Las autoridades patológicas

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Leí una entrevista anunciando la publicación de una novela de Marta Sanz, titulada Amor fou, título que por sí mismo no me llamó la atención, estando como estoy algo saturada del juego “vale que soy algo macarra, o algo canalla, o algo que te pone un escalofrío de morbo en el cuerpo”… que se trae el medio literario desde hace ya mucho. Sí que dijera que la novela fue censurada años atrás y que había ido a publicarla a Miami. Dad recuerdos a Miami South-Beach, ay.
Pensé que, con independencia de cuál sea el contenido, el éxito que alcance o la calidad de esta novela, por más que sean miles los libros que se publican todos los años, hay territorios muy amplios de realidad que son censurados para su narración. Mucho de lo que  no se permite publicar, incluso al margen de los temas que las modas arrumban, relataría, o podría relatar, la violencia tácita.

Estoy redactando a trancas y barrancas un artículo sobre un par de novelas. En un episodio de una de ellas, dos mujeres conversan y resulta que las dos están medicadas con antidepresivos, por razones distintas. Pero me pareció llamativo que sobrevolando la conversación estaba la autoridad que había decidido qué fármaco convenía a cada una de ellas, y eso en relación a lo que da en considerarse un estado de salud mental aceptable. El contenido del intercambio entre ambas mujeres me parecía menos transgresor que patético, un todo pis-caca-culo-sangre-lágrima-grito que, con ser  interesante como sociología, no deja de ser una sumisión plástica a un horizonte de expectativas.  El horizonte de expectativas de la depresión o de la enfermedad mental, el horizonte de expectativas de un género narrativo que cree intervenir políticamente cuando lo mejor que está haciendo es indicar lo grave que fue la regresión psicológica que ha conllevado el éxito de una moda narrativa -la de la joven generación norteamericana, incluidos los made in Granta–.

Volviendo a esa novela censurada y a todas las que se censuran porque no convienen, pienso en esa realidad que viaja a nuestro lado con nosotros, de la que no siempre somos sujetos sino objetos y cómo unos y otros se someten de tal modo que llega un punto que lo publicado más bien parece una operación de camuflaje de la realidad que un instrumento útil para revelarla. Más que enriquecer el panorama literario y vital del lector, las novedades –y sus secuaces los suplementos– se dedican a constatar y a consolidar realidades trilladas y a abortar realidades nuevas.

La autoridad patológica, por ejemplo de quien determina qué y cómo hay que escribir, quién tiene criterio y quién no, por la vía de publicar esto en lugar de aquello. Isaac Rosa habla en una de sus novelas de tantos buenos escritores de la posguerra obligados a escribir mal para parir noveluchas baratas. Recuerdo que, una vez desistí del doctorado de Lit. Comparada –para ese primer curso de Comparada en la Pompeu, los doctorandos habíamos sido seleccionados entre los candidaturas con mejores currículums, y creo que más del 50% abandonamos porque debíamos ganarnos la vida y no veíamos claro adónde nos llevaba el doctorado tal como estaba diseñado–, a consecuencia del vacío que me hicieron tras la publicación en Mondadori, tuve que malganarme la vida reescribiendo de arriba abajo noveluchas de acción de una editorial satélite del grupo Planeta. También me llamaron para reescribir la novela de una autora de best-sellers, no sé si era la Navarro o la Asensi, la que habla de historia y de princesas. Lo hice someramente, la editora quedó descontenta, según me dijo el viejo editor de mesa que me pasó el contacto, a lo que yo respondí: “que aprenda a escribir”.

A lo largo de los años me he negado a reescribir –o “corregir a fondo”– novelas de escritoras españolas.

 Las dos mujeres de la novela charlando bajo los efectos de sus respectivos antidepresivos no trataban de comprender qué les ocurre sino de exhibir cómo les ocurre lo que sea que deciden actuar. Fingen no tener control sobre sus vidas cuando previamente han decidido someterse a unos patrones de vida, a la moda, sin discutirlos. Parte de ese control que ceden va a parar al batallón de expertos de toda clase que hoy día deciden cómo han de ser nuestras vidas, nuestro lenguaje, nuestro idioma, nuestros cuerpos, nuestro trabajo, nuestro presente y nuestro destino. Si no te avienes a esas doctrinas, te tratan de loca, de petulante, de soberbio, de fracasado.
Pienso en la tontería que le ha dado a todo el mundo con el derecho a la intimidad o a su imagen –cuando está en lugares públicos–, al punto que un género como la fotografía de calle, que ha dado fotoartistas como Doisneau o Depardon, por nombrar a dos entre varios cientos a lo largo del siglo XX, está medio condenada. A la vez que todo el mundo tira fotos, hay más normas para no transgredir los derechos de propiedad de todo lo que se nos ocurra, incluida la cara de un transeúnte. Antes, con la cámara de carretes en blanco y negro, al hacerle una foto a un desconocido no estabas robando nada sino capturando un instante, de maravilla, o quizá de perfección; la persona así capturada se sentía adulada y solía sonreír y saludar luego; ahora, a menudo hacer una foto –intentarlo– conlleva una filípica de alguien –por lo general fea a rabiar, o anodina hasta la indignación–, una lección sobre su derecho a la “privacidad”, lo que implica un concepto económico de las relaciones entre las personas.

Incluso la saña con que algunos trolls despedazan a los escritores tienen ese componente economicista. Cómo aplauden a todos aquellos que corroboran el panorama –Chirbes y los narradores de la crisis, por ejemplo–, pero no dejan ni un segundo en suspenso para lo inesperado, como la belleza.

Pensando en ese escamoteo cotidiano, en esa usura, pongo unas fotografías de Jean Loup Sieff, que perseguía lo contrario.

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