Psicoanalistas: el cadáver en el armario

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He leído la noticia en que una aristócrata sevillana denuncia haber sufrido “abusos” por parte del psiquiatra que la trató cuando siendo muy joven sufría una depresión. La he leído con interés en parte porque viene a corroborar lo que decía yo días atrás sobre la función que a día de hoy cumplen los psicoanalistas –tengo la impresión de que se está produciendo una confusión en los términos psiquiatra/psicoanalista para definir a este médico sevillano–, y en parte porque cuando en las fechas en que acudía a la consulta de Bassols –que fue nefasto pues a lo largo de más de un año no hizo nada que pudiera calificarse de terapéutico y abandoné abruptamente por miedo a lo que estaba ocurriendo en la consulta y fuera de ella– me he preguntado con frecuencia cómo puede un paciente denunciar negligencia y ser tomado en consideración. En mi caso, cierto día alguien más serio que MB resumió: pero si eso es lo que ha hecho toda su vida en familia, hablar sola,  hablar para personas tan narcisistas que no son capaces de responder reconociendo que el otro existe.

Si se trata de abusos físicos, debe de haber un protocolo de forma que quede demostrado o no el hecho. Pero la negligencia en la falta de atención, en condicionar la fórmula de las visitas, vaciar de contenido las palabras de la persona que se analiza hasta dejarla convertida en una especie de pelele resulta más difícil de demostrar si el paciente en cuestión se encuentra deprimido, y aunque muestre todos los síntomas de una depresión, agravada por los síntomas de estrés postraumático, si no cuenta con un entorno protector –sino, al contrario, desquiciante y tóxico–, se reducen al mínimo las posibilidades de que una tercera persona advierta que se está produciendo una situación anómala –añadida a la “anomalía” del acontecimiento que ha producido los síntomas–, por lo que el médico tiene la sartén por el mango.

Al cabo de tantos años como han transcurrido me sorprende que no han cambiado nada en dos décadas las jerarquías ni los rangos y que basta con que alguien ocupe una posición de cierta relevancia –como el psicoanalista Bassols, como el profesor Llovet, como el editor tal– para que su testimonio se considere más fiable que el mío. Como si no fuese la insistencia en contar una y otra vez aquello una evidencia del daño que hizo el abuso de posición.

Este Bassols me tuvo mareada en mi propia depresión cuando en un tratamiento bien hecho la mejoría puede ser evidente desde los seis meses, para el tipo de síntomas que presentaba yo y considerando que un análisis previo con otro médico, el doctor argentino al que he mencionado en otras ocasiones, había dado resultados. Me decía yo estos días que por lo general la gente acude a un psicoanalista porque tiene algo que confesar, y que es más o menos consciente de qué se trata, un cadáver en el armario. Cuando yo acudí, muy joven, aún menor de edad, yo era el cadáver en el armario de mi familia. Y necesitaba existir por mí misma.

No es éste el lugar para dar detalles, más allá de los imprescindibles para sugerir lo grave de la situación, pero el resultado de las sesiones con MB fue la desconfianza completa hacia este profesional–y luego hacia a la profesión– y una ruptura rotunda con mi círculo de personas de referencia. En un momento dado se puede llegar a alcanzar una conciencia muy clara de lo destructivo que es un ambiente y nuestro rol dentro de él, o que esos lazos están rotos y optar por romper sin hacer un psicodrama de declaraciones y reproches. Una sola frase. Un cortar la conversación telefónica. Y resignarse a que el otro, que tiene más y mejores recursos para propalar su versión de los hechos, va a pintar una imagen de nosotros donde quedamos ridiculizados o empequeñecidos. Me resigné a que ocurriera así y que la versión de mí que a lo largo de los años dieron unos y otros fuera denigrante, pero me había alejado y al menos pude dedicarme a ganarme la vida. Me ha indignado que cuando ya me había recuperado me hayan puesto en la misma posición de indefensión de entonces, que podía justificarse por la edad.

El resultado objetivo de esa no-terapia es que se sumó al daño anterior. Cuando le pedí que me hiciera la factura final para mi declaración de Hacienda, descontó un porcentaje importante con la excusa del IVA, lo cual era una manera de decir que si yo quería salir adelante quizá debía hacer como él y cobrar una parte en negro (guardo la factura, y las agendas donde anotaba visitas, fechas, dinero pagado y aplazado).

Lo llamativo es que hizo que lo serio, lo grave, quedara supeditado al escenario de la consulta. La forma devoró el contenido. Me atendía unos quince minutos y, supuestamente, interrumpía cuando el paciente dice algo que debe considerar significativo, y reflexionar en ello por su cuenta. Pero lo que a mí me ocurría en esos momentos es que me sentía asaltada por opiniones y juicios de personas a las que yo consideraba ajenas a mi vida, que no tenían experiencia ni inteligencia para valorar los hechos, sus implicaciones, sus efectos, y, sin embargo, condicionaban mi vida cotidiana con sus actitudes, con sus palabras, sus propuestas de trabajo. ¿Cómo mantenerlos a raya, cómo defender mi posición? Evidentemente, no hubo manera, pues él se dedicó a defender su posición, que era esa arbitrariedad sobre el tiempo. Llegó un momento en que me pareció que a lo grave de los hechos ocurridos se estaba sumando lo peligroso de que cualquiera pudiera utilizar esa situación de fragilidad –económica, personal, familiar– en provecho propio. Y es lo que sucedió.

En tiempos de menos penuria presté dinero a un par de amigos (en épocas diferentes) sin incluir ninguna lección ni moralina. Lo devolvieron cuando pudieron. No recordaba yo estos episodios, pero son datos que encontré en unas viejas agendas. Tras dejar de acudir a Bassols, había roto con todo el mundo –que aún hoy me parecen necios y oportunistas–, en lugar de estar enfocada hacia el futuro con alguna ilusión tenía la energía completamente desajustada; me habían publicado una novela y sin embargo me encontraba hundidísima, convertida en una máquina de traducir libros que me importaban un bledo, de corregir traducciones ilegibles, de editar originales de famosillos, todo por cuatro chavos. Se necesitaba algún tipo de superstición vehemente para creer que de ahí podría salir algo bueno. Una superstición que nunca he tenido. Para pagarle el último tramo de las sesiones, una amiga no muy leal me adelantó un dinero a cuenta de la corrección del estilo de su tesis. La tesis se calificó cum laude. Hoy ella es consultora senior de la organización para la que trabaja. Yo no podía pagarme ni mi tesina y abandoné el doctorado. También tuve que corregir la memoria de cátedra de Llovet que, ya lo he contado en otra ocasión, no me pagó hasta que al cabo de varias semanas le dejé mi visa –vacía y con el crédito también consumido– encima de la mesa de su despacho. Llovet me había prometido varios “premios” en compensación a mi “abnegada” entrega a la elaboración del libro Lecciones de Literatura universal. Entre ellos, introducirme más en el Instituto de Humanidades, o que pudiera dar clases en la universidad. Varias personas le habían dejado en la estacada de un día para otro por una oferta mejor, así que me había rogado que no abandonara el proyecto a pesar de que lo que cobraba era poco, no tenía contrato, no siempre pagaban regularmente. Era la clásica demanda contradictoria que Freud ha estudiado de sobras. Con todo, además de marcharme con una mano delante y otra detrás, lo peor fue el empobrecimiento. Pasar al circuito de los subalternos. Y el mensaje “ideológico” añadido que siempre ha acompañado el discurso de esta gente que pasa por ser la élite intelectual de Barcelona, que no merece la pena repetir. En esos viejos tiempos de principios de los 90, mi mejor amigo en la universidad, ex de Llovet, estaba pasándolo peor que yo ahora en Madrid. Me llegó noticia a través de otro amigo de una coreógrafa extranjera que necesitaba encontrar un hombre joven de tales características que encarnara al protagonista de la obra que preparaba. Se lo dije y se pusieron en contacto. Ahí arrancó y despegó su carrera. Cuando, después de trabajar con Llovet, yo me las veía y las deseaba para encontrar trabajo –acepté durante años cobrar miserias como correctora de estilo, cuando entre los 25 y los 29 años era secretaria de dirección en los departamentos de dirección de la CCRTV– y este amigo cobraba (literalmente) millones de pts. al mes, me lanzó a gritos que “cualquier vacaburra consigue un trabajo”. Tampoco yo recordaba el enlace con la coreógrafa, es un dato que también resucitó con una vieja carta. Lo que intento decir es que este grupo hizo todo cuanto estuvo en su mano para que yo no prosperara y me resigné sin decir palabra. Pero tengo claro que las penurias económicas de hoy son consecuencia directa de esas decisiones que tomaron personas a las que no dudé en ayudar sin pedírmelo.

Insistir en cómo estaba mi autoestima después de trabajar con Llovet, Gimferrer, Munné, Palau, Eloi Roca, López de Lamadrid, Echevarria, Navarro, es inútil. No quiero decir que todos fuesen insultantes. Pero ellos son la estructura. El margen de movimiento que a mí me quedaba dentro de las coordenadas que ellos imponen es mínimo y esa falta de aire ahoga más porque siendo más joven al menos tenía más poder y más libertad sobre mi propio trabajo. A veces leo a periodistas españolas que juegan a la iconoclastia y a romper todos los platos, pero solo es ruido.

Lo que me asombra es cómo yo –y otras personas, no necesariamente escritores– he podido hacer un recorrido hacia una ampliación de la perspectiva –hacia arriba y hacia abajo– y ellos se mantienen en la misma posición de autoridad competente, en la defensa del valor de la marca, el nombre propio, la voz autorizada, etc.

En estos días raros, mientras espero que se despeje el panorama, le doy vueltas a lo que ocurrió en esos años y me reventó la vida. Al enterarme de que han nombrado académico de la Lengua española nada menos que a Félix de Azúa, nuestro no-tan-enfant-terrible-como-él-cree, además de quedarme con los ojos abiertos como platos, me dije que es llamativo cómo en España el destino de los escritores famosos es siempre el redil –el redil de la  Academia, de los premios de la Crítica, y de consagraciones varias– mientras que el destino de los escritores en Latinoamérica que cuentan parece ser siempre el debate, la controversia, la impugnación del canon, el experimentalismo, la vía oblicua. Así que tenemos a estos intelectuales asentados y prestigiosos de Barcelona defendiendo desde siempre una cultura de poder, de figuras terminadas, y trasladando lo que primero era iconoclasta –pongamos al propio Bolaño, figuras del boom u otros que fueron autores de culto– al redil de la academia, de los premios, o a la cosificación de la mercancía de lujo.

La complejidad de las relaciones, los fantasmas individuales o sociales, las pasiones, los sentimientos inmanejables, todo lo que es la vida, está en la estructura que estos personajes –y sus clones– sostienen rebajado al nivel de las relaciones públicas y la autopromoción. Y esperan que escritores y trabajadores en el medio editorial seamos esos muñecos vacíos, que nos mostremos siempre con la pulcritud de un escolar aplicado o felices como un cocainómano experto o risueños como jóvenes promesas (prometidos al redil), o ponderados como catedráticos eméritos. Mientras lamentan la pésima calidad de nuestra literatura. Esa hipocresía.

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