A puñetazos

Cuban welterweight Kid GavilanÕs face is distorted as Sugar Ray Robinson connects with a terrific left to the jaw. Many aficionados think Robinson is the best pound-for-pound fighter of all time. Even Muhammad Ali believes Sugar Ray was the greatest. July 1949

Cuban welterweight Kid GavilanÕs face is distorted as Sugar Ray Robinson connects with a terrific left to the jaw. Many aficionados think Robinson is the best pound-for-pound fighter of all time. Even Muhammad Ali believes Sugar Ray was the greatest.
July 1949

Me escribe la típica argentina idiota devota de Chirbes para insultarme afirmando que carezco de talento y que no le llego a la suela del zapato y menciona una de las frases donde yo veo la copia de mi trabajo. La tipa califica esa frase de pésima ignorando que no es mía sino de… Rimbaud, y que es la deformación de la deformación de uno de los versos de la “temporada en el infierno” del poeta francés lo que para mí es un indicio de la copia. Bueno, este es mi blog así que no permito insultos dirigidos a mí. Doy por sentadas muchas cosas, incluida mi completa falta de talento literario, y de paso remito a quien pueda interesarle al artículo que Casavella dedicó al plagio en el que describe los requisitos del “buen plagio”.

En cuanto al tema insultos, que va ligado a mi genuina mediocridad, estoy ya bastante curtida. También es cierto que en parte, pero solo en parte, se compensan con las cartas de agradecimiento que recibo de muchos escritores –hombres y mujeres en la misma proporción– por los artículos que he dedicado a sus libros. Escritores a los que no conozco en persona, que seguramente nunca llegaré a conocer, pues no frecuento saraos, otros viven en el extranjero y en general me da pereza.

Los insultos, los desdenes, el ninguneo, las promesas que no se van a cumplir, son una constante, sin ambigüedades y sin maquillaje alguno, desde que se publicó La mentira. Hasta entonces sólo recibía insultos de mi hermana gemela. Es imposible no ver la relación entre mi desenmascaramiento como paria social y la cadena de halagos generosos y desplantes que recibo.

Escuchando distraídamente la radio un sábado, oía la conversación risueña entre dos actores. Uno de ellos, el más veterano, es además entrenador de boxeo y el más joven preguntaba sin disimular la admiración por detalles del deporte. Al fin preguntó: ¿qué se siente al recibir un gancho? (puede que utilizara otra palabra, pero en todo caso se refería al combate).

De pronto caí en la cuenta de que yo sí sé qué se siente cuando un boxeador profesional te envía un guantazo en toda la cara y no por la sorpresa sino por envergadura y desequilibrio de fuerzas, sólo puedes cerrar los ojos mientras el flash del golpe te enciende el cerebro, notas el calor en la cara donde ha caído la mano, se te doblan un poco las rodillas, buscas el apoyo de la pared y esperas que no haya otro golpe más mientras estás medio desnuda y sabes que alguien ha oído lo que ha ocurrido y sin embargo no dice nada, no protesta, anota para sí misma el hecho: “otra vez…”

Ese tipo de conocimiento real explica que sí, que haga acuse de recibo de los insultos que me llegan, que me afecten superficialmente, que sea consciente por su tono y sus énfasis del tipo de persona que me insulta, también de por qué no tengo ni el trabajo ni el pago que creo merecer, pero en realidad solo rozan la superficie de mi vida, de lo que yo soy.

Me acordé últimamente de una escena de cuando andaba yo por los 9 años. Al ver que tardaba en regresar, me habían enviado a comprar gaseosas a la bodega,mi madre dijo, según contó luego riendo: “seguro que alguien le ha pedido que le ayude con algo y ella no ha podido decir que no”. Me dejo abochornada porque era verdad y recuerdo hasta el gesto del hombre mayor que me pidió que le ayudara a cargar con la garrafa de vino de unos 5 u 8 litros. Me acuerdo de la luz que entraba en la bodega con su pared grasienta y amarilla, de mi inclinación al agarrar el asa y salir a la calle, con mi bolso con las bebidas para casa.

Esta escena la recordé cuando leí la burla de Echevarria que hizo de mí en su artículo defendiendo a Llovet en El Cultural. Porque mi “vigoroso encono” resultaba de la situación que estaba viviendo en los días en que escribí el post El intelectual melancólico y el estropicio de la crítica literaria made in Catalonia –que dicho sea de paso, se ha cumplido en todos sus extremos, como han demostrado las últimas elecciones. Telefónica me cortó la línea cuando no se había cumplido el mes desde la última conexión –al cabo de los años me llegó una factura actualizada que suponía aceptar su error–, necesitaba internet para trabajar y alguien cuyo nombre no diré me dejaba utilizar su línea en su casa a cambio de que estuviera alerta porque compartía el piso desde hacía un par de meses con una mujer que resultó que padecía esquizofrenia, empezaba a manifestar un comportamiento muy extraño y podía sufrir un brote. En esos días especialmente pesadillescos –la pobre mujer se levantaba de madrugada y se ponía a fregar los suelos hasta que se le pedía que volviera a la cama; durante el día podía dedicar horas enteras a limpiar ¡con un bastoncillo para los oídos! las junturas de una ventana de pvc en la cocina; podía hacer cada día dos coladas y cuando no tuvo qué más limpiar podía meter en la lavadora una única bayeta, cosa que a ella le daba una sensación de actividad, de día dirigido en alguna dirección, pero, sobre todo, disparaba las facturas de luz, agua, gas –que ya no pagaba– y probaba su estado mental, en el que había una curiosa combinación de fingida fragilidad y violencia física (cómo sujetó mi muñeca cuando llevé el grifo de la cocina a otra pila para lavar unas verduras, el morado que me dejó). En esos días en que ya se habían acumulado los desdenes profesionales y ya me habían pedido que rebajara mis tarifas por lo fácil que para mí es traducir en mis idiomas, con “vigoroso encono” me reí de cómo Llovet relataba sus avatares de formación y universitarios. Después de constatar que el esquema de vida que había logrado organizar se había venido abajo –otra vez–, después de las denuncias ante el juez que hizo la persona que compartía piso con la mujer, de intervenciones frustradas de los mossos de esquadra (que se quejaban del exceso de permisividad del ayuntamiento del Tripartit), después de conseguir que una amiga localizada cuando sus hermanos se desentendieron de ella –seguramente se negaba a medicarse para no quedar con la cabeza lisa como una acelga– se la llevara a su casa, consciente de que no podía perder los papeles del todo, de hasta dónde podía llegar la presión, de preguntarme en qué agujero debía de estar hundida esa mujer para considerarme a mí una amenaza, qué gracia me hizo que se atribuyera la rabia y la burla con que escribí sobre los que no pueden ser mis colegas, Llovet y Gracia –porque a mí me han saboteado desde el principio y me ha tocado reescribir las tesis, ensayos y novelas de otros en lugar de poder escribir los míos–, por algún tipo de vanidad intelectual.

Qué más da ya Chirbes, qué más da una novela más, qué más da mi talento perdido –de nuevo, sentencia de Echevarria– comparado con estar consciente en la realidad.

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