Así empieza lo malo, de Javier Marías en La Tempestad

la tempestad-Javier Marías

Raúl Gallardo me envía foto de la reseña, La Tempestad, marzo 2015

EN LA ZONA DE CONFORT

 

Parece imposible, o es imposible, plantearse el comentario de esta novela olvidando que su autor es Javier Marías y, sin embargo, un ejercicio saludable para discernir el interés de Así empieza lo malo exigiría olvidarse de quién es su autor. Es difícil porque desde la primera página nos encontramos con una voz que reconocemos, la de un narrador que elucubra acerca de los efectos del tiempo sobre los acontecimientos vividos por una persona o por un grupo de personas sometidas al conjunto de actitudes, moralidades, talantes y leyes que conforman una época –aquí, los años 80, el período efervescente de inicio de la democracia parlamentaria en España, con alusiones a los años más negros del franquismo y a la Norteamérica de universidades, refugio de exiliados--, una voz que desde la madurez reflexiona acerca de la responsabilidad que contrae el que sabe algo que atañe a la intimidad de otro, o accede a un secreto cuya revelación traería consecuencias penales o de otro tipo, pero siempre trascendentes para la vida de uno o de varios individuos. Es, también, el Marías ya maduro que se apoya en los personajes y figuras alegóricas de Shakespeare para proyectar una trama, relativamente simple en hechos, contra la pared de la Historia entendida también como cauce del mito.

La trama se refiere a una pareja desdichada, Eduardo Muriel y Beatriz Noguera –entrada en la madurez para aquellos tiempos, aunque ella está en los treinta y pocos y él en los cuarenta–, que no consigue sobrevivir a la revelación que ella hizo en un momento de ofuscación de un hecho que determinó su vida en común. Muriel es un cineasta de atractiva personalidad, con dificultades para levantar sus proyectos pero con energía suficiente para dirigir films de género; ella, una mujer de aspecto voluptuoso, formada en Norteamérica con su padre exiliado, vive sumida en la depresión por el desprecio con que la castiga su marido. En torno a ellos, una constelación de personajes, testigos tanto del drama de la pareja como del entorno social y político cambiante de la España de la Transición. El narrador –gemelo de los narradores de novelas previas de Marías— es Juan de Vere o Juan Vere, aquí un joven de 23 años recién licenciado al que Muriel contrata por sus conocimientos de inglés, idioma al que ha de traducir sus guiones. Marías acierta a sugerir a través de los comportamientos del joven protagonista, testigo activo esta vez, al contrario que en sus más famosas novelas, Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí, que podría convertirse en el inquietante sirviente de Joseph Losey, considerada la libertad de que disfruta para moverse por la casa y la intimidad del director, salvo que su intención es valorar el presente desde el que escribe –la novela se cierra con una fecha, Abril de 2014— a la luz de ese pasado no tan remoto, los años ochenta, en los que el sistema franquista estaba aún por desmantelar y sus cuarenta años de dominio habían constituido lo más íntimo de la vida de los españoles. Contra el estallido de vitalidad y entusiasta promiscuidad de clases y de sexos que se expresó en la movida madrileña, descrita por Marías con la mirada de este muchacho de origen acomodado y a la vez outsider, estaban el divorcio y el aborto prohibidos. En este contexto, el desamor de los personajes cobra una dimensión trágica mientras asoman las variadas formas de sordidez del franquismo, en la figura del pediatra, y amigo de Muriel, Van Vechten, sospechoso de sacar cierto rendimiento del servicio prestado a tantos padres afligidos que perdieron posición y caudales con la derrota republicana. Otros personajes, el profesor Francisco Rico en sus perfiles más irónicos, actores de cine como Herbert Lom o la joven de la timba, no solo sirven para jugar, una vez más, con los conceptos de ficción y autoficción, sino como técnica narrativa para distribuir la información y la resolución de las intrigas entre voces distintamente caracterizadas. Así vuelve a combinar cierta gracia pop de sus primeras novelas con la gravedad del melodrama.

Las digresiones son el lecho de una trama donde apenas hay más acción que varias conversaciones, cierto número de encuentros y desencuentros nocturnos, algunos seguimientos a Beatriz y un par de timbas, de salidas a bares modernos y la muerte trágica esperable. Cómo con tan poca acción se pueden llenar 534 páginas es la marca de Javier Marías, aquí no del mejor Marías.

En la fórmula del título, “así empieza lo malo”, que se completa con la frase “y atrás queda lo peor”, parece encontrarse la divisa personal del autor para leer el pasado de la Transición encarado a lo peor, el franquismo, y ello en respuesta al movimiento de indignación y descontento que recorre España, un movimiento de múltiples facetas que está impugnando con dureza y sin paliativos la llamada “cultura de la Transición”, a la que el autor de Negra espalda del tiempo pertenece. Si bien es encomiable que Marías recuerde que las pasiones humanas en un contexto económico y político dirigido por la burguesía (ilustrada o no) o por la clase media constituyen el armazón psicológico que sustenta la vida de una mayoría de españoles, contra tantas ficciones desaforadas con protagonistas sociópatas –serial killers, padres perturbados, gángsters con ataques de pánico, miseria moral de la América profunda, distopías apocalípticas, etc.—, publicadas por editoriales con un propósito de aparente modernidad pero que, a la postre y por su profusión, ha supuesto abolir tanto la profundidad y coherencia psicológica de los personajes como toda intención política, en aras de la intriga y las emociones fuertes, lo cierto es que Así empieza lo malo exigiría que Marías abandonara su zona de confort. Estas fórmulas ensayadas ya no tan eficaces sobre el secreto, el rumor, la responsabilidad del individuo, la relatividad de la moral, llevan a pensar con qué vigor relataría los mismos hechos con los mismos personajes un Philip Roth, un Don de Lillo. Me parece que, cómodo en una estructura narrativa que funciona como mecánica, Javier Marías no saca partido del significado de aspectos que subraya y repite, como ese Muriel, tuerto como un medio-Edipo, “psicoanalizándose” tumbado en el suelo con un muchacho que es a la vez su intérprete, su admirador, su conciencia, su esperanza de renacer.

© María José Furió

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s