Estoy leyendo… José María Conget, Robertson Davies, World Literature… para digerir los mil sapos que hay en mi plato

Sobrecubierta LA BELLA CUBANA-Cuatri:camisa narrativa contem.Supongo que el que tantos artículos recientes que hablan de la crisis de la edición o del mundo literario –incluidas las muy ufanas intervenciones recientes de La Patrulla sobre el fin de los premios literarios, y de Jordi Gracia con su nuevo libro dedicado a los burgueses buenos de Cataluña (¡ay!)– me lleven a pensar en las etapas prehistóricas de mi vida –entiéndase, cuando recién licenciada– significa que todo remite a lo ya pasado y no al futuro.

Muy pronto, siendo pequeña, empecé a pensar de casi todo el mundo que era tonto; escuchaba qué decían y observaba qué hacían y para mis adentros resumía: no son lo que se dice muy listos. Cuando leo a la Patrulla de Salvación no solo me deleito en su ignorancia manifiesta y exhibida sino en su petulancia de emboscados en el patio de recreo. Hombre, tienen la gracia de ser una especie de Club de Lectura alocado y desinhibido, con un nosequé ferozmente manicomial que entretiene, pero de ahí a tomárselos como índice de veracidad irrefutable, de dato estadístico, hay no un paso sino un par de galaxias mediante. ¿Así que creen que en NeoPlaneta se plantean, por mero pudor, acabar con los premios literarios como los hemos conocido –como los hemos sufrido–? ¿Que el Prix Alfaguara también caerá porque en Penguin-RH eso de esquilmar a los colaboradores bajando tarifas y luego regalarle una millonada a un plumífero por un título no siempre rentable les da como pudor? (Qué cosa que el pudor empiece después del premio Planeta a González-Sinde y no antes.) Y luego Schavelzon perorando sobre las auténticas razones por las que el mundo editorial español está kaput. Jajajá. Qué indigestos son los sapos. Sobre todo cuando están vivos. Anda, uno más, que el arroz blanco solo resulta soso.

Decía Marguerite Duras en la entrevista de Bernard Pivot que admiraba al entonces presidente François Mitterrand por, entre otras razones, haber convertido la crisis económica que acuciaba a los franceses en un “tema cultural”. En lugar de sufrirla sin más, explicaba Duras, Mitterrand la convirtió en asunto de debate, en objeto de discusión intelectual. Una manera de objetivar el problema que permitiría hallar soluciones novedosas. En España, la crisis de la cultura es el “tema cultural” por antonomasia con la paradoja añadida de que los mismos que la han provocado se presentan como los solucionadores. Si han llegado a este punto es porque se lo pueden permitir, me digo. Sin lloros, con rabia solo. Se pueden permitir derrochar talentos o abortarlos porque no se pretende una política de autor, ni siquiera una política literaria, sino una política de clase. Y no se trataría de una clase definida ya de una vez en sus perfiles –perfiles obsoletos de burgués barrigón y avaricioso– sino caracterizada por su movilidad, es decir por su oportunismo.

Por eso, porque no se vislumbran cambios significativos en lontananza, sino lavados de cara y algo de maquillaje ando picoteando lecturas sin urgencia manifiesta. Y así, La bella cubana, de José María Conget, uno de esos escritores corredores de fondo que acumula una obra muy cumplida pero que anda relegado en las periferias porque no opta a la categoría de escritor voz-de-la-patria, ni aborda los grandes temas de la historia contemporánea. Aquí retoma varios de sus temas predilectos –desencuentros amorosos, evocación de los tiempos de autarquía de España y promoción social de los nacidos en los 50, crítica velada a la política cultural de la democracia–, para componer uno de sus mejores libros, con ya un control de sus temas y sus recursos de estilo y técnicos muy destacable. Además de por la burla del jovencito licenciado que llega a Nueva York para devorarse la Manzana, me ha parecido muy logrado el capítulo que versiona la carta al padre de Kafka. El cierre de la novela es también propio de un escritor avezado. Me hizo pensar varias veces que si en España tuviésemos una industria cinematográfica activa, potente, encontraría en este libro buen material para una película.

quinto-discordiaLeo además El quinto en discordia, de Robertson Davies. Caí en él por casualidad y la traducción –de Natalia Cervera– me pareció tan buena que aunque el argumento no tenía nada para atraerme en ese preciso momento, se ha convertido en una lectura adictiva. Escritor excelente, con ideas originales sobre la guerra y las relaciones humanas, un talento natural para dosificar el ritmo y dibujar los personajes, es un pre-moderno; ando por la mitad y aún no he llegado al momento en que el asunto que parece ser el “plot” estalle, me parece una especie de Flaubert pero sin estreñimiento, con la franqueza de un norteamericano que toma la vida como primera página.

De otro lado, siempre leo sobre crítica literaria, del tipo que aquí no se practica. En este caso, en torno al tema de la World Literature y la llamada crítica postextual –algo que a los nuevos jefes de Planeta y de Penguin seguro que les preocupa muchísimo, sobre todo a los primeros, tan acostumbrados como estaban sus antecesores a meter la zarpa en los textos originales hasta dejarlos como si fueran de otro, no del que los firmaba, vamos–. Sin chanzas, el llamado diálogo Sur-Sur y que explica por qué Fondebrider, desde su atalaya en el Club de Traductores, no hace más que reírse sin parar de los peninsulares.

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