Para amar una ciudad: la serie del detective Mario Conde de Leonardo Padura

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Collage con las portadas de la serie Mario Conde, en Tusquets. El blog de Ángeles de Sinti

La narrativa de Leonardo Padura (La Habana, 1955) es uno de los escasos ejemplos de literatura desde dentro de la isla que ha obtenido a la vez una amplia repercusión —en España publica con el sello Tusquets— y el reconocimiento de los lectores y de la crítica especializada internacional de novela policíaca. Este reconocimiento ha llevado a que la muy premiada serie protagonizada por el detective Mario Conde, inicialmente compuesta por la tetralogía Las cuatro estaciones (Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño) continúe con nuevos títulos: Adiós Hemingway, La neblina del ayer, La cola de la serpiente y Herejes. El primer título data de 1991 y el último de 2013. Vemos envejecer al detective —treintañero en el primer título con frustrada vocación de escritor y al final un cincuentón que ha dejado la policía y se dedica al comercio de libros antiguos—, siempre fiel a sus valores de lealtad a la pequeña familia compuesta por sus amigos del Preuniversitario —Carlos el Flaco, en silla de ruedas tras recibir una bala en la guerra de Angola; la madre de éste, Jose o Josefina, cocinera milagrosa; el médico Andrés; Candito el Rojo— y a sus dos compañeros de la Central de Policía: su jefe, el Mayor Rangel, y su ayudante, el perspicaz sargento Manuel Palacios. Conde, nostálgico y recordador, bebedor empedernido, hambriento de amores, intuitivo y nada ortodoxo en el desarrollo de sus investigaciones es, según Padura, un personaje cuya esencial decencia permite narrar la evolución de Cuba desde los entusiasmos de los años sesenta hasta la decepción y desideologización del presente. Padura señala también que el detective Conde representa a la generación que, como él mismo, solo ha conocido el Gobierno de Fidel Castro y ha experimentado en su trayectoria vital la decepción y el desengaño al descubrir que el glorioso y próspero mañana prometido, al que debían sacrificar su esfuerzo cotidiano, no se materializaba. Por ello, el objeto de las investigaciones del detective Conde no son los delincuentes de poca monta, sino los crímenes y delitos que incumben a las altas esferas del régimen cuando aprovechan las brechas del sistema para enriquecerse. Esta decisión del autor permite mostrar el peso que tiene en el presente cubano la historia previa, con el régimen de Batista y las grandes fortunas huidas a Miami, la cultura de los casinos y la nostalgia de sus estrellas musicales o de cabaré, los cambios de la política oficial en cuanto a la consideración de los homosexuales, la censura, la vigilancia cotidiana omnipresente, el castigo de la disidencia, la corrupción a pequeña y gran escala que explicaría —además del embargo impuesto por Estados Unidos y el derrumbe de la Unión Soviética— la precaria economía de la isla.

Leonardo Padura no es autor únicamente de novelas policíacas sino que, previo a este género, cultivó el ensayo literario y la crónica periodística para El Caimán Barbudo y Juventud Rebelde. Al margen de la serie del teniente Mario Conde, en 2009 publica El hombre que amaba a los perros, en torno al autor del asesinato de Trotsky, Ramón Mercader, y La novela de mi vida (2002), sobre el poeta José María Heredia. Su experiencia como periodista se plasma en la serie de Mario Conde, con su profusión de datos no solo sobre la historia cubana, desde la época colonial hasta la actualidad, sino en los temas que constituyen el argumento de cada título: sea el tráfico de obras de arte y de documentos históricos, el teatro moderno y el exilio de los vanguardistas en París o en la Pequeña Habana miamense, las teorías en torno al travestismo, la historia de la literatura cubana del siglo xx, etc.

La narrativa policíaca de Padura no aspira al estilizado minimalismo de Dashiell Hammett, al que rinde homenaje en Paisaje de otoño, sino a la eficacia de Vázquez Montalbán, al que homenajea tanto con el perfil de sus personajes como en el contenido crítico de sus argumentos. En conjunto, la serie de Mario Conde es una narrativa de resistencia a través de la memoria y una elegía a La Habana.

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