Quien a hierro mata…

olivo-sabio

Leí en torno al tema del soberanismo catalán el artículo de Jordi Llovet en El País, titulado Apàtrides sin darle demasiada importancia, pues es conocida su posición anti-independentista. Y navegando por internet en busca de información de otros temas tropecé con una respuesta de un tal Jordi Gàlves bajo el título Jordi Llovet, harragà de preu. El tono me llamó la atención pues es el típico del comisario político franquista con el que, al menos yo personalmente, solo estoy familiarizada a través de la literatura española. El tal Gàlves, que parece alguien con peso y con lectores, termina con esta parrafada:

Jordi Llovet ha estat un gran patriota d’una pàtria que ha entès manipulant sense respecte Ciceró. La pàtria del calé. Quan el príncep de la retòrica deia que “la pàtria és qualsevol lloc en què es visqui bé” no es referia a les innumerables canongies, privilegis i corrupcions per les que Llovet serà recordat quan fou un del més mimats entre els aparatxics del PSC. Quan vivia principescament i avara de nombrosos pressupostos públics, quan feia genuflexions a tota mena de polítics i quan exercia el dret de cuixa amb els seus estudiants i subordinats més ben plantats. Els apàtrides com Llovet no són precisament els harragàs, els pobres que cremen els seus documents per no ser deportats des de Lampedusa. La pàtria dels apàtrides amb vocació de funcionaris perpetus és sempre l’Estat. Serà una mica més enfadós que abans però de ben segur, si mai arribés un Estat català, Llovet es desdiria de les seves paraules —com quan va assegurar que abandonava la universitat— i amb perícia de mestre faria nova amistat entre rectors, directors generals, delegats, subsecretaris, caps de secció, caps de servei i, fins i tot, bidells. Ben proveït de peculi continuaria defensant des del diari la seva particularíssima manera d’entendre la pàtria, la moral i, fins i tot, la decència. Com es preceptiu, continuaria donant una mà de pintura erudita als seus lectors i seguidors. Ja ens va ensenyar don Eugeni Xammar que “un imbècil sense cultura mai no serà un perfecte imbècil”.
Me dije que muy seguros deben verse los nacionalistas para publicar un ataque frontal y sin pelos en la lengua como éste. Luego leí la respuesta que Andreu Jaume, favorito de Llovet, publicó en El País, un artículo titulado “Infamia”. Jaume se siente ofendido por que Galves acusa a Llovet de beneficiarse a sus alumnos más guapos como un derecho inherente al cargo, “el derecho de pernada”.
Recuerdo aquí que Llovet –con quien yo trabajé en el Institut d’Humanitats durante varios años en condición de free-lance y a una tarifa vergonzosamente baja– me preguntó a bocajarro si tal hombre y yo habíamos “follado”, lo cual explicaría la publicación de mi novela en Mondadori. El tal en cuestión era y es muy amigo suyo por lo que Llovet veía como una traición por mi parte que me hubiese dirigido a él para comentar cualquier materia literaria. Lo que trato de subrayar es que Llovet no tuvo nunca ningún escrúpulo conmigo en emplear un campo semántico tan vergonzoso y vergonzante como el que ha empleado Galves. Pero mientras Galves al publicar su andanada ha dado la ocasión al escudero principal de Llovet de salir en su defensa, la frase que a mí me espetó al teléfono careció de testigos, por lo que nadie pudo salir en mi defensa de lo que era una pérdida de respeto –yo tenía ya 33 años–. Podría abundar en el tema y escribir una muy larga lista de agravios que le soporté a Llovet –que fue profesor mío y no guardo tan buen recuerdo de sus clases como Andreu Jaume–, que siempre quedaron diluidos en el dossier de la “amistad” –él había sido pareja del que fue durante años mi mejor amigo, que actuó como cordón sanitario frente a la impertinente misoginia del ex catedrático; la ruptura con este grupo se produjo en las mismas fechas. El caso Echevarria vino a refrescar en mi memoria los viejos agravios con sus desplantes continuos y sus clichés ridículamente dickensianos.
Pero lo que resulta pertinente es que tanto Galves como Andreu Jaume muestran las dos caras del ridículo ocultamiento del peso de la sexualidad, de los apetitos sexuales, en las decisiones que toman nuestros “intelectuales”. nNo creo que quepa hablar en el caso de Llovet de derecho de pernada sino, como es habitual entre los profesores universitarios o en cualquiera que ocupe un cargo de relieve, de transacción comercial. De nuevo podría dar una lista de las generosas transacciones profesor-alumna, profesor-alumno, en las que prácticamente nunca el profesor eligió al más dotado intelectualmente del aula. Rasgarse las vestiduras por esa acusación –sobre todo cuando Llovet me trató a mí de tal modo que hasta los dos que trabajaban con él y su mismísimo sobrino me transmitieron en momentos diferentes su disgusto– solo muestra hasta qué punto debe de resultar rentable a Andreu Jaume la amistad del insigne intelectual. Qué diría de él si le tratara como a mí, es decir, si le pagara la mitad que a otros colaboradores, ocultara su nombre de la mitad de ese trabajo cobrado a mitad de precio y, además, propalara una imagen denigrante de él revestida de un barniz de psicologismo de alta gama para resultar convincente.
No voy a poder olvidar nunca que aprovechó una formación, la mía, que estaba muy por encima de la que podían ofrecerle la mayoría de personas de mi edad, y que no le costó un céntimo, y a cambio me degradó profesionalmente, hizo promesas que no cumplió, se inmiscuyó en intimidades que ni le iban ni le venían, en definitiva, que mareó de tal modo las líneas de seguridad personales con las que todos nos manejamos para guardar un cierto aplomo que a mí sólo me quedó marcharme, después de su última salida de tono, en un estado de evidente depresión. La diferencia entre Galves, Andreu Jaume y yo es que ellos están bien situados mientras yo tuve que empezar de menos mil. (En veinte años nunca he recibido en Barcelona ni una sola oferta que pueda considerarse una oportunidad. Y todo lo que no se consigue en el lugar de residencia menoscaba el currículum, como bien saben los catalanes que organizan esos clubes de influencia en España.)
Claudio López se reunió con él y con Echevarria en un intento de dar un impulso a la novela, que no tenía la repercusión que esperaba. Un editor que no contó conmigo para nada, es una guasa. Yo habría podido decirle que a dos personas que no carecen de iniciativa no vale la pena pedirles que hagan lo que podían haber hecho de haber querido. Me enteré de esta reunión por el ex de Llovet, que estaba celosísimo y que solo se guardaba de exhibir los celos por la compasión que en todos inspiraba el suicidio de mi madre –ocurrido un año atrás–. Según este amigo -que dejó de serlo en estas fechas– Llovet dijo que si nadie escribía nada lo haría él –a mí me había dicho que no olvidara que sobre todo, yo era escritora–, pero que no se sentía obligado a escribir nada. Echevarria, al que yo conocía superficialmente pero apreciaba por lo mucho que se distinguía del plantel de imbéciles que me rodeaban, escurrió el bulto al punto de permitir que una boba escribiera la reseña en El País. En cierto momento me llamó para excusar la omisión –después de haber alabado la novela repetidamente- con el argumento de que no quería que creyeran que había “un contubernio”. Como considero que uno es libre de hacer y escribir lo que le plazca, no respondí nada. Días después salían a aplaudir la última novela de Vila-Matas, y tampoco cabía sospechar de ningún contubernio, pese a la dilatada amistad que les unía a los tres. Solo era una manera de hacer hincapié en la que para ellos era mi condición subordinada, u hospiciana, prescindible, quizá una mera Bovary. Llovet propaló una imagen de mí que no se condecía con mi realidad ni con mi trayectoria vital, que varios idiotas le compraron con los ojos cerrados, como que yo era una niña inteligente, que las dificultades de mi infancia explicaban el infantilismo de mis actitudes. Lo único que yo tenía de niña ya en esas fechas era cómo me quedó la economía después de trabajar con Llovet.
Las interpretaciones bobas, necias, ridículas, analfabetas, malintencionadas, abyectas sobre conductas y hechos no convencionales que sufrí yo son las que ahora se tiene que tragar Llovet. Pero, de nuevo, la diferencia es que a mí me arruinó la carrera y la moral y a él solo le han vapuleado un poco la máscara.
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