Estoy leyendo… biografía de Juan Marsé, Mercedes Soriano, Walsh, Dalmau & Piña…

Maquetación 1

Estoy leyendo y leyendo y leyendo con una concentración y bulimia que hacía mucho tiempo no gastaba –supongo que es porque ya me he leído todo internet :-)–, pero admito que me da cierta pereza comentar mis impresiones, puede que porque la intuición más acuciante es que convendría hacer comentarios feroces, sin mordazas de ningún tipo. Así, he leído con gran interés la biografía que Cuenca ha dedicado a Juan Marsé, que tiene tres o cuatro líneas argumentales de potente interés –la formación de Marsé en su correspondencia con Paulina Creusat; el tema de las amistades que atraviesan la vida entera del autor, como Gil de Biedma; la independencia de Marsé y cómo encaja (o desencaja) su figura en “el rollo” independentista catalanish, el problema de Marsé con las adaptaciones al cine de sus novelas–. Es una biografía generosa aunque no obsequiosa porque el biografo, Cuenca, mantiene una postura intelectualmente sensata, aunque es evidente su crítica a la construcción de una leyenda nacional/nacionalista desde la restauración de la democracia con Pujol y sus huestes. Intoxicación que llega hasta hoy con la convocatoria de elecciones “plebiscitarias” para finales de septiembre y plasmada desde una postura con la que me siento plenamente identificada. Dicho en corto, lo que están haciendo los nacionalistas catalanes es un desfalco, cultural, intelectual, de mi futuro, del de todos cuantos no piensan como ellos.

Merece la pena leer la biografía aunque solo fuese para descubrir cuántos años llevan ya los nacionalistas catalanes intoxicando el ambiente cultural y el tonillo de superioridad que gastan. Al respecto es de lo más irritante –me imagino a Marsé, por suerte con el gen de la socarronería muy desarrollado, refunfuñando y riendo al leerla– la carta que un pope del catalanismo soidisant progresista le escribe perdonándole la vida por escribir en castellano –se trata del fundador de uno de esos caros y pijos colegios adonde asistían los vástagos de la gauche-divine, el Thau, creo que se llama o llamaba–. Se habla, por supuesto, de los desencuentros con la censura franquista y de la antipatía que le “une” a Juan Goytisolo desde que Marsé ganara el Biblioteca Breve con Últimas tardes con Teresa en lugar de Manuel Puig por sus Boquitas pintadas. En la falta de análisis de esta oposición encuentro uno de los fallos de la biografía: el fallo. En su reseña en Babelia, leo que Jordi Gracia echa en falta la “biografía”, es decir, una elaboración del ingente material que Cuenca ha ordenado biográficamente contando con la generosísima colaboración documental de Marsé. Tengo la impresión de que Gracia echa en falta al personaje cerrado –algo que sólo nos dará la muerte del escritor– y no lo que creo que falta: llevarle la contraria a Marsé en cuanto a su antipatía por los “estructuralismos” y otras corrientes de la crítica y de la literatura nacidos en la época de sus primeras publicaciones.

Es decir, creo que es urgente ya mirar y leer a textos y autores de un modo radicalmente distinto. Sin duda tiene razón Marsé cuando se burla del estilo intelectual y snob que prosperó en los años sesenta-setenta –y que tiene a su archienemigo Goytisolo entre sus practicantes–, pero la burla debería ir contra sus excesos no contra los planteamientos de base. Así, el conflicto por el premio a Últimas tardes con Teresa contra Boquitas pintadas –que arrancaba ganadora–, en el que el editor Carlos Barral –ostensiblemente favorable a Marsé, al que le unía ya una buena amistad– intervino hasta obtener que la balanza se decantara del lado del escritor barcelonés, podría haberse planteado considerando que la novela de Marsé no era sólo novela social, novela de autor “obrero”, sino que la propuesta de Puig forzaba una consideración minoritaria de la realidad política. Cuenca no destaca suficiente –quizá por una falsa naturalidad–, en mi opinión, que Juan Goytisolo estaba defendiendo una narrativa queer que todavía hoy se considera minoritaria y que ha llevado décadas antes que los especialistas en la materia construyan una perspectiva teórica con la batería de conceptos suministrados por el “posmodernismo”. Es decir, ha llevado décadas comprender que lo camp y la reelaboración de los códigos del melodrama, el folletín o la cultura de masas, están -estaban ya- al servicio de una mirada política de la realidad. Y desde la perspectiva que nos da el bagaje de tanta teoría literaria consolidada, sería interesante entender la posición de Barral, un editor que parece ser más famoso por sus rechazos que por sus asentimientos.

He disfrutado de su lectura –resulta de lo más triste comprobar cómo mujeres con la cabeza tan bien amueblada, y tan lúcidas en sus consideraciones sobre el idioma y sobre la llamada literatura política,  como la corresponsal del joven Marsé, Paulina Crusat, quedan relegadas al olvido–, especialmente de las páginas dedicadas a la revista Por Favor, y de la creación de la novela Si te dicen que caí.

la mala puta-portadaNo he disfrutado nada, aunque también se lee en un plisplás, de La mala puta, de Miguel Dalmau y Román Piña. Comprendo (y comparto) el enfado de Dalmau frente al poder que unos pocos tienen para condenar libros y carreras en nuestra literatura, pero no creo que el desahogo superficial sea la mejor terapia. De hecho, si uno decide estampar su enfado en un libro, debería profundizar más y no achacar a la envidia del gremio la falta de solidaridad cuando su proyecto de biografía de Cortázar queda en agua de borrajas porque la Balcells se niega a consentir que se reproduzcan fragmentos de la obra del autor de Rayuela. Si causó escándalo tiempo atrás su biografía dedicada a Jaime Gil de Biedma no fue porque presentó la vida del poeta desde una perspectiva poco complaciente al tratar de su vida sexual, sino precisamente porque lo hizo desde la complacencia estúpida de la pequeña burguesía que se deleita en relatar los aspectos íntimos de las vidas ajenas con la mezquindad intelectual de una beata de la posguerra. No hace mucho, una estudiosa norteameriana, Hazel Rowley, hizo lo propio con la vida de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, y el crítico Edmund Wilson ya peroraba contra este tipo de biografías “sociopsicológicas” de escritores que tienden “a caricaturizar las personalidades de sus personajes. Hoy en día se nos muestra el espectáculo de algunos importantes ornamentos de la raza humana, expuestos exclusivamente en términos de sus manías más ridículas, sus neurosis más inquietantes y sus fracasos más humillantes.” (pág. 118) La parte de Román Piña me ha parecido muy autoindulgente y la carta que dirige a un pobre diablo que cree que redimirá su vida si su obra “a lo poeta maldito” encuentra un editor es un escándalo de autopromoción. Me hizo recordar, por lo contrario, por la generosidad del punto de vista, la Carta de Charles Baudelaire a “los jóvenes literatos” donde empieza advirtiendo que no conviene creer en la buena o mala suerte de los demás, pues con toda probabilidad el éxito ajeno es la eclosión de menudos éxitos imperceptibles previos. (Naturalmente, nuestro querido Carlitos Baudelaire no conocía el universo literario barcelonés). El capítulo dedicado al “caso Echevarria” es bastante extenso. Siempre que se aborda el asunto me pregunto si soy la única que entendió la maniobra de Prisa dentro de la estretegia de infantilización ideológica en la que Zapatero había embarcado al país y que, en aquel preciso momento, estaba metido en la faena de desdramatizar el terrorismo etarra en vista a las negociaciones con la banda para el fin de la “acción armada” y que la novela de Atxaga, con su idílica visión del arranque del “conficto”, era parte de la vaselina que se suministraba a la opinión pública. De otro lado, me ha hecho reír Dalmau cuando afirma que las críticas demoledoras de Echevarria le llevan a uno a necesitar algún tipo de sortilegio o un chamán para deshacerse de su efecto en la moral de la víctima. Me he reído porque es exacto: es una especie de veneno inoculado en la sangre que acaba con tu energía y tu pasión de vida.

Entre la biografía de caca-pipi-culo y la hagiografía que no se atreve a arañar al personaje –un poco el defecto de Mientras llega la felicidad–, queda una posibilidad de audacia… que muchas veces queda para las autobiografías.

Mi conclusión es que España no tiene (o ha perdido) una tradición de polémica y de cultura de editores. Pienso en la correspondencia que Gaston Gallimard intercambiaba con Proust y con Céline -que se moría de celos porque su obra no merecía (aún) una Pléiade mientras el mimadísimo asmático recibía honores de toda suerte– y no me imagino a Herralde, ni a la Balcells, ni a López de Lamadrid ni a Echevarria ni ¡a Lara! cultivando sabiamente estas neurosis y explotándolas en favor de la literatura de sus autores… y no de sus cuentas bancarias.

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