“Muerte de un murciano en La Habana”, de Teresa Dovalpage, una zarzuela con rimas de Bécquer, en El Rinconete del Instituto Cervantes

Teresa-Dovalpage-retrato

Teresa Dovalpage

El Rinconete

Si uno viaja a Miami, Estados Unidos, el primer destino del exilio cubano tras la revolución castrista, y tiene la suerte de que alguien le ofrezca datos sociológicos o históricos para interpretar lo que ve —por ejemplo, en South Beach, zona muy rica de la ciudad, qué «es» ese anciano vestido de punta en blanco a la moda de los años cincuenta—, averiguará que las distintas oleadas de la diáspora se definen por el contexto político que abandonaron. En las primeras oleadas dominaban los acérrimos anticastristas, ligados al régimen de Batista, los disidentes de primera hora y los considerados «ineducables» por el sistema, partidarios a menudo de mantener el embargo hasta la caída del régimen. Las últimas generaciones, ya lleguen con visa o en balsa, suelen ser exiliados económicos y partidarios de negociar para favorecer una transición controlada a la democracia. Los escritores cubanos exiliados reproducen esos mismos esquemas, por lo que las novelas de humor identifican a autores de las dos últimas décadas, cuando el castrismo, con su eterna mala salud de hierro, se derrumba en períodos especiales y sobrevive con el oxígeno de las economías emergentes y el turismo. Teresa Dovalpage (La Habana, 1966) responde al último perfil.

En la actualidad vive en Taos, Nuevo México, después de pasar por San Diego (California) y Albuquerque. Con un doctorado en Literatura Latinoamericana cursado en Estados Unidos, adonde llegó en 1996, acostumbra a subrayar que sus primeras publicaciones fueron ya en «sociedades libres» y que nunca ha sentido nostalgia de Cuba. Escribe indistintamente en inglés y en español pero la isla es el escenario de sus argumentos: A Girl Like Che Guevara, (2004), Muerte de un murciano en La Habana (2006), Habanera: A Portrait of a Cuban Family (2010), El difunto Fidel C. (2011), La Regenta en La Habana (2012) y Orfeo en el Caribe (2013).

Muerte de un murciano en La Habana, que en 2006 resultó finalista del Premio Herralde, es seguramente su novela más conocida. El argumento abunda en los tópicos: un murciano sesentón y divorciado llega a La Habana para dirigir la filial de la empresa española Águila y Cía., se enreda con una habanera apenas mayor que su hija y el plan económico-amoroso termina fatal. Ya desde el título la autora se ríe de los tópicos de la Cuba castrista del período especial y le da la vuelta a la moderna literatura cubana al escribir un enredo zarzuelesco, inspirado en Los gavilanes (1923) —libreto de José Ramos Martín y música de Jacinto Guerrero—, donde un indiano de mediana edad regresaba a su tierra convencido de poder comprar con dinero el amor de la joven Rosaura, que ama a Gustavo.

Dividida en cuatro actos con sus correspondientes cuadros, dando a los protagonistas la ocasión de «cantar» y lamentar las trampas con que los emboscó el destino (el deseo), Dovalpage escribe una hilarante y descabellada tragedia donde una mosquita muerta, la rubia y desnutrida Maricari o María del Cobre, seduce sin quererlo a Pío Ponce de León, durante un encuentro en la calle donde no atina siquiera a vender sus muñecas de artesanía. Azuzada por su deslenguada y hambrienta madre, Concepción, consulta a un vidente de santería, Teófilo, que atiende travestido como Mercedes la Espiritualísima y es ducho en latín e historia del arte. Desde el primer encuentro, una corriente de atracción une a los jóvenes, que termina interponiéndose en la relación de conveniencia en la que se instala Maricari, para desespero de su madre, quien veía ya abiertas las puertas del paraíso español.

Muerte de un murciano en La Habana parece la inversión de Los gavilanes. En clave posmoderna, critica los nuevos colonialismos —empresas mixtas, turismo sexual—, y pone en boca de los jóvenes enamorados las melosas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer y los pareados más bobos, parodiando la tradición literaria española. También es implacable con la ruina del país al oponer las penalidades que padece el cubano medio a los privilegios de una élite residente en la zona de Miramar. Es novela de crítica social y realista por el inexcusable protagonismo del jineterismo, por las referencias a ese «faltante» que compensa en dólares los magros sueldos de los empleados en empresas mixtas y a la obsesión por los objetos y la comida, sueño de Tántalo en Cuba. Pero Dovalpage ofrece su crítica en una lengua viva de cubanismos, desorbitada en sus hipérboles, burlona con los tópicos preferidos de los propios cubanos y conjuga con fluidez las citas de la baja y la alta cultura. La risa del lector celebra esta vía de escape.

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foto: conexioncubana

 

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