De la imposibilidad de escupir hacia arriba

hotel-terrace

Vista desde la habitación del hotel, Sitges 2015

Leyendo el artículo de La Vanguardia dedicado al nuevo libro del profesor Javier Aparicio, que lleva este titular: “Mucha de la creación actual no es más que un selfie artístico”, me pregunté cuándo los escritores dirán basta y responderán al insulto continuado. Y preguntarán además en voz alta qué están aportando hoy los críticos españoles en prensa y en revistas universitarias, si no están ellos también ofreciendo meros “selfies” no siempre artísticos. Conocí a Aparicio cuando colaboré en la Balcells, él era quien llevaba la relación con los lectores y no guardo un mal recuerdo, al contrario, no era caprichoso ni voluble, ni avasallador, aunque ya entonces habría podido serlo. Sin embargo, recuerdo bien que el argumento que me dieron –naturalmente, imagino que de parte de la Jefa, a la que no llegué a conocer ni me interesó nunca conocer — para terminar la colaboración –al cabo de algo de más de un año de libros la mayoría tan malos que producían tristeza, una tristeza auténtica y sin paliativos– era que yo “buscaba a Proust”. En la recopilación de reseñas que Aparicio publicó en Cátedra recordaba justamente una exclamación de la Balcells, que me pareció la explicación a todo: no desdeñar las malas novelas. Evidentemente, porque esa pésimas novelas, refritos de grandes éxitos del momento, podían ser las que trajeran el alivio económico a la empresa.

Considerado en retrospectiva, me gusta la idea de haber sido tan firme en la fidelidad a mis modelos –después de todo, se trataba de la agencia literaria más famosa del mundo en ese momento– que tuvieran que prescindir de mí por pedir más y no menos a los aspirantes a ser representados… Entonces, las concesiones a los nombres propios no faltaban. El hijo del ministro de Cultura socialista de la época quería ser escritor y publicó, avalado por la agencia, o colocado a través de ella, dos novelas extraordinariamente malas. A mí me divertía el tópico del niño pijo de la gauche divine jugando al artista atormentado, dueño de una poderosa y oscura vida interior, que recorre unos territorios paradójicamente reservados a la élite de la que él formaba parte, una especie de zoo de angustias bien acotadas por su clase.

Hace poco también leí un artículo en que un catedrático de Matemáticas se ponía muy serio y riguroso en la “tribuna” del diario para señalar cómo se seleccionaba en las universidades alemanas a los profesores asociados. Me hizo gracia porque el hoy catedrático fue en aquellos tiempos –esos del final de la carrera, de los primeros años emancipada– muy amigo mío, y debía todos sus privilegios al apellido de papá, una figura de la cultura de Barcelona, lo suficientemente transversal como para relacionarse con todos, realmente todos, los sectores políticos –excepto, claro, la ultraderecha– españoles. Naturalmente, no ha hecho carrera en alguna universidad británica o alemana sino allá donde el apellido del padre es relevante.

No sé si era cosa de la edad –los veintí– o de la época –finales de los 80–, pero era posible tener y mantener una conexión con personas en todo diferentes a una (a uno), por una cuestión de inteligencia, de descontento con las cartas que nos habían tocado -y ahí podía estar el hijo de un catedrático intachable y la huérfana o la hija del padre ingeniero liado con la secretaria, la hija del diputado de partido catalanista de centro avergonzada de sus privilegios, el homosexual que no aceptaba el tópico de la pluma y los adjetivos en femenino– y, sin embargo, luego lo más fácil siempre fue  hacer trampa con las cartas recibidas y utilizar la ventaja para acallar las dudas propias y las suspicacias de los otros.

Tanto los críticos acomodados como los catedráticos rigurosos con los otros me recuerdan esas trampas y me hace gracia comprobar cómo sus versiones se convierten en palabra de autoridad. Me hace gracia, sobre todo, que no sean capaces de emborracharse de su propia autoridad, por no ser capaces tampoco de gozar de la impostura.

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