinto del barrio, me pregunta en catalán por cierto bar irlandés. Sin encomendarme a Junqueras ni a la mureneta, le respondo en catalán. Porque, como dijo el humorista Gila, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Como traductora, correctora, como colaboradora en prensa, en el doctorado de la Pompeu Fabra, en la CCRTV, he tenido que tolerar que personas con peor formación que yo, con un castellano mucho más pobre que el mío, ocupen puestos de trabajo, con sueldo y beneficios, que podría desempeñar yo mejor. Y ha sido así porque sus contactos o lazos familiares les han facilitado esos puestos de preferencia. Pensemos en Rahola publicando libros en castellano con Planeta. Yo corregí –reescribí en castellano- dos de sus libros. Qué prodigiosa inventiva lingüística la de esta independentista. Recuerdo, además, la declaración a la prensa de una de las escolares que vio como uno de sus compañeros de instituto mataba al profesor: ni Sánchez Ferlosio mejoraría esa jerga cani-con-inmersión catalana.

Me han boicoteado por activa y por pasiva; no pudiendo acusarme de trabajar mal, me han apartado incluso “por estar demasiado capacitada para el puesto a cubrir”; ha habido quien dejó caer que no encontraría trabajo si se sabía que era “conflictiva”. Todo mi “conflicto” era que no quería saber nada del canalla que pronunciaba esa frase y así me advertía de su poder de contaminación. Otro, que yo lo ponía “contra las cuerdas”: después de trabajar más de dos años como una imbécil, sin contrato, a tarifa bajísima, mientras los dos que trabajaban con él no pegaban sello, y disfrutaban de todo lo que conlleva el sueldo y haber sido contratados a dedo. En cierta ocasión, tuve que llamar al domicilio del director de ese departamento: la persona que atendió al teléfono, una mujer vieja que no debía percatarse de que hablaba a gritos, en respuesta al que preguntaba quién llamaba: “No sé. Una castellana”. Me eché a reír porque pensé “que habla el mejor castellano que oirás en tu vida”.

En Cataluña, todavía es muy habitual asociar el idioma castellano a servidumbre. Un amigo mayor, jubilado ya de su plaza de catedrático, holgada pensión, con envidiable carrera “en función de servicios” en el extranjero, cuenta a menudo la anécdota de su “entrada en sociedad” como joven universitario en Barcelona en los años sesenta. Unas compañeras de aula, al decir él que era de Murcia, soltaron un dicho ofensivo sobre sus coterráneos. Otra de las estudiantes, queriendo atemperar el insulto, protestó: “¡Ay, pero si dice mi madre que las criadas murcianas son las más limpias!”.

En cuanto a nuestros jóvenes escritores en castellano que colaboran asiduamente en publicaciones catalanas, o imparten cursos en las facultades de Letras de Barcelona, con la carrera apenas consolidada, ¿quién de ellos ha adoptado una postura clara contra la manipulación sistemática que los nacionalistas-separatistas practican? No. Podrían perder el trabajo en la universidad, y las colaboraciones en prensa. Es más rentable, pues, condenar la desastrosa gestión del país que perpetra el gobierno comunistoide chavista de Venezuela o exigir que cese la masacre de periodistas en México.

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